Escrito el 27 de marzo de 2026
Orlando no recuerda exactamente cuándo empezó todo.
Quizá fue una noche cualquiera en Discoteca Orosco, cuando la música tapaba cualquier pensamiento y el alcohol hacía que todo pareciera más fácil de lo que realmente era. Tenía poco más de veinte años y la vida aún le parecía algo que estaba por conquistar.
Después vinieron las copas.
Luego la marihuana.
Más tarde, las pastillas.
Y, casi sin darse cuenta, el juego.
Miranda de Ebro seguía siendo el mismo lugar de siempre, pero Orlando ya no. Había aprendido a sobrevivir entre noches largas y días cortos, entre deudas pequeñas que acababan siendo enormes, entre promesas que nunca llegaba a cumplir.
El primer día que ganó dinero en un salón de juego pensó que había encontrado la solución. El segundo día empezó el problema.
Durante años, su vida giró en torno a recuperar lo perdido. Pero nunca era suficiente. Nunca lo sería.
Perdió el trabajo.
Perdió amistades.
Se perdió a sí mismo.
Hubo momentos en los que pensó que no saldría de ahí. La ansiedad lo atrapaba sin avisar, como un golpe seco en el pecho. Le diagnosticaron trastorno de ansiedad generalizada, pero él sabía que había algo más profundo: un vacío que intentaba llenar sin éxito.
El primer intento de dejarlo fue breve.
Duró semanas.
Se convenció de que lo tenía controlado. Volvió a entrar en un salón “solo para mirar”. Salió peor que antes.
La segunda vez fue distinta… pero no suficiente.
Aguantó meses. Cambió rutinas. Evitó lugares. Incluso dejó de ir a Orosco. Pero una noche cualquiera, una mala racha, una excusa bien construida… y volvió a caer.
Esa recaída fue la peor.
Porque ya no podía engañarse.
Ya sabía lo que le esperaba.
El fondo.
Pero tocar fondo no siempre es el final.
A veces… es el único lugar desde el que se puede empezar a subir.
Orlando no cambió de un día para otro. No hubo milagros. No hubo grandes discursos. Hubo algo más difícil:
Decidir cada día no volver.
Pidió ayuda.
Se alejó de ciertos lugares.
Aprendió a convivir con el silencio sin llenarlo de ruido.
Hubo días malos.
Días muy malos.
Pero también empezaron a aparecer otros distintos.
Días tranquilos.
Con el tiempo, entendió algo que antes no podía ver: no se trataba de recuperar el dinero, ni los años, ni siquiera la persona que fue.
Se trataba de construir alguien nuevo.
Alguien que supiera parar.
Hoy, Orlando sigue viviendo en Miranda de Ebro. Pasa por delante de lugares que antes eran su refugio y ahora son solo eso: sitios.
A veces siente el impulso.
A veces recuerda.
A veces duele.
Pero ya no entra.
Porque ha entendido que su verdadera deuda nunca fue el dinero.
Era consigo mismo.
Y esa…
por fin, ha empezado a saldarla.

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