viernes, 9 de octubre de 2026

EL ECO DE LAS ENCINAS...


 

EL ECO ENTRE LAS ENCINAS...



Una historia sobre el trastorno esquizoide y el refugio del aislamiento



Agosto de 2013.

El repiqueteo rítmico y constante de la aguja perforando el trenzado de paja era el único sonido que habitaba el taller de la planta baja en Montehermoso. El aire de la estancia olía a paja de centeno seca, a los tintes vegetales de los cordones y a la lana prensada de los pequeños adornos. Allí, bajo la luz amarillenta de un flexo que colgaba del techo, Felipa, de 52 años, y Celia, de 50, pasaban las tardes confeccionando las piezas tradicionales que dan fama a la comarca.

El negocio familiar, heredado de sus difuntos padres, unos años antes, dependía exclusivamente del vigor de las dos hermanas, ambas solteras. En ese momento, Celia remataba un gorro de moza, cubriéndolo de lanas encendidas y claveles de fieltro que pregonaban el estado de una mujer soltera. Al lado, Felipa ordenaba los botones de nácar y los espejos circulares de un modelo mucho más sobrio, destinado a una mujer casada. En una esquina apartada, un tercer ejemplar descansaba sobre una horma de madera: el gorro de viuda, desprovisto de colores vivos, adornado únicamente con cintas y motivos oscuros en señal de respeto al luto.

En la zona más sombría del taller, sentado en un tajo de corcho, permanecía Manolo, conocido por todo el pueblo como Lolo, de cuarenta y ocho años. Tenía una hoz entre las rodillas y la mirada clavada en una grieta del suelo. No miraba a sus hermanas ni participaba en la rutina del taller. Su rostro presentaba una inmovilidad pétrea, una frialdad emocional y un aplanamiento afectivo tan explícitos que parecía ajeno a la estancia.

—Lolo, acércame el manojo de paja que dejamos secando en el porche, anda —le pidió Celia, sin levantar la vista de la aguja.

Manolo se levantó despacio. Con movimientos mecánicos y pesados, tomó el haz de bálago, lo dejó sobre la mesa de trabajo a un palmo de la mano de su hermana y volvió a sentarse en su banqueta sin emitir una sola palabra, sin un cruce de miradas, sin un solo gesto que denotara cercanía.

—Este hombre cada día habla menos —suspiró Felipa, enhebrando un hilo negro para el gorro de viuda—. Parece que somos extrañas compartiendo el mismo techo. Si nuestros padres levantaran la cabeza y te vieran así, Lolo...

Manolo no respondió. No sentía rabia, ni tristeza, ni el menor atisbo de culpa. Las recriminaciones de sus hermanas le resbalaban por la conciencia con la misma indiferencia con la que el agua de lluvia resbala por las paredes encaladas de las fachadas.

Al amanecer, mientras el pueblo empezaba a desperezarse, Manolo ya caminaba por los senderos de tierra en dirección a las fincas familiares. El trabajo del campo —revisar los olivos, desbrozar los lindes y limpiar las fuentes de sus fincas— era el único reducto donde se sentía a salvo de las miradas ajenas. Realizaba las tareas agrícolas con una minuciosidad robótica, pasando diez o doce horas consecutivas sin cruzarse con nadie, disfrutando del silencio estricto de la dehesa extremeña.

Pero Manolo guardaba un talento que durante años había sido el orgullo de la comarca: era tamborilero. Poseía una habilidad innata para hacer sonar simultáneamente la flauta de tres agujeros con la mano izquierda y golpear el tamboril colgado del brazo con la derecha, dictando los ritmos ancestrales de las danzas folclóricas de la zona.

En su juventud, sus padres y el propio pueblo le empujaban a participar en las festividades. Su cumbre anual era el Martes Mayor de Plasencia, el gran mercado festivo donde tamborileros de toda Extremadura competían ante miles de personas en la Plaza Mayor. Sin embargo, a medida que su comportamiento al cruzar los cuarenta años, los aplausos de la multitud, los premios y las felicitaciones del alcalde se volvieron una experiencia vacía y molesta. El murmullo de la gente, las preguntas de los curiosos y la exigencia de sonreír ante el público le producían una fatiga cognitiva insoportable. Decidió romper con todo. Dejó de acudir a los ensayos de la asociación, bloqueó las llamadas para tocar en las bodas del norte de Cáceres y se negó en redondo a volver a pisar el Martes Mayor de Plasencia.

—Lolo, ha venido el alguacil a dejar el bando de las fiestas —le dijo Celia una noche en la cocina, mientras servía un plato de sopas de tomate—. Quieren que abras el pasacalles con el tamboril el mes que viene. Dicen que te pagan la jornada entera y que el pueblo quiere escucharte.

—Diles que no —respondió Manolo, masticando despacio, con la mirada clavada en la pared blanca.

—¡Pero si es lo único que se te da bien, joder! —estalló Felipa, perdiendo la paciencia—. Te estás volviendo un salvaje, metido en las fincas de sol a sol sin hablar con un alma. Las vecinas me preguntan si estás enfermo, si tienes algo malo en la cabeza. ¡Vas a terminar solo en esta casa como un ermitaño podrido!

—No voy a ir —sentenció con una voz plana, monocorde, desprovista de cualquier matiz de ira o ruego.

Para saciar su necesidad de tocar el instrumento sin sufrir la tortura del contacto humano, Manolo desarrolló un hábito explícito y solitario. Varias tardes a la semana, tras terminar el trabajo en el campo, metía la gaita de tres agujeros y el tamboril en una vieja saca de lona y se alejaba a varios kilómetros del pueblo. Se adentraba en los parajes más aislados, trepando por paredes de granito ocultas por las escobas y los jarales, buscando rincones donde la vegetación y la distancia garantizaran que ningún pastor, caminante o vecino pudiera verlo o escucharle.

Allí, a solas, se sentaba en una piedra. Sacaba la flauta de madera de encina, se la llevaba a los labios y empezaba a tocar. El sonido agudo, melancólico y ancestral de la gaita se mezclaba con el golpeo seco, sordo y rítmico del tamboril contra la madera. Tocaba durante horas para las piedras, para los pájaros y para el viento extremeño. Su interpretación era técnicamente perfecta, magistral, pero carecía de público por elección propia. Mantenía los ojos entornados, saboreando el único placer que su mente admitía: la belleza pura del ritmo, desprovista por completo del estorbo de la presencia humana.

La preocupación de sus dos hermanas, enfrentadas a una frialdad que interpretaban como el inicio de un colapso mental crónico o una depresión catatónica camuflada, las llevó a forzar una consulta médica. Aprovechando una revisión ordinaria de la cartilla agrícola, Felipa y Celia lograron arrastrar a Manolo a las consultas de salud mental del Hospital Virgen del Puerto de Plasencia.

El protocolo de diagnóstico para el Trastorno de la Personalidad Esquizoide es un proceso basado en la observación conductual de larga duración y el descarte de psicosis del espectro esquizofrénico. El equipo médico de Plasencia aplicó el protocolo integrado de evaluación:

  1. El psiquiatra comprobó de forma explícita que Manolo cumplía los rasgos cardinales del trastorno: ni deseaba ni disfrutaba de las relaciones íntimas (incluido el formar parte de su propia familia), elegía casi siempre actividades solitarias, mostraba escaso o ningún interés en tener experiencias sexuales, disfrutaba con muy pocas o ninguna actividad fuera del tamboril aislado, carecía de amigos íntimos más allá de sus hermanas por obligación residencial, y se mostraba totalmente indiferente a las alabanzas o a las críticas de los demás.

    El neurólogo realizó pruebas de imagen y analíticas para descartar un autismo de alto funcionamiento (Síndrome de Asperger) de diagnóstico tardío o secuelas de un trauma cerebral focal. Al comprobarse que Manolo poseía una teoría de la mente intacta (entendía el lenguaje figurado y las intenciones ajenas, simplemente no le importaban) y que su lenguaje era fluido pero parco, el diagnóstico esquizoide quedó sellado.

    El psiquiatra explicó a Felipa y a Celia que el trastorno de Manolo no se cura con fármacos. El protocolo clínico en estos casos dicta no forzar la socialización del paciente, ya que obligarle a acudir a ferias o reuniones familiares masivas multiplica su nivel de estrés y puede provocar brotes de ansiedad reactiva. El tratamiento consistió en la educación de las hermanas:

    ―Manolo no sufre por estar solo. Su sufrimiento empieza cuando ustedes le obligan a estar acompañado. Su tamboril en la dehesa es su equilibrio. Déjenle sus silencio y permitan que su vida transcurra en los límites que su cerebro necesita.



Octubre de 2026.


La luz dorada de la tarde cae pesada y limpia sobre los tejados viejos, anunciando la llegada del fresco otoñal. En la casa familiar, las persianas del taller permanecían bajadas; Felipa y Celia ya acusan los achaques de la edad y el ritmo de la costura se ha vuelto un recuerdo del pasado. Los tres tipos de gorros —el alegre del clavel para las mozas, el sobrio de las casadas y el riguroso negro de las viudas— ya solo descansan como reliquias mudas en las vitrinas del salón.

En la cocina, Manolo, a sus sesenta y un años, termina de cenar un trozo de queso de cabra. Su rostro mantiene la misma fijeza pétrea, la misma mirada ausente y la misma frialdad emocional que lo habían acompañado toda su vida. Sus hermanas conversan en voz baja en el salón, pero él no presta atención a lo que dicen. Recoge su plato, lo lava bajo el grifo con movimientos pausados y mete la gaita y el tamboril en la saca de lona.

Sale de la casa por la puerta trasera, burlando la mirada de sus hermanas, y se adentra en la inmensidad de la dehesa. Camina durante media hora, guiándose por el tacto de las piedras del camino que se sabe de memoria desde la niñez, hasta llegar a su canchal favorito, oculto entre las encinas centenarias.

Manolo se sienta en la roca. Saca la gaita, la ajusta en sus labios con la mano izquierda y toma la baqueta con la mano derecha. Inspira el aire puro de la noche extremeña y empieza a tocar.

El sonido de la flauta, limpio, agudo y ancestral, se mezcla el sonido de los cencerros del ganado que pasta en la dehesa, acompañado por el golpeo rítmico, constante y sordo del tamboril. No hay luces de escenario, ni aplausos del Martes Mayor, ni vecinos evaluando su técnica, ni cámaras de televisión registrando el folclore. La música flota en mitad de la oscuridad de la noche, estricta, matemática y perfecta, extinguiéndose entre las ramas de las encinas sin dejar rastro. Manolo cierra los ojos, disfrutando de la inmensidad de su aislamiento voluntario, en perfecta paz con su anatomía del desapego, feliz en la absoluta y definitiva penumbra de su mundo sin testigos.



©Franizquiero


1 comentario:

  1. Manolo no vive la soledad como una carencia, sino como un espacio propio en el que puede desenvolverse sin las exigencias de los demás. Su distancia emocional, su escasa comunicación y su preferencia por las actividades solitarias construyen desde el principio un personaje que parece habitar una realidad interior cerrada y autosuficiente.

    Felipa y Celia representan el vínculo familiar que intenta comprender y proteger a Manolo, aunque inicialmente interpretan su comportamiento como enfermedad, depresión o deterioro. El contraste entre la preocupación de ellas y la indiferencia de él genera una tensión silenciosa: comparten casa, trabajo y pasado, pero parecen vivir en mundos emocionales diferentes.

    Los gorros de moza, casada y viuda introducen un interesante símbolo sobre las distintas etapas y roles sociales. Mientras los objetos representan una comunidad organizada alrededor de las relaciones, Manolo permanece al margen de ese ciclo. En 2026, convertidos en reliquias, funcionan también como huellas de un mundo social que ha desaparecido mientras él permanece esencialmente igual.

    El gran talento de Manolo establece una paradoja central. Posee una capacidad extraordinaria para la música y llegó a ser reconocido por toda la comarca, pero precisamente el reconocimiento termina convirtiéndose en una carga. Para él, la música no necesita espectadores: tocar para las piedras, los pájaros y el viento le permite conservar el placer de la interpretación sin someterse a la presencia humana.

    La naturaleza adquiere una función mucho más profunda que la de simple escenario. Los senderos, las encinas, los canchales y las fincas constituyen el territorio donde Manolo puede existir sin sentirse observado. Frente al pueblo, asociado a conversaciones, fiestas y expectativas, la dehesa representa libertad, silencio y ausencia de exigencias sociales.

    El diagnóstico modifica principalmente la mirada de las hermanas. El médico les explica que el problema no consiste en que Manolo necesite aprender a relacionarse, sino en que ellas comprendan que su aislamiento forma parte de su manera de vivir. El relato plantea así una cuestión interesante: la aceptación también puede consistir en dejar de exigir a una persona que viva según las necesidades emocionales de los demás.

    El salto de 2013 a 2026 muestra que Manolo apenas ha cambiado. Sin embargo, sí ha cambiado la interpretación de quienes lo rodean. Sus hermanas han envejecido, el taller ha dejado de funcionar y los gorros se han convertido en objetos del pasado. Manolo, en cambio, continúa realizando el mismo ritual: abandonar la casa, internarse en la dehesa y tocar para nadie.

    El final concentra el sentido del relato. La música desaparece entre las ramas sin dejar rastro, pero para Manolo eso no significa fracaso: precisamente la ausencia de testigos constituye su forma de plenitud. El “eco” del título puede entenderse como aquello que permanece aunque nadie lo escuche, mientras las encinas representan un espacio natural que acepta su silencio sin exigirle que cambie.

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