martes, 6 de octubre de 2026

DESARTICULAR EL CAMUFLAJE...

 

DESARTICULAR EL CAMUFLAJE…



De la excelencia académica al colapso: la reconstrucción de una psicóloga en la divergencia adulta


La habitación de Itxaso olía a té de manzanilla frío y a la madera vieja de los muebles de su infancia en Barakaldo, el lugar al que había tenido que regresar mentalmente para recomponer los pedazos. A sus 34 años, rodeada de diplomas universitarios de la Universidad de Deusto y dos másteres oficiales que atestiguaban su excelencia académica, se sentía incapaz de gestionar la tarea más básica de la existencia: respirar sin sentir que el pecho se le partía en dos. Estaba sufriendo un bloqueo mental absoluto. Su cerebro, habitualmente un motor revolucionado que jamás se apagaba, se había congelado tras el último gran colapso. Ya no podía seguir fingiendo.

Para el mundo exterior, la infancia de Itxaso en Barakaldo había estado marcada por la mala salud. Primero llegó el diagnóstico de la celiaquía y, un tiempo después, el de la diabetes tipo 1. Sus padres, desbordados por las exigencias médicas de dos enfermedades crónicas, volcaron toda su atención en las dietas estrictas, los glucómetros y las revisiones hospitalarias. Cuando Itxaso mostraba comportamientos que se salían de la norma, sus padres los asimilaban automáticamente a sus problemas orgánicos. Si pasaba horas en silencio en su habitación o se obsesionaba con ordenar sus juguetes por gamas cromáticas exactas, asumían que estaba cansada por una bajada de azúcar. Si estallaba en una rabieta incontrolable ante el ruido del mercado o la textura de una prenda de ropa, lo achacaban al mal humor crónico derivado de la fluctuación de sus niveles de glucosa. Si devoraba libros enteros en una tarde pero era incapaz de mantener el orden en su escritorio, decían que era «una niña intensa y despistada por sus afecciones».

Nadie vio el fondo. Nadie la llevó jamás a un psicólogo infantil ni a un neurólogo. Todo lo relacionado con el Trastorno del Espectro Autista (TEA) y el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) pasó completamente inadvertido. Itxaso aprendió muy pronto, a base de pura supervivencia, a enmascarar sus síntomas. Desarrolló un camuflaje tan perfecto que rozaba la excelencia. Se convirtió en la alumna brillante, la que sacaba notas impecables en Deusto y la que parecía tenerlo todo bajo control, pagando el precio de una ansiedad subterránea que la corroía por dentro. Estudió Psicología no solo por vocación, sino por una necesidad desesperada y casi egoísta de encontrar el manual de instrucciones de su propia mente.

Tras licenciarse, Itxaso decidió romper con la rutina vizcaína y se trasladó a Madrid. Necesitaba ingresos rápidos, así que aceptó un empleo en el departamento de atención al cliente vía telefónica de unos grandes almacenes de enorme renombre nacional. Fue el inicio del fin. El trabajo era un asalto constante a sus dos mitades: su parte TDAH se aburría mortalmente repitiendo el mismo protocolo una y otra vez, mientras que su parte TEA sufría una sobrecarga sensorial extrema debido al murmullo constante de la oficina, los cascos apretados en las orejas y la imprevisibilidad de los clientes enfadados. Los conflictos personales y la incapacidad para gestionar el entorno la obligaron a dimitir. El precio emocional era demasiado alto.

Intentó reconducir su vida ejerciendo su verdadera profesión en un centro de psicología privado en la capital. Al principio, su hiperfoco y su empatía analítica la convirtieron en una psicóloga brillante. Sin embargo, el esfuerzo de sostener la mirada, descodificar el lenguaje no verbal de los pacientes y mantener la atención ejecutiva durante sesiones encadenadas terminó por agotar sus reservas de energía. Volvió a verse completamente saturada. En medio de aquel caos mental, el control de su diabetes se desmoronó. Olvidaba las pautas de insulina por la desorganización del TDAH y malinterpretabas las señales de su cuerpo debido a la hipo-interocepción (la dificultad común en el autismo para sentir las necesidades internas). Una noche, una hipoglucemia severa combinada con cetoacidosis la llevó al borde de la muerte. La gravedad de su estado exigió su traslado urgente en helicóptero hasta el hospital.

Al salir del hospital, su cuerpo sobrevivió, pero su mente dijo «basta». Cayó en un bloqueo absoluto; no podía hablar, no soportaba la luz y el más mínimo cambio de planes la hacía llorar durante horas. Decidió pedir ayuda profesional, convencida, tras años de autoobservación y lecturas clínicas, de que encajaba en el perfil comórbido de AuDHD.

La primera experiencia fue devastadora. El psiquiatra y la psicóloga que la evaluaron vieron los síntomas más evidentes: su discurso acelerado, su historial de desorganización y su impulsividad. Le diagnosticaron TDAH. Cuando Itxaso, con voz trémula, intentó explicarles que sentía que había algo más, una rigidez, una necesidad de estructura y una incomprensión social profunda que apuntaban al TEA, los profesionales la ignoraron. Le dijeron que se estaba sobreanalizando por ser psicóloga, que el TEA no se presentaba así en mujeres brillantes, y le recetaron pautas de organización rígidas y estimulantes. La medicación para el TDAH silenció el ruido de su cabeza, pero dejó al descubierto una rigidez autista que la aterraba aún más. Sentía que no avanzaba nada. Cada consulta se convertía en un mar de lágrimas mudas frente a especialistas que la miraban con condescendencia. Sintiéndose completamente incomprendida, abandonó la terapia.

Un tiempo después, en un último acto de fe, acudió a la consulta de otra profesional en Madrid. Itxaso decidió no decir nada de sus sospechas; estaba demasiado cansada para defenderse. Durante las tres primeras sesiones, la terapeuta se limitó a escucharla, a observar cómo movía las manos, cómo evitaba el contacto visual directo en ciertos temas y cómo relataba su infancia. En la cuarta visita, la profesional cerró suavemente su bloc de notas, la miró con una calidez que Itxaso no había experimentado nunca en un entorno clínico y le dijo:

―Itxaso, ¿has valorado alguna vez la posibilidad de que seas AuDHD? Tienes una estructura autista muy profunda que ha intentado ser compensada toda la vida por un perfil hiperactivo y disperso.

A Itxaso se le paró el corazón. Por primera vez en 34 años, alguien la estaba viendo de verdad, sin que ella hubiera dicho una sola palabra al respecto. Eso le dio motivos suficientes para confiar en que ahora estaba en el camino correcto y sintió interés para seguir adelante. Tras realizarle las pruebas pertinentes, fue diagnosticada oficialmente de AuDHD.

Aceptar que todo aquello había pasado completamente inadvertido durante más de tres décadas fue un proceso doloroso, pero liberador. No regresó a Barakaldo; decidió quedarse en la Comunidad de Madrid para reconstruirse y aprender a desenvolverse ante los condicionantes que padece. Empezó a ejercer otra vez de psicóloga en una clínica privada, pero esta vez como autónoma. Ejercer por cuenta propia le dio el control absoluto de su entorno: sustituyó los fluorescentes agresivos por lámparas de luz cálida, eliminó ambientadores y prohibió las sesiones encadenadas, dejando un margen obligatorio de 20 minutos entre pacientes para descompresión sensorial. Sincronizó su sensor continuo de glucosa con su reloj inteligente para que una vibración táctil específica —un código que su mente TEA procesaba al instante sin alarmarse— le avisara exactamente de lo que su cuerpo necesitaba, estabilizando por fin su diabetes.

La vida fuera de la consulta pasó a ser un terreno de estrategia explícita. Para ir al supermercado adoptó un escudo de auriculares con cancelación de ruido y una lista digital hiperestructurada según el orden físico de los pasillos. Para saciar la urgencia de novedad de su TDAH sin romper la vulnerabilidad sensorial de su TEA, implementó el «ocio programado con planes de fuga»: visitar museos o librerías en el centro de Madrid a primera hora de la mañana, cuando las calles estaban vacías, y reservar las tardes obligatoriamente para el descanso en su piso con la persiana a medio bajar, bajo el cobijo regulador de una manta pesada. Redujo la presión de la vida social madrileña eliminando los bares abarrotados y el enmascaramiento (masking), aprendiendo a mover sus manos libremente y a desviar la mirada para concentrarse sin sentir culpa.

Un martes por la tarde, el teléfono de la cocina de sus padres en Barakaldo sonó. Itxaso necesitaba cerrar ese círculo del pasado:

—¿AuDHD, Itxaso? ¿Pero qué invento moderno es ese? —la voz de su madre sonó tensa a través del altavoz—. Siempre has sido una niña muy sensible, sí, pero delicada de salud por lo tuyo. Bastante tuvimos con controlar tus azúcares y la celiaquía... ¡Si eres psicóloga y tienes dos másteres!


—Mamá —respondió con una calma firme—, precisamenteporque tengo dos másteres sé de lo que hablo. No os estoy culpando. Entiendo que estabais desbordados, pero quiero que entiendas que toda mi vida he tenido que hacer el triple de esfuerzo para encajar. Mi desorganización no era despiste, era TDAH, y mis crisis por los ruidos eran autismo. Ya soy normal, mamá. Soy una adulta neurodivergente que por fin se entiende. Y estoy ejerciendo en Madrid, por mi cuenta, y me va bien.


Al colgar, sintió un peso titánico desprenderse de sus hombros. La niña de Barakaldo por fin había sido defendida.

El verdadero examen a sus nuevas herramientas llegó un jueves de noviembre a las 18:30 horas, en plena hora punta de la Línea 1 del metro de Madrid. El vagón iba atestado cuando, de pronto, el tren dio un frenazo brusco y se detuvo por completo en mitad del túnel, apagándose las luces principales. El TDAH de Itxaso se activó con un latigazo de urgencia por huir, mientras su rigidez autista entraba en pánico ante la ruptura del plan. Para colmo, el estrés disparó una descarga de adrenalina que provocó un bajón repentino de azúcar; su reloj empezó a vibrar indicando que caía en picado hacia los 65 mg/dL.

En otra época, el escenario habría acabado en urgencias. Esta vez, Itxaso aplicó su protocolo: subió el volumen de su ruido marrón en los auriculares, sacó un cubilete de silicona del bolsillo para canalizar el pánico de forma motriz a través del stimming, y localizó de forma metódica en su mochila los dos geles de glucosa que su necesidad de estructura le obligaba a llevar siempre en el mismo sitio. Se repitió a sí misma que era solo un colapso sensorial temporal y esperó. Quince minutos después, el tren reanudó la marcha. Bajó en su parada exhausta, pero con la mente intacta. Había ganado.

Un año después de aquella tarde en el metro, Madrid respiraba con el aire limpio y frío de los primeros días de octubre. Itxaso se encontraba sentada frente al gran ventanal de una cafetería silenciosa cerca de la Glorieta de Bilbao, esperando a una paciente. Observó su reflejo en el cristal: la postura ya no era la de la mujer encorvada por el peso del camuflaje; sus hombros estaban relajados y sus manos, tranquilas, descansaban sobre la mesa sosteniendo una taza de té.

A su consulta ya no solo acudían personas buscando una terapia tradicional. Se había convertido en un referente en la Comunidad de Madrid para el diagnóstico y acompañamiento de adultos neurodivergente. En las paredes de su despacho privado colgaba ahora un pequeño cuadro con una ilustración abstracta que combinaba líneas caóticas y figuras geométricas perfectas. Era su propio mapa conceptual del AuDHD, un regalo de una paciente agradecida.

Su relación con Barakaldo también había mutado. Sus padres habían comenzado a leer los artículos que ella les enviaba y, aunque los términos técnicos a veces les resultaban ajenos, el tono de sus conversaciones semanales ya no estaba teñido de culpa ni de incomprensión, sino de un respeto profundo hacia la mujer en la que se había convertido.

Su teléfono vibró sutilmente sobre la mesa. No era una alarma de pánico por la diabetes; su glucosa marcaba un ritmo estable de 98 mg/dL. Era un mensaje de confirmación para una ponencia que iba a impartir el mes siguiente en un congreso nacional de psicología, centrada en el sesgo de género y el diagnóstico tardío.

Itxaso sonrió levemente al ver el mensaje y guardó el dispositivo. La paradoja de su mente —ese motor hiperactivo que necesitaba detenerse ante el ruido, esa estructura rígida que anhelaba la novedad— ya no era una guerra civil interna. Era, simplemente, su forma de habitar el mundo. Se levantó, ajustó su abrigo y caminó hacia la clínica, lista para abrir la puerta a la siguiente persona que, al igual que ella tres años atrás, entraba buscando desesperadamente su propia verdad.


©Franizquiero





1 comentario:

  1. Itxaso aparece inicialmente como una mujer de éxito: formación universitaria, dos másteres y una profesión de prestigio. Sin embargo, esa imagen exterior contrasta con un mundo interno marcado por el agotamiento, la ansiedad y la sensación de no poder sostener la vida cotidiana. La excelencia académica funciona así como una primera forma de camuflaje: aquello que los demás admiran es, en realidad, una estrategia construida para ocultar sus dificultades.

    La celiaquía y la diabetes condicionan la manera en que sus padres interpretan toda su infancia. Sus conductas diferentes quedan absorbidas por la explicación médica de sus enfermedades físicas. El orden obsesivo, la sensibilidad al ruido, las rabietas sensoriales o la enorme capacidad para concentrarse en los libros no son comprendidos como parte de otra realidad. La tragedia narrativa está precisamente en que Itxaso estaba mostrando quién era, pero nadie sabía leer aquellas señales.

    Itxaso aprende a comportarse como espera la sociedad: estudia, obtiene excelentes resultados y desarrolla una apariencia de control. El masking deja de ser una simple estrategia social y se convierte en una segunda piel. Su elección de estudiar Psicología adquiere además un significado profundo: intenta encontrar en los libros el manual que nadie pudo darle para comprender su propia mente.

    Madrid rompe el equilibrio artificial que había construido. El trabajo telefónico enfrenta su necesidad de estímulo con la monotonía y, al mismo tiempo, la expone a una sobrecarga sensorial constante. Posteriormente, la práctica clínica vuelve a exigirle una atención y una adaptación social continuas. El deterioro del control de su diabetes culmina en la emergencia médica y funciona como punto de ruptura: el cuerpo termina expresando aquello que la mente llevaba años intentando ocultar.

    La paradoja de Itxaso como psicóloga resulta especialmente significativa. Posee conocimientos profesionales suficientes para reconocer en sí misma determinados patrones, pero sus primeras evaluaciones no escuchan aquello que intenta explicar. El diagnóstico de TDAH no resuelve el problema y la experiencia clínica se convierte en otra forma de incomprensión. Frente a ello, la cuarta consulta representa un momento decisivo: por primera vez, otra persona observa más allá de la máscara y formula aquello que Itxaso llevaba años intentando comprender.

    El diagnóstico de AuDHD no aparece como una solución mágica, sino como el comienzo de una reconstrucción. Itxaso deja de intentar adaptarse constantemente a entornos que la desbordan y empieza a modificar esos entornos: cambia la iluminación de su consulta, introduce pausas entre pacientes, utiliza herramientas para regularse y organiza su vida cotidiana según sus propias necesidades. La transformación fundamental consiste en pasar de camuflarse para encajar a diseñar una vida en la que pueda existir sin esconderse.

    El episodio del tren detenido constituye la verdadera prueba narrativa de que algo ha cambiado. El mismo tipo de sobrecarga que antes podía conducirla al colapso aparece de nuevo, pero esta vez dispone de herramientas para afrontarla. Los auriculares, el stimming, los geles de glucosa y su estructura mental dejan de ser signos de fragilidad y se convierten en recursos de autonomía. Cuando el tren vuelve a ponerse en marcha, la frase «Había ganado» representa mucho más que superar un incidente: significa haber aprendido a permanecer dentro de sí misma sin volver a perderse.

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