Hay que aprender a ver con otros ojos…
Escrito el 18 de diciembre de 2010, revisado el 3 de abril de 2026
Si en otoño caminamos junto al río y vemos que las hojas han caído, que los árboles están desnudos, que en el suelo yace aquello que, tiempo atrás, era bonito y colorido… si lo miramos solo con esos ojos, no seremos conscientes de que lo que está ocurriendo no es más que el inicio de una nueva etapa.
Una etapa necesaria para que, en un futuro próximo, todo vuelva a vestirse con sus mejores galas y el árbol recobre su esplendor y su lozanía.
Por eso, hay que entender que forma parte de la vida de los árboles de hoja caduca. Son ciclos que han de superar para desarrollarse y crecer como lo que son: vida en transformación constante.
Y si, al ver caer las hojas y los frutos, sentimos tristeza, desolación o frustración, debemos asumir que todo ocurre como debe ocurrir. Porque esas hojas caídas servirán de sustento; porque ese fruto, aparentemente perdido, se nutrirá de ellas para dar paso a una nueva vida.
Sin embargo, a muchas personas, atrapadas en la angustia, la desesperanza o la tristeza, les pasa inadvertido todo aquello que sucede a su alrededor. No alcanzan a ver las pequeñas cosas, esas que, aun siendo sencillas, están llenas de belleza.
Si tenemos en cuenta aquello de que «no hay mal que por bien no venga», tal y como recoge el refranero español, quizá podamos pensar que los acontecimientos, por duros que sean, suceden así para que no pasen desapercibidos. Para que aprendamos a valorar lo que, de otro modo, ignoraríamos.
Y, como también se dice: «vale más una gota de miel que un cántaro de hiel».
A veces, desde nuestras propias experiencias, surgen dudas y no encontramos respuestas. Entonces cabe preguntarse:
¿Qué es lo que nos impide ver las cosas de otra manera?
Tal vez la respuesta esté más cerca de lo que creemos.
Escucha tu voz interior.
Porque si encuentras tu verdad dentro de ti, no necesitarás buscar nada más.
Y, aunque pueda parecer un argumento difícil de sostener, me atrevo a decir que todas las respuestas que necesitamos están en nuestro interior.
Así lo percibo.
Así lo vivo.
Y así lo transmito.

Ver el "invierno personal" —esos periodos de agotamiento, tristeza, pérdida o parón forzoso— no como un final definitivo, sino como un barbecho, es una perspectiva de crecimiento personal que transforma la crisis en una oportunidad de regeneración. En la agricultura, el barbecho es la tierra que se deja descansar sin sembrar para que recupere sus nutrientes y sea más fértil en el futuro; aplicando esto a la vida, el invierno es una pausa necesaria para recuperar la energía y la claridad.
ResponderEliminarAquí te detallo esta metáfora:
• No es inactividad, es preparación: al igual que el suelo en barbecho sigue vivo, un invierno personal es un tiempo de trabajo interno silencioso. Se "composta" lo que ya no sirve (emociones negativas, viejas estructuras) para abonar el terreno de la primavera siguiente.
• Aceptación de la pausa: la sociedad actual presiona para una productividad constante, pero el invierno nos enseña que el descanso profundo es vital para sobrevivir. El barbecho es una pausa que permite recuperar la creatividad y las ganas.
• Recogimiento y nutrición: es un momento para retirarse, reflexionar y nutrirse a uno mismo en lugar de desgastarse. Se trata de echar raíces más profundas en lugar de intentar mostrar frutos prematuros.
• La promesa de la cosecha: entender el barbecho significa confiar en que el ciclo cambiará. Este tiempo de aparente "nada" es indispensable para que la próxima etapa de crecimiento (primavera) sea más fuerte, consciente y rica.
En lugar de luchar contra la estación fría de la vida, esta visión propone "invernar" con intención, sabiendo que el descanso es el preludio de una nueva vida