domingo, 15 de marzo de 2026

INSTINTO MATERNAL

"A veces, la naturaleza nos regala lecciones de humanidad que rompen cualquier esquema. El instinto de cuidar, proteger y amar no entiende de especies ni de biología; simplemente sucede. Hoy reflexiono sobre ese lazo invisible pero inquebrantable."






Un recuerdo real sobre la fuerza del instinto y la generosidad de los animales


Escrito el 5 de mayo de 2011 a las 4:30

Revisado el 15 de marzo de 2026

Hace unos veinte años presencié un caso que me llamó mucho la atención: una gallina que se pasaba todo el día metida en un arroyo. Pero aún mayor fue mi asombro cuando conocí la historia de aquella gallina acuática.

Abelardo, mi jefe, tenía por entonces una casa de recreo y, frente a ella, su suegro conservaba uno de esos palomares tan típicos de Castilla y León. Debajo del palomar, a modo de corral y granero, criaba también varias especies avícolas: dos pavos reales, gallinas, pollos de engorde y distintas razas de patos.

Uno de aquellos fines de semana en que Abelardo bajaba desde Santurtzi (Vizcaya), le acompañé para ayudarle con la restauración de la casa que estaba reconstruyendo. Nada más llegar, lo primero que hizo fue enseñarme todos los animales que tenía allí. Después abrió el corral para que salieran a pastar libremente por los alrededores.

En ese momento entró un perro en el corral y mató a una pata que estaba incubando una decena de huevos. Junto a ella se encontraba también una gallina en la misma situación, aunque esta solo tenía dos huevos bajo su cuidado.

Ante aquel infortunio, Abelardo decidió colocar los huevos de la pata en el nido de la gallina. Por su actitud, nos pareció que el animal aceptaba sin reparos la nueva tarea que se le encomendaba.

Pasamos allí el fin de semana trabajando y, el domingo, regresamos a Santurtzi.

A la semana siguiente volvimos al pueblo para continuar con la restauración. Entonces contemplé una escena que me dejó verdaderamente admirado: la gallina estaba metida en el arroyo, acompañando en todo momento a quienes ella creía sus hijos. Incluso los dos polluelos propios la seguían junto a los patitos, convencidos también de que eran sus hermanos.

Aquel generoso animal pasó todo el santo día dentro del agua. Y, créanme, lo pasaba bastante mal, sobre todo cuando los pequeños se aventuraban hacia la zona más profunda del arroyo y ella ya no podía acompañarlos.

Aun así, allí permanecía: vigilante, paciente y entregada.


Y viendo aquella gallina pasar el día entero en el agua por unos hijos que no eran suyos, entendí que la naturaleza a veces nos da las lecciones más sencillas y más grandes.


Relato basado en un hecho real ocurrido en Quintanilla Cabe Soto, en la comarca de La Bureba (Burgos).

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