Escrito en 2013, revisado el 29 de marzo de 2026
Todos sabemos que el agua es la principal fuente de vida y que el cuerpo humano está constituido por un 75% al nacer y por un 65% en la edad adulta.
Por otro lado, al haber nacido en el mes de noviembre y, en concreto, en el día que me corresponde, pertenezco al signo Escorpio, es decir, a un signo de agua. Para mí, eso supone que el simple hecho de contemplar cómo cae la lluvia o cómo discurre por los diferentes cauces es suficiente para apaciguar cualquier alteración emocional que manifieste mi organismo.
Es por ello que me gusta observar las distintas formas en que el agua actúa al entrar en contacto con el suelo. Además de deleitarme con la vista y el oído, a través del olfato percibo esa sensación calmosa y el agradable y persistente olor a tierra mojada… que, a su vez, me hace regresar a mi ciudad natal, es decir, a la infancia.
Allí, los chavales del barrio pasábamos horas y horas construyendo pozas en el arroyo o siguiendo con entusiasmo el discurrir de barquitos y cualquier objeto que flotase ladera abajo.
En los regatos, dependiendo de la estación, podíamos capturar del reino animal renacuajos, ranas, peces o salamandras; y del vegetal, pamplinas y poleo, unas para ensaladas y el otro para gazpachos o como aderezo para las patatas cocidas, dándoles un aroma y un gusto muy agradables.
En tiempo estival acompañábamos a mi abuela, Morena, a buscar agua al Caño Soso, ubicado en el Camino de las Huertas. También en esa estación acudíamos en familia, o en manada, al río Jerte: unas veces a La Isla, otras a La Trucha, El Enrollao, La Pesquera de los Hortelanos, La Playina de los Ángeles o la Pesquera del kilómetro 4.
Son tan lindos y agradables los recuerdos que el agua me trae a la mente que ni siquiera me importa mojarme cuando llueve.
En reiteradas ocasiones, algunas personas me dicen al cruzarse conmigo:
—Te vas a mojar, Francisco… ¿cómo no llevas paraguas, con la que está cayendo?
—Me da igual. Ya me secaré cuando llegue a casa.
—¡Joder, tío! Pero mojarse así, sin más, es cosa de tontos —dicen tratando de justificar su actuación.
—Te vuelvo a decir que no me importa en absoluto. Han sido muchas las veces que me he tenido que mojar en contra de mi voluntad cuando estaba trabajando. Así es que ahora incluso lo disfruto, precisamente porque es una elección.
Pero he de decirte que en algo sí tienes razón: en lo tonto que he sido dejando mi piel en cualquier empresa por la que he pasado.
Durante mi vida laboral he procurado realizar las tareas con esmero y, a día de hoy, a ningún empresario le importa si tengo para llegar a fin de mes o para comer.
Así es que, como dice el refranero español:
«Al mal tiempo hay que ponerle buena cara» y «Nunca es tarde para aprender…».

No hay comentarios:
Publicar un comentario