LA FRECUENCIA DEL CUERO…
La solitaria batalla de un hincha contra la conspiración del balón
El aire cortante del otoño de 2026 barre con saña las calles del barrio de Anduva, en Miranda de Ebro En el interior de su piso en la calle Cantabria, Pedro, a sus cincuenta y siete años, habita una dimensión que nadie más en la ciudad puede percibir. No hay televisión encendida, ni periódicos sobre la mesa, ni rastro de una vida familiar que se extinguió hace una década con la muerte de sus padres octogenarios. Pedro permanece de rodillas en mitad del salón, descalzo y con el torso desnudo, pegando su oreja izquierda directamente contra el parche de piel de buey de su enorme bombo de animación. No se mueve. Escucha el zumbido residual del cuero. Para él, ese bombo no es un simple instrumento de percusión de grada; es un receptor analógico de baja frecuencia, una antena sintonizada con las corrientes electromagnéticas y las líneas Ley que cruzan el subsuelo del estadio municipal.
—Ya están ahí... —susurra hacia las paredes desnudas, con las pupilas dilatadas y la mirada fija en el vacío—. El resembrado del césped de este mes ha invertido la polaridad del área pequeña. El campo está emitiendo iones negativos a causa del abono sintético. Si no equilibro la vibración del parche con hilos de cobre, los delanteros van a sufrir un bloqueo motriz en cuanto pisen el área. Está todo planeado.
Se levanta con un movimiento espasmódico, rígido, como un autómata. Su aspecto físico es el retrato vivo de la excentricidad más absoluta: viste una camiseta oficial del Club Deportivo Mirandés de la temporada 1994, raída y decolorada, sobre la que ha cosido meticulosamente una red de filamentos metálicos y cables de cobre entrelazados. Según su lógica, este blindaje artesanal es lo único que impide que los satélites geoestacionarios de la Liga de Fútbol Profesional le lean el pensamiento táctico y le roben las ecuaciones de juego que calcula por las noches. Lleva además los dedos de ambas manos pintados hasta los nudillos con líneas de cal blanca, el elemento sagrado que, según él, delimita el orden del caos.
A las doce del mediodía del viernes, Pedro arrastra su bombo por la calle Estación, el eje comercial, financiero y social de Miranda. El instrumento va montado sobre un pequeño carrito de hierro que emite un chirrido metálico constante contra las baldosas. Pedro no camina de forma normal; da tres pasos cortos, se detiene, dibuja un ángulo recto con el pie derecho para sortear las tapas metálicas de las arquetas —donde asegura que la Federación tiene instalados micrófonos de ambiente— y golpea dos veces el lateral del bombo con los nudillos pintados de cal.
Al llegar a la altura de la sede del Komando Kemando, el local de reunión de los ultras rojillos, varios compañeros de grada están en la puerta cargando cajas de refrescos y pancartas para el desplazamiento del fin de semana. Al ver aparecer a Pedro con su armadura de cables de cobre, su gorro de lana con hilos metálicos y su mirada paranoica, la conversación se enfría de golpe. La grada lo respeta por su veteranía y porque sigue al equipo allá donde vaya, pero sus discursos esotéricos resultan cada vez más difíciles de sostener.
—¡Aúpa, Pedro! ¿Qué pasa, tío? Vaya facha me llevas hoy, tío. ¿Vas a arreglar los fusibles de Anduva o qué? —le saluda de forma amistosa un ultra joven, intentando darle una palmada en la espalda.
Pedro pega un brinco violento hacia atrás, apartando el cuerpo con un gesto de espanto, mientras se frota el hombro como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica real.
—¡No me toques la masa, chaval! ¡Me despolarizas el lóbulo izquierdo! —sisea, mirando a los lados con ojos desorbitados, vigilando las ventanas de los pisos superiores—. ¿Es que no ves la frecuencia en la que está vibrando el aire hoy en la calle Estación? El viento viene del norte, del revés. El Burgos ha contratado a un santero para esparcir azufre táctico por la N-I. Lo huelo desde aquí. Como me toques sin aislarte con aluminio, me transmites el bloqueo del chic y el sábado no podré guiar los balones desde la grada.
—Venga, tío, déjate de energías y de tontadas, coño, que nos espera un viaje largo —interviene un peñista veterano, saliendo del local con una lona enrollada—. Anda, ayúdanos a meter las cajas en el maletero del autobús y déjate de satélites, que pareces un chalado de película.
Pedro clava sus ojos fijos, sin parpadear. Da tres pasos de lado, imitando el movimiento de un lateral cubriendo la banda, y señala el local con su dedo índice cubierto de cal.
—Estáis ciegos. Consumidos por la Matrix del fútbol moderno y los fondos de inversión —afirma Pedro con un hilo de voz monótona y cortante—. Este local está pinchado por las cámaras del VAR. Los cables de la luz emiten microondas en la frecuencia exacta del azul del Oviedo para lavarnos el cerebro y hacernos perder la fe en los córneres. ¡Yo no toco esas cajas! Esas botellas de refresco tienen el precinto alterado por la Federación. Quieren adormecernos el sistema nervioso para que el bombo no sintonice con el césped el domingo. Sois unos profanos. Ya lloraréis cuando el comité de árbitros os descodifique el alma a través de los chips cuánticos que llevan metidos en los silbatos.
—¡Vete a cagar ya, tío! —grita un chaval joven desde dentro del local, perdiendo la paciencia—. ¡Perdimos el último partido porque el delantero es un paquete y no mete un gol ni al arcoíris, no por los satélites! ¡Vete a ensayar con el bombo a las riberas del Ebro y déjanos currar en paz, hostia!
Al día siguiente, nada más pisar la calle Cantabria, Pedro dibuja una espiral en el aire con la mano izquierda, un gesto místico de protección, y empieza a alejarse arrastrando su carro hacia el punto de encuentro del autobús, murmurando ecuaciones numéricas basadas en los dorsales de los jugadores suplentes.
A
las siete de la mañana del sábado, el autobús alquilado arranca de
la terminal de Miranda de Ebro. Un rato después, en el interior del
vehículo, el ambiente es una fiesta anticipada: latas de cerveza que
se abren con un chasquido, cánticos de "¡Aúpa Mirandés!"
que resuenan contra los cristales y el olor a bocadillos de chorizo.
Pero en la última fila del autobús, pegado a la ventanilla trasera,
el espacio de Pedro es un desierto infranqueable.
Ha colocado su
enorme bombo en el asiento contiguo, pagando dos pasajes de su propio
bolsillo para evitar que cualquier ser humano se siente a su lado y
altere su campo magnético. Permanece rígido, con los brazos
cruzados sobre el pecho y los ojos entornados, fijos en la carretera.
Durante las horas de trayecto, la ansiedad social patológica lo
mantiene en un estado de alerta insoportable. Si el autobús se
detiene en una estación de servicio o intentan integrarlo en la
conversación, Pedro responde emitiendo un zumbido gutural constante,
una vibración sorda que imita el motor del autobús para «bloquear
las ondas de pensamiento intrusas»
de sus compañeros.
—Oye, Pedro, tómate una caña con nosotros, hombre, que pareces un fantasma ahí al fondo —le dice un peñista, ofreciéndole una lata a mitad de camino.
Pedro abre los ojos de par en par, retuerce el cuello con un tic esquizotípico violento y señala la lata con una mueca de asco explícito.
—Esa lata emite radiación de aluminio de baja intensidad —dice, con su voz plana y carente de ritmo—. El metal ha sido expuesto a los radares de la Guardia Civil en la AP-1. Si bebo de ahí, el flúor me destruye la glándula pineal y pierdo la telepatía con los centrales. Déjame en paz, emisario de la distorsión. El autobús está cruzando un meridiano maldito. Cada vez que pasamos por debajo de un puente, las cámaras de tráfico nos escanean el mapa táctico. ¿No notáis el pinchazo en la nuca? Nos están monitorizando el rendimiento pulmonar desde Madrid para beneficiar a los equipos de la capital.
El peñista retira la lata, niega con la cabeza y regresa a la parte delantera del vehículo.
—Está de psiquiátrico total, el pobre —comenta en voz baja a los de la fila de en medio—. Ya no es que esté raro, es que vive en otra galaxia. Da miedo cómo te mira, parece que te va a echar una maldición con los dedos esos llenos de yeso.
Pedro vuelve a pegar la frente al cristal frío de la ventanilla, contando los postes kilométricos en múltiplos de tres, convencido de que si la cifra final no coincide con el número de socios fundadores del club, el autobús sufrirá una avería mecánica provocada por las fuerzas oscuras del estamento arbitral.
4 de octubre de 2026.
El sol de la tarde cae con una fijeza metálica sobre el césped de El Toralín, el estadio de la SD Ponferradina. La tensión en las gradas es máxima; ambos equipos, encuadrados de forma temporal en el Grupo A de la Primera Federación. Las bufandas blanquiazules locales y las rojinegras visitantes tiñen las gradas de un colorido intenso. Los gritos de las aficiones, el olor a césped recién regado y el murmullo de los transistores configuran el ambiente clásico de los grandes duelos de la categoría de bronce.
En
el centro de la grada de animación visitante, rodeado por el núcleo
duro del Komando Kemando, permanece Pedro. En cuanto el colegiado
hace sonar su silbato decretando el inicio del encuentro a las 16:30
en punto, el veterano jabato comienza su ritual de percusión de
forma explícita y desquiciada.
Pedro no sigue los cánticos de
la peña. No acompaña el «¡Mirandés,
Mirandés!» que entonan
sus compañeros. Su maza de fieltro rojo golpea el parche de buey con
un ritmo asimétrico, sincopado, marcando una cadencia esotérica que
solo él escucha en los circuitos de su mente: ¡pum, pum, prrr-pum,
pum!. Golpea con la fuerza de un herrero, con los ojos fijos en la
trayectoria del balón, sudando a chorros bajo su camiseta de hilos
de cobre.
El partido avanza con una dureza extrema sobre el
terreno de juego. En el minuto veintidós, el delantero centro del
Mirandés encara al portero local y falla un gol cantado a puerta
vacía, mandando el balón lamiendo el poste. La grada visitante
estalla en un grito de frustración generalizada, pero la reacción
de Pedro cruza todos los límites de la lógica del fútbol.
—¡Bloqueo
cuántico! ¡Los guantes del portero tienen un tejido masónico de
imanes! —brama a pleno pulmón, dejando caer la maza y aporreando
el borde metálico del bombo directamente con su frente, provocándose
una pequeña brecha sangrante en la ceja—. ¡El balón ha cruzado
una línea de cal negativa! ¡Nos han hackeado la trayectoria desde
la sala VOR de Las Rozas! ¡Tirad sal al césped, joder, tirad sal
que nos están robando la energía de los abductores!
Un
aficionado de la Ponferradina de la grada contigua se gira, alarmado
por los gritos y los golpes del hombre de la cal.
—¡Cállate ya, viejo loco! —le grita un berciano—. ¡Mete el bombo por donde te quepa y déjanos ver el partido, que estás como una puta cabra!
Pedro se agarra a la valla de seguridad del estadio, sacando medio cuerpo hacia la zona local, con el rostro manchado de sangre y yeso, apuntando al aficionado con sus dedos pintados.
—¡Profano! ¡Emisario del desorden! —aúlla, con los ojos fuera de las órbitas—. ¡Sé perfectamente quién eres! Eres un agente del comité de árbitros infiltrado para romper el ritmo de mi percusión. Tu bufanda azul emite una frecuencia de microondas que altera el vuelo del esférico. ¡Te he decodificado la mirada! ¡Llevas un chip de la liga metido en la dentadura! ¡Komando, al suelo, que este tío nos está escaneando los pensamientos con los ojos!
Los ultras del Komando Kemando tienen que intervenir físicamente, tirando de la camiseta de cobre de Pedro hacia atrás para evitar que los vigilantes de seguridad privada del estadio lo expulsen por alteración del orden. Dos peñistas veteranos se colocan delante de él, intentando calmarle mientras le limpian la brecha de la ceja con un pañuelo de papel.
—Ya está, ya está, tío, dale suave al bombo y olvídate del de la bufanda —le dice uno de ellos, intentando mantener una calma que la ansiedad social de Pedro destroza al instante. Pedro tiembla, se arrincona contra el parche del bombo y vuelve a golpear el cuero con una furia sorda, sintonizando de nuevo con las corrientes invisibles del subsuelo berciano para salvar a su equipo de la gran conspiración del fútbol moderno.
El regreso a Miranda de Ebro tras los incidentes en Ponferrada aceleró la intervención obligatoria de los servicios asistenciales y la directiva del Club Deportivo Mirandés. El altercado en la grada de El Toralín y los informes de la seguridad privada obligaron a activar el protocolo clínico integrado ante la sospecha de un trastorno del espectro psicótico en un adulto solitario sin nexos familiares viables.
Pedro fue conducido por la fuerza de una orden de examen médico a la unidad de psiquiatría del hospital comarcal de Miranda de Ebro. Los especialistas aplicaron el protocolo de diagnóstico diferencial estructurado:
El equipo médico confirmó el diagnóstico definitivo de Trastorno de la Personalidad Esquizotípica severo. Pedro cumplía de forma explícita los criterios clínicos necesarios: ideas de referencia absolutas (creer que los lances del juego contienen mensajes ocultos dirigidos a su persona), pensamiento mágico desbordado (los cables de cobre, la sal y el ajo táctico), lenguaje extraño y metafórico (su dialecto de «polaridades», «iones» y «bloqueos místicos»), suspicacia paranoide generalizada hacia todo ser humano y una ansiedad social patológica que jamás remitía con la familiaridad del Komando Kemando, alimentada por sus miedos paranoides sobre el control mental de la Liga.
Las pruebas de neuroimagen (RM y EEG) descartaron lesiones estructurales o un brote psicótico desorganizado con alucinaciones verdaderas (Pedro no oía voces incorpóreas que hablaran entre sí fuera de su mente). Su pensamiento era lógico en su estructura formal, pero construido sobre premisas mágicas e irracionales vinculadas exclusivamente a la mística del balompié.
Al tratarse de un trastorno de la personalidad estructural, el protocolo prohíbe el uso de dosis masivas de sedantes que anulen al individuo. Se pautó un tratamiento de mantenimiento con dosis mínimas de antipsicóticos atípicos (olanzapina, 5 mg) para reducir la intensidad de las ideas de referencia y amortiguar los picos de ansiedad social. El equipo médico firmó un pacto de mediación con la directiva del feudo de Anduva: se le permitiría seguir acudiendo a los partidos con su bombo y sus desplazamientos con el Komando Kemando, bajo la estricta condición de cumplir con el tratamiento y no manipular las instalaciones con cal ni sustancias químicas.
Noviembre de 2026.
El siri-miri del atardecer cae limpio y constante sobre el césped del estadio municipal de Anduva. Las monumentales torres de iluminación se encienden una a una, cortando la neblina densa que sube desde el río Ebro con sus potentes haces de luz blanca. En el centro exacto de la grada general, rodeado por el mar de bufandas rojas y negras del Komando Kemando, permanece Pedro. Viste su clásica camiseta de parches metálicos, pero ahora lleva las manos limpias de cal, cumpliendo de forma meticulosa con el pacto establecido con las consultas externas del hospital mirandés. Sus ojos se mueven de izquierda a derecha, analizando las trayectorias del balón durante el calentamiento de la plantilla rojilla. El trastorno esquizotípico no se ha borrado de su personalidad; la olanzapina diaria no elimina sus creencias mágicas sobre las corrientes del feudo de Anduva, pero ha rebajado la marea de la angustia persecutoria, permitiéndole habitar la multitud de la grada sin la necesidad violenta de gritar o agredir.
Pedro
se cuelga la correa de lona del gran bombo sobre el hombro izquierdo.
Toma la maza con la mano derecha, siente el tacto del cuero curtido y
mira fijamente el esférico en el centro del campo. En su cabeza, las
frecuencias ocultas del césped siguen fluyendo, pero ahora el ritmo
es de tregua.
El árbitro hace sonar el silbato, decretando el
inicio del partido en Miranda De inmediato, con una energía
inquebrantable y los ojos fijos en el balón, Pedro golpea el parche:
¡pum, pum, prrr-pum, pum!.
El sonido sordo, profundo, rítmico y magnético del bombo se eleva con fuerza sobre las gradas de Anduva, fundiéndose con los cánticos de los ultras del Komando Kemando y el rugido unánime de la afición rojilla. Pedro no mira a las personas que lo rodean; mantiene la mirada clavada en el balón de cuero, moviendo los dedos de la mano izquierda en el aire como si tejiera redes invisibles sobre el terreno de juego. Sabe que el satélite de la Liga observa desde el espacio, pero ya no tiene miedo. Rodeado por los colores de toda su vida, con el corazón latiendo al compás exacto de la percusión, el viejo jabato continúa habitando su galaxia de fútbol y misterio, feliz, en paz y en perfecta armonía con el eterno, inquebrantable y cósmico latido de su bombo rojillo.
©Franizquiero

Pedro no vive el fútbol simplemente como una afición, sino como un sistema completo de interpretación de la realidad. El balón, el césped, los árbitros, los cables y hasta los satélites quedan incorporados a una cosmología propia en la que todo posee un significado oculto. El fútbol deja de ser espectáculo para convertirse en el universo desde el que Pedro explica cuanto sucede.
ResponderEliminarEl bombo constituye el gran símbolo del relato. Para Pedro no es únicamente un instrumento de animación, sino una especie de antena capaz de captar las frecuencias invisibles que gobiernan el juego. Su sonido representa la conexión entre su pensamiento y el mundo exterior. Cada golpe del cuero parece confirmar que su particular universo continúa funcionando.
La imaginación de Pedro construye una red de relaciones cada vez más compleja: satélites, VAR, árbitros, cables, metales, radiaciones, campos magnéticos y equipos rivales forman parte de una misma explicación. Lo interesante literariamente es que su pensamiento posee una lógica interna: las conclusiones son absurdas desde fuera, pero para él los acontecimientos encajan perfectamente dentro de su sistema de creencias.
Existe una paradoja central: Pedro pertenece a una peña y acompaña al equipo en los desplazamientos, pero permanece emocionalmente separado de quienes lo rodean. Paga dos billetes para que nadie se siente junto a él, rechaza una cerveza y desconfía incluso de sus compañeros. La grada, que debería representar pertenencia colectiva, se convierte así en el escenario de su aislamiento.
El encuentro de El Toralín lleva la lógica de Pedro hasta su máxima intensidad. El fallo del delantero no puede ser simplemente un error deportivo: inmediatamente se transforma en una prueba de la conspiración. La sangre de la herida, los gritos y la intervención de sus compañeros exteriorizan físicamente el desorden de su mundo interior. El partido deja de ser un acontecimiento deportivo y se convierte en una batalla contra fuerzas invisibles.
El diagnóstico y el tratamiento introducen un cambio importante sin convertir a Pedro en otra persona. La intervención reduce la intensidad de la angustia persecutoria, pero no elimina sus creencias mágicas ni su particular manera de interpretar el fútbol. El pacto con el club resulta especialmente significativo porque permite conservar aquello que forma parte de su identidad —el bombo, los partidos y la afición— dentro de unos límites de seguridad.
En noviembre de 2026, Pedro vuelve a ocupar su lugar en la grada. Ya no lleva las manos cubiertas de cal y puede permanecer entre los aficionados sin reaccionar violentamente. La escena no representa una curación completa, sino una convivencia más estable con su mundo interior. El personaje sigue interpretando el estadio mediante sus propias frecuencias, pero ahora esa interpretación no le provoca el mismo nivel de angustia.
El final recupera el símbolo central y cierra el relato de forma circular. El bombo vuelve a sonar con el mismo ritmo, pero ahora su sonido se mezcla con los cánticos de toda la grada. Pedro continúa viviendo en su “galaxia de fútbol y misterio”, pero ya no necesita luchar contra quienes lo rodean. El cuero se convierte así en el corazón simbólico del personaje: un latido constante que le permite sentirse unido a aquello que considera su mundo.