domingo, 29 de marzo de 2026

Sentimientos encontrados…


 

Escrito el 22 de septiembre de 2014, revisado el 29 de marzo de 2026

Ayer, al ir a buscar el pan —como viene siendo habitual desde que mis tareas como albañil se vieron reducidas a la nada—, acompañado por mi cariñosa y fiel podenca, algo me llamó la atención al disponerme a cruzar el paso de cebra que hay frente a la transitada panadería: un hombre cuyo aspecto me produjo sentimientos encontrados.

El susodicho vestía un gabán de paño gris, tan oscuro y manido que parecía negro, el cual le cubría justo por debajo de las rodillas. Sus pies, prácticamente desnudos y cubiertos por una gruesa capa de roña perceptible a simple vista, estaban embutidos en unos zapatos agrietados y retorcidos. Su cabellera, grisácea y desaliñada, así como su barba mal afeitada, eran acordes a su indumentaria.

Pero no fue eso lo que realmente llamó mi atención, sino lo que contaré después.

Tras salir de la panadería pensé:

«Pobre hombre, otro que está dejado de la mano de esta injusta sociedad».

—Hola, buenos días —dije al entrar, saludando a Beatriz, la panadera.

—Hola... ¿crees que lloverá hoy?

—La verdad es que es algo que, como la política, no me preocupa lo más mínimo… Total, al final ambos harán lo que les venga en gana…

Y, tras recoger y abonar la barra de pan:

—¡Hasta mañana, Bea!

—Adiós —respondió ella sin más.

Al regresar a la calle, el individuo del que hablo se había colocado de tal manera que, sin quererlo, observé cómo se pasaba de una mano a otra un fajo de billetes de cincuenta euros, tan ajados como su gabán. El grosor del montón me hizo pensar que la cantidad podría rondar entre novecientos y mil euros.

«Pobre hombre, como se descuide, aparecerá algún pájaro y lo dejará desplumado en menos que canta un gallo», pensé.

Por un momento estuve a punto de acercarme a él para advertirle del peligro que corría. Llegué a pensar que quizá se trataba de una persona con algún problema mental. Pero al final opté por guardar silencio.

Durante el camino de vuelta, otra idea cruzó mi mente:

«A ver si va a ser más listo de lo que creo… y, en lugar de un indigente con las facultades mermadas, no es más que el señuelo para llevar a cabo algún tipo de timo».

Y así lo he pensado antes de sentarme frente al ordenador para dejar constancia de lo que he presenciado.

Puede que las conclusiones a las que he llegado se deban simplemente a la imaginación que poseo… pero, ¡vete tú a saber qué puede haber detrás de una persona así! Porque alguien con esas características no pasa desapercibido para nadie… salvo, quizá, para quien no puede verlo.



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