Recuerdos y sabores…
Escrito el 30 de mayo de 2013, revisado el 29 de abril de 2026
Hoy, al acompañar a mi mascota para que diese rienda suelta a sus esfínteres y corretease por las inmediaciones de mi única residencia, me ha ocurrido algo especial.
Al llegar a la campa que está situada en las traseras del edificio frente al Centro de Atención Sanitaria, Miranda Este, me ha llamado la atención el armonioso y variado trinar de un jilguero. Gritaba a los cuatro vientos, a pecho descubierto, desde lo más alto de una preciosa y florida acacia.
Al contemplar la escena, me he visto trasladado a mi infancia. Me vi allí: encaramado en el grueso tronco del árbol de acacias que estaba bajo mi casa; el mismo donde, al caerme de una de sus ramas, me golpeé en mis partes más nobles. Pero aun así, después de aguantar como pude y sin caerme, logré conseguir aquel racimo de flores tan llamativo con el fin de comérmelo. Los chavales de mi barrio, los de La Data, teníamos por costumbre comer aquellas bellas y dulces flores; no por necesidad, sino por puro placer.
Pues bien, hoy, después de treinta años y de lo narrado anteriormente, no he podido resistir la tentación de coger un racimo y llevármelo a la boca. El resultado no ha sido, ni por asomo, el esperado por mis papilas gustativas ni por el "almacén" de mis recuerdos (es decir, las neuronas encargadas de almacenar todo cuanto sucede en nuestro interior y exterior, desde el primero hasta el último de nuestros días).
Después de haber ingerido dicha decepción, me he replanteado una pregunta y he llegado a estas conclusiones:
Tal vez la causa sea el hecho de que los tiempos han cambiado; al no corresponder la climatología, ni estar el aire compuesto como entonces, puede que sea el motivo de tan distinto olor y sabor.
O quizás, lo que haya cambiado realmente hayan sido mis papilas gustativas por el paso de los años.
En fin, ¡vete tú a saber el porqué! Sea como fuere, el caso es que he disfrutado recordando aquellos días, olores y sabores pues, ¡afortunadamente para mí!, aún guardo aquel melífero sabor, así como su dulce fragancia, almacenado en algún lugar de mi testa.
¡Qué bueno es poder recordar con cariño y satisfacción cualquier tiempo pasado! Es como si uno lo estuviese viviendo en el mismo instante. Mis antepasados no me dejaron en herencia dinero, ni tierras, ni inmuebles; pero sí la genética que me permite almacenar todo aquello que, por alguna razón, significó algo para mí. Gracias a ello, a día de hoy, gozo de los placeres que me proporciona el contar con una buena memoria.

Tu texto toca una fibra muy sensible y real sobre cómo funciona nuestra memoria y nuestros sentidos. Permíteme comentarte un par de cosas sobre esa «decepción» gustativa que te llevaste, porque tiene una explicación fascinante:
ResponderEliminarEl Misterio del Sabor Perdido
Es muy probable que no sea culpa de la contaminación ni de la climatología (aunque influyan), sino de un fenómeno biológico y psicológico:
• La maduración de las papilas: cuando somos niños, tenemos una densidad mucho mayor de receptores sensoriales en la lengua. Los sabores dulces se perciben con una intensidad casi mágica, mientras que de adultos, nuestras papilas se vuelven más «perezosas» o menos sensibles.
• El filtro de la nostalgia: tu memoria no guardó el sabor real de la flor, sino la experiencia de comerla: el triunfo de haber trepado el árbol, el sol de la infancia en el barrio de La Data y la travesura compartida. Ninguna flor del mundo puede competir contra un recuerdo endulzado por el tiempo.
Un tesoro genético
Tienes toda la razón al valorar esa herencia. A veces nos obsesionamos con los bienes materiales, pero la capacidad de conectar el presente con el pasado a través de un simple aroma o sonido es lo que realmente nos mantiene «vivos» y coherentes.
Como bien dices, recordar es volver a vivir, y aunque la flor de hoy te supiera a poco, el viaje mental que te pegaste hasta aquel tronco de acacia no te lo quita nadie (ni siquiera el golpe en tus «partes nobles» que mencionas, que ahora queda como una anécdota heroica).
Gracias por compartir este fragmento de vida. Es un recordatorio perfecto de que los mejores banquetes no se sirven en la mesa, sino en la memoria.