miércoles, 8 de julio de 2026

Capítulo 2, episodio 9, CICATRICES DE DOBLE FILO

 


9



Abril de 1986

Caminando hacia su domicilio, absorto en perturbadoras divagaciones tras haber realizado la compra semanal en el Mercado de la Ribera, Iñaki se detuvo en seco. Por un instante, desorientado por el runrún de sus propios pensamientos que insistían en martirizarle con lo que ocurría en Las Cortes, no supo ni en qué calle de la villa se hallaba. Giró la cabeza hacia la izquierda y sintió cómo el corazón le daba un vuelco salvaje al leer el cartel manuscrito, recién pegado con celo en el centro del escaparate:

«SE NECESITA DEPENDIENTA»



Sin pensarlo dos veces, empujó la puerta acristalada. El movimiento accionó un sonajero de conchas que pendía del techo, avisando melódicamente a la dueña del negocio de que alguien acababa de entrar. Arantxa salió de la trastienda cargando una pesada caja de cartón llena de botes de alimento para peces.

—¡¿Otra vez por aquí?! —saludó sin ocultar su asombro, haciendo gala de la confianza de tantos años. Iñaki solía visitar la tienda una vez al mes para el mantenimiento de su acuario y, precisamente, había estado allí el día anterior—. ¿Qué pasa, has rescatado de la calle a algún desdichado animal y me lo traes para que lo cure?

—No, no es eso —respondió él, esbozando una leve sonrisa de timidez—. Esta vez no se trata de salvar vidas de cuatro patas... sino de eso —indicó con un movimiento del mentón hacia el cristal del escaparate.

—¡Oh, vaya! Y yo que pensaba que venías a invitarme al cine de una vez, dispuesto a ponerte de rodillas en mitad de la película para declararte —bromeó ella con la guasa de siempre—. Está bien, dejemos los chistes. Apenas hace cinco minutos que he colgado el letrero. ¿Conoces a alguna chica que pueda estar interesada y que sea de fiar?

—Podría ser…

Arantxa enarcó las cejas, verdaderamente sorprendida, y dejó la caja sobre el mostrador.

—¿Ah, sí? ¿Y eso cómo se come? Cuenta, cuenta, que me tienes en ascuas.

Iñaki sonrió de medio lado, tomó aire para calmar los nervios y, mirándola fijamente a los ojos, tanteó el terreno con pies de plomo:

—Imagino que, por tu parte, dependerá mucho del perfil que estés buscando para el negocio.

—Me bastará con que sea responsable, puntual y que no le tenga miedo a las arañas, a los ratones o a cualquier bicho raro que asome por aquí de vez en cuando. Ya sabes cómo es esto.

—...y por parte de la candidata, dependerá de lo que ofrezcas, claro.

—Alta en la Seguridad Social desde el primer día, salario según el convenio de comercio, las horas extras que haga se las pago aparte y, por supuesto, sus vacaciones pagadas. Podrá elegir quince días en el mes que quiera, excepto agosto, que es cuando cierro el chiringuito para irme a Benidorm con mis padres. Ya sabes que eso es sagrado.

Iñaki guardó un breve silencio, apretando el asa del carro de la compra antes de lanzar la pregunta crucial que le atenazaba la garganta.

—En caso de que la chica no fuese de aquí... ¿supondría algún problema para ti?

—No, para nada. ¿Por qué iba a serlo?

—Me refiero a que... a que no sea española, Arantxa.

—¡¿Tan poco me conoces, Iñaki?! —le interrumpió ella, frunciendo el ceño con una ráfaga de fingida indignación.

—Perdona, te pido disculpas. Sé que nos conocemos de hace un montón de tiempo, pero como nunca habíamos tocado estos temas de política o leyes…

—Precisamente por eso deberías imaginar que por mi parte no hay ningún inconveniente. Para mí no existen las fronteras ni las malditas razas, Iñaki. Todos somos ciudadanos del mundo y todos deberíamos gozar de los mismos derechos para ganarnos el pan, aunque lamentablemente la ley de este país no lo vea así —arguyó Arantxa, con una chispa de sincera emoción y fijeza en los ojos.

Ante la tremenda humanidad y la generosidad de su amiga, Iñaki terminó por derrumbarse por dentro. Dejó a un lado las reservas, el miedo al qué dirán y la puso al corriente de todo: de su relación con María, de la dolorosa situación en la que se encontraba trabajando en el club de alterne de Las Cortes y del calvario psicológico que él mismo estaba sufriendo en sus noches de trabajo por culpa de unos celos retrospectivos que le devoraban las entrañas.

Arantxa, conmovida hasta el tuétano por la confesión del gigante, caminó decidida hacia el escaparate, metió la mano y retiró el cartel de golpe, arrugándolo un poco.

—¡¿Qué haces?! —se alarmó él—. ¿Por qué lo quitas?

—La verdad es que no lo sé —mintió ella con una sonrisa cómplice y los ojos brillantes—, pero de repente he decidido que es mejor volver a ponerlo la semana que viene... si es que hace falta. Dile que venga a hablar conmigo mañana mismo.

En ese preciso momento, el tintineo del sonajero de conchas interrumpió la intimidad del establecimiento.

—Buenos días nos dé Dios —saludó desde el umbral una anciana menuda y de voz gastada, elegantemente vestida con una gabardina clásica.

—Hola, buenos días —respondieron los dos al unísono, recomponiendo el gesto.

—¿Qué desea, señora? —preguntó Arantxa, atendiéndola de inmediato con una amplia sonrisa profesional.

—¿Tienen comida de esa de bote para gatos? —inquirió la mujer, mientras se enjugaba el sudor de la frente con un pulcro pañuelo de tela blanco—. Verá usted, antes bajaba todos los días al mercado y en las pescaderías siempre me daban cabezas y espinas gratis para el mío; pero ya soy mayor y no me atrevo a ir tan lejos con estas cuestas...

—Bueno, Arantxa, os dejo, que aún tengo recados pendientes y se está haciendo tarde —anunció Iñaki, aprovechando el respiro de la anciana para despedirse con una mirada cargada de gratitud eterna.

—Agur. Ikusi arte, Iñaki. Suerte.

—Adiós, hijo. ¡Que el Señor te acompañe en el camino! —le deseó la anciana de forma espontánea.

Al salir a la calle, Iñaki notó que la atmósfera de Bilbao había cambiado de golpe. La temperatura había ascendido de forma un tanto asfixiante, el aire pesaba. Miró instintivamente hacia las cumbres del Artxanda y, al observar los densos nubarrones plomizos que devoraban la luz del mediodía, comprendió que se estaba mascando una buena tormenta de primavera. «Madre mía, la que va a caer en el botxo», pensó, apretando el paso y tirando con fuerza del carro de la compra cuesta arriba.

Durante el trayecto, mientras las primeras gotas gordas empezaban a golpear las aceras, su mente regresó inevitablemente a la dolorosa y susurrada conversación de la noche anterior en la cama con María:

«Creo que deberías dejar el club, María. Por más que intento mentalizarme de que es solo dinero, soy incapaz. La imaginación me está matando en el camión de la basura». «No creas que yo lo paso mejor, mi amor. Me muero de asco cada noche». «Con mi sueldo del Ayuntamiento, aunque no sea para tirar cohetes ni vivir con holganza, podríamos apretarnos el cinturón. Llevaríamos una vida estricta, midiendo cada peseta, pero estable. Juntos». «Sí, mi amor; lo sé y te lo agradezco... pero necesito la plata fija para enviar a mi casa en Guayaquil. Mi papá trabaja el pobre, pero lo que gana en sucres apenas alcanza para dar de comer a mis hermanos pequeños... No puedo fallarles».

De pronto, un relámpago cegador cortó el aire gris, tiñendo las fachadas de Uribarri de una claridad irreal y eléctrica. «Uno, dos, tres...», contó Iñaki para sus adentros antes de que irrumpiera el estrepitoso trueno, intentando calcular la distancia del rayo según el viejo truco que su padre le había enseñado de niño en el monte. Pero la tormenta de primavera se le echó encima sin darle tiempo a guarecerse. Con el segundo trueno, el cielo pareció abrirse del todo y comenzó a diluviar con una fuerza torrencial y violenta.

Minutos más tarde, Iñaki cruzaba el portal de su casa, resoplando, calado hasta los huesos con el agua chorreándole por el pelo, pero con el corazón latiéndole lleno de una urgencia feliz.

María se encontraba en la cocina desayunando un café con leche, recién levantada para empezar a prepararse para el turno. Al escuchar el sutil y conocido girar de la llave en la cerradura, carraspeó para hacerse notar sobre el ruido de los truenos exteriores. Iñaki fue directo hacia ella con una sonrisa radiante, dejando un rastro de gotas en el pasillo.

—Hola, buenos días, mi amor. ¿Qué tal? ¿Has dormido bien? —preguntó de corrido y, sin esperar respuesta ni dejarle tiempo a reaccionar, la estrechó contra su pecho húmedo, envolviéndola en un beso apasionado, hambriento y lleno de alivio.

Al separarse, María lo miró de arriba abajo con los ojos como platos, asombrada por las trazas que traía.

—¡Por Dios, Iñaki! ¿Pero cómo vienes así? ¿Qué te ha pasado en la calle? ¿Es que te has caído a la ría con el carro? —preguntó divertida, metida en la cocina y ajena al diluvio que caía al otro lado del visillo.

Iñaki reía a carcajadas limpias, una risa que hacía semanas que no le salía del pecho, incapaz de contener la euforia.

—Tu felicidad me desconcierta por completo, de verdad —confesó ella, contagiándose inevitablemente de su alegría—. Estás empapado.

—Ya sabes lo que dice el refrán de mi ama, María: «A mal tiempo, buena cara». ¡Y hoy hace un día maravilloso!

—Anda, vete directo al baño a cambiarte antes de que te cojas una pulmonía, tonto.

Iñaki fue al baño a toda prisa, dejó la ropa mojada en el tambor de la lavadora y se secó con una toalla áspera. Mientras tanto, María se encargó de vaciar el carro de la compra de la Ribera, distribuyendo los alimentos entre el viejo frigorífico y la alacena de madera.

Unos minutos después, ya con un pantalón seco y un jersey de lana, volvieron a reunirse en la calidez de la cocina, bajo el olor del café.

—María... una pregunta. ¿A ti te dan miedo los animales? —soltó él a bocajarro, apoyándose en la encimera.

Ella se encogió de hombros, mirándolo con una mezcla de extrañeza y sospecha.

—Depende del animal, amor. No es lo mismo encontrarse un perro de aguas por la calle que un león en mitad de la plaza.

Iñaki negó con la cabeza, manteniendo esa sonrisa misteriosa que le iluminaba los ojos de par en par.

—Me refiero a arañas, ratones de campo, serpientes pequeñas… cosas de terrario.

—Ah, no, a esos no les temo para nada —respondió ella, aliviada, soltando una pequeña risa—. Estoy muy habituada desde pequeña a verlos cerca de la casa de mis padres, en el campo de Guayas. Teníamos que andar con cuidado para que no se metieran dentro de las habitaciones, pero miedo no les tengo. ¿Pero a qué viene esa pregunta ahorita, Iñaki? Me estás asustando.

Iñaki estiró el brazo y le hizo un gesto cariñoso para que se sentara a la mesa junto a él, sobre las sillas de madera.

—Siéntate, por favor, que tengo algo muy importante que contarte. El sueldo está asegurado.

Y, sin guardarse nada, mirándola a esos ojos oscuros que tanto amaba, comenzó a relatarle con todo lujo de detalles lo que había ocurrido desde que el destino le había detenido frente al escaparate de Arantxa.






1 comentario:

  1. Todo el episodio nace del sufrimiento de Iñaki al imaginar a María trabajando cada noche en Las Cortes. Sus celos ya no aparecen como una reacción pasajera, sino como un conflicto que le impulsa a buscar una solución definitiva. La oportunidad laboral surge porque el protagonista desea construir un futuro distinto para ambos, convirtiendo el amor en una fuerza capaz de transformar la realidad.

    Arantxa vuelve a demostrar que es uno de los personajes más nobles de la novela. En cuanto comprende la situación de María, retira inmediatamente el cartel del escaparate y decide reservar el puesto para ella sin pedir nada a cambio. Su ayuda nace exclusivamente de la empatía y de una profunda convicción moral. La novela presenta así una solidaridad espontánea que cambia el rumbo de la historia.

    La posibilidad de trabajar en la tienda de animales representa mucho más que un simple empleo. Frente al ambiente del club de alterne, la tienda simboliza un trabajo estable, regulado y respetado socialmente. El salario, la Seguridad Social y las vacaciones pagadas aparecen como elementos que devuelven a María la posibilidad de recuperar una vida digna.

    El diálogo sobre la nacionalidad de María introduce con naturalidad uno de los problemas habituales de la inmigración durante los años ochenta. Arantxa distingue claramente entre sus propios valores y las limitaciones legales existentes, defendiendo que todas las personas deberían tener las mismas oportunidades independientemente de su país de origen. La novela aborda este tema desde una perspectiva profundamente humana, sin convertirlo en un discurso ideológico.

    La confianza entre Iñaki y Arantxa demuestra el valor de las relaciones construidas durante años. Él vence su pudor y le confiesa aspectos muy íntimos de su vida sentimental, mientras ella responde con absoluta lealtad y discreción. El episodio pone de manifiesto que muchas veces los grandes cambios personales son posibles gracias a la ayuda silenciosa de los amigos.

    La tormenta primaveral acompaña el momento de mayor esperanza del capítulo. Mientras el cielo se oscurece y descarga una lluvia torrencial, el ánimo de Iñaki experimenta justo el efecto contrario: siente que, por primera vez en mucho tiempo, existe una salida real para ambos. El contraste entre la violencia meteorológica y la felicidad interior del protagonista refuerza el simbolismo de la escena.

    El capítulo vuelve a insistir en que la fortaleza de la pareja reside en la sinceridad. Iñaki no oculta a María lo sucedido ni intenta sorprenderla con falsas expectativas; prefiere sentarse con ella y contarle detalladamente todo lo ocurrido con Arantxa. La confianza mutua continúa consolidándose a través del diálogo, alejándose de cualquier forma de manipulación o engaño.

    Hasta ahora la esperanza había sido únicamente un deseo compartido. En este episodio adquiere una dimensión concreta y alcanzable. La existencia de un posible empleo para María abre una auténtica puerta de salida del mundo de Las Cortes. Aunque todavía no se conoce el desenlace, el lector percibe claramente que la historia acaba de entrar en una nueva etapa.

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