sábado, 16 de enero de 2016

Hoy es el día de San Fulgencio…


Patrón de la «Noble, Leal y Benéfica ciudad que fue fundada en el año 1186, donde el Rey la ennobleció e imprimió en su plateado escudo UT PLACEAT DEO ET HOMINIBUS (Para el placer de Dios y de los hombres), es decir, Plasencia, la cuidad mora, judía y cristiana que me vio nacer allá por noviembre de 1963

Hoy, al levantarme de la cama, me he visto trasladado en tiempo y lugar nada más que a treinta y tantos años atrás en el barrio obrero de La Data, lugar donde vine al mundo, me crié y permanecí hasta los 29 años.

Por gentileza del Ayuntamiento, al igual que al resto de los barrios, según la tradición y tenían estipulado en el reparto equitativo por número de vecinos, a eso de las nueve de la mañana: llegaron los cuatro cerdos ya matados y eviscerados a la Prisión del Partido, la antigua cárcel que, además de utilizarse como colegio durante mi infancia y que, posteriormente, durante varios años fue ocupada como almacén de la brigada de obras y por el taller de soldadura del Ayuntamiento en su zona principal y patio y, a ambos lados, lo que en su día fueron las oficinas pasaron a ser destinadas como guardería infantil la planta baja del ala derecha y en la primera planta compartían los diferentes cuartos como sede de la asociación de vecinos y un lugar de esparcimiento juvenil, y en el lado opuesto: las instalaciones daban cabida, en la parte de arriba, a una asociación que se encargaba de manera altruista a fomentar el deporte entre los jóvenes y en la zona de abajo se instaló un gimnasio para los adicionados a la halterofilia.


La gente iba de aquí para allá evidenciando sin reparo alguno los nervios que produce cualquier evento que requiera de colaboración humana sin estar correctamente organizados. Los más madrugadores habían preparado migas extremeñas para dar y tomar a toda persona que por allí apareciese y/o en caso de no apetecerles, siempre y cuando fueran mayores de edad, podían optar por tomarse un vasito de cazalla y acompañarlo con una deliciosa perrunilla. Después continuaban con los preparativos para que a eso de las dos estuviese todo dispuesto para la degustación de las piezas asadas a gusto del consumidor mientras fuera posible, es decir, que los que aguardaban en fila para recibir la correspondiente ración podían elegir si les apetecía comer orejas, morro, tocino, filetes, de jamón, de lomo, costilla asada… acompañado de pan, pan, no lo que hay ahora y regado con un vaso o dos de delicioso vino de pitarra. ¡Qué tiempos aquellos!, donde, a pesar de las estrecheces, la gente se reunía como si se tratase de la propia familia; donde todo se hacía por amor al arte, es decir, sin ningún tipo de interés. ¡Qué distinto de lo que hay ahora! El tiempo pasa, las personas cambian y… en fin, quienes vivimos aquellos momentos podemos disfrutarlos y revivirlos cada vez que nos apetezca a través del recuerdo.

Este es el barrio,  en la calle del centro, la que está al fondo a la derecha me crié y estuve hasta los 29 años. 


En este portal, en una de las tres habitaciones del 4º derecha vine al mundo con cinco kilos y medio el jueves 21 de noviembre de 1963, a eso de las dos y media de la tarde.

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