sábado, 13 de agosto de 2016

Primera parte, episodio 1, Atrapados en la red







Enero de 2012, siete y diez de la mañana.

Invadido por la emoción, ansioso y nervioso por compartir su primera novela, Bonifacio Martín, más que necesitar, deseaba, reencontrarse con las personas que tiempo atrás había conocido, compartido y convivido a través de Internet. Conectó el ordenador y, después de consultar el correo electrónico y ponerse al día leyendo la prensa local, tras insertar la dirección en la barra del motor de búsqueda, al acceder a la página solicitada resolvió teclear su anterior Nick e instantáneamente emergió un mensaje en la pantalla:

   «La petición solicitada no está disponible, si bien puede elegir entre Albañil 1,2, 3… o si lo prefiere inténtelo de nuevo con otro Nick distinto, gracias».

   Seguidamente posicionó la flecha del Mouse en aceptar y, tras presionar sobre el botón izquierdo para su confirmación, irrumpió en la pantalla otra casilla informativa:

   «Con la intención de evitar la creación de perfiles falsos, y preservar a los usuarios del perjuicio que ello pueda conllevar, le informo a usted que, en la mayor brevedad posible y/o en un plazo no superior a 48 horas, recibirá en el correo electrónico que nos ha facilitado la notificación de si la solicitud de ingreso ha sido aceptada o denegada. Así mismo, ruego a usted: nos disculpe por las molestias que le pueda generar el estricto control que exigimos con el fin de facilitar la comunicación entre nuestros suscriptores».

   Finalizada la lectura: «bueno, la cuenta atrás ya ha comenzado», pensó mientras se frotaba las manos, y era reconducido. Una vez allí, siendo conocedor de los pasos a seguir, eligió al azar una imagen de las muchas que tenía archivadas para poner como avatar y comenzó a crear su cuenta:

  «Bienvenidos al perfil de Albañil 62 / Sexo: Hombre. /Edad: 62 / E. civil: Casado /Busca: En realidad no busco nada, ni siquiera amistad. Soy una persona normal y corriente al que no me gusta perder el tiempo en determinados asuntos, no me gustan los compromisos, entro aquí a entretenerme leyendo y observando el comportamiento de determinados personajes y, como al viento, me gusta andar a mi libre albedrío».

   Completado el perfil, salió de la página, llevó la flecha del ratón hacia el botón de inicio y, tras desplegar el menú de opciones, hizo clic en apagar. Se levantó, cogió un paraguas que tenía puesto a secar en el cuarto de baño, lo cerró, y, tras despedirse de su mujer con un «¡hasta luego, cariño», salió al rellano, condujo sus pasos hacia la zona de ascensores y, tras pulsar el botón del que estaba libre, «¡Joder!, ni que estaría en el portal», pensó al contemplar lo que había tardado en llegar y, de repente, suspiró de manera mecánica y, una vez que se deslizaron las puertas interiores, tiró hacia él de la exterior, se introdujo en él y esperó a que concluyese el mecanismo del aparato para pulsar sobre la alarma por error «¡Joder!, lo que me faltaba ya», pensó mientras se miraba en el espejo que ocupaba íntegramente la pared del fondo. Una vez en la calle, al observar que en vez de llover parecía que estaba diluviando, puso buena cara y comenzó a pasear tal y como tenía previsto para ese día en su agenda mental.

   A mediodía, para no perder la costumbre que conlleva el noble oficio de ser albañil, sin necesidad de tener que consultar el reloj, decidió retornar al punto de partida, a la una en punto; pero antes de llegar a casa, se pasó por la panadería para recoger una barra de pan rústico. Al entrar al portal, después de seguir algunos de los pasos que tuvo que realizar al salir, pero  de manera inversa, al llegar junto a la puerta de entrada introdujo la llave en la cerradura, abrió y cerró la puerta, «cariño, ya estoy aquí», dijo a la par que entraba en el salón-comedor para depositar  sobre la mesa la hogaza y, seguidamente, condujo sus pasos hacía el cuarto de baño, se lavó y secó las manos, regresó y, sin más demora, se sentó frente a su esposa y un plato de garbanzos, con todos sus tropezones, ¡como Dios manda!, que ella había puesto sobre el mantel mientras el recién llegado se aseaba.

   Dos horas después, como cada día, tras haber comido, reposado y tomado café junto a su esposa, Bonifacio conectó el ordenador de sobremesa y, tras hacer clic en el acceso directo que previamente había fijado en el escritorio, accedió a Interchat con las ideas bien claras, pasearse por los foros para dejar constancia de su vuelta:

  «Hola a todos/as, quiero haceros saber que, aunque aparezco como nuevo usuario, en realidad no es así, ya que, después de estar inactivo en las redes sociales, he decidido regresar.
Hace un tiempo estuve en esta comunidad, mi antiguo Nick era Albañil y, tras mi paso por ella, al observar el comportamiento de algunas personas por el medio, surgió en mí la necesidad de escribir una novela con la sana intención de que sirva, entre otras cosas, para que entiendan que bastaría con moderarse un poco para que todo cursara de manera civilizada, y en beneficio de todos, y hacerles saber sería suficiente con proponérselo.

Ayer tarde concluí el borrador y qué mejor sitio que este para compartirlo de manera altruista con todo aquel que se pueda sentir interesado en saber de qué trata esta historia. Lo único que les ruego encarecidamente a quienes opten por visitar el foro es que se abstengan de dejar comentarios; ya que, a diferencia otros, en este no se permiten los aportes, con la única intención de facilitar la lectura a quienes sientan curiosidad por saber de qué trata la historia. Y, dicho esto, sin más dilación por mi parte os invito a participar en un foro que he creado en esta página y por si os apetece participar, aquí os dejo el enlace:

 http://www.Interchat.con/salasdeforos/Albañil%2062


Tras hacer clic sobre el enlace, comprobó que todo funcionaba como tenía previsto:

Foro: ¿Qué hay tras la pantalla?
Creado y moderado por Albañil 62

Bienvenidos a este, su foro, ¡espero y deseo disfruten de su estancia!, y agradezco por adelantado a todo aquel que hasta aquí vaya llegando.

Ruego: se acomoden tal y como si estuviesen en su propia casa y, si durante la lectura les apetece tomarse un aperitivo o beberse un refresco, no duden en levantarse y caminar hacia el frigorífico.
Saludos.


¿Qué hay tras la pantalla?







Bonifacio Martín




¿Qué hay tras la pantalla? ©® Bonifacio Martín, 2012

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