Grito y lamento de un menesteroso
Escrito el 20 de octubre de 2015, revisado el 19 de abril de 2026
En Miranda de Ebro, el 12 de octubre de 2014 amaneció tan afligido y plomizo como el día de hoy. Pese al tiempo, decidí salir a caminar. Tras un trecho, me encontré paseando por la ciudad en actitud pensativa.
De súbito, cambié el rumbo previsto al observar el deterioro de un banco frente a la guardería de la calle del Río. Me acerqué a él y me miró con actitud provocativa. «¿Qué miras?», me dijo sin decir nada. «¿Acaso crees que soy culpable de mi situación? ¿Por haber sido dejado a las buenas de Dios por quienes deberían velar por mi bienestar y conservación?».
Realicé un ademán negativo con la cabeza y continué mi marcha. Caminé cuestionando la actualidad y haciendo cábalas sobre lo que nos deparará el futuro si esto no se remedia.
Pasó el tiempo. Allá por el mes de mayo del siguiente año, volví a pasar junto al susodicho; ya sabes, el que está frente a la guardería.
—¡Vaya! —le dije mientras me arrellanaba sobre él—. Parece que, con la llegada del buen tiempo y por el aspecto que luces, tu estado anímico es totalmente contrario al de la última vez.
«La verdad es que, aunque solo sea un lavado de cara, estoy pletórico», me respondió de igual forma que la vez anterior. «Parece que a ti también te han venido bien los dos tercios de jornada».
—La verdad es que sí —admití—, aunque me sigue inquietando el porvenir de ambos si esta indeseable situación no se soluciona.
Me puse en pie, liberándolo de mi peso. Antes de continuar mi camino, me giré hacia él, le hice un guiño y le brindé una sonrisa.

La expresión «dejados de la mano de Dios» se utiliza para describir una situación de abandono, desamparo, descuido o caos absoluto, en la que se siente que no hay protección ni guía superior. Cuando se aplica en el contexto político o social —«dejados de la mano de Dios por los que nos gobiernan»—, refleja una sensación profunda de impotencia, desconfianza y la falta de liderazgo ético o eficaz.
ResponderEliminarSignificado coloquial: se refiere a personas o lugares desatendidos, olvidados a su suerte.
Origen: proviene de una inversión de la frase bíblica «la mano de Dios», que simboliza protección y guía. Estar «dejado» de ella implica que se ha retirado ese amparo.
Contexto político: encaja en contextos de desánimo social, donde la clase política es percibida como indiferente o incapaz ante el sufrimiento o la necesidad de la ciudadanía.
Ejemplo de uso: se usa a menudo para describir zonas marginadas o situaciones de emergencia donde la burocracia o la falta de acción gubernamental han dejado a la población desprotegida.
Es una frase cargada de pesimismo y denuncia, señalando una desconexión entre los gobernantes y las necesidades reales de los gobernados.