El viaje
Escrito en 2011/ revisado en marzo de 2026
La familia García Moreno —el matrimonio y sus dos hijos adolescentes— esperaba agosto de 1980 con la ilusión contenida de los años que se esperan como un tesoro. Desde enero habían decidido que aquel verano viajarían al País Vasco.
La víspera lo dejaron todo listo: maletas en el coche, documentación en orden, el corazón acelerado y el sueño imposible.
A las nueve y cuarto de la mañana, tras asearse y desayunar, emprendieron el camino en su viejo Citroën familiar. Anticuado, ruidoso, pero cuidado hasta la obsesión.
El viaje era silencioso, salvo por los paisajes que pasaban veloces, difuminados como recuerdos que no llegan a fijarse.
—Papá, ¿paramos un momento y comemos algo? —preguntó José Luis.
—Buena idea —dijo Manolo—. Veamos qué dicen tu madre y Marta.
María miró a su hija. Asintió apenas perceptible.
—Por nosotras perfecto. Además, podemos aprovechar para ir al baño.
El bar estaba vacío, excepto por el murmullo de una radio lejana. José Luis se acercó al mostrador.
—Cuatro raciones de morcilla, una botella de tinto y una gaseosa.
Un cartel llamó su atención: números con premios en pesetas. Una bolsa colgaba debajo, con boletos que parecían temblar.
—¿Cuánto cuestan?
—Veinticinco pesetas —dijo la camarera, seca.
José Luis dejó cien pesetas.
—Deme cuatro.
El primero: en blanco.
—¿Esto qué significa?
—Sin premio.
El segundo: 0013. Doce mil quinientas pesetas.
Regresó a la mesa, temblando.
—Papá… ¡me ha tocado un premio!
—¿De cuánto?
—Doce mil quinientas pesetas.
Se sentó. Comenzó a comer. Recordó los dos boletos restantes.
Se levantó. Escuchó a la camarera susurrar:
—…y el otro tiene cien mil pesetas.
Se detuvo. La sangre le golpeaba las sienes.
—Disculpe —dijo—. Esos boletos son míos.
Ella sonrió. Le dio un cartón con la cantidad escrita.
—Con eso puede ir al Banco Herrero —dijo, irónica.
José Luis marcó a la Ertzaintza. Mientras explicaba, vio afuera a su familia. Gritando. Desesperada.
—¡Auxilio!
—¡Socorro!
—¡Ayuda,
por favor!
Un pinchazo seco en la cabeza.
—¡Ay!
Tiró con cuidado. Un dardo con tres arpones goteaba un líquido negro. Olor a tinta.
La sirena llegaba. Lejana. Cercana. Insistente.
Pi… pi…
pí…
pipi… pí…
pipi… pííí…
Se incorporó. Desorientado. Los gritos se mezclaban con el zumbido de la tinta. Todo se fundía.
El bar desapareció. Su familia estaba intacta, desayunando.
Solo el despertador vibraba sobre la mesilla.
Respiró hondo. Intentó convencerse de que era un sueño. Pero algo olía a tinta. Persistía.
Se levantó. Se aseó. Caminó hacia la cocina.
—¿Te ocurre algo, hijo? —preguntó su madre—. Pareces… angustiado.
—Buenos días —dijo—. Solo cambios de plan.
—¿Cambios de plan? —preguntó Manolo. —¿No vamos de viaje?
—Sí… viajaremos. Pero no al País Vasco.
—¿Y eso por qué?
José Luis dudó. Recordó los gritos, la tinta, la camarera. Negó con la cabeza.
—Déjalo, mamá. Difícil de explicar. Digamos… que he tenido un mal sueño.
La familia intercambió silencios. Encogieron los hombros. Guardaron silencio.
Pero un leve olor a tinta flotaba.
Un número brillaba, parpadeante, más allá de la ventana.
Parpadeó. Cambió de forma. Casi parecía reír.
El sueño no había terminado.
Y algo esperaba, en el límite de la vigilia, a que alguien lo descubriera.

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