sábado, 16 de mayo de 2026

La última parada antes del frío


 

LA ÚLTIMA PARADA ANTES DEL FRÍO

Donde el trayecto termina y la piel comienza

Escrito el 16 de mayo de 2026

El Bulevar estaba desierto. A esas horas, el frío de Burgos no era solo una temperatura: era un filo que cortaba la respiración. Míriam se subió el cuello del abrigo mientras esperaba el último bus de la Línea 1. Cuando el vehículo apareció entre la niebla que subía del Arlanzón, sintió un alivio inmediato; el interior prometía, al menos, una tregua.

Se sentó al fondo. A través del cristal empañado, las siluetas de la Cartuja se desdibujaban, y más adelante, las luces de la Plaza del Cid parecían suspendidas en el aire.

Fue en la parada de Plaza de España donde la vio.

Subió con paso firme, sacudiendo el paraguas antes de que las puertas se cerraran. Llevaba una bufanda gruesa que le cubría media cara, pero sus ojos —claros, atentos— se fijaron en Míriam sin titubeo. No había casi nadie en el bus; solo un par de pasajeros cansados, dispersos en sus propios silencios.

Se sentó justo enfrente.

Con un gesto lento, se quitó la bufanda, dejando al descubierto un cuello pálido que contrastaba con el rojo del frío. El vaho de ambas respiraciones se mezclaba en el aire templado.

—Es una noche terrible para estar sola en la calle —dijo.

Su voz tenía una calma extraña, como si no perteneciera del todo al trayecto.

Míriam dudó un segundo antes de responder.

—En Burgos casi todas lo son —dijo al final, sosteniéndole la mirada más de lo necesario.

La otra mujer esbozó una media sonrisa.

—Yo tengo a dónde ir —añadió—. Pero no tengo prisa por llegar.

El bus avanzaba hacia Gamonal. El ruido del motor y el traqueteo del asfalto parecían más presentes de lo habitual. Míriam notaba una tensión leve, difícil de ubicar, como si algo hubiera cambiado sin que nadie lo hubiera señalado.

Cuando la mujer se levantó, lo hizo sin romper el contacto visual.

Al pasar junto a ella, rozó su hombro con la mano. No fue un accidente.

—Me bajo en la siguiente —dijo, inclinándose apenas—. Puedes seguir… o venir.

No añadió nada más.

Míriam no se movió de inmediato. Miró hacia la ventana, hacia la parada que se acercaba, hacia el reflejo borroso de ambas en el cristal.

Y se levantó.

Bajaron juntas. El aire frío golpeó de nuevo, más duro después del calor del bus. Caminaron sin hablar, con paso rápido, atravesando calles donde la niebla parecía absorber el sonido. El viento bajaba desde el castillo y se colaba por cualquier rendija.

El portal era antiguo, de madera oscura. Dentro, el silencio era distinto, más contenido.

Subieron las escaleras sin prisa, con ese tipo de distancia que no es lejanía, sino espera.

Al cerrar la puerta del apartamento, el mundo exterior quedó suspendido.

—Aquí no llega el frío —dijo ella en voz baja.

No era del todo cierto, pero tampoco importaba.

El primer contacto fue breve, casi una comprobación. Después, más firme. La pared de piedra devolvía el contraste: frío en la superficie, calor en el cuerpo. Las manos encontraron su lugar sin urgencia, como si el recorrido ya estuviera decidido de antemano.

No había palabras necesarias. Solo respiraciones que se ajustaban, gestos que se respondían sin explicación.

Se movieron por el pasillo a oscuras, guiándose más por la cercanía que por la vista. Las capas del invierno fueron quedando atrás sin orden, como si ya no tuvieran función.

En la habitación, la luz filtrada por la niebla dibujaba una claridad difusa sobre la cama.

Se detuvieron un segundo antes de acercarse del todo.

Fue un instante breve, pero suficiente.

Luego ya no hubo distancia.

El tiempo perdió medida. No hubo prisa ni pausa clara, solo una continuidad sostenida, una forma de atención concentrada en lo inmediato. Afuera, el viento seguía golpeando las ventanas; dentro, el silencio se llenaba de pequeños sonidos que no necesitaban ser nombrados.

Cuando todo se calmó, permanecieron en la misma posición, sin separarse del todo. El calor era distinto ahora, más estable.

—¿Te arrepientes? —preguntó ella al cabo de un rato, casi en un susurro.

Míriam tardó en responder.

—No lo sé —dijo finalmente—. Todavía no.

No era una duda incómoda. Era más bien una forma de no cerrar lo que había ocurrido.

Se quedaron así, sin añadir nada más, mientras la noche terminaba de asentarse al otro lado de las paredes.



A la mañana siguiente, Burgos amaneció cubierto de escarcha. El sol, bajo, entraba con dificultad por la ventana, dibujando una luz pálida sobre el suelo.

Míriam abrió los ojos poco a poco. Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Luego vio la ropa en el suelo, la habitación desconocida, la silueta de la otra mujer en la cocina.

El sonido de una taza apoyándose en la encimera.

—Hay café —dijo ella sin girarse.

Míriam se incorporó, envolviéndose en la sábana. El frío volvía a existir, pero de otra manera.

Aceptó la taza cuando se la ofreció. El calor le resultó casi excesivo en las manos.

—¿Siempre haces esto? —preguntó.

La otra mujer apoyó la espalda en la pared, pensándolo un segundo.

—No —respondió—. Pero tampoco es la primera vez.

Míriam asintió, sin saber muy bien qué hacer con esa respuesta.

Desde la calle llegaba el ruido del tráfico empezando a organizar el día. Todo volvía a su sitio, o lo parecía.

Se acercó a la ventana. La ciudad estaba ahí, intacta, como si nada hubiera ocurrido.

—Mi parada no era esa —dijo.

—Ya —respondió la otra—. Tampoco la mía.

Hubo un silencio breve.

No incómodo. Pero tampoco fácil de llenar.

Míriam dejó la taza.

No sabía si iba a quedarse o a vestirse. Tampoco tenía claro si necesitaba decidirlo en ese momento.

Detrás de ella, la mujer no se movió.

La mañana seguía avanzando.

Y, por primera vez desde la noche anterior, el tiempo volvió a tener dirección.



El autobús volvió a pasar por el Bulevar esa misma noche, a la misma hora.

Las puertas se abrieron con el mismo sonido mecánico, dejando escapar una bocanada de aire caliente que se disipó enseguida en el frío. Subieron dos personas, bajó una. El conductor no miró a nadie en particular.

Todo seguía igual.

Míriam no estaba allí.

Caminaba en otra dirección, sin prisa, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. El frío era el mismo, pero no se le pegaba igual a la piel. Había algo que no terminaba de encajar del todo en la secuencia habitual de la ciudad.

No pensaba en la noche anterior como un recuerdo cerrado. Tampoco como algo que tuviera que repetirse. Era más bien una interrupción limpia, sin explicación, que no encontraba su lugar exacto dentro del día.

Al pasar por una parada, miró de forma casi automática el interior del bus detenido. Durante un segundo, buscó algo que no supo nombrar: una silueta, una mirada, una repetición posible.

No vio nada.

El vehículo arrancó.

Míriam siguió caminando.

El sonido del motor se alejó por la calle Vitoria, mezclándose con el resto del tráfico. La ciudad recuperó su ritmo, ese que no se detiene por nada que ocurra dentro de ella.

Pero durante un instante más —breve, casi imperceptible—, la sensación persistió.

No era deseo.

No era duda.

Era algo más simple y más difícil de retener.

Como si, por una sola noche, el trayecto hubiera dejado de tener paradas.

Y ahora, sin avisar, volviera a tenerlas.


©Franizquiero

1 comentario:

  1. Relato contemporáneo de carácter intimista y sensorial, que combina el realismo urbano con una prosa atmosférica y contenida para explorar el deseo, la soledad emocional y la fragilidad de los encuentros humanos en espacios transitorios. A través de una narrativa pausada y cinematográfica, el texto convierte la ciudad nocturna de Burgos —sus autobuses, calles húmedas y edificios antiguos— en un escenario simbólico donde el frío exterior contrasta con la necesidad de calor físico y emocional de los personajes. La obra aborda temas como la conexión efímera, la incertidumbre afectiva, el anonimato compartido y la interrupción inesperada de la rutina cotidiana, articulando una reflexión sobre esos momentos suspendidos que, sin prometer permanencia, alteran profundamente la percepción de uno mismo y del tiempo vivido. Asimismo, el relato utiliza el trayecto urbano como metáfora existencial, entendiendo el viaje no como desplazamiento físico, sino como un tránsito emocional entre la contención y la entrega, entre el aislamiento y la posibilidad momentánea de sentirse acompañado.

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