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Tras reposar la comida y acompañar a su madre en la sobremesa con un café con pastas frente al televisor, José Carlos se acercó a la ventana, corrió el visillo y echó un vistazo al cielo.
María se estremeció al observar el color plomizo que había adquirido la atmósfera desde que llegó de trabajar.
—¿Vas a salir con la que se está preparando ahí fuera?
—No creo que pase de chirimiri, además voy preparado —indicó él, encaminándose hacia la silla donde descansaba un chubasquero de tipo canguro. Lo cogió, se lo anudó a la cintura, comprobó que el cierre de plástico encajaba perfectamente y, tras darle un par de besos rápidos a su madre, se lanzó escaleras abajo para ir calentando motores.
Al llegar al Parque de Doña Casilda, divisó desde la distancia a las chicas que había conocido la tarde anterior. Estaban sentadas en uno de los bancos de madera que bordeaban el estanque de los patos. A pesar de que aquello lo desviaba del itinerario que solía machacar cada día, optó por variar el rumbo y forzar un encuentro fortuito.
—¡Aúpa, tú! —le jaleó Itziar entre aplausos, como si fuera un corredor de élite cruzando la meta de la San Silvestre.
—Hola, chicas —saludó José Carlos, deteniéndose junto a ellas pero manteniendo el trote estático, moviendo las piernas rítmicamente.
—Kaixo, JC —respondieron casi al unísono Irune y Nekane, medio ocultas tras una cortina de humo denso y sin dejar de reírse ni para tomar aire.
—¿Qué pasa, que no eres capaz de parar el ritmo ni un segundo?
José Carlos miró fijamente los ojos entornados y enrojecidos de la joven y esbozó una sonrisa.
—Esto es un vicio… Una vez que empiezas, ya no puedes parar.
—Eso mismo nos pasa a nosotras —irrumpió Irune—. Cuantos más petas fumamos, más nos reímos y mejor lo pasamos.
—Anda, siéntate un poco y dale caña a esta chicharra mientras me lio otro —invitó Nekane, que estaba concentrada, dándole calor con el mechero a una china para desprender un trozo de hachís.
José Carlos aceptó el ofrecimiento sin oponer resistencia y le dio un par de caladas profundas.
—Pero esto no es lo mismo de ayer, ¿verdad? —consiguió decir entre una sonora tanda de toses.
—Es lo mismo, pero procesado; esto es la resina. La marihuana de ayer es la planta desecada, tal cual se corta —le explicó Itziar, apoyando con afecto una de sus manos sobre el hombro del complacido muchacho.
El ambiente a su alrededor se había ido cargando, ajeno a los sentidos de los jóvenes, que no se percataban de nada. El chirimiri comenzó a arreciar, transformándose en una lluvia fina pero constante.
—Pues vaya faena, ahora sí que la hemos cagado —lamentó José Carlos, que le estaba cogiendo un gusto rapidísimo a la compañía de las chicas y al oloroso y estimulante polen.
—No hay problema, síguenos —le indicó Irune, tintineando un manojo de llaves en el aire a la par que emprendían una veloz carrera bajo el agua.
Cinco minutos después, se adentraron en una de las muchas lonjas que los jóvenes bilbaínos utilizaban para reunirse a resguardo, sin necesidad de estar encerrados entre las cuatro paredes de un salón familiar. Aquel local le había sido cedido a Irune por su abuelo, un carpintero de los de antes, de esos que gustaban de trabajar con madera maciza y aborrecían el aglomerado recubierto de melamina. De vieja carpintería había pasado a convertirse en un enorme txoko.
La estancia estaba equipada como si fuera una vivienda improvisada, amueblada con los enseres sobrantes tras el cierre del negocio por jubilación. Irune abrió la cerradura, entró la primera, pulsó el interruptor de la luz y corrió directamente hacia el baño para liberar la tensión acumulada en la vejiga.
—¡Bienvenido a nuestra segunda casa! —anunció Nekane, cogiéndole cariñosamente de la mano—. Ven, que te enseño el resto.
José Carlos se dejó llevar en silencio, fascinado. Itziar abrió un armario empotrado y sacó una toalla para secarse el pelo empapado. Al cabo de unos minutos, todos se acomodaron en torno a una amplia mesa de centro rodeada de sofás desparejados.
—Aquí es donde nos apalancamos cada vez que el tiempo de Bilbao nos echa de la calle —explicó Irune, regresando del baño.
José Carlos examinaba ensimismado los detalles de la estancia. Salió de su abstracción al oír que alguien manipulaba bruscamente la cerradura desde el exterior. Sintió un latigazo de miedo y miró a las chicas con alarma.
—Tranquilo, que aquí solo entra quien tiene llave. Es decir, la cuadrilla.
—¡Kaixo, arratsalde on! —saludaron a la vez Kepa y Eneko, que entraban empujando la puerta, cargados con un par de bolsas de supermercado cada uno.
—Hola, buenas tardes —respondieron las chicas con guasa.
—Hola —saludó José Carlos, repentinamente tímido.
—De haber sabido que estabas aquí, colega, habríamos traído algo más de intendencia —le informó Eneko con tono afable, al tiempo que le propinaba una palmadita afectuosa en la espalda.
José Carlos lo miró complacido. Todavía no daba crédito a lo cambiado que estaba el chaval que, en su día, se había convertido en su peor pesadilla. Le devolvió una sonrisa sincera de agradecimiento.
Nada más entrar, Kepa se dirigió al frigorífico, abrió el congelador y sacó dos cubiteras. Fue directo al fregadero, abrió el grifo y pasó los moldes bajo el agua para aflojar los hielos, vaciando el contenido en un cubo de plástico que usaban exclusivamente para preparar kalimotxo.
—¡Se abre el bar! ¿A quién le apetece…? —anunció sonriente, agitando una botella de vino barato y otra de refresco de cola.
Las chicas levantaron las manos con efusividad y, contagiado por la energía del momento, José Carlos se unió al brindis.
—¿Qué más habéis traído? —curioseó Irune, hurgando en las bolsas.
—Dos pizzas Margarita para calentar en el micro, tres bolsas de patatas fritas, dos de revuelto de frutos secos, cinco de gusanitos y cinco palmeras de chocolate enormes —respondió Eneko, repartiendo los vasos de plástico donde servirían el delicioso, económico y embriagador combinado.
Entre risas, picoteo, tragos largos y porros, las horas se evaporaron sin que nadie fuera consciente del paso del tiempo, hasta que a José Carlos se le ocurrió consultar su reloj de pulsera.
—¿No me jodas que son las de dos de la madrugada? —soltó, poniéndose en pie de un salto, con los ojos como platos.
—¿Y qué pasa? —cuestionó Kepa, extrañado ante su alarma—. Hoy es viernes y, llegando el finde, toca fiestuki.
—¡Marcha, marcha, queremos marcha! —comenzaron a corear las chicas, alzando y moviendo las manos al ritmo de la pegadiza canción veraniega.
—Ya, pero es que… había quedado con mi madre para ir al cine y se me ha pasado por completo —justificó a la desesperada, queriendo camuflar a toda costa que no tenía más vida social que sus carreras solitarias por la ciudad. Acto seguido, se dispuso a abandonar la lonja de manera precipitada.
—¡Adiós, hombre, adiós! Vaya espantada —le reprochó Eneko de buen humor.
José Carlos se detuvo un instante junto a la puerta y se giró hacia el grupo, apurado.
—¡Ostras, perdón! Con las prisas me olvidaba de despedirme de todos.
—Nada, tranquilo. Y ya sabes: si te apetece unirte a la cuadrilla, aquí nos encuentras casi siempre.
José Carlos levantó ambas manos con los puños cerrados y los pulgares hacia arriba, cruzó el umbral y comenzó a correr calle arriba sin necesidad de precalentamiento.
De regreso a casa, la euforia le desbordaba tanto que, de vez en cuando, daba un pequeño salto en mitad de la acera. Era la primera vez en su vida que personas de su propia edad le invitaban abiertamente a formar parte de su grupo. Aquellas palabras finales le provocaban tanto júbilo como el efecto del placentero fumable y el embriagador kalimotxo.
«Quién me iba a decir a mí que un día terminaría teniendo camaradería con mi antiguo enemigo», pensó, maravillado.
Al llegar al portal de la plaza Moraza, observó que algún vecino se lo había dejado abierto. Entró de manera pausada y comenzó a subir los escalones con cuidado para amortiguar el ruido. Una vez arriba, introdujo la llave en la cerradura tras varios intentos fallidos debido al temblor de la embriaguez. Al cruzar el umbral y toparse de frente con su madre, que lo aguardaba de pie en el recibidor, el susto le cortó la respiración.
—¿Qué horas son estas de venir? —susurró ella más que habló, conteniendo la voz para no despertar al vecindario.
José Carlos la miró fijamente y, desarmado por el efecto del cannabis, estalló en una risa boba e incontrolable.
—¿Te parece bonito que tenga que estar aquí esperándote en vilo? —insistió María, manteniendo el mismo tono severo.
—Mamá, que no hace falta… ¿Qué hay para cenar?
—Hueles a vino de lejos. ¿Se puede saber dónde has estado?
—Con unos amigos.
María se quedó perpleja durante unos segundos. ¿Su hijo tenía amigos y ella no sabía nada? Aquella revelación la dejó completamente desconcertada, pues presumía de tener una comunicación excelente con él.
—Ya hablaremos mañana. A ver qué horas y qué formas son estas de llegar a casa —advirtió con semblante serio y tono tajante mientras se retiraba hacia su dormitorio. A mitad del pasillo, se detuvo en seco y, sin volverse, añadió—: En el frigorífico tienes la cena… y procura dejar algo para mañana —le informó, recordando el salvaje atracón de la noche anterior.

El capítulo desarrolla la progresiva integración de José Carlos en la cuadrilla que conoció el día anterior. Después de años de aislamiento, el protagonista comienza a experimentar algo completamente nuevo: sentirse esperado, bien recibido y aceptado sin necesidad de justificarse. La amistad aparece como un elemento reparador capaz de aliviar, al menos temporalmente, las profundas heridas emocionales acumuladas durante su adolescencia.
ResponderEliminarLa novela refleja cómo el deseo de pertenecer favorece que José Carlos adopte rápidamente las costumbres de sus nuevos amigos. El consumo de cannabis, posteriormente de hachís y finalmente de alcohol, no responde tanto a una decisión plenamente consciente como a la necesidad de integrarse en la dinámica colectiva. El grupo ejerce una poderosa influencia sobre alguien que llevaba demasiado tiempo buscando un espacio donde sentirse reconocido.
La antigua carpintería transformada en txoko representa mucho más que un simple lugar de reunión. Se convierte en un espacio propio, alejado del control familiar y de las obligaciones cotidianas, donde los jóvenes construyen sus propias normas y fortalecen sus vínculos. La descripción del local transmite una imagen muy representativa de la cultura juvenil vasca de aquellos años y aporta un importante componente de realismo social a la narración.
La relación entre José Carlos y Eneko continúa evolucionando de forma muy natural. El antiguo agresor ya no ocupa el papel de enemigo, sino el de compañero que facilita la integración del protagonista en el grupo. La confianza va naciendo poco a poco a través de pequeños gestos cotidianos, demostrando que las relaciones humanas pueden reconstruirse cuando existe un verdadero deseo de dejar atrás el pasado.
La felicidad que experimenta José Carlos durante la reunión no procede únicamente del consumo de sustancias. La verdadera fuente de su entusiasmo reside en sentirse aceptado por primera vez por un grupo de personas de su edad. El cannabis y el alcohol intensifican esa sensación, pero el núcleo emocional del capítulo es la satisfacción de una necesidad afectiva largamente reprimida.
Mientras José Carlos disfruta plenamente de su nueva vida social, María permanece en casa esperándolo con creciente preocupación. La diferencia entre ambas perspectivas genera uno de los conflictos principales del capítulo. Para el joven, la noche representa el descubrimiento de una libertad desconocida; para su madre, supone largas horas de incertidumbre y angustia por la seguridad de su hijo.
La reacción de María resulta especialmente significativa. Aunque percibe el olor a alcohol, sospecha que su hijo oculta muchas cosas y se siente profundamente desconcertada al descubrir que tiene un grupo de amigos del que nunca le había hablado, evita convertir la discusión en un enfrentamiento mayor. Su decisión de posponer la conversación refleja una mezcla de decepción, preocupación y comprensión hacia un muchacho que comienza a reclamar su independencia.
El capítulo concluye con una sensación ambivalente. José Carlos vive uno de los momentos más felices de su vida gracias a la amistad recién encontrada, pero esa felicidad aparece vinculada al consumo habitual de drogas y alcohol, así como al incumplimiento de sus responsabilidades familiares. La novela vuelve a plantear que los procesos de crecimiento personal suelen ir acompañados de decisiones complejas y de nuevas formas de vulnerabilidad.