sábado, 30 de mayo de 2026

Los Hijos de la Data, Capítulo I, episodio 12


 

Allá por el mes de marzo, a través de un tercero, el director del colegio envió una misiva a los padres de Antonio:

Plasencia, 18 de marzo de 1974

Muy señores míos:

Ruego tengan a bien la amabilidad de ponerse en contacto con esta dirección. Asimismo, les recuerdo que estaré a su entera disposición, en horario escolar, en el despacho de dirección.

Atte.

Gregorio Fernández Alonso



Gregorio Fernández Alonso era un hombre de baja estatura, escaso cabello y rostro redondeado. Sus pequeños, vivarachos y redondos ojos se ocultaban tras unas gafas de fina montura dorada, que descansaban sobre una prominente y generosa nariz. Su trato con los demás era exquisito y concienzudo; le gustaba hablar con serenidad, aunque tenía por costumbre ir al grano sin más dilación. Aquella era una de las virtudes que más apreciaban quienes trataban con él. Durante una conversación, si tenía que llamar a las cosas por su nombre, lo hacía; eso sí, siempre desde el respeto y la delicadeza.

Vestía un sencillo pero impecable traje de paño grisáceo, camisa blanca y una cuidada corbata encarnada. Sus pies calzaban unos botines de negra, pulida y brillante piel. Sobre el perchero colgaban un amplio paraguas, un confortable y bien cortado abrigo, una bufanda y un sombrero de fieltro, todo ello tan negro como el betún.

Al salir del colegio, como siempre, con más hambre que una «chicharra» en invierno, Antonio corrió hacia su casa; pero, a diferencia de otros días, en vez de ser recibido con los brazos abiertos y cumplir con el protocolo familiar:

—¡Antonio! —chilló Manuela con semblante severo—. ¡Ven aquí ahora mismo!

El recién llegado se quedó boquiabierto y desconcertado ante el inusual talante que mostraba su progenitora.

—¡¿Qué quiere, mama?!

El gesto reflejado en el rostro de Manuela evidenciaba que algo no marchaba bien.

—¿Qué t'ha pasao en la escuela?

Antonio se estremeció al sentir un escalofrío recorriéndole la espalda.

—Na... Que yo sepa no m'ha pasao na. ¿Por qué lo dice usté, mama?

Manuela avanzó hacia él sin apartar la vista.

—¡Por esto! —dijo mientras, temblorosa, le mostraba la citación.

Antonio leyó la nota y se encogió de hombros.

—No sé, mama... Igual s'han confundío. Que yo sepa no he hecho na malo.

El miércoles día 20, a eso de las once de la mañana, Manuela se presentó en el colegio y, tras adentrarse en uno de los tres módulos en que estaba dividido el centro escolar, golpeó con los nudillos sobre la primera puerta que encontró.

—¿Sí? —dijo una voz desde el otro lado.

—¿Da usté su permiso? —preguntó con tono suave Manuela, al tiempo que entreabría la puerta y asomaba tímidamente la cabeza.

—¡Sí, adelante! —respondió con voz firme Inocencio, el profesor de 1.º A.

Manuela se adentró en el aula y dirigió sus pasos hacia el encerado verde, donde el maestro escribía y explicaba el significado de la unión entre vocales y consonantes en la frase «mi mamá me mima».

—Hola, güenos días tenga usté. ¿Podría decirme ande está el directó?

—Sí, faltaría más. Tiene usted que subir a la segunda planta y, al fondo, a la derecha, antes de llegar a los urinarios, encontrará una pequeña puerta de color crema con un letrero. A ver, Luisito, acompaña a esta señora.

Manuela sonrió ampliamente.

—Muchas gracias, señó... y perdone usté por las molestias.

—No hay de qué, señora. Que tenga usted un buen día.

—Lo mismo pa usté... y que Dios guarde y le dé salú por muchos años.

Manuela siguió al muchacho hasta las amplias e inclinadas escaleras. No eran muchas, pero sí las suficientes para que llegase jadeante al último peldaño. Apoyada en el balaustre, se detuvo un instante para recuperar el aliento mientras observaba el entorno.

Las paredes estaban pintadas de un suave amarillo pálido; el pasamanos, de madera de pino, brillaba por el desgaste provocado por el uso constante; y el terrazo del suelo armonizaba con un tono algo más oscuro que el de las paredes.

Al percatarse del nerviosismo de su joven acompañante, reanudó la marcha sin haberse recuperado del todo.

Luisito permanecía con el brazo extendido, señalando el negro y lacado letrero de la puerta.

—Aquí es, señora.

Ella le dedicó una tierna mirada.

—Muchas gracias, guapo —dijo mientras le entregaba una peseta.

El muchacho agradeció el gesto y salió zumbando escaleras abajo como si la vida le fuese en ello.

Manuela llamó suavemente con los nudillos.

—¿Da usté su permiso? —dijo al entreabrir la puerta.

—Sí, adelante —respondió Gregorio desde el interior.

—Hola, güenos días tenga usté.

—Lo mismo para usted, señora. Bien, ¿usted dirá?

—Pos, mire usté —respondió extendiéndole la citación.

—¡Ah!, es usted la madre de Antonio.

—Sí, asín es, señó directó. ¿Ha hecho alguna fechuría mi hijo?

—No, no... ¡Por Dios!, nada más lejos de la realidad. ¿Cómo puede usted pensar eso? Su hijo es un excelente muchacho y se nota que en casa le están educando como Dios manda. En realidad se trata de algo bien distinto.

»Les envié la carta porque quería hacerles saber que creemos que los estudios no terminan de despertar su interés. Tanto sus profesores como yo pensamos que podría desenvolverse mejor aprendiendo un oficio; algo que realmente le motive.

—¿M'está diciendo usté que es mejó sacalo de la escuela y ponelo a trabajá?

—Sí, más o menos de eso se trata. Pero también creemos que debería dedicarse a algo que le guste. De lo contrario, podría aburrirse y perder igualmente el interés. Siento ser tan directo, pero considero que es mejor que conozcan la realidad de la situación.

Al comprender que el silencio posterior indicaba el final de la entrevista, Manuela se puso en pie ayudándose del respaldo de la silla.

—Güeno, si usté no tiene más que decirme, le quedo mu agradecía por to. Que tenga usté un güen día, señó directó.

Gregorio se levantó para acompañarla hasta la puerta.

—Gracias a usted por venir tan pronto. Y, de igual manera, que tenga usted un buen día.


De regreso a casa, Manuela no paraba de darle vueltas al asunto. Al llegar a la altura del ultramarinos se detuvo un instante y, con la mirada hacia arriba, trató de recordar qué le hacía falta. Unos segundos después, al entrar en el establecimiento, percibió que, además del fuerte efluvio que desprendían los arenques prensados, el bacalao en salazón y la esencia de las especias a granel, se mezclaba el gustoso y exquisito aroma a café torrefacto El Cubano, procedente de Portugal.

Con la mirada recorrió los estantes: en la fila superior, ordenadas de mayor a menor, infinidad de latas de conservas dulces y saladas; en la inferior, enormes cajones con forma de cuña empotrados en un armario de oscura madera daban cabida a todo tipo de legumbres; a la izquierda, en un rincón colgando del techo, un rastrel con ganchos de acero sostenía ristras de chorizos y morcillas patateras procedentes de El Torno, junto a cuatro jamones pimentonados de El Piornal; varias cajas de vino blanco y tinto, junto a refrescos, zumos y gaseosas, completaban el conjunto.

—Güenos días, seña Marciana.

—Hola, hija, buenos días —respondió la tendera saliendo con una banasta de patatas desde la trastienda—. ¿Te ocurre algo? —preguntó al observar la palidez de su rostro.

—No, no me pasa na, seña Marciana... Es que vengo de la escuela; m'ha llamao el directó pa decime algo sobre el mi Antonio.

—¿Y qué es lo que le pasa a tu hijo? —curioseó la anciana.

—Na, que m'ha dicho que, aunque es mu listo, no vale pa estudiá.

—¡Bah!, no te preocupes por eso, hija. Mucho peor sería que fuese un malandrín.

Manuela sonrió, algo más tranquila.

—Tiene usté razón... Güeno, vayamos a otra cosa: deme tres panes, un kilo y medio de plátanos y tamién póngame dos trozos de bacalao, que mañana quiero hacé un güen potaje.

Mientras la abacera preparaba el pedido, ambas guardaron silencio.

—¿Alguna cosa más, hija? —preguntó la anciana al terminar de envolver los artículos en papel de estraza.

—No, no... creo que con esto vale... Apúntemelo en la libreta, que la semana que viene, en cuanto cobre José, le pagaré to lo que haya apuntao.

—No te preocupes, hija. Tan buen pagador es el que paga a plazos como el que lo hace al contado.

Manuela volvió a sonreír.

—Gracias, seña Marciana... Hasta mañana, si Dios quiere.

—¡Ve con Dios, hija! Y no te disgustes por lo del muchacho... Que no es ninguna deshonra no valer pa estudiá.

Durante el trayecto hacia casa continuó dándole vueltas a lo sucedido aquella mañana, aunque desde otra perspectiva. La conversación con la anciana le sirvió para ver las cosas con más calma. «El mi Antonio es listo y despierto, como dice to el mundo», se dijo, mientras una leve sonrisa le volvía al rostro.

De repente, se detuvo en seco al oír un motor que le resultaba familiar.

—¡Hombre!, marido, que a tiempo llegas.

José detuvo el ciclomotor, se bajó y, tras el protocolo habitual, cargó las bolsas en el portamaletas, sujetándolas con una cincha de goma que él mismo había fabricado con ganchos de alambre y una cámara de bicicleta.

—¿Cómo asín que andas tan tardía?

—Vengo de la escuela.

José enarcó las cejas.

—¿De la escuela?

—Sí, de hablá con el directó.

El semblante de José se tensó.

—¿Cómo asín?

—M'ha dicho que el muchacho ya no tiene na que hacé allí... que es mejó que aprenda un oficio.

José quedó unos segundos en silencio y luego esbozó una leve sonrisa.

—Bueno, mujé... eso era algo que tarde o temprano tenía que llegá... aunque es una pena: solo tiene quince años.

Ambos siguieron caminando hasta el portal. Tras dejar el ciclomotor encadenado en su sitio habitual, subieron las escaleras con las bolsas.

Al llegar al rellano, Manuela abrió la puerta. Sentados alrededor de la mesa camilla estaban Antonio y Azucena.

—Mama, ¿qué l'ha dicho el directó de mí? —preguntó Antonio con ansiedad.

—M'ha dicho que ya tienes edá de trabajá —respondió ella sin dar más detalles.

—¡Bien! —exclamó dando un salto—. La verdá, mama, es que ya estoy aburrío de estudiá... A mí me gusta más trabajá.

—Ahora lo que hay que buscá es un trabajo —dijo José—. Espero que no te jartes igual que de la escuela...

—No se precupe, papa, hace tiempo que tengo ganas de dejá la escuela y empezá a trabajá.

—Papa, en el sitio donde estoy trabajando necesitan un mozo pa el almacén.

—Está bien, hija. Esta tarde, cuando vayas, dile a don Julián que no busque más, que el sábado iré yo a hablá con él.

La emoción de Antonio era evidente en cada gesto.

—Espero que, si empiezas en el almacén, no tengamos que oír ninguna queja de ti. Recuerda que tienes que tratá al amo de usté y no se te ocurra cogé nada sin permiso, porque si no, tendré que echá mano del cinto y sacarte la piel a tiras. ¿Te ha quedao claro?

—Sí, papa. No se precupe, no será necesario.

El sábado por la mañana, José se dirigió al ultramarinos de don Julián, un conocido comerciante de la zona centro de Plasencia.

—Hola, güenos días. ¿Está el amo?

—Buenos días, señor. Sí, está en su despacho. Ahora mismo le aviso.

—¿Da usted su permiso, don Julián? —preguntó una voz femenina tras la puerta.

—Sí, adelante.

—En la tienda hay un señor que pregunta por usted.

—Hazle pasar, M.ª del Carmen.

—Por favor, señor, sígame.

Al llegar a la puerta, José se quitó la gorra.

—Güenos días tenga usté, don Julián.

—Hombre, José, cuánto tiempo. Pasa, pasa.

Ambos se estrecharon la mano.

—M'ha dicho m'hija que usté necesita un mozo de almacén, y como el mi Antonio quié trabajá, vengo a vé qué le paece.

—En realidad no es que lo necesite —respondió el empresario—, pero siendo tu hijo intentaré hacerle un hueco. Eso sí, tendrá que dar la talla.

José bajó la mirada.

—Lo del dinero lo h'entendío, pero lo otro no mu bien...

—Quiero decir que tendrá que ser responsable y trabajar como es debido. ¿Lo entiendes?

—Sí, sí, señó.

—Empezará el lunes.

José se levantó.

—Gracias, don Julián. Que Dios lo guarde muchos años.

—Gracias a usted.

—Ah, y los lunes se quedará a comer en el almacén.

—Lo que usté diga.

Al salir, José se detuvo al notar una mano en su hombro.

—Buenos días, papa. ¿Qué le ha dicho don Julián?

—M'ha dicho que la semana que viene empieza tu hermano a trabajá.

—Me alegro, papa. Seguro que se adapta bien.

—Eso espero, hija.

Se despidieron con dos besos.

—Adiós, papa.

—Adiós, hija mía.


1 comentario:

  1. Este fragmento puede clasificarse como un relato contemporáneo realista, costumbrista y de carácter social, con claros rasgos de relato de aprendizaje o iniciación en la vida adulta, ya que narra el momento en que Antonio abandona progresivamente el mundo escolar para incorporarse al trabajo, reflejando así las dinámicas sociales, económicas y educativas de una familia humilde en la España rural de los años setenta.

    El texto mantiene un fuerte componente etnográfico y costumbrista, visible en la descripción detallada de espacios como el colegio, el ultramarinos o el hogar familiar, así como en la recreación del habla coloquial y dialectal. Este lenguaje no solo aporta realismo, sino que también funciona como marca identitaria de una clase social concreta, caracterizada por la cercanía, la tradición oral y la sencillez expresiva.

    A nivel temático, el relato aborda el conflicto entre educación y trabajo, una cuestión social muy presente en contextos rurales o económicamente modestos. La decisión del director del colegio de sugerir que Antonio abandone los estudios introduce una visión pragmática de la educación, donde el rendimiento académico se subordina a la utilidad laboral. Este hecho desencadena una reflexión familiar sobre el futuro del joven, que finalmente se orienta hacia el trabajo en un almacén, lo que marca su entrada simbólica en la vida adulta.

    Asimismo, el texto pone en evidencia el peso de la autoridad adulta y las estructuras sociales tradicionales, especialmente a través de las figuras del padre, el director y el empresario, quienes toman decisiones determinantes sobre el futuro del joven. Sin embargo, también se observa una actitud de aceptación serena por parte de la familia, que asume la realidad con resignación y sentido práctico, sin conflicto abierto.

    Desde el punto de vista narrativo, el fragmento refuerza el carácter de memoria social y documental, al recrear con precisión ambientes, objetos cotidianos, formas de trato y costumbres comerciales de la época (como el uso de libretas de deuda, el ultramarinos tradicional o el trato formal en el trabajo). Todo ello contribuye a construir una imagen fiel de una sociedad en transición, donde la infancia y la educación no siempre garantizan movilidad social.

    Finalmente, el relato adquiere una dimensión nostálgica y de cierre de etapa, ya que supone la ruptura del mundo infantil y escolar descrito en episodios anteriores. La incorporación de Antonio al trabajo simboliza el fin de la etapa de juegos y aprendizaje informal, y el inicio de una vida marcada por la responsabilidad, el esfuerzo y las obligaciones adultas.

    En conjunto, se trata de un relato contemporáneo realista, costumbrista y social, con fuerte valor testimonial, que retrata con sensibilidad el paso de la infancia a la madurez en un contexto humilde, donde las decisiones familiares están profundamente condicionadas por la realidad económica y cultural del momento.

    ResponderEliminar