lunes, 23 de marzo de 2026

El Arquitecto del Camino de Anduva


 


Escrito en Junio de 2013, revisado el 23 de marzo de 2026

El calendario dice que es mayo, pero el asfalto de Miranda de Ebro ya exhala ese aroma tibio que precede al verano. Camino por el vial del Camino de Anduva, ese tramo preciso entre República Argentina y la calle Rioja donde la ciudad intenta negociar con el verde.

De pronto, el ruido del mundo se filtra y queda un poso de sonido puro: “chipi, chipi, chipi… chip, chip, chip…”. Es un reclamo tímido, casi un secreto. Me detengo. Mi oído, que aún se precia de ser fino, me guía hacia un arbusto joven, uno de esos inquilinos flacos que habitan los alcorques junto al bordillo.

Allí está ella. Una hembra de jilguero, una estatua de plumas y vigilia, encamada en su nido. Incuba el futuro con una paciencia que nosotros, los que caminamos con prisa, hemos olvidado.

—«Estará llamando al marido —pienso con una sonrisa—, pidiendo el almuerzo a domicilio».

Pero el pensamiento no se queda ahí. Me apoyo en la luz de la tarde y observo el árbol, un ejemplar esmirriado que apenas ofrece cobertura. ¿Por qué aquí? A pocos metros hay frondosidades mayores, escondites más oscuros, fortalezas de hoja ancha. Si lo que busca es el anonimato, ha elegido el escaparate.

Entonces empiezo a descifrar su estrategia, como quien lee un plano arquitectónico invisible:

  • La Táctica del Vigía: quizás no busca esconderse, sino ver venir. En la escasez de follaje, ella es la reina de la visibilidad. Si el peligro acecha, el despegue es inmediato, sin ramas que entorpezcan la huida.

  • El Camuflaje de la Belleza: o tal vez sea una artista del color. Recuerdo la floración de este arbusto semanas atrás. Sus flores amarillas, vibrantes y perfumadas, debieron ser el espejo perfecto para el oro de sus alas. Ella no buscaba una pared, buscaba un disfraz de pétalos para engañar al único depredador impredecible: el viandante.

Bajo sus pies, el ecosistema es perfecto. El diente de león brota entre las gramíneas, ofreciendo el banquete necesario; los insectos cumplen su ciclo y el agua del riego diario asegura que nunca falte la vida. La naturaleza no improvisa; los animales no cometen errores de cálculo.

Me quedo un rato allí, sintiéndome extrañamente pletórico. Me pregunto por qué siento esta urgencia de escribirlo, de rescatar del olvido este detalle mínimo ocurrido entre dos calles con nombre de país y provincia. No encuentro la respuesta, pero tampoco me hace falta.

Hoy, 23 de marzo de 2026, releo estas notas y sonrío. Dar forma y vida a lo que uno ve, vive y disfruta —por obra y gracia de una Naturaleza que no nos cobra entrada— sigue siendo el mejor negocio del mundo. Un lujo que, trece años después, sigue costándome exactamente cero céntimos.

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