domingo, 8 de marzo de 2026

TENGO LA SENSACIÓN DE QUE ANTES TODO ERA MEJOR




A veces tengo la sensación de que me habría gustado vivir en otro tiempo. No porque entonces la vida fuese más fácil —que no lo era—, sino porque, a pesar de las dificultades, parecía haber algo que hoy se echa en falta: una forma más humana de convivir.

Las personas humildes siempre han tenido que luchar para salir adelante. Eso ha sido así en todas las épocas. Pero yo tuve la suerte de crecer en un lugar donde la pobreza nunca fue sinónimo de soledad.

Nací en una familia obrera en la década de los sesenta. Soy el segundo de cuatro hermanos: tres chicas y yo, el único varón. Nuestra infancia transcurrió en un barrio obrero donde las calles ni siquiera estaban asfaltadas. Recuerdo que apenas habría cuatro o cinco coches en todo el barrio. Alguna moto, eso sí… y muchas bicicletas.

El barrio tenía unas quinientas viviendas y estaba lleno de vida. Las familias eran grandes, como lo eran casi todas entonces. Pero lo más importante no era cuántos éramos dentro de cada casa, sino lo que ocurría fuera de ellas.

Porque en realidad el barrio entero funcionaba como una gran familia.

Las puertas de las casas solían estar abiertas. Si necesitabas subir a tu casa a por algo, cualquier vecino te dejaba pasar primero por la suya. Y si tus padres tenían que salir, nunca faltaba alguien que te diera de comer o te echara una mano con lo que hiciera falta.

Cuando alguien tenía que hacer alguna obra en casa, no venía una empresa: venían los vecinos.

Cada uno aportaba lo que podía. Uno sabía de albañilería, otro ayudaba a cargar sacos, otro simplemente estaba allí para arrimar el hombro. Y así, entre todos, las cosas salían adelante.

Desde muy pequeños nos enseñaron algo que nunca se me olvidó: ayudar a quien lo necesitara.

Si una persona mayor iba cargada con bolsas, salíamos corriendo a ayudarla. No lo hacíamos esperando nada a cambio. De hecho, nos habían enseñado que, si alguien quería agradecérnoslo, nunca debíamos aceptar dinero.

—El dinero no —nos decían—. Pero si os ofrecen una fruta o un caramelo, eso sí podéis aceptarlo… y siempre dando las gracias.

Así crecimos.

En un lugar donde el respeto a los mayores era algo natural, donde nadie dudaba en echar una mano y donde la palabra vecino significaba algo más que alguien que vive al lado.

Quizá también ayudaba el hecho de que en muchas casas ni siquiera había teléfono. Las cosas se hablaban cara a cara. Las personas se miraban a los ojos. Y cuando alguien tenía un problema, el barrio entero parecía enterarse… y ayudar.

Hoy los tiempos han cambiado mucho. El mundo es distinto, y en muchos lugares ese espíritu se ha ido perdiendo.

Pero en La Data, el lugar donde nací, crecí y viví hasta los veintinueve años, aún quedan rastros de aquella forma de vivir.

Mi madre sigue viviendo allí. Y a veces, cuando hablamos por teléfono, me cuenta algo que siempre me arranca una sonrisa.

—Hijo, la gente del barrio me quiere mucho. En cuanto me ven en la tienda comprando, enseguida me dicen: “Señora Carmen, deme las bolsas, que yo se las llevo a casa”.

Saber que hay vecinos que se preocupan por ella, a pesar de que vive a quinientos kilómetros de donde yo resido desde hace ya casi veinte años, me da una tranquilidad difícil de explicar.

Allí todavía se conservan muchas de aquellas enseñanzas. Los jóvenes siguen ayudando a los mayores. Y los valores que una generación aprendió se siguen transmitiendo a la siguiente.

Por mi parte, he intentado no olvidar nunca lo que aprendí de niño.

Allá donde he vivido, he procurado hacer lo mismo: ayudar cuando hace falta, tratar a la gente con respeto y valorar la amistad como el mayor de los tesoros.

Y quizá por eso he tenido suerte. Porque, vaya donde vaya, siempre termino encontrando buenos amigos.

Para mí ese es el mayor premio que un hombre puede recibir de la vida.

Porque esta vida, que para algunos no es más que una mierda, para mí sigue siendo, sencillamente, maravillosa.




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