Escrito en 2013, revisado el 25 de marzo de 2026 (día internacional del perro)
Hoy, después de que… —ya saben quienes me leen lo que habitualmente hago al comenzar mi día con respecto a la convivencia con los ciudadanos—, me he alegrado mucho al coincidir con una persona y su mascota. Motivo por el cual ha surgido en mí la necesidad de crear y compartir este escrito. Es evidente que cambiaré sus nombres, porque tienen derecho a no darse a conocer por estos medios y porque la ley así lo contempla.
Cierto día, en el interior de un contenedor de basuras, se encontraba, sin dar crédito a su próximo y dramático final, un cachorrito de mastín del Pirineo. Sin pedigrí. Se lamentaba de su desdicha como únicamente podía: gimiendo, pues apenas tenía unos días.
Por aquel mismo lugar e instante se encontraba paseando un joven, de unos treinta y pico años, que, al escuchar los lastimosos y debilitados gemidos, se acercó y levantó la tapa de aquella tumba apestosa donde daba por perdida su vida el indefenso animal. Y, sin pensárselo dos veces, la rescató de aquel nauseabundo lugar y se la llevó consigo.
En primer lugar, se dirigió a casa y le preparó, de manera rudimentaria, una especie de biberón. La cachorrita, aún temblando y sin saber qué suerte correría en manos de aquel ser que le transmitía, en un primer momento, sensaciones similares a las de quien la había arrojado a su suerte sin más…, una vez que notó que ese calor comenzaba a ser distinto y se asemejaba al experimentado a los pocos segundos de haber nacido, aquello fue lo que la animó a aferrarse a esa nueva situación.
Al abrir su diminuta boca, notó algo cálido y, siguiendo su instinto de supervivencia, devoró el contenido en apenas un minuto. Vencida por el agotamiento y el reparador sustento, se quedó dormida en aquellas extrañas manos.
En segundo lugar, Manuel se dirigió hacia una clínica veterinaria y, tras el reconocimiento:
—A primera vista, parece que todo está bien… Si tienes algún problema, me das un toque al móvil —dijo la veterinaria.
—De acuerdo —respondió, mientras su cara no podía ocultar su estado emocional—. ¿Qué te debo por la consulta?
—Nada, y gracias por interesarte por los animales. Eso es todo.
Al llegar a casa, la depositó, envuelta en una prenda de vestir, en una caja; pero esta vez sin poner la tapa. Después se sentó y estuvo observando cómo iban cambiando sus lastimeros y ahogados gemidos por una respiración pausada y algún que otro ronquido.
El tiempo fue pasando y los problemas fueron apareciendo de nuevo. Algo no iba bien y Manuel regresó a la clínica. Después de hacerle todo tipo de pruebas y observaciones:
—Me temo que se trata de una disfunción cerebral…, pues aunque todos los análisis indican que está completamente sana, he observado que tiene problemas de coordinación, de ahí que su forma de andar llame tanto la atención. ¿Qué piensas hacer con ella? —refirió con tono de preocupación la veterinaria.
—¿Ella podrá vivir bien así? Quiero decir, ¿será algún impedimento…?
—Por supuesto que podrá vivir, pero siempre de manera condicionada por el mal que padece.
—Bueno, eso es lo de menos, tampoco la voy a exigir mucho.
Todo lo relatado ocurrió hace tres o cuatro años. Hoy, Valentina se ha convertido en una enorme mastín blanca, con alguna mancha de color marrón claro, que llama mucho la atención, no solo por el hecho de caminar mal y con la cabeza torcida hacia un lado, sino por lo cariñosa que se muestra ante cualquier desconocido. Acude todo lo rápido que sus limitaciones le permiten para sentir la calidez humana a través de una simple caricia.
Todo en ella me satisface plenamente y me deja sorprendido por la capacidad que tienen los animales. Valentina no siente rencor, ni siquiera hacia quien en su día no le importó lo más mínimo su triste final al dejarla indefensa y abandonada a su suerte.
Tal vez ni siquiera el nombre fuese elegido al azar, sino haciendo honor a su valentía por querer sobrevivir… Tal vez incluso eso tuvo que suceder de esa drástica manera por el hecho de que, hoy 12 de mayo, este que escribe, sin saber siquiera el porqué…, aunque me imagino que el responsable de que todas las cosas sucedan tal y como acontecen no sea otro que el destino: ese que se muestra caprichoso, antojadizo y que no hace nada porque sí…

Muy animado
ResponderEliminarGracias por la visita. Tu escueto comentario me hace pensar en alguien capacitado para hacerse notar, a pesar de llegar en silencio a un teatro que está ocupado en su totalidad. Supongo que la intención del lacónico aporte no es otro que evitar que descubra quién está detrás de estas alentadoras palabras.
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