sábado, 30 de mayo de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo I, episodio 10

 







Los Hijos de La Data, Capítulo 1, episodio 10


Una mañana de noviembre.

Caminaban hacia el colegio enfundados en gruesas prendas de abrigo, cubiertos con gorros y bufandas de lana. Al reparar en que los charcos y el barro del enfangado camino estaban helados, comenzaron a saltar sobre las placas de hielo con la intención de romperlas. Las bajas temperaturas de la noche habían hecho posible que, en algunos tramos, el espesor superase el centímetro.

—¡Jo, menúa pelúa ha caío! —exclamó Moreno.

—Ya te digo. La condená se mete hasta los tuétanos —añadió Antonio, castañeando los dientes.

—Cualquiera saca la minga pa meá —soltó Leandro, estremeciéndose.

Al entrar en el aula notaron un ligero alivio, pero donde realmente entraron en calor fue durante el recreo. Después de comerse el bollo de pan con pan —en la mayoría de los casos—, las interminables carreras, los partidos improvisados de fútbol y cualquier otro juego en el que participaban les devolvían la sangre al cuerpo.

Por aquel entonces, un brasero de picón colocado bajo la mesa del profesor constituía el único sistema de calefacción de muchas escuelas rurales.

Por las tardes, al salir de clase, los días habían menguado considerablemente.

—Bueno, chicos, mañana nos vemos en la escuela. ¡Qué hace un frío que pela! —se despidió Antonio.

—Adiós, hasta mañana —respondieron los demás.

Mientras subía por las angostas e inclinadas escaleras de su casa, recordó algo que había visto tiempo atrás en la piconera, sobre las baldas de un viejo y destartalado armario.

«Ya lo tengo», pensó.

Y comenzó a subir los peldaños de tres en tres, entusiasmado.

Al llegar frente a la puerta, tiró del pequeño cordón que colgaba junto a la cerradura. Después de entrar y besar a su madre, preguntó:

—Mama, ¿me puedo llevá un poquino d'aceite pa mañana?

Manuela frunció el ceño.

—¿Pa qué lo quieres, hijo?

—¿Puedo llevame tamién dos o tres candiles que hay en la piconera? —añadió sin responder.

—¿Y pa qué quieres tú esas cosas?

Antonio puso cara de no haber roto un plato.

—Mamá, como ahora escurece tan pronto, he pensao que, en vez de está metíos en casa o en la calle pasando frío, podemos está jugando en el chiscón hasta la hora de cená.

—¡Ah!, ¿es pa eso? ¿Y tú crees que con los candiles se quita el frío?

—No, mamá. Los candiles son pa tené luz; pa'l frío ya he llevao un saco de picón.

—Bueno, bueno... Cuando venga tu padre se lo dices. Y si él te deja, te llevas el aceite y los candiles. Pero se lo pides delante mía, ¿vale?

—Está bien —respondió con desgana—. Como usté diga, mamá.

—¿Ya has terminao los deberes?

—Sí, mamá. Los hice en la escuela.

Mintió.

Cuando llegó José y Antonio le explicó sus intenciones, este respondió:

—Pues llévatelo, hijo. Pero ten mucho cuidao con no dejá encendíos los candiles ni el brasero cuando te vengas pa casa. El fuego es mu güeno y sirve pa muchas cosas, pero si se le deja solo es mu peligroso y traicionero.

Antonio sonrió.

—No se precupe usté por eso, papá. Yo mismo me encargaré de apagarlo to los días.

Después de cenar, permaneció junto a sus padres viendo la película que emitían en blanco y negro por el UHF. Por aquel entonces, Televisión Española era la única cadena existente y emitía únicamente a través de sus dos canales.

El calor del brasero fue adormeciéndolo poco a poco. En un santiamén se quedó acurrucao en uno de los sillones orejeros que rodeaban la mesa camilla.

Manuela abrió el sofá-cama y, tras prepararlo:

—Venga, hijo mío, vete a la cama, que t'has quedao frito.

—No, mamá, que no estoy dormío... Que a mí me gusta vé la tele con los ojos cerraos.



A la mañana siguiente, durante el recreo, anunció:

—Ya tengo solucionao lo del frío y la luz.

—¿Y qué has inventao? —preguntó uno.

Antonio sonrió con misterio.

—Ya lo veréis.

En ese instante resonó el estridente silbato que marcaba el final del recreo.

Aquella tarde, al salir de clase, se marchó corriendo sin esperar a nadie.

Al llegar a casa recogió la merienda, una botella de aceite y una caja de cerillas, y se encaminó hacia la piconera.

Media hora después, ya instalado en el acuartelamiento, vertió picón en el brasero. Encima colocó una hoja de periódico arrugada, varias astillas y les prendió fuego. Cuando el combustible comenzó a chisporrotear, lo avivó con ayuda de un cartón.

Después llenó con aceite las cazoletas de los ennegrecidos candiles. Preparó tres torcidas de trapo, las empapó bien y las colocó dejando asomar una punta por el pico de cada lámpara. Finalmente, colgó los candiles de las alcayatas que él mismo había clavado en la pared.

Todavía no había anochecido cuando encendió una cerilla y fue prendiendo las mechas una a una.

Los primeros chavales comenzaron a llegar.

Al ver la tenue luz de los candiles, se miraron entre ellos.

—El calor sí que se nota, pero el alumbrado deja mucho que desear —comentó Lucía.

—Habrá que esperá a que escurezca más y a que la llama coja fuerza. ¿Acaso tú naciste tan crecía o tan idiota como eres ahora? —respondió Antonio, molesto.

—Eso que brilla en la pared, ¿no serán tres luciérnagas? —insistió ella.

—¡Luci, vale ya! —intervino Rocío—. ¿A qué hemos venío aquí, a jugá o a discutí?

—¡Vaya!, lo que me faltaba ya.

Y salió refunfuñando.

El tiempo fue pasando lentamente. Afuera moría la luz del día mientras, dentro, las llamas crecían y llenaban la estancia de una agradable calidez.

A eso de las nueve, comenzaron a escucharse las voces de las madres llamando desde las ventanas.

—¡Jo, qué de noche es! —protestó Rocío.

Antonio encendió una linterna de petaca.

—No os precupéis, pero tenéis que esperá un poquino.

Entró de nuevo, cogió un gancho de hierro y arrastró el brasero hasta el arroyo para apagarlo. Después regresó, lo colocó bajo la mesa, apagó los candiles y cerró la barraca con la cadena y el candado.

Luego condujo a los más pequeños hasta sus casas.

Al llegar al barrio, el grupo se fue dispersando poco a poco, como un caramelo que se deshace en la boca dejando un agradable sabor.

Desde aquel día, las tardes transcurrieron en la barraca entre partidas de cartas, juegos de taba, chistes y confidencias.

Los días y las semanas pasaban felices, con pocas obligaciones y mucho tiempo para disfrutar.

«¡Qué tiempos aquellos!», pensarían años después.



Una tarde, mientras terminaba de preparar el local, Antonio comentó:

—Qué raro que no haigan venío ni la Rocío ni la Luci.

—La Luci no sé, pero la Rocío tampoco ha ido hoy a la escuela —informó una de las pequeñas.

—A lo mejor sus padres no la dejan vení —apuntó Vicente.

—¡Qué tontería! Sus padres saben que semos novios.

—Eso es lo que te dice ella.

Antonio lo miró con rabia.

—¿Acaso lo sabes tú?

—No... pero tampoco sabes tú que sea verdá.

Antonio guardó silencio.

Al poco rato decidió dar por terminada la reunión.



Al día siguiente, durante el recreo, se acercó a Lucía.

—Luci, ¿sabes por qué no viene Rocío?

La muchacha bajó la mirada.

—Sí...

—¿Qué ha pasao?

—Sus tíos tuvieron una boda este fin de semana. Al volver, el coche se salió en las curvas del arroyo del Ganso.

Antonio sintió un escalofrío.

—¿Y?

—Ha muerto el hermano de su madre. Su tía está muy grave en el hospital. Rocío se ha ido con sus padres para cuidar de sus primos.

El silencio se hizo pesado.

Algunos niños continuaron hablando.

Otros gesticulaban.

Otros permanecían callados.

Antonio no pudo contenerse.

Pensó en sus padres.

Pensó en las tardes junto al río.

Pensó en los desayunos, en los juegos, en las regañinas y en los abrazos.

«Si algún día les pasa algo a mis padres, yo me muero de pena.»

Y las lágrimas comenzaron a brotar sin freno, como un arroyo desbordado tras una tormenta.



1 comentario:

  1. Este fragmento puede clasificarse como un relato contemporáneo de carácter realista, costumbrista y de evocación nostálgica, con rasgos de relato de iniciación infantil y una clara dimensión etnográfica y testimonial, ya que reconstruye con gran detalle la vida cotidiana de unos niños en un entorno rural de posguerra o de escasos recursos materiales, donde la imaginación y la cooperación sustituyen la carencia de medios.

    A través de Antonio, el relato presenta el liderazgo natural dentro de un grupo de niños que transforma el frío, la falta de recursos y los espacios humildes en un universo propio de juego y supervivencia simbólica. Elementos como el brasero de picón, los candiles, la piconera o la “barraca” no solo funcionan como escenarios, sino como símbolos de una infancia marcada por la austeridad, pero también por la creatividad y la autonomía. La invención del espacio de juego nocturno refleja cómo los niños reorganizan su realidad para adaptarla a sus necesidades, generando un microcosmos paralelo al mundo adulto.

    El texto alterna constantemente la rutina cotidiana —la escuela, el recreo, el regreso a casa, las conversaciones familiares— con la construcción progresiva de un espacio de convivencia infantil que adquiere identidad propia. Este contraste refuerza el valor del grupo como refugio emocional frente a las limitaciones del entorno y a la autoridad adulta, representada por los padres, que combinan permisividad, sentido común y advertencias sobre el peligro, especialmente en relación con el fuego.

    Asimismo, el relato incorpora una dimensión de aprendizaje emocional y maduración. Aunque predominan el juego y la inocencia, el desenlace introduce un elemento de ruptura a través de la noticia de la muerte en el entorno de los personajes, lo que provoca en Antonio una reacción de conciencia afectiva profunda. Este momento marca un tránsito simbólico entre la infancia protegida y la comprensión de la fragilidad de la vida, aportando al texto una carga sentimental significativa.

    El lenguaje coloquial y dialectal contribuye a la autenticidad del relato y refuerza su carácter costumbrista, mientras que la descripción minuciosa de objetos, costumbres y espacios construye un retrato fiel de una época anterior a la modernización rural. En conjunto, la obra funciona como una memoria literaria de la infancia colectiva, donde lo cotidiano se eleva a experiencia narrativa y lo humilde adquiere valor universal.

    Por último, el texto destaca por su tono evocador y nostálgico, especialmente en su cierre, que transforma la experiencia individual en recuerdo compartido. Así, la infancia aparece como un tiempo de descubrimiento, libertad y aprendizaje, pero también como un periodo irrepetible que solo puede ser recuperado a través de la memoria.

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