Escrito el 10 de septiembre de 2011- revisado el 9 de marzo de 2026
Qué pena que las personas no participen en oportunidades como esta para hablar libremente de cualquier tema y dar a conocer qué opinan sobre la situación actual del mundo; ese mundo por el que nada hacemos, excepto querer ser los que más y mejores cosas tenemos, simplemente para mostrar a los demás lo importantes que creemos ser. La ostentación del poder es precisamente lo que nos ha llevado al mundo en el que vivimos.
Y pensar que todo comenzó cuando unos cavernícolas estaban tranquilos en su vida, sin saber muy bien qué hacer, excepto lo necesario para sobrevivir: comer. Al parecer, todo empezó cuando a uno de ellos se le pasó por la cabeza que la mujer de su vecino la quería para él. Como era menos fuerte que el otro, se valió de un palo para matarlo. Desde entonces, quienes codician lo que poseen los demás no han dejado de inventar armas mortíferas, perpetuando la ambición humana generación tras generación.
Recordemos de dónde viene la palabra salario. La primera moneda de cambio utilizada por el hombre fue la sal; por ella incluso se llegó a matar, porque era lo más valioso y preciado de aquel entonces. Hoy en día es el dinero el que parece poder casi todo, excepto las cosas sencillas: esas que no tienen precio ni se pueden comprar. El dinero, en mi opinión, es el principal culpable de cómo está el mundo hoy. Espero y deseo que pronto un kilo de dinero cueste lo mismo que uno de sal. En mi país cuesta alrededor de 19 céntimos de euro, aunque imagino que, si algún día esta utopía se hiciera realidad, los poderosos ya habrían inventado otro sustituto y nos lo harían pagar muy caro.
Ellos solo viven por y para su propio beneficio; permiten incluso que países enteros mueran de hambre sin ningún remordimiento. Es más, incluso hacen negocio con lo que otras naciones ofrecen voluntariamente. Los que ostentan el poder viven enfermos del dinero, pues este es como el agua del mar para la sed: cuanto más se bebe, más sed se tiene. Su vida gira obsesionada por lo que puedan ganar o perder; ni siquiera se valoran a sí mismos, porque todo su existir está dedicado únicamente al dinero. Es tal su ansiedad que estoy convencido de que, si algún día les ofrecieran su propia vida a cambio de su fortuna, responderían sin dudarlo: antes muertos que pobres.
En el fondo considero que estas personas no son más que pobres hombres con dinero, ya que nada les satisface y, lo peor de todo, es que tendrán que dejarlo todo aquí el día que dejen de respirar.
En un acto de humildad, el oro le dijo al cobre:
«Hay quien tuviera tu color, aunque por ello me volviera pobre.»
Creo que deberíamos retroceder algunos pasos en la historia, pues al final es en las cosas sencillas donde se halla la esencia de la vida.
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