En uno de los institutos de Vitoria-Gasteiz, donde los inviernos parecían eternos y los recreos se llenaban de risas, comenzó una historia que, al principio, prometía ser luminosa.
Laia siempre había llevado su nombre con naturalidad, aunque pocos conocían su verdadero significado: mujer que se expresa con facilidad, bien hablada, elocuente. Y lo era. Tenía una manera especial de contar las cosas, de convertir lo cotidiano en interesante, de hacer sentir escuchados a los demás. Era alegre, sociable, fiel y perseverante. Sus profesores solían decir que tenía un don.
Hitzjario, por su parte, cargaba con un nombre aún más peculiar. Proveniente del euskera, significaba elocuencia, flujo de palabras. Y también encajaba con él. Era ingenioso, rápido al hablar, capaz de salir de cualquier situación con una respuesta brillante. Un año mayor que Laia, cursaba un grado distinto, pero coincidían en los recreos.
Se conocieron precisamente allí, en uno de esos descansos entre clases, junto a una barandilla fría donde el tiempo parecía detenerse unos minutos cada día.
—¿Siempre hablas tanto? —le preguntó él, medio en broma.
—Solo cuando merece la pena —respondió ella, sonriendo.
Y así empezó todo.
Al principio, su relación era sencilla, casi inocente. Paseaban después de clase, compartían confidencias, se mandaban mensajes hasta quedarse dormidos. Eran dos personas hechas para comunicarse, para entenderse, para hablar… y, sin embargo, poco a poco, dejaron de hacerlo.
Todo comenzó con algo aparentemente inofensivo: la curiosidad por TikTok.
Un vídeo. Luego otro. Después, una cuenta propia. Más tarde, seguidores.
Y finalmente, la necesidad.
Al principio, lo hacían juntos. Grababan vídeos en el parque, ensayaban bailes, repetían tomas hasta que quedaban perfectas. Reían. Se divertían.
—Este va a petarlo —decía Hitzjario, mirando la pantalla.
—Seguro que sí —respondía Laia, refrescando la página.
Los primeros “likes” les parecieron una recompensa inocente. Una pequeña validación. Pero pronto dejaron de ser suficientes.
Querían más.
Sin darse cuenta, empezaron a medir su día en números: visualizaciones, comentarios, seguidores.
Ya no hablaban como antes. Ya no se escuchaban.
Laia, la chica elocuente, pasaba horas mirando la pantalla sin decir nada. Hitzjario, cuyo nombre significaba flujo de palabras, se había quedado sin ellas fuera del mundo digital.
Cuando estaban juntos, apenas se miraban.
Cuando estaban separados, tampoco se echaban de menos.
Solo compartían enlaces.
Las notas comenzaron a caer.
Primero un suspenso aislado. Luego varios. Después, asignaturas enteras que parecían no importarles.
En casa, las discusiones se hicieron frecuentes.
—¿Otra vez con el móvil? —le decía la madre de Laia—. Antes no eras así.
Pero Laia apenas respondía. Asentía sin escuchar, con la mente en otra parte, esperando la próxima notificación.
En casa de Hitzjario ocurría lo mismo.
—Te estás perdiendo —le dijo su padre una noche—. Y no te das cuenta.
Pero él tampoco escuchó.
La relación también empezó a resquebrajarse.
Los celos por seguidores, los reproches por vídeos sin avisar, las discusiones por comentarios ajenos… todo lo que antes les unía, ahora les separaba.
—Ya no eres la misma —le dijo él.
—Tú tampoco —respondió ella.
Y ambos tenían razón.
Lo más irónico era que sus nombres, aquellos que hablaban de comunicación, de palabra, de expresión… se habían convertido en lo opuesto a sus vidas.
Ya no hablaban.
Ya no se expresaban.
Ya no eran elocuentes.
Eran, simplemente, dos adolescentes atrapados en una pantalla, buscando en otros lo que habían dejado de darse el uno al otro.
Un día, en el mismo lugar donde se conocieron, volvieron a coincidir en el recreo. El frío seguía siendo el mismo.
Se sentaron en silencio.
Sin vídeos. Sin música. Sin filtros.
Solo ellos.
Pasaron varios minutos sin decir nada.
Y, por primera vez en mucho tiempo, ese silencio no estaba lleno de ruido digital, sino de algo más incómodo… pero también más real.
—¿Te acuerdas de cuando hablábamos? —dijo Laia finalmente.
Hitzjario tardó unos segundos en responder.
—Sí… —contestó—. Creo que eso era lo mejor que teníamos.
Ella asintió.
Y, aunque ninguno sabía muy bien cómo empezar de nuevo, por primera vez en mucho tiempo, levantaron la mirada de la pantalla.
Porque a veces, para recuperar lo que uno es, no hace falta decir mucho.
Solo volver a escuchar.
Pasaron días desde aquella conversación en el recreo.
No hubo promesas.
No hubo abrazos largos ni soluciones inmediatas.
Solo una incomodidad nueva… distinta.
Laia fue la primera en notar el vacío.
Aquella tarde, sentada en su habitación, sostuvo el móvil entre las manos. La pantalla iluminaba su rostro, pero ya no le devolvía nada. Ni emoción. Ni orgullo. Ni alegría. Solo una necesidad constante de seguir deslizando el dedo.
Por primera vez, se preguntó:
¿Qué estoy haciendo?
Pensó en su nombre. En lo que significaba.
Expresarse con facilidad… ser elocuente…
Y sintió que llevaba meses sin decir nada importante.
Esa misma noche, en otra casa del mismo barrio, Hitzjario vivía algo parecido.
Había subido un vídeo.
Había funcionado.
Muchos “likes”. Comentarios. Seguidores nuevos.
Y, aun así, cerró la aplicación con frustración.
—No es suficiente… —murmuró.
Pero no supo explicar por qué.
Se tumbó en la cama y recordó las palabras de su padre:
"Te estás perdiendo."
Por primera vez, le dolieron.
Al día siguiente, en el instituto, volvieron a encontrarse.
—He borrado la aplicación —dijo Laia, casi en un susurro.
Hitzjario la miró sorprendido.
—Yo… no puedo —respondió, sincero—. Lo he intentado.
No hubo reproche en la mirada de ella.
—Entonces no la borres… pero contrólala —dijo—. Yo tampoco sé hacerlo del todo.
Ese fue su primer paso.
No perfecto.
Pero real.
Los días siguientes fueron extraños.
Laia recaía. Volvía a instalar TikTok, lo abría, pasaban minutos… a veces horas. Luego lo cerraba con rabia.
Hitzjario intentaba reducir el tiempo, pero la tentación era constante. Cada notificación era un tirón invisible.
Discutían menos… pero hablaban más de lo que les pasaba.
—Siento que me falta algo cuando no entro —confesó él.
—A mí también… pero creo que eso es lo peor —respondió ella.
En casa, los cambios empezaron a notarse poco a poco.
La madre de Laia la vio una tarde estudiando sin el móvil cerca.
—¿Te encuentras bien? —preguntó, sorprendida.
—Sí… creo que sí —respondió ella.
No era del todo verdad.
Pero estaba en camino.
El padre de Hitzjario lo encontró un día leyendo.
—Hacía tiempo que no te veía así —dijo.
—A mí también —respondió él, con media sonrisa.
Volvieron a suspender algún examen.
Volvieron a distraerse.
Volvieron a caer.
Pero ya no era igual.
Porque ahora sabían lo que les estaba pasando.
Un mes después, en el mismo lugar donde todo empezó, en el recreo, se sentaron otra vez.
Esta vez, sin móviles.
—¿Sabes qué es lo curioso? —dijo Laia.
—¿El qué?
—Que nuestros nombres… significan hablar bien. Expresarnos. Conectar.
Hitzjario sonrió levemente.
—Y hemos pasado meses sin saber decir ni cómo estamos.
—Exacto.
Hubo un silencio breve. Pero ya no era incómodo.
—Creo que estamos volviendo —añadió ella.
—Sí… poco a poco.
No dejaron las redes sociales para siempre.
No se convirtieron en personas perfectas.
No solucionaron todo de golpe.
Pero aprendieron algo esencial:
Que la atención vale más que los “likes”.
Que el tiempo no vuelve.
Y que las palabras —las de verdad— solo existen cuando hay alguien al otro lado escuchando.
Y así, Laia volvió a ser, poco a poco, quien sabía expresar lo que sentía.
Y Hitzjario recuperó su flujo de palabras… no para una pantalla, sino para la vida.
Porque reconstruirse no es dejar de caer.
Es aprender a levantarse sabiendo por qué.
El valor de ser elocuente
Querido lector,
He escrito la historia de Laia y Hitzjario pensando en esa barandilla fría de un instituto de Vitoria-Gasteiz, pero también pensando en todas las barandillas invisibles donde hoy nos apoyamos para mirar una pantalla en lugar de mirarnos a los ojos.
Vivimos en la era de la hiperconexión, donde parece que si algo no se graba, no sucede; y si no tiene "likes", no vale. Sin embargo, los protagonistas de este relato nos enseñan una verdad incómoda: puedes tener miles de seguidores y estar profundamente solo. Puedes tener nombres que significan "elocuencia" y haber olvidado cómo decir "estoy mal".
Este relato no es una crítica a la tecnología, sino una invitación a la soberanía. No te pido que borres tus redes, pero sí que no dejes que el algoritmo borre quién eres. Que no permitas que el "brillo azul" apague tu propia luz.
Al igual que ellos, todos estamos en ese proceso de volver. De aprender que la atención es el regalo más caro que podemos hacerle a alguien. Que el silencio no siempre es vacío; a veces es el espacio necesario para que nazca una palabra de verdad.
Ojalá que, al cerrar estas páginas, sientas el impulso de levantar la mirada. Que busques tu propia "barandilla" y que, por un momento, el único flujo que importe sea el de una conversación real.
Porque al final, lo que nos hace humanos no es lo que publicamos, sino lo que somos capaces de escuchar.
Con afecto,
Franizquiero.

Cómo ayudar a un niño o adolescente con un uso poco saludable de las redes sociales
ResponderEliminarLa infancia y la adolescencia pueden estar llenas de retos de desarrollo y presiones sociales. Para algunos niños, las redes sociales tienen una forma de exacerbar esos problemas y alimentar la ansiedad, el acoso, la depresión y los problemas de autoestima.
Si te preocupa el uso de las redes sociales de tu hijo, puede ser tentador simplemente confiscar su teléfono u otro dispositivo. Pero eso puede crear más problemas, separando a tu hijo de sus amigos y los aspectos positivos de las redes sociales. En cambio, hay otras formas de ayudar a tu hijo a usar TikTok, Facebook, Instagram y otras plataformas de una manera más responsable.
Vigila y limita el uso de las redes sociales de tu hijo. Cuanto más sepas sobre cómo interactúa tu hijo en las redes sociales, mejor podrás abordar cualquier problema. Las aplicaciones de control parental pueden ayudar a limitar el uso de datos de tu hijo o restringir el uso de su teléfono a ciertas horas del día. También puede ajustar la configuración de privacidad en las diferentes plataformas para limitar su posible exposición a acosadores o depredadores.
Habla con tu hijo sobre los problemas subyacentes. Los problemas con el uso de las redes sociales a menudo pueden enmascarar problemas más profundos. ¿Tu hijo tiene problemas para integrarse en la escuela? ¿Está sufriendo de timidez o ansiedad social? ¿Los problemas en casa le están causando estrés?
Hazle cumplir los descansos de las “redes sociales”. Por ejemplo, puedes prohibir las redes sociales hasta que tu hijo haya terminado su tarea por la noche, no permitir el uso de teléfonos cuando se sienten a la mesa o en su dormitorio, y planificar actividades familiares que impidan el uso de teléfonos u otros dispositivos. Para evitar problemas de sueño, insiste siempre en que los teléfonos estén apagados al menos una hora antes de acostarse.
Enseña a tu hijo que las redes sociales no son un reflejo exacto de la vida de las personas. No debería compararse a sí mismo ni su vida de manera negativa con los demás en las redes sociales. La gente solo publica lo que quiere que los demás vean. Las imágenes están manipuladas o cuidadosamente posadas y seleccionadas. Y tener menos amigos en las redes sociales no hace que tu hijo sea menos popular o menos valioso.
Fomenta el ejercicio y los intereses fuera de línea. Aleja a tu hijo de las redes sociales motivándolo a realizar actividades físicas y pasatiempos que involucren interacciones en el mundo real. El ejercicio es excelente para aliviar la ansiedad y el estrés, aumentar la autoestima y mejorar el estado de ánimo, y es algo que puede hacer en familia. Mientras más relacionado esté tu hijo fuera de línea, menos dependerá su estado de ánimo y su autoestima del número de amigos, me gusta o compartir que tenga en las redes sociales.