jueves, 19 de marzo de 2026

Ahora está de moda vestir a las mascotas como si fueran personas


 



Escrito en mayo de 2013, revisado el 19 de marzo de 2026

Algo está fallando cuando una sociedad empieza a preocuparse más por el vestuario de sus mascotas que por las necesidades básicas de las personas.

En mi ciudad proliferan negocios dedicados al llamado estilismo canino: lugares donde a los animales no solo se les baña o se les corta el pelo, sino donde se les somete a una absurda rutina de masajes, manicuras y cambios de vestuario dignos de una pasarela. Todo ello mientras muchos hogares apenas logran sostener lo imprescindible.

No es amor por los animales: es puro escaparate.

Porque las mascotas no necesitan trajes, ni lazos, ni prendas de temporada. Necesitan cuidados básicos, alimento y afecto. Todo lo demás responde, en demasiadas ocasiones, a una necesidad humana de aparentar, de exhibir estatus incluso a través de un ser que ni lo entiende ni lo ha pedido.

Lo verdaderamente preocupante no es el disfraz, sino lo que hay detrás. He visto cómo quienes visten a sus animales con esmero son los mismos que pierden la paciencia cuando el traje se ensucia, que levantan la voz, que castigan. Ahí se revela la verdad: no hay cariño, hay posesión.

Yo tengo una perrita que no conoce más abrigo que su propio pelaje. Y, sin embargo, no le falta nada de lo que importa: está bien alimentada, cuidada y querida. Su salud se controla con sentido común, sus vacunas están al día y su vitalidad no necesita adornos.

Cumplirá nueve años en junio sin haber enfermado jamás.

Cuando paseamos y puede correr libre, no tengo que imponerle disciplina a gritos. No hace falta. Es ella, desde su libertad, quien decide no alejarse, quien me sigue. Porque el vínculo no se compra ni se impone: se construye.

Todo lo demás —trajes, caprichos, exhibiciones— no es más que un exceso innecesario. Un lujo vacío que, en el fondo, dice más de las carencias humanas que del bienestar animal.

P. D.: Aun así, la realidad también impone sus matices. Hoy, cuando llegan el frío y la lluvia, le pongo un cubre-lomo y le seco las patas al volver a casa. No es estética: es cuidado. Y ahí, precisamente, está la diferencia.


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