miércoles, 28 de septiembre de 2016

Capítulo II, episodio 3, En el Fondo del Mar...


   12 de octubre de 1997, Hospital Universitario Valle de Hebrón.
   Meritxell dio a luz a su primogénito. El mismo que, después de ser cortado el cordón umbilical y liberado  su cuerpo de restos sanguinolentos, comenzó a llorar  desesperadamente al recibir el inesperado castigo que le propinó aquella mujer de aspecto brujeril, cuyas  manos estaban tan frías como lo puedan estar las aguas de cualquier río en pleno mes de enero,  so pretexto de comprobar no solo  la capacidad pulmonar, sino de hacerle sacar el genio a aquel indefenso ser que se hallaba concentrado en apenas  sesenta y seis centímetros. El neonato arrojó un total tres mil quinientos cincuenta y tres gramos en la báscula.
   Cuatro años después, asistida por la misma comadrona, Meritxell dio a luz, a quién, un mes después de su alumbramiento, le sería impuesto el nombre de Patricia.  Esta, a diferencia de su hermano, nació con un peso de dos kilos ochocientos ochenta y dos gramos repartidos equitativamente en los cincuenta y cinco centímetros del envase.
   Tras el nacimiento de la pequeña Patricia, Irene e hija acordaron que sería mejor rescindir el contrato laboral y que la parturienta se inscribiese en el INEM como demandante de empleo hasta que la recién nacida fuese admitida en la guardería.
   Por aquel entonces, Meritxell se había convertido en una asidua a las series televisivas, ya que el hecho de permanecer tanto tiempo en casa era algo que le sacaba de quicio. Con la llegada de las festivas Navidades, sintiéndose acompañada de sus familiares más cercanos, el asunto se soliviantó un poco:
   —Cariño, ¿sabes qué me haría muchísima ilusión?
   —No, la verdad es que no tengo la más remota idea, pero tal vez si me lo desvelas tú…
   —Ha ocurrido algo que deberías saber, la llegada de Patricia y el tiempo que me voy a estar en casa ha hecho resurgir en mí algo que tenía casi olvidado y quiero recuperar el tiempo perdido y mi ilusión de convertirme en escritora: como bien sabes... es algo que anhelo desde que apenas era una niña y…
  —Me parece estupendo cariño, últimamente he visto cómo te ibas viniendo abajo anímica-mente y puedes creerme que no sé cómo hacer para que esto cambie.
   —Un ordenador personal, eso es todo cuanto necesito ahora mismo para recuperar mi ánimo y mi ilusión.
   —Pero ¿sabrás manejarlo?
   —Creo que sí, el Querty lo domino a la perfección y el teclado del ordenador usa el mismo sistema y, además desde hace unos meses —dijo mostrando en alto un ejemplar de cómo aprender a manejarse con el Office.
   —Pues, si lo tienes todo tan claro… no entiendo a que estabas esperando —respondió   Alberto antes de convencerla para salir en busca de aquel aparato que, en principio, serviría para solucionar la situación de desánimo en la que esta se hallaba.
   Meritxell había acudido previamente y en solitario a la consulta de su médico de cabecera y este le había indicado que: «tal vez se trate de una ligera depresión post parto, no obstante, si con lo que te he prescrito no notases mejoría alguna, te vuelves a pasar por aquí y te envió al especialista». 
   Unos días después, dejándose llevar por la euforia, al mediodía,  se sentó frente al ordenador, comenzó  a teclear y,  en menos que tarda en morir cualquier insecto que ha sido atropellado por una apisonadora, notó que algo escalaba por su tubo gástrico a la par que una mano invisible atenazaba su garganta y, precisamente cuando sus pulmones demandaban oxígeno, un sudor frío se apoderó de todo su ser  «¿Acaso tendrían razón las profesoras y  en realidad era cierto que no valía?» —se dijo para sí misma mientras se ponía en pie. Abrió uno de los cajones del aparador y extrajo uno de los manuscritos, que guardaba como oro en paño, y, al comenzar a transcribirlos, observó que, efectivamente, su tesoro más preciado, sus trabajos, sus apuntes estaban colmados de faltas de ortografía o al menos así lo señalaba el detector de fallos que emplea el programa del editor de textos Word.
   A la mañana siguiente, sin pensárselo, condujo sus pasos hasta una librería y, tras consultar al dependiente, adquirió un volumen de gramática básica de la lengua española y lo mantuvo en secreto, ni siquiera su marido estaba al tanto. Durante medio año estudió ortografía con ahínco, cómo si la vida le fuese en ello y, de buenas a primeras, sintió que algo en su interior la incitaba a seguir escribiendo. Fue como si después de tantos años de castración vocacional, de repente, tras la eclosión, le proporcionasen la energía suficiente como para ganar la batalla al tiempo y continuar escribiendo la novela. Comenzó a escribir una serie de novelas cortas de intriga y misterio que a pesar de creerse con capacidad y dotes suficientes como para atreverse a escribir cualquiera de los géneros que admite la literatura; aunque en realidad, no era más que una burda copia de, Se ha escrito un crimen, una serie televisiva que creó furor en España y que de manera magistral  era interpretada por Ángela Lansbury, una septuagenaria actriz, metida en el papel de detective como Jessica Fletcher. La única diferencia entre lo que esta escribía y la serie, consistía en que la protagonista era Susana Capdevila, una joven y avispada dependienta que resolvía de manera rápida y eficaz cualquier misterio surgido en el distrito de Gracia, uno de los diez en que está dividida la Ciudad Condal.
   Dos años después.
  A mediados de septiembre, Alejandro y Patricia fueron admitidos en el Colegio de Educación Infantil y Primaria Patronato Doménech. Esto le permitiría a Meritxell retornar al trabajo, junto a su madre, pero en régimen de media jornada, de nueve y media a dos de la tarde, por el hecho de que, además de ocuparse de las tareas de la casa, una fuerza interior la incitaba a narrar todo aquello que por su mente pasaba, ya que según ella: «mi futuro está entre las letras, los personajes, las emociones, la trama, la imaginación…».
   Por las tardes, después de recoger a los niños del colegio y darles la merienda, estos se pasaban las horas sentados en su habitación frente al televisor viendo  una y otra vez la infinidad de películas de dibujos animados que ordenadamente se hallaban apilados sobre una librería, mientras que su mamá,  continuaba escribiendo de manera frenética  sentada sobre un cómodo sofá de tres plazas, con el portátil sobre su regazo, sin ser consciente de que su cabeza no descansaba ni de día ni de noche y, como consecuencia, el insomnio fue uno de los primeros síntomas en hacerse presentes; pero ella, no lo asumió como un problema, sino como una circunstancia que le había permitido concluir su primera novela, de corte romántico, en un tiempo record, menos de un año, comenzándola a escribir en 16 de septiembre y  terminándola el 15 de agosto de 2003, y,  después de disfrutar de  tres  semanas de vacaciones junto a su esposo e hijos en Ibiza, tras darle varias vueltas a la cabeza, decidió que había llegado la hora de hacer cambios con respecto a su forma de escribir y el género literario: con el fin de medirse a sí misma.




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