Geometría del asfalto
Lo que ocurre cuando nadie debería mirar
El horizonte de Ircio no tiene concesiones. Aquí, las líneas son rectas, duras y de hormigón. Los pabellones industriales se levantan como cajas mudas bajo un cielo que parece agrandar el vacío del polígono. No es un lugar de contemplación, sino de tránsito, de logística y motores. Pero en un rincón apartado, en un parking detenido entre turnos, Ricardo encuentra una libertad distinta: más seca, más expuesta, completamente urbana.
Llega cuando el sol ya rebota sobre el asfalto gris, devolviendo un calor sin sombra. No hay refugio posible. Aparca y se queda unos segundos dentro del coche, como si el propio silencio exterior marcara un umbral.
A sus 48 años, desnudarse aquí tiene una carga que no necesita ser explicada. Al hacerlo, rompe la lógica del polígono. En un espacio pensado para el orden y la producción, impone otra cosa: el cuerpo. No hay gesto teatral, pero sí una decisión clara. La piel contra el hormigón, el contraste sin intermediarios.
La sobriedad le ha dado una mirada limpia, sin interferencias. No hay culpa, pero tampoco relato. Solo la constatación de estar ahí, en un lugar que no espera nada de él.
El riesgo es directo. No hay escondite. A lo lejos, el polígono sigue funcionando: pasos, puertas metálicas, motores que arrancan o se apagan. Cualquier movimiento puede cruzar su escena. Esa posibilidad lo atraviesa todo. No lo bloquea: lo activa.
No tarda en aparecer la otra presencia. El encuentro ocurre sin preparación. No hay palabras, solo reconocimiento rápido de lo necesario.
Ricardo no lo interpreta. Se ofrece. El suelo, el coche, el aire caliente del asfalto sostienen el resto. El contacto es directo, sin transición. No hay relato en lo que ocurre, solo la secuencia física de dos cuerpos en un espacio que no los contempla.
En algún momento, un ruido cercano —una puerta, un vehículo, un eco metálico— corta la continuidad del gesto. Esa irrupción del exterior no detiene nada, pero lo vuelve más agudo. Todo se vuelve más consciente.
Cuando termina, no se apresura. Permanece un instante sin cubrirse, dejando que el aire seco del polígono enfríe la piel. No hay celebración ni caída. Solo pausa.
Se viste con la misma calma con la que llegó. Cada prenda devuelve el orden exterior sin borrar del todo lo anterior.
Al salir de Ircio, el polígono vuelve a ser lo que es para cualquiera: estructuras, tráfico, rutina industrial. Nada cambia. Nada debería cambiar.
Pero en el trayecto de vuelta, hay algo que no encaja del todo en la normalidad inmediata. No es un pensamiento concreto. Es más bien una persistencia leve, difícil de nombrar, que no desaparece con la velocidad del coche ni con el ruido de la carretera.
El asfalto queda atrás.
Y, sin embargo, durante un rato, sigue ahí.
El polígono de Ircio no guarda memoria.
Si alguien volviera al mismo parking a la misma hora, no encontraría nada que lo diferenciara del resto de días: el mismo asfalto, la misma luz dura, el mismo orden silencioso de naves industriales funcionando a su ritmo.
Ricardo lo sabe.
Por eso no piensa en lo ocurrido como algo que permanezca en el lugar, sino como algo que ocurre y desaparece al mismo tiempo. No deja marcas visibles. Ni en el suelo, ni en el aire. Solo una continuidad que nadie más percibe.
En la rutina de los días siguientes, el gesto de volver a la normalidad no requiere esfuerzo. Es automático. El cuerpo se adapta con rapidez a los espacios que lo rodean: calles, interiores, voces conocidas.
Pero hay momentos —pequeños, casi insignificantes— en los que la imagen del polígono aparece sin llamada previa. No como recuerdo nítido, sino como una superposición breve: el asfalto encima de otro asfalto, el ruido real mezclado con uno que ya no está.
No lo analiza.
No lo necesita.
Sigue con su día.
Y aun así, hay algo que no termina de quedarse en su sitio del todo, como si una parte mínima del tiempo se hubiera quedado suspendida en Ircio, repitiéndose sin necesidad de volver.
@Franizquiero

Relato contemporáneo de carácter introspectivo y urbano, que combina el realismo psicológico con una prosa minimalista y atmosférica para explorar el deseo, la exposición corporal y la experiencia de la disociación emocional en espacios impersonales de la periferia industrial. A través de una narrativa sobria, precisa y deliberadamente contenida, el texto convierte el polígono de Ircio en un escenario simbólico donde el orden funcional del entorno urbano contrasta con la irrupción silenciosa de los impulsos íntimos y las necesidades no verbalizadas del individuo. La obra aborda temas como la vulnerabilidad masculina, la búsqueda de autenticidad física, la tensión entre anonimato y presencia, así como la persistencia psicológica de ciertos actos que, aun siendo efímeros, alteran la percepción cotidiana de la realidad. Asimismo, el relato utiliza el asfalto, el hormigón y la geometría industrial como metáforas de una existencia contemporánea marcada por la repetición y el aislamiento emocional, proponiendo una reflexión sobre aquellos espacios marginales donde el ser humano intenta recuperar, aunque sea momentáneamente, una forma de conexión consigo mismo fuera de las estructuras habituales de identidad y comportamiento social.
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