jueves, 4 de agosto de 2016

Capítulo III Episodio 12, Vidas Truncadas


Concluido el protocolo de registro y admisión, Antonio, fue conducido al módulo de preventivos. Una vez allí, fue introducido en una celda donde permanecería por espacio de tres días, el tiempo justo y necesario para pasar un reconocimiento médico, psicológico y al mismo tiempo para observar su adaptabilidad al medio.
   Antonio no paraba de  darle  vueltas a la cabeza tratando de entender por qué estaba allí, si al fin y al cabo, lo único que había hecho era darle tres o cuatro puñetazos: por defender a Teresa.
   Superado el periodo de adaptación, tras quitar el cerrojo y abrir la pesada puerta.
   —Antonio, recoge tus cosas y sígueme —ordenó con voz grave el funcionario—, la almohada y las sábanas también ¡Joder! Que ya lo tenías que saber ¡Hostias!» —chilló de malas maneras el carcelero.
   —Perdone. Es mi primera vez…
   —¡Termina de una p… vez, hostias! No tengo toda la mañana para escucharte.
   Después de atravesar tres puertas y otros tantos controles de seguridad, el funcionario se detuvo frente a la celda 42, la que por azar le había correspondido al reo.
   —Venga deja tus bártulos y acompáñame hasta el patio —apremió el funcionario—. ¿Tú eres así de tonto o me estas vacilando?
   —Perdone, pero no sé qué me quiere decí…
   —¡Qué cojas los cubiertos, hostias! ¿O vas a comer con las manos?
   Antonio se dio media vuelta y recogió una bolsa pequeña que contenía una cuchara, un tenedor y un cuchillo de plástico… y siguió tras los pasos del carcelero sin atreverse a pronunciar ni una sola palabra.
   «Chulo de mierda, ya me gustaría ver si en la calle tiene tantos cojones este hijo de p…» —pensó, al sentir como la impotencia se manifestaba a través de las lágrimas y a su libre albedrío sobre su consternado rostro.
   Durante un par de horas, paseó por el patio en solitario y cabizbajo.
   «Esto no puede sé cierto ¡Jodé!..., seguro que al final s'han confundido y no s'ha muerto…, si tampoco le pegué tan fuerte, ¿cómo va a sé posible matá a alguien con tres puñetazos? —se repetía a sí mismo una y otra vez tratando de comprender aquella situación tan injusta.
   A las doce y media, una sirena ululó por todo el recinto, Antonio siguió corriendo en la misma dirección que lo hacían los demás, pero sin saber hacia dónde ni el porqué y, un par de minutos después, se encontraba formando una fila donde los reclusos permanecían en silencio y en posición de firmes.
   —¿Qué pasa ahora? —consultó con voz queda al que estaba junto a él.
   —Nada, tranquilo —susurró—, antes de comer nos hacen formar para el recuento.
   —Gracias, muchas gracias, amigo.
   —Juan, me llamo Juan.
   —Yo, Antonio.
   Efectuado el recuento, fueron entrando por filas y en orden al comedor y de la misma manera los internos iban ocupando los bancos que rodeaban aquellas interminables mesas. Después de comer regresaron de nuevo al patio.
   —¿No vas a tomar café? —interrogó Juan.
   —Pero ¿se puede tomá café aquí?
   —Sí, ahora abren el economato y se puede comprar tabaco, refrescos, cuadernos, bolígrafos, sobres para cartas…
   —Ya, pero no tengo dinero.
   —¿No tienes nada en peculio?
   —¿Eso qué es?
   —Si al llegar trajiste dinero, tendrían que habértelo dicho.
   —No, no me dijeron na.
   —Dígamos que es como si fuera el banco del talego, solo que aquí el dinero real no existe... Te dan unos cartones con diferentes valores que hacen las veces del dinero.
   —¿Me puedes invitá a un café? Te prometo que cuando pueda te lo devolveré.
   —No te preocupes, no es necesario que prometas nada por veinte pesetas que cuesta el aguachirle que nos dan aquí.
   —Entonces, ¿cómo puedo hacé pa cambiá el dinero por los cartones esos?
   —Basta con que se lo hagas saber de buenas maneras a cualquier funcionario; pero te recomiendo que lo dejes para mañana, los que están hoy: son unos hijos de p… de cuidado.
   —Sí, tienes razón, de eso si m'he dáo cuenta.
   —Ahora enseguida sonará otra vez la sirena, pero no te asustes, es para hacernos regresar al chabolo.
   —¡¿Chabolo?!
   —Sí, coño. La celda.
   —¡Ah!, veo que, además de adaptarme al lugá, tendré que aprendé otro idioma.
   —Es fácil, no te preocupes. Además, según he oído por ahí, vienes para una larga temporada.
   A las dos y media, sonó durante diez segundos la estridente y desconcertante sirena. Los internos, en silencio, comenzaron a desfilar por los amplios corredores de manera apresurada pero sin llegar a correr: estaba prohibido corretear por los pasillos que conducían a las galerías.
   —¡No me lo puéo creé! —gritó, el cabecilla de «los cinco mágnificos»—. ¿Qué haces tú por aquí, Antonio?
   —¡Hombre! Chuchi. ¡Qué alegría más grande!... ¡Cuánto tiempo sin veros por Plasencia!
   —Sí no recuerdo mal, unos tre  saños más o menos.
   —¡Joder, qué memoria que tienes tío!
   —No colega, no se trata de memoria, sino más bien del tiempo que llevamos aquí endentro mi hermano y yo.
   —¿En qué chabolo estás? —curioseó Chuchi.
   —En la celda 42.
   —¡No me joas, tío!
   —¿Qué pasa, es mala?
   —Que va, que va. En ese chabolo estamos yo, mi hermano y otro de Prasencia.
   —¡Ah!, pos, que bien entonces..., así no estaré solo.
   —Me temo que no colega. Nusotros solo aparecemos por allí pa la siesta, después de comé y, pa dormí, después de la cena.
   —¿Y no salís al patio?
   —Nusotros estamos en los talleres trabajando y por cada día que pasa nos cuenta por dos…, y, además de reducí condena…, nus dan cinco mil pejetas al mes…, bueno, mejó dicho, cartones y con eso tenemos pa nuestros gastos.
   Una vez en el interior de las celdas, las puertas fueron cerradas una a una por los funcionarios. Los tres amigos se pusieron a conversar animadamente, en voz baja para no molestar a quienes intentaban dormir, ya que, según los propios reclusos, era otra forma de reducir condena
   El tiempo, siguió cursando al ritmo de siempre; pero a pesar de que a Antonio le pareciese llevar allí media vida, en realidad, tan solo había transcurrido un mes. Aquella mañana, a diferencia del resto de los amaneceres, se levantó altivo: le habían concedido un vis a vis con Teresa y se encontraba nervioso a la espera de que su nombre fuese pronunciado por megafonía.
   Al reencontrarse, se fundieron en un abrazo y permanecieron en silencio durante cinco minutos. Sus corazones latían desenfrenadamente al compás; sus mejillas se vieron inundadas de repente y, tras un fuerte abrazo, se dejaron llevar por el deseo, apenas sin hablar, entre jadeos, arrumacos y suspiros transcurrieron aquellas dos horas llenas de amor, ternura y placer sexual.
   —Vamos, ir acabando que el tiempo se agota —vociferó desde el otro lado de la puerta, con voz ronca, el funcionario.
   —¡Jodé! Lo rápido que pasa en tiempo cuando se está bien —gruño Antonio.
    —Cariño, no te preocupes. Nos han informado que podemos venir  de visita todas las semanas.
   —¿Has venio sola, mi niña?
   —No, cariño. Tú padre se ha tenido que quedar fuera, ya que el vis a vis, lo solicitaste para estar conmigo.
   —¡Venga, hostias! —apremió, el carcelero—. ¡Qué no tenemos todo el día!
   Tras despedirse y regresar al patio, Antonio se vino abajo sin poder evitar que el resto de reclusos le viese caminar cabizbajo, llorando y maldiciendo en voz alta que aquello no era justo, mientras miraba hacia el cielo con los brazos en alto.
   Tres meses después, el cielo amaneció de una tonalidad tan gris como el mismísimo plomo… Antonio esperaba con ansiedad que su nombre resonase por toda la cárcel para acudir al vis a vis.
   —¿Qué te pasa, mi niña?
   —No lo sé, cariño. Ha cambiado todo tanto…
   —¿Qué?, ¿qué es lo que ha cambiado, mi niña?
   —Hoy, además de cachearme de arriba abajo, me he tenido que desnudar para poder entrar aquí.
   —¡Hijos de p…! —gritó—. No tienen bastante con humillarme a mí estos cabrones que…
   —¿Ha ocurrido algo que yo no sepa, cariño?
   —No, no, mi niña. Estos bastardos solo quieren verte porque estás muy buena.
   —¿Estás seguro, cariño?
   —¿Cuánto m'has dejado en peculio?
   —Quince mil.
   —Eso es poco, mi niña. Necesito más…
   —No puedo hacerlo, es el tope que tienen estipulado por mes.
   —Pues, ingresa veinte mil más a nombre del Chuchi y de su hermano: ya me lo darán ellos.
   —Está bien, lo haré... aunque a decir verdad, no sé para qué necesitas tanto dinero.
   —Aquí, excepto la cama y la comía, tó lo demás tiene un precio, así es que no quieras ir de lista ¿Vale?
   —Está bien cariño, haré lo que tú digas, pero te ruego que no te pongas asi: no he venido desde Plasencia para discutir, sino para estar  y disfrutar de tu compañía —dijo y comenzó a besarle apasionadamente, él se tranquilizó y se fueron entregando poco a poco e intentaron hacer el amor, pero al comprobar que «Juanito» no estaba por la labor.
   —¿Te ocurre algo, cariño?
   —¡Jodé! Ya te he dicho que no…, hostias. Serán los nervios.
   —Está bien, cariño. No pasa nada, tranquilízate mi amor.
   —¡Vamos! —apremió el carcelero con desaire—. Daos prisa: que el tiempo se acaba.
   Tras abandonar la prisión se sintió decepcionada, pues ella, además de no considerarse tonta, intuía que algo no iba bien... aunque prefirió guardar silencio: ya que, después de todo, se sintió culpable por haberle ocultado que el Mercedes había sido quemado por alguien, apenas 12 horas después de su ingreso en prisión.
   Entre barrotes, las noches se le hacían interminables, apenas conseguía dormir un par de horas, motivo por el cual su estado anímico comenzó a declinar y dejándose llevar por la melancolía que le producía el estar apartado de los suyos y observar «lo feliz» que parecían sus «amigos» y compañeros de celda, comenzó sin saber cómo ni porqué a fumar porros... Al principio, le vino muy bien, pues todo eran risas y pasarlo bien; pero al poco tiempo, resultó ser peor en remedio que la causa y comenzó a decaer de manera vertiginosa, fue entonces cuando a sus queridísimos «amigos» no se les ocurrió otra cosa que ofrecerle probar heroína fumada y, el muy estúpido, sin pensárselo, aceptó. Tres días le bastaron para ser consciente de que el estado anímico podía más que la fuerza de voluntad y, cuando quiso reaccionar, descubrió que: ya era demasiado tarde.

   Ante la demanda de dinero que este exigía cada vez que iba a visitarle, a Teresa no le quedó otro remedio que irse a vivir a casa de José y ponerse a ejercer la prostitución. Con el paso de los meses esta se vio obligada a contarle de dónde provenía el dinero que servía para que pudiese llevar la vida que estaba llevando últimamente, con el propósito de hacerle recapacitar, pero en vez de eso, ocurrió precisamente lo contrario: el hecho de saberlo le produjo mayor ansiedad e inestabilidad y fue aumentando el consumo. A partir de ese momento, hasta la música, su único entretenimiento, comenzó a hacer mella en su estado anímico, sus sentimientos se magnificaban con canciones como: Por mi culpa, Ojos negros, Antes que tuya fue mía, No tengo madre, A veces quiero estar solo, Mis hermanos o Amor de compra y venta, todas ellas interpretadas por los Chichos, los temas de las canciones hacían surgir en Antonio una terrible desesperanza y desasosiego al verse apartado de los suyos y era consciente de cómo esta iba en aumento cada vez que era visitado por ellos, y su sentimiento de culpa le incrementaba la necesidad de tener que consumir cada vez con mayor frecuencia.

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