Vivir no basta. Respirar, abrir los ojos cada mañana, cumplir con las horas y los días… todo eso pertenece al orden de lo inevitable, no de lo esencial. La vida, cuando se limita a suceder, se vuelve una costumbre silenciosa, una repetición que apenas deja huella.
Hay quienes atraviesan los años como quien cruza una habitación oscura: sin detenerse, sin tocar nada, sin mirar realmente. Y sin embargo, vivir —de verdad vivir— exige otra cosa. Exige presencia. Exige riesgo. Exige una cierta rebeldía contra la inercia.
Porque la vida no se mide en el tiempo que pasa, sino en lo que despierta.
A veces, ese despertar llega en forma de preguntas. ¿Para qué estoy aquí? ¿Qué sentido tiene lo que hago? No son preguntas cómodas, pero son necesarias. Como intuía Viktor Frankl, no somos nosotros quienes interrogamos a la vida, sino la vida la que nos interpela, esperando una respuesta que solo puede darse con actos.
Otras veces, el sentido aparece en lo pequeño: en una conversación que nos transforma, en una decisión que nos obliga a crecer, en un vínculo que nos sostiene. Vivir no basta, pero compartir, crear, amar… empieza a acercarse.
También el arte nace de esa insuficiencia. Como escribió Ferreira Gullar, el arte existe porque la vida no nos basta. Porque hay algo en nosotros que desborda lo cotidiano, que necesita decirse, expandirse, dejar una marca más allá de lo inmediato.
Y entonces comprendemos que no se trata solo de estar en el mundo, sino de participar en él. De construir, de fallar, de intentar de nuevo. De mirar hacia dentro sin miedo, como proponía Alfred Adler, reconociendo nuestras limitaciones no como un final, sino como un punto de partida.
Vivir no basta si no hay propósito.
Vivir no basta si no hay vínculos.
Vivir no basta si no hay una historia que contar.
Por eso narramos. Recordamos. Ordenamos lo vivido como quien recompone un mapa después de la tormenta. En cada recuerdo hay una clave, en cada herida una enseñanza, en cada elección una forma de decir: “esto soy”.
Y tal vez, al final, vivir consista en eso: en no dejar que la vida pase sin haberla habitado. En responder, aunque sea de manera imperfecta, a la pregunta que late en cada instante.
Porque existir es inevitable.
Pero vivir —vivir de verdad— es una decisión.

No hay comentarios:
Publicar un comentario