Escrito en 2013, revisado el 30 de marzo de 2026
La humanidad actual no sabe coexistir. Se ha relajado y, claramente, vive al borde del abismo. Demandamos la felicidad en los demás… y no, ¡no hay amigos!
Si continuamos con la conciencia obstruida, de ninguna manera saldrá el «yo mismo». Sujetamos el poder en nuestras manos, dando sentido a la incoherencia y a nuestro propio carácter… La gran indiferencia que existe entre las personas hace que surja la superficialidad.
Sin duda, entre reflexionar y conmoverse hay una gran diferencia. Porque la mayoría da importancia a lo que no es, olvidándose de sus inquietudes interiores.
El destello del espíritu da sentido a cualquier personalidad y es suficiente para reducir nuestras debilidades.
Está claro que la mente lo iguala todo, pero mientras vivimos, la clave está en nuestra psique, la cual no puede ser destruida ni caer en la nada. Soy una persona que trata de entender la vida; de ahí que no me gusten los silencios ni la tristeza.
Porque entiendo que, si te pierdes entre divagaciones, cada vez que quieras dar un paso adelante, otro lo dará primero.
Al mismo tiempo, pienso que si frustro mis ideales y los entierro sin que vean la luz, debo decir enérgicamente que no. Prefiero vagabundear en ellos… y, además, no quiero ni ordenarlos.
Considero que no debemos poner filtros ni frenos a nuestros pensamientos, pues son, sencillamente, nuestra esencia, lo que guardamos en nuestro interior. Y en ellos se hallan todas las respuestas que necesitamos para evolucionar y desarrollarnos como seres humanos.
Otra cosa muy diferente es que esos pensamientos sean compartidos públicamente.

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