sábado, 30 de mayo de 2026

Crónica de un apagón anunciado

 




 Crónica de un apagón anunciado



Escrito el 30 de abril de 2026

Todavía puedo oler la pólvora de aquel mayo de 2013. Recuerdo estar sentado frente a la pantalla, con el estómago encogido por las noticias de los seis millones de parados y el estruendo de las Fallas retumbando de fondo como una burla. Escribí aquello desde las entrañas: era un desahogo contra la incoherencia de un país que recortaba en quirófanos y escuelas mientras quemaba monumentos de 400.000 euros. Me llamaron exagerado, quizá, por decir que España no estaba para tirar cohetes mientras nos desangrábamos en la recesión. Pero yo no veía arte; veía un insulto a quienes habíamos perdido el poder adquisitivo y la esperanza.

Aquel fue mi primer aviso. Denunciaba que los «sinvergüenzas» de arriba jugaban con ventaja, que robar para comer tenía castigo, pero robar desde un paraíso fiscal tenía privilegio. Ya entonces advertí que, si seguíamos así, perderíamos la capacidad de sobrevivir.

Lo que no sabía es que esa «supervivencia» iba a cambiar de significado.

Han pasado casi 13 años y el panorama es, si cabe, más desolador porque la trampa se ha vuelto invisible. Ya no son solo los políticos de siempre; ahora es la propia herramienta la que nos está cavando la fosa. Veo a la muchedumbre hoy, embobada con la Inteligencia Artificial, celebrando lo «fácil» que es ahora crear un cuadro, escribir un texto o diseñar un mundo. No se dan cuenta de que están entregando las llaves del castillo.

Nos están allanando el terreno. Al hacernos creer que el esfuerzo humano no vale nada, que cualquier algoritmo puede sustituir nuestra chispa creativa, nos están convirtiendo en algo prescindible. El arte gráfico, la música, el pensamiento... todo reducido a un proceso de un segundo. Es la sedación perfecta. Mientras ellos —la masa— se pelean por ser virales, por ese minuto de gloria digital que solo beneficia al dueño de la plataforma, el sistema nos está estabulando.

Ya no somos ciudadanos; nos están preparando para ser ganado.

Y aquí es donde la hecatombe se vuelve definitiva. Veo el camino trazado con una claridad meridiana: la obsolescencia del ser humano. Primero nos quitan el trabajo, luego el propósito, y finalmente nos venderán el microchip cerebral como la «evolución» necesaria para no quedar atrás. Pero yo sé leer entre líneas. Ese chip no es progreso; es el interruptor final.

En 2013 me indignaba que tiraran el dinero por la ventana. Hoy me aterra que estemos tirando nuestra propia existencia por el desagüe de la comodidad tecnológica. El plan es perfecto: trabajaremos por la comida mientras seamos rentables, y cuando el algoritmo decida que nuestro coste supera nuestro beneficio, el mismo chip que nos hacía «especiales» se encargará de terminar con nuestra existencia de forma silenciosa, eficiente y limpia.

El fuego de las Fallas de 2013 al menos iluminaba la injusticia. El frío silicio de hoy solo prepara el terreno para un apagón del que nadie podrá protestar, porque para entonces, ya no seremos dueños ni de nuestro propio pensamiento.

A veces vuelvo a leer aquel texto de 2013 y siento una extraña nostalgia. Al menos, en aquel entonces, el enemigo tenía cara, el dinero tenía un rastro y el descontento se gritaba en las plazas. Había una coherencia en nuestra rabia: nos dolía que nos robaran el futuro porque todavía creíamos que el futuro nos pertenecía.

Hoy, el silencio es mucho más denso. Observo a la gente caminar por la calle, con la mirada clavada en el cristal de sus teléfonos, alimentando voluntariamente a la bestia que los sustituirá mañana. Se ríen con filtros de IA y presumen de creaciones que no les han costado ni un solo sudor mental, sin entender que cada vez que aceptan esa «facilidad», están firmando su propia sentencia de irrelevancia.

Ya no hace falta que nos mientan sobre vacunas o crisis fingidas; ahora nosotros mismos pedimos a gritos la cadena que nos sujeta. La tragedia no será un estallido, ni una última falla ardiendo en la plaza del Ayuntamiento. La verdadera hecatombe será un proceso aséptico, una actualización de software en un implante cerebral que aceptaremos por pura pereza, por no querer quedarnos fuera del rebaño viral.

Me dijeron que no respetaba las normas gramaticales, pero lo que realmente no respeto es la mansedumbre. Me temo que, al final, los que advertimos el peligro seremos los únicos que conservaremos una verdad incómoda en la cabeza, al menos hasta que el sistema decida que nuestra «rentabilidad» ha llegado a su fin.

España ya no tira cohetes, pero el mundo entero está encendiendo una mecha que no es de pólvora, sino de datos. Y esta vez, no quedarán ni las cenizas para recordar quiénes fuimos antes de convertirnos en simple código.

©Franizquiero


1 comentario:

  1. Relato contemporáneo de carácter reflexivo y ensayístico, que combina la memoria personal con la crítica sociopolítica para analizar la evolución de la precariedad y la pérdida de autonomía en la sociedad contemporánea. A través de una prosa argumentativa, intensa y cargada de imágenes simbólicas, el texto establece un paralelismo entre la crisis económica de principios de la década de 2010 y las nuevas formas de dependencia tecnológica, planteando una continuidad en los mecanismos de control y desigualdad. La obra aborda temas como la deshumanización, la obsolescencia del individuo, la alienación digital y la cesión voluntaria de libertad en nombre de la comodidad, articulando una visión distópica del presente inmediato. Asimismo, el relato construye una denuncia del desplazamiento del conflicto visible hacia estructuras invisibles —algoritmos, plataformas y sistemas automatizados—, proponiendo una reflexión crítica sobre la responsabilidad colectiva en la consolidación de un modelo que transforma al ciudadano en sujeto pasivo dentro de una lógica de rendimiento y consumo.

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