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22 de junio de 1994
Tras abandonar definitivamente el colegio y negarse en redondo a cursar estudios en cualquier otro centro, la llegada del verano no trajo la paz a la casa. José Carlos comenzó a deambular sin rumbo por las calles de Bilbao con un único objetivo: evitar a Iñaki cuando su madre no estaba en casa. No soportaba la convivencia con el hombre al que consideraba el único culpable de los tortuosos e interminables cuatro años que había padecido en la escuela; al fin y al cabo, registrarlo en aquel insufrible centro había sido idea suya.
La tensión doméstica era un polvorín silencioso. Cada vez que surgía un roce que elevaba la presión en la cabeza de José Carlos, el muchacho corría a encerrarse en el baño para descargar la ira contenida a través de la masturbación compulsiva. Lo que al principio empezó como un ridículo remedio para relajarse, con el tiempo se convirtió en un serio trastorno emocional. El mecanismo era un bucle maldito: el orgasmo le otorgaba un alivio inmediato que destensaba sus sienes, pero, apenas unos segundos después, lo devoraba un asco profundo hacia sí mismo. Sintiéndose sucio, la sangre volvía a agolparse en su cabeza con latidos dolorosos, obligándolo a repetir el proceso una y otra vez hasta quedar completamente exhausto en el suelo del baño.
Esa mañana, tras desayunar y pasar por su destructivo ritual de descarga, decidió que era hora de ponerse en forma. Quería cambiar su cuerpo, dejar de ser la diana de las burlas. Se vistió con un pantalón corto, una camiseta del Athletic de Bilbao y unas zapatillas deportivas. Dejó atrás la plaza Moraza, caminó unos metros hasta la estación del funicular y subió hasta la cumbre de Artxanda. Tras un breve calentamiento bajo el cielo gris, comenzó a trotar por las sendas y caminos boscosos del monte.
Un par de horas más tarde, manteniendo un ritmo maratoniano y extenuante, descendió de regreso a la ciudad y coincidió en la calle con su madre, que justo salía de trabajar.
—¿Cómo te ha dado hoy por salir de esa guisa? —le preguntó María con tono alegre, sorprendida de verlo en ropa de deporte.
—Ha llegado la hora de cambiar, mamá. Dejar de ser el centro de atención por estar tan gordo.
—¡Ajá! —asintió ella, regalándole una amplia sonrisa de orgullo—. Eso está muy bien, hijo. Me alegro mucho. Pero además de sudar, vas a tener que olvidarte de los bollos de mantequilla y de las palmeras de chocolate de la pastelería, ¿eh?
—Sí, sí. No te preocupes, que eso ya lo tengo asumido.
El buen ambiente se volatilizó en cuanto cruzaron el umbral de la vivienda. Iñaki avanzó hacia ellos desde el pasillo con los brazos extendidos, los ojos desencajados y el rostro desfigurado por una rabia negra.
—¿Qué has hecho, malnacido? —bramó, apuntando directamente a José Carlos—. ¡Te voy a matar, cabrón!
Temiéndose lo peor, el muchacho dio un paso atrás y se parapetó de inmediato detrás del cuerpo de su madre. María, atónita, se interpuso para frenar las intenciones de su compañero.
—¿Pero qué pasa, mi amor? ¿A qué vienen esos gritos?
—¿Que qué pasa? ¡Mira! —gruñó Iñaki.
Fue corriendo hacia el salón y regresó al instante, temblando de impotencia y con lágrimas de frustración en los ojos. En las manos sostenía las dos mitades perfectas de una de sus preciadas carpas del acuario.
José Carlos miró los trozos del pez con un ademán de fingida aflicción y, cargado de un profundo resentimiento, gritó como si el loco fuera el otro:
—¿Pero de qué habla este trastornado? ¡Mamá, te juro por Dios que yo no he sido!
El rostro de Iñaki estaba tan demudado que parecía que iba a emprenderla a golpes contra cualquiera que se cruzara en el alcance de sus puños.
—Si no has sido tú, ¡dime quién demonios ha sido! —exclamó, fuera de sí, con la voz rota.
María seguía firme entre los dos, conteniendo la respiración, atrapada en un fuego cruzado que no alcanzaba a comprender.
—¿A ver si ha sido el gato? —soltó José Carlos, intentando escurrir el bulto con descaro—. Ese bicho siempre está metiendo las zarpas en el agua del acuario.
—¡No mientas! ¡Déjate de hipótesis absurdas! ¡Sabes perfectamente que has sido tú! —rugió Iñaki, señalándolo con el dedo trémulo—. ¡Maldita sea la hora en que viniste a esta casa!
—Tranquilo, mi amor, por favor. No lo pagues con él tratándolo así —le suplicó María, con el corazón en un puño—. Sé lo que significan tus mascotas para ti y entiendo que estés hecho una furia, pero si no lo has visto... ¿cómo puedes estar tan seguro de que ha sido él y no Tigre?
—¿Te parece que esto lo ha hecho un gato, María? —replicó Iñaki, acercándole los restos del animal y señalando la trayectoria del tajo—. Mira el corte. Es limpio, perfectamente recto. Esto se ha hecho a conciencia con un cuchillo de la cocina.
María se quedó helada. Lentamente, se volvió hacia su hijo con una mezcla de profunda decepción e ira contenida.
—¡Vete ahora mismo a tu cuarto! —le ordenó en un grito que resonó en toda la casa—. Ya hablaré contigo más tarde.
José Carlos se dio la vuelta, pero en lugar de ir a su dormitorio, se encerró de nuevo en el cuarto de baño. Allí permaneció durante dos horas interminables. De nada sirvieron los intentos de su madre e Iñaki, que llamaron a la puerta un par de veces para convencerlo de que saliera a comer. Cuando por fin giró el cerrojo, cruzó el pasillo en riguroso silencio, se encerró en su habitación y se echó a dormir, esperando con los ojos abiertos a que Iñaki se marchara a su turno de trabajo en el camión.
Al día siguiente se levantó como nuevo. En cuanto terminó de desayunar un vaso de leche con cuatro galletas, se dispuso a continuar con el firme propósito de transformar su cuerpo. Sudoroso y manteniendo un paso maratoniano, llegó a Artxanda para correr y trotar por sus sendas boscosas. Así vio pasar el resto del verano, el otoño, el invierno, la primavera, y vuelta a empezar. Disciplinado, obsesivo y consumido por una energía oscura, consiguió bajar treinta y cinco kilos. Su silueta rolliza desapareció, sustituida por una musculatura magra y fibrosa.
En una de esas incursiones por el monte, en una zona apartada de los miradores y los restaurantes, se percató de la presencia de varias mujeres que tomaban el sol haciendo topless entre las campas. Como aquel que no quiere la cosa, a medida que se iba acercando, la excitación comenzó a apoderarse de él. La simple posibilidad de ser descubierto le generó una descomunal tensión en la cabeza; una presión idéntica a la que sufría en casa y que, por puro instinto, trató de contrarrestar escondiéndose entre la maleza para masturbarse mirándolas. Media hora después, abandonó el lugar con sigilo, convencido de que la jornada había sido redonda. A partir de ese día, el morbo del peligro se convirtió en el verdadero y único motivo para seguir subiendo a hacer ejercicio.
Sin embargo, una mañana fue sorprendido en pleno acto por una joven de curvas generosas que caminaba por el sendero. Lejos de escandalizarse o gritar, ella lo observó con una sonrisa sugerente y comenzó a insinuarse con movimientos lentos. José Carlos, paralizado por el impacto, no se movió. La muchacha se arrodilló frente a él y le practicó una felación que, a pesar de lo poco que tardó él en desfallecer por los puros nervios, consideró la mejor experiencia de su vida hasta ese momento.
—¿Por qué haces esto? —consiguió preguntar, todavía obnubilado y con el corazón desbocado.
Ella se incorporó despacio, mirándolo con un deseo descarado que no se esforzaba en ocultar.
—Me encantan los hombres decididos —dijo sin abrir los labios y sin apartar los ojos de su entrepierna—. Y al verte tan animado no he podido contenerme. ¿Es que no te ha gustado?
En ese mismo instante, la mezcla de desconcierto y deseo provocó que José Carlos se encendiera de nuevo. La joven miró a un lado y a otro del camino para cerciorarse de que no andaba cerca ninguno de los mirones que solían merodear por Artxanda. Se ocultaron detrás de unas matas espesas y mantuvieron una relación intensa que se prolongó durante un par de horas sobre la hojarasca.
Cuando terminaron, exhaustos y con las piernas cimbreadas por el esfuerzo físico, optaron por descender a Bilbao utilizando el funicular. Al bajarse en la estación inferior, se miraron con una complicidad cargada de urgencia.
—¿Te gustaría que repitamos mañana? —sugirió ella en voz alta, sin importarle que la gente que paseaba por la calle pudiera oírla.
—Sí, claro. ¿Te viene bien a las diez?
—Perfecto. Allí estaré —asintió ella con una sonrisa.
Se despidieron sin más, sin saber apenas nada el uno del otro. Desde entonces, sus encuentros se convirtieron en una cita diaria en la maleza de Artxanda, hasta que, con la llegada del primer temporal de invierno, ella dejó de acudir. José Carlos continuó subiendo al monte durante un mes entero, desafiando la niebla y tiritando de frío, con la vana esperanza de volver a cruzársela. Al final, asumió la dolorosa ausencia y optó por trasladar sus carreras diarias al frío asfalto de las calles de la ciudad.
Sin embargo, correr sobre las aceras de Bilbao no era lo mismo. Sin el estímulo salvaje de aquellos encuentros prohibidos, las sensaciones amargas regresaron con fuerza y volvió a sentirse asqueado, frustrado por ser incapaz de controlar unos impulsos biológicos que lo dominaban por completo. En mitad de la noche, empapado en sudor tras sus recurrentes crisis de ansiedad en la soledad de su habitación, llegó a plantearse seriamente si merecía la pena tanto agotamiento y tanto sufrimiento para tan exiguo y miserable beneficio.

El capítulo retrata una adolescencia profundamente marcada por el sufrimiento acumulado durante la infancia. Tras abandonar definitivamente el colegio, José Carlos pierde el único marco estructurado que organizaba su vida cotidiana y comienza una etapa de aislamiento voluntario. Su necesidad de transformar el cuerpo mediante el ejercicio simboliza el deseo de construir una nueva identidad, dejando atrás la imagen del niño vulnerable y ridiculizado que fue durante años.
ResponderEliminarUno de los aspectos centrales del capítulo es la representación de las secuelas psicológicas del trauma. La masturbación deja de aparecer como una conducta ligada únicamente al deseo sexual para convertirse en un mecanismo patológico de regulación emocional. El alivio momentáneo que obtiene tras cada episodio da paso inmediatamente a sentimientos de culpa, repugnancia y ansiedad, configurando un círculo vicioso del que resulta incapaz de escapar.
La muerte de la carpa del acuario constituye un acto profundamente simbólico. José Carlos no ataca únicamente a un pez; hiere deliberadamente aquello que más ama Iñaki. La agresión refleja el resentimiento acumulado hacia quien considera responsable de haberlo obligado a permanecer durante años en un entorno escolar donde sufrió continuas humillaciones. La violencia aparece así como una manifestación indirecta de un dolor que el protagonista todavía no sabe expresar con palabras.
El enfrentamiento entre Iñaki y José Carlos evidencia que la convivencia ha llegado a un punto de ruptura. María queda atrapada entre el hombre al que ama y el hijo al que necesita proteger, ocupando nuevamente el difícil papel de mediadora. La escena muestra cómo los traumas individuales terminan afectando a toda la estructura familiar, generando un clima permanente de desconfianza y tensión.
La disciplina extrema con la que José Carlos pierde treinta y cinco kilos simboliza su deseo de recuperar el control sobre una vida que siente completamente desordenada. El ejercicio deja de ser únicamente una actividad saludable para convertirse en una obsesión que canaliza toda su energía emocional. La mejora física no supone, sin embargo, una verdadera recuperación psicológica, ya que el conflicto interior permanece intacto.
Las experiencias sexuales que vive posteriormente representan mucho más que un despertar erótico. José Carlos interpreta el deseo que despierta en aquella joven como una forma de reconocimiento personal que nunca había experimentado. Durante un tiempo, esos encuentros parecen ofrecerle una sensación de aceptación y autoestima que había sido incapaz de encontrar en otros ámbitos de su vida.
La novela insiste en la idea de que las soluciones basadas únicamente en el placer inmediato resultan insuficientes. Tanto las conductas compulsivas como la relación sexual espontánea proporcionan un alivio temporal, pero ninguno de esos episodios consigue resolver el profundo vacío emocional del protagonista. Cuando desaparece la joven, regresan la ansiedad, la frustración y la sensación de fracaso, demostrando que el origen del sufrimiento permanece sin resolver.
El capítulo concluye reforzando una de las constantes de la novela: la soledad interior. A pesar de la transformación física, de los encuentros sexuales y del esfuerzo por rehacer su vida, José Carlos continúa enfrentándose en solitario a un conflicto psicológico que nadie parece comprender completamente. La última reflexión deja al lector ante un joven agotado física y emocionalmente, incapaz de encontrar un verdadero sentido a todo el sufrimiento acumulado.