domingo, 8 de marzo de 2026

TENGO LA SENSACIÓN DE QUE ANTES TODO ERA MEJOR




Escrito el día 10 de septiembre de 2011, revisado el 8 de marzo de 2026



A veces tengo la sensación de que me habría gustado vivir en otro tiempo. No porque entonces la vida fuese más fácil —que no lo era—, sino porque, a pesar de las dificultades, parecía haber algo que hoy se echa en falta: una forma más humana de convivir.

Las personas humildes siempre han tenido que luchar para salir adelante. Eso ha sido así en todas las épocas. Pero yo tuve la suerte de crecer en un lugar donde la pobreza nunca fue sinónimo de soledad.

Nací en una familia obrera en la década de los sesenta. Soy el segundo de cuatro hermanos: tres chicas y yo, el único varón. Nuestra infancia transcurrió en un barrio obrero donde las calles ni siquiera estaban asfaltadas. Recuerdo que apenas habría cuatro o cinco coches en todo el barrio. Alguna moto, eso sí… y muchas bicicletas.

El barrio tenía unas quinientas viviendas y estaba lleno de vida. Las familias eran grandes, como lo eran casi todas entonces. Pero lo más importante no era cuántos éramos dentro de cada casa, sino lo que ocurría fuera de ellas.

Porque en realidad el barrio entero funcionaba como una gran familia.

Las puertas de las casas solían estar abiertas. Si necesitabas subir a tu casa a por algo, cualquier vecino te dejaba pasar primero por la suya. Y si tus padres tenían que salir, nunca faltaba alguien que te diera de comer o te echara una mano con lo que hiciera falta.

Cuando alguien tenía que hacer alguna obra en casa, no venía una empresa: venían los vecinos.

Cada uno aportaba lo que podía. Uno sabía de albañilería, otro ayudaba a cargar sacos, otro simplemente estaba allí para arrimar el hombro. Y así, entre todos, las cosas salían adelante.

Desde muy pequeños nos enseñaron algo que nunca se me olvidó: ayudar a quien lo necesitara.

Si una persona mayor iba cargada con bolsas, salíamos corriendo a ayudarla. No lo hacíamos esperando nada a cambio. De hecho, nos habían enseñado que, si alguien quería agradecérnoslo, nunca debíamos aceptar dinero.

—El dinero no —nos decían—. Pero si os ofrecen una fruta o un caramelo, eso sí podéis aceptarlo… y siempre dando las gracias.

Así crecimos.

En un lugar donde el respeto a los mayores era algo natural, donde nadie dudaba en echar una mano y donde la palabra vecino significaba algo más que alguien que vive al lado.

Quizá también ayudaba el hecho de que en muchas casas ni siquiera había teléfono. Las cosas se hablaban cara a cara. Las personas se miraban a los ojos. Y cuando alguien tenía un problema, el barrio entero parecía enterarse… y ayudar.

Hoy los tiempos han cambiado mucho. El mundo es distinto, y en muchos lugares ese espíritu se ha ido perdiendo.

Pero en La Data, el lugar donde nací, crecí y viví hasta los veintinueve años, aún quedan rastros de aquella forma de vivir.

Mi madre sigue viviendo allí (falleció el 4 de marzo de 2021). Y a veces, cuando hablamos por teléfono, me cuenta algo que siempre me arranca una sonrisa.

—Hijo, la gente del barrio me quiere mucho. En cuanto me ven en la tienda comprando, enseguida me dicen: “Señora Carmen, deme las bolsas, que yo se las llevo a casa”.

Saber que hay vecinos que se preocupan por ella, a pesar de que vive a quinientos kilómetros de donde yo resido desde hace ya casi veinte años, me da una tranquilidad difícil de explicar.

Allí todavía se conservan muchas de aquellas enseñanzas. Los jóvenes siguen ayudando a los mayores. Y los valores que una generación aprendió se siguen transmitiendo a la siguiente.

Por mi parte, he intentado no olvidar nunca lo que aprendí de niño.

Allá donde he vivido, he procurado hacer lo mismo: ayudar cuando hace falta, tratar a la gente con respeto y valorar la amistad como el mayor de los tesoros.

Y quizá por eso he tenido suerte. Porque, vaya donde vaya, siempre termino encontrando buenos amigos.

Para mí ese es el mayor premio que un hombre puede recibir de la vida.

Porque esta vida, que para algunos no es más que una mierda, para mí sigue siendo, sencillamente, maravillosa.




1 comentario:

  1. El texto nace de una mirada hacia el pasado, pero no desde la idealización de una época sin dificultades. La nostalgia se centra en algo mucho más concreto: la manera de relacionarse y cuidarse entre las personas.

    El barrio no aparece únicamente como un lugar físico, sino como el espacio donde se construye la identidad del narrador. Sus calles sin asfaltar, las bicicletas, las pocas viviendas y la ausencia de comodidades forman parte de una memoria afectiva profundamente arraigada.

    La frase «el barrio entero funcionaba como una gran familia» resume el corazón del relato. Las fronteras entre las casas parecían diluirse y los vecinos compartían tiempo, trabajo, dificultades y responsabilidades.

    Uno de los aspectos más emotivos es la enseñanza recibida durante la infancia: ayudar a los demás sin esperar dinero a cambio. La pequeña lección de los padres —aceptar una fruta o un caramelo, pero no dinero— transmite una concepción de la solidaridad basada en la generosidad y no en el beneficio.

    El narrador no se limita a recordar lo que recibió de aquella generación, sino que explica cómo ha intentado trasladarlo a su propia vida. Así, el relato deja de ser solamente memoria personal y se convierte en una reflexión sobre aquello que heredamos y aquello que decidimos conservar.

    La figura de la madre adquiere un enorme valor emocional. Aunque el narrador vive lejos, las palabras de los vecinos que siguen ayudándola mantienen vivo el vínculo con aquel barrio y demuestran que las enseñanzas recibidas no desaparecieron con el paso del tiempo.

    El texto termina desplazando el valor de las posesiones materiales hacia algo mucho más importante para el narrador: las personas que encuentra a lo largo de su vida. La amistad aparece como el mayor premio, como una riqueza que no depende del dinero ni de las circunstancias.

    El cierre —«esta vida [...] para mí sigue siendo, sencillamente, maravillosa»— resulta especialmente significativo porque llega después de reconocer las dificultades y los cambios sociales. No es una visión ingenua de la existencia, sino una decisión personal de quedarse con aquello que merece ser valorado.

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