martes, 14 de julio de 2026

Capítulo 3, episodio 6, CICATRICES DE DOBLE FILO

 


6



El día amaneció plomizo, con viento sur, o viento «loco», como es denominado en la Cornisa Cantábrica; pese a ello, José Carlos se vistió con prendas deportivas de abrigo. Se tomó una taza de cacao soluble con leche y, tras despedirse de su madre, se lanzó escaleras abajo. Al pisar la calle levantó la vista hacia el cielo y, al observar que los oscuros nubarrones avanzaban de manera vertiginosa, como presagiando que de un momento a otro la cosa podría complicarse más de la cuenta, se presignó y emprendió la marcha a ritmo de maratón. Al cabo de unos minutos notó los primeros síntomas como consecuencia de la vida que había llevado durante los últimos meses. La boca, seca como el esparto, era incapaz de proporcionar la saliva que demandaba la garganta para facilitar el tránsito de oxígeno a las vías respiratorias. Esto le obligó a reducir el ritmo y, a medida que ascendía por la carretera que conduce hacia el susodicho destino, no le quedó otra que detenerse por completo. Los gases de los vehículos que, como él iban o venían de Artxanda, propiciaron que, escaso de oxígeno y fuerza, cayese desplomado en la cuneta jadeando como un perro.

Un rato después, tras recuperarse de la desagradable experiencia, reanudó la marcha con paso normal hasta llegar a la zona recreativa. Entró en uno de los bares y se tomó dos botes de bebidas isotónicas y prosiguió la marcha como tenia previsto para ese sábado. Transcurrida una hora emprendió el descenso siguiendo a la inversa el mismo trayecto.



Al llegar a casa se sorprendió al percatarse de que no había nadie. Fue a la cocina y vio que las manecillas del reloj de pared indicaban las tres y cinco. De camino al baño «Qué raro, si otros sábados para las dos y media están en casa». Se desvistió, abrió el grifo de la bañera y, tras depositar la ropa en un cesto de mimbre, metió la mano bajo el chorro de agua «¡Joder, cómo quema!», protestó, abrió el agua fría y, tras conseguir la temperatura adecuada, permaneció bajo el agua durante veinte minutos. Disfrutando de la sensación placentera que produce el agua tibia tras realizar cualquier actividad agotadora. Una vez recogido el cuarto de baño condujo sus pasos hasta la habitación envolviendo sus partes íntimas con la toalla. Se vistió con ropa cómoda y zapatillas de andar por casa y regresó a la cocina. Lo que no sabía era que ese día Iñaki y María, tras salir esta del trabajo, se habían pasado a recoger dos pollos asados, dos raciones de patatas fritas, ensalada mixta y tres cuajadas que habían encargado por teléfono a primera hora.

¿Cuándo habéis llegado? ―dijo a modo de saludo.

Hace cinco minutos más o menos, ¿por? ―indicó María.

Bueno, qué, hablamos o comemos ―invitó Iñaki.

Comemos, comemos ―respondieron al unísono.

Iñaki miró a María con ademán de sorpresa. Era la primera vez que José Carlos secundaba algo propuesto por él. Ella asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa.

Iñaki, ¿me pasas el pan ? ―dijo José Carlos.

Sí, claro. Faltaría más ―respondió con tono afable―. «¡Vaya!, parece que hoy es el día de las sorpresas», pensó sin ser consciente de que, lamentablemente, así sería.

Dejad todo como está y marchad al salón ―indicó una vez hubieron terminado de comer―, que hoy me encargo yo de recoger todo y de preparar café para los tres.

María e Iñaki se miraron sin comprender aquella inusitada actitud. Al llegar al destino, Iñaki encendió el televisor.

¿Qué canal pongo, cariño?

Cualquiera, mi amor, siempre que no sea de fútbol.

¿Te parece bien la dos de TVE?

Sí, ese está bien.

Unos minutos después…

Cuidado, que voy ―advirtió José Carlos al entrar en la estancia con paso lento, portando en sus manos una temblorosa bandeja donde transportaba las tres tazas de oloroso café, un cazo con leche templada, un azucarero de cristal tallado y tres cucharillas. Tras dejarla sobre la mesa de centro que estaba junto al sofá, avanzó hacia la cocina con paso ligero, cogió una caja de pastas de té y, al volver, se acomodó junto a estos y comenzaron a degustarlas.

¿Cómo así, hijo? ¿A qué se debe este cambio?

Esto… he estado recapacitando un poco sobre la vida que llevo y… ―dijo poniéndose en pie para acercarse a Iñaki―, en primer lugar, me gustaría pedirte disculpas por lo mal que me he comportado contigo desde que llegué a tu casa; en segundo, a pesar de no habértelo demostrado nunca, quiero que sepas que estoy muy agradecido de que me recibieses como a uno más de tu familia y por lo bien que tratas a mi madre y…

Llegado a ese punto la emoción le impidió continuar. Durante unos minutos permanecieron abrazados los tres entre besos, risas y lágrimas.

Al cabo de un rato, tas dejar todo recogido, José Carlos se vistió con ropa deportiva acorde a la climatología y se detuvo frente a la puerta del salón:

Bueno, me marcho a dar un garbeo. Estaré de vuelta a hora de cenar ―dijo convencido de que así sería.

Aquí estaremos ―respondieron a la par, evidenciando felicidad .

Tras escuchar el cierre de la puerta María se abrazó a Iñaki.

Ves como todo llega, mi amor.

La verdad es que nunca he perdido la esperanza, pero el jodido se ha hecho de rogar.

Bueno, qué más da, mi amor… lo importante es que nos queda toda a vida por delante para disfrutar como cualquier familia bien avenida.

Sí, espero que así sea por el bienestar de la unidad familiar ―respondió. Atrajo a María hacia él y se fundieron en un largo y apasionado beso.

De camino hacia el txoko , la tarde se vino en agua. José Carlos comenzó a correr sin importarle los dolores musculares producidos por las sufridas agujetas como consecuencia de la actividad matinal. Jadeante y empapado hasta los huesos llegó junto a la puerta del destino, se detuvo en seco y como pudo sacó la llave del bolsillo del pantalón, abrió y corrió hacia el baño sin tener en cuenta si había cerrado la puerta tal y como tenían por costumbre.

Unos minutos después, al salir del escusado, se percató de que la música estaba sonando y durante el barrido visual, descubrió que Irune se hallaba bailando como si estuviese poseída, se acercó a ella y dijo:

Buenas tardes… ¡Buenas tardes! reiteró alzando la voz.

¡Aúpa, tío! ―exclamó con la voz más pastosa que de costumbre―. Y tú, ¿de dónde sales, ahora?

¿Qué haces? ―consultó él sin salir de su asombro.

Pues, ¿no lo ves?, gilipollas. Bailar, bailar y bailar ―aclaró extendiendo los brazos como si fueran alas y comenzó a batirlas, al tiempo que giraba al rededor de quien había llegado allí para informarles de su intención de retomar la sana costumbre de practicar deporte y abandonar de una vez por todas los malos hábitos.

Un clic mecánico detuvo la música al finalizar la canción. Irune se desplazó volando hasta el lugar donde se ubicaba el aparato. Entre tanto, José Carlos se acomodó en uno de los sillones que estaba frente al televisor, tras girarle hacia la pista de baile.

Irune rebuscó entre el montón de cintas que estaban dispersas junto al radiocasete. Una sonrisa maléfica se dibujó en su rostro al encontrar la que buscaba. Unos segundos bastaron para que se escuchara la voz sensual de Regina Dos Santos. Irune comenzó a danzar a la par que recorría su cuerpo con las manos tratando de escenificar y provocar a quien, de manera voluntaria, se había convertido en su único espectador.

Los seductores movimientos propiciaron que la sangre comenzase a fluir por los conductos cavernosos del miembro viril del que seguía cada movimiento con ojos libidinosos y placenteros deseos. José Carlos se puso en pie y, tras dejar el pene fuera, avanzó hacia quien, con los puños vueltos hacia arriba, moviendo los dedos corazón hacia sí misma; al tiempo que le mostraba la danzarina y sugerente lengua que, sin decir nada, indicaba las verdaderas intenciones de quien controlaba todas y cada una de sus ardorosas insinuaciones. Al llegar junto a ella la agarró con ambas manos y la susurró al oído todo lo que la iba a hacer a partir del ese excitante momento.

Pero ¿de qué vas, tú? ―gritó tratando de apartarle de su objetivo.

Que de qué voy, hija de puta ―anunció enfurecido―, ahora te vas a enterar ―dijo y comenzaron a forcejear hasta caer al suelo.

¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Qué alguien me ayude, por favor! ―gritaba mientras trataba de defenderse con uñas y dientes.

Aquella actitud, en lugar de abortar la intención del enajenado, propició que aumentase el grado de excitación y, cegado por el deseo de vengarse por entender que esta era la culpable de haber roto su linda historia de amor, le arrancó el tanga de un tirón. Y cuando se disponía a introducir su enervado miembro a modo de castigo o justificación.

¡Quieto ahí, cabrón! ―escuchó a sus espaldas, unos segundos antes de ser quitado de encima por uno de los policías que habían acudido tras contactar telefónicamente con comisaría un vecino.

¡Ahh! ¡Ahhh! ¡Ahhhh! ―gimió al venirse en el instante de ser apartado de quien había propiciado aquella irrefrenable y detestable situación. En ese instante recordó que no había cerrado la puerta al entrar.

¡Calla, joder!, que no es para tanto ―indicó el agente al creer que que se trataba de un alarido en señal de protesta, como consecuencia de la presión que este ejercía sobre la cabeza mientras trataba de colocar las esposas.

Tranquila, tranquila, que estamos aquí ―alentó el otro agente a quien, entre sollozos y pundonor, trataba de proteger sus partes nobles.

Unos minutos después, tras cerciorarse de que la puerta de entrada quedaba cerrada a cal y canto, abandonaron la estancia en dos vehículos policiales: uno con dirección al hospital más cercano y el otro directo a comisaría.

Anda que, ¡ya te vale!, con la que has liado no te salva ni el mejor de los abogados.

De nada sirvió que le pusieran al corriente de los derechos del detenido durante la intervención y la posterior detención.

¡Ella, y no yo, es la culpable! ―gritó sin poder contener las lágrimas―. ¡La muy puta se ha encargado de romper la relación con mi novia! ¡La muy zorra se me ha insinuado bailando…!

No te preocupes, que tendrás tiempo de sobra para alegar lo que creas conveniente durante el interrogatorio ―informó exhibiendo algo parecido a una sonrisa.

Durante el trayecto, al igual que los latidos del corazón de José Carlos, la lluvia fue aumentando hasta el extremo que, de haber tenido que recorrer cien metros más para llegar al destino, tendrían que haberse detenido el vehículo hasta que la climatología permitiese reanudar la marcha.

«¿Qué será de mí a partir de ahora? ¿Me llevaran a la cárcel? ¿Será verdad lo que sale en las películas?…».

La tensión acumulada era tal que la sangre fue reconducida hacia donde el cerebro creyó conveniente en aquel instante.

Al llegar a la altura de la Jefatura, el conductor optó por aparcar frente a la entrada del edificio. El otro agente se desplazó hasta la puerta trasera del vehículo con la intención de llevar al detenido agarrado del antebrazo, sin tener en cuenta la tromba de agua que estaba cayendo. En un descuido, José Carlos emprendió una rápida y efímera huida: un todoterreno, que superaba con creces la velocidad permitida, se lo llevó por delante sin tiempo de reacción. Uno de los agentes corrió hacia el atropellado, el cual intentaba ponerse en pie con la dificultad que conlleva ir esposado con las manos atrás…

Tranquilo, no te muevas, podrías empeorar las cosas ―indicó con tono afable el mismo agente, tras arrodillarse junto a él con la intención de socorrerle.

El agua que corría por el asfalto se tiño de rojo en un abrir y cerrar de ojos.

El otro agente comunicó a la Sala del 091 el imprevisto acontecimiento a través de la emisora y corrió a auxiliar al conductor del todoterreno, que deambulaba de un lado para otro con el rostro ensangrentado como consecuencia de no llevar puesto el cinturón de seguridad.

El caos provocado por el trasiego de los vehículos se solucionó en unos minutos, los mismos que tardaron los agentes en organizarse. A la ambulancia le costó llegar un par de minutos más y, para cuando quisieron actuar, era demasiado tarde para el desdichado José Carlos, el cual había pasado los agónicos minutos haciendo conjeturas. «Y si me muero… ¡qué será de mi madre y de Iñaki? ¿Pensaran que todo lo que les he dicho esta mañana era mentira?…».







1 comentario:

  1. La primera parte del capítulo muestra el momento más esperanzador vivido por José Carlos desde el comienzo de la novela. Tras reflexionar sobre su comportamiento, decide abandonar los malos hábitos, recuperar el deporte y, sobre todo, pedir perdón a Iñaki por los años de rechazo e injusticias. El emotivo abrazo entre los tres simboliza la posibilidad de reconstruir una familia que llevaba demasiado tiempo fracturada por el resentimiento y la incomprensión.

    La novela plantea una idea de enorme profundidad psicológica: la voluntad de cambiar no siempre basta para superar los traumas acumulados. José Carlos desea sinceramente iniciar una nueva etapa, pero las secuelas emocionales que arrastra desde la infancia siguen presentes. Su recaída demuestra que las heridas psicológicas continúan condicionando sus reacciones, incluso cuando intenta hacer las cosas bien.

    El reencuentro con Irune desencadena el regreso de los pensamientos obsesivos que parecían haber desaparecido. José Carlos ya no contempla a la joven como una antigua amiga, sino como la responsable de haber destruido su relación con Nekane. Esa interpretación distorsionada de la realidad alimenta un profundo resentimiento que termina convirtiéndose en un deseo irracional de castigarla, culminando en el violento episodio del txoko.

    Uno de los aspectos centrales del capítulo es la completa desintegración del autocontrol del protagonista. La ansiedad, la frustración y la obsesión terminan imponiéndose a cualquier intento de razonamiento. El contraste entre el joven equilibrado que horas antes abrazaba emocionado a su familia y el hombre completamente dominado por sus impulsos evidencia hasta qué punto su equilibrio psicológico era extremadamente frágil.

    El desenlace no responde a un único acontecimiento aislado, sino a la acumulación de errores y conflictos que han acompañado al protagonista durante toda la novela. La agresión, la intervención policial, el intento desesperado de huida y el atropello forman una sucesión de acontecimientos que transmiten la sensación de que el destino de José Carlos queda sellado por la suma de todas sus decisiones anteriores.

    El autor construye el capítulo sobre un acusado contraste emocional. La reconciliación familiar ofrece uno de los momentos más luminosos de toda la obra, mientras que el final conduce al lector hacia una tragedia absoluta. Ese cambio de tono incrementa el impacto del desenlace y recuerda la fragilidad de la felicidad cuando los conflictos interiores permanecen sin resolver.

    A pesar de los continuos problemas provocados por José Carlos, María e Iñaki responden a su petición de perdón con afecto sincero. Ninguno de los dos le reprocha el pasado en ese momento; al contrario, ambos aceptan emocionados la reconciliación y vuelven a ilusionarse con la posibilidad de formar una verdadera familia. La tragedia posterior hace que ese abrazo adquiera un enorme valor simbólico, al convertirse en el último momento de auténtica unión entre ellos.

    La muerte de José Carlos cierra definitivamente el recorrido vital del protagonista. Sus últimos pensamientos no giran en torno a sí mismo, sino al sufrimiento que puedan experimentar María e Iñaki al creer que todo cuanto les había dicho aquella mañana era una mentira. Esa reflexión final humaniza al personaje y convierte el desenlace en una tragedia marcada por el arrepentimiento, el amor familiar y las oportunidades perdidas.

    ResponderEliminar