miércoles, 20 de mayo de 2026

Nada acontece porque sí… En la vida, todo tiene su porqué.


 

Nada acontece porque sí… En la vida, todo tiene su porqué.

Escrito el 12 de enero de 2016, revisado el 20 de mayo de 2026

Apenas habían transcurrido doce horas desde que me despedía del año, tomando uvas y bebiendo sidra en compañía de mi esposa y mis mascotas, cuando, de buenas a primeras, recibí una llamada telefónica.

En un principio, me dejó tan perplejo como gélida e inmóvil permanece cualquier estatua de rotonda en una noche de enero. Pero, segundos después, al tomar conciencia de la gravedad del asunto, la sangre y el pensamiento comenzaron a fluir por mis venas y neuronas como lava recién expulsada de un volcán.

Tras depositar el inalámbrico sobre su base, noté que me faltaba el aire. Me angustiaba comprobar cómo mi cerebro era incapaz de asimilar, ordenar y comprender cuanto acababa de escuchar. De repente, me vi inmerso en un mar de dudas y sentimientos encontrados. La presión que sentía era tal que llegué a pensar que la cabeza podría estallar en cualquier momento. Sin embargo, no fue mi cabeza lo que estalló, sino un arrebato de ira que provocó que por mi boca salieran sapos y culebras.

Desde entonces, el rencor y la venganza fueron mis únicos consejeros… hasta que alguien apareció como por arte de magia —aunque soy consciente de que, en realidad, fue a través de Internet—.

Apenas han transcurrido noventa y seis horas desde que esa persona irrumpió en mi vida. No la conozco de nada y, sin embargo, a través de sus palabras he descubierto a alguien con mucho mundo, saber estar y una elocuencia fascinante. Su manera de expresarse me cautiva, me hace sonreír y me relata alegrías y penas amorosas con la misma delicadeza con la que un colibrí agita sus alas mientras liba el dulce néctar de una flor.

A través de sus palabras intuyo a alguien que conoce bien el amor y el desamor; alguien que sabe cuánto se disfruta el primero y cuán dañino y perverso puede llegar a ser el segundo. Pero también percibo que es una etapa superada, capaz ya de revivirla sin dolor, disfrutándola incluso al recordarla y escribirla.

Y eso me ha hecho recapacitar.

En lugar de continuar sufriendo el tormento vivido durante estos días, intentaré asumirlo del mismo modo que esa persona parece haber asumido sus heridas. Porque, tal y como canta Dyango: «Pero es mejor querer y después perder...».

©Franizquiero



1 comentario:

  1. Relato introspectivo y emocional de transformación interior, con elementos de confesión autobiográfica, drama psicológico y reflexión existencial sobre el dolor afectivo, el resentimiento y la capacidad humana de reconstruirse a través de la palabra y la comprensión emocional.

    La obra parte de un acontecimiento traumático —una llamada telefónica que altera por completo el estado emocional del narrador— para desarrollar un proceso interno de crisis, rabia y posterior reconciliación consigo mismo. El texto explora cómo una experiencia inesperada puede desestabilizar la percepción de la realidad y desencadenar pensamientos destructivos, mostrando la fragilidad emocional del individuo cuando se enfrenta al abandono, la decepción o la pérdida afectiva.

    El relato se estructura como una transición psicológica entre dos estados opuestos: primero, el impacto emocional inmediato, descrito mediante imágenes físicas intensas —la falta de aire, la presión mental, la ira volcánica—; y después, la aparición de una figura inesperada que actúa como catalizador emocional y moral. Esa persona, conocida únicamente a través de Internet y de sus palabras, representa una forma madura y serena de comprender el amor y el sufrimiento, convirtiéndose en un espejo donde el narrador empieza a reinterpretar su propio dolor.

    La narrativa incorpora elementos propios de la psicología emocional contemporánea: duelo afectivo, rumiación mental, impulsos de venganza, necesidad de validación emocional y reconstrucción interior a través de la empatía y la comunicación. El texto sugiere que el verdadero cambio no se produce mediante el olvido, sino mediante la resignificación del sufrimiento.

    Desde una perspectiva estilística, la obra combina lenguaje coloquial, intensidad emocional y simbolismo lírico. Las comparaciones —la estatua congelada, la lava volcánica, el colibrí que liba una flor— aportan una dimensión sensorial y poética al estado psicológico del narrador. La referencia final a Dyango introduce además un cierre melancólico y humanista que resume la conclusión emocional del texto: el amor, incluso cuando termina en pérdida, sigue siendo preferible a no haber amado nunca.

    Literariamente, el relato se sitúa entre la memoria emocional, el ensayo íntimo y la narrativa de autoconocimiento. La figura de la persona desconocida funciona casi como un símbolo de redención emocional a través de la palabra escrita, reforzando la idea de que ciertas conversaciones —aunque sean breves o virtuales— pueden modificar profundamente la manera en que una persona interpreta su sufrimiento.

    En conjunto, la obra funciona como una reflexión sobre la capacidad humana para transformar el rencor en comprensión y el dolor en aprendizaje, mostrando cómo, incluso en los momentos de mayor oscuridad emocional, una conexión inesperada puede abrir la posibilidad de reconciliarse con la vida y con uno mismo.

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