EL PULSO DE LA VIDA…
Crónica de un sexagenario que esculpe su propia identidad en las entrañas de un roble centenario
El silencio, a los sesenta y tres años, tiene un peso específico. Es una losa invisible que se instala en las rodillas, se acomoda en el fondo de los pulmones y convierte las horas en habitaciones demasiado grandes. Durante más de cuatro décadas, mis manos supieron de la ductilidad del cemento, de la precisión de la escuadra y la plomada, de levantar paredes que otros habitarían, pagarían a plazos y llenarían de fotografías, discusiones y risas familiares. Construí hogares para los demás sin pensar demasiado en el mío, convencido de que mientras hubiera trabajo, salud y un jornal a final de mes, la vida permanecía en su sitio.
Pero las obras terminan. Los edificios se entregan, los andamios se desmontan y los hombres que durante años levantaron el mundo con sus manos descubren, a veces demasiado pronto, que ya nadie parece necesitarlos.
Ahora, el teléfono móvil descansa sobre la mesilla como un objeto inútil. Hace meses que apenas suena. He enviado currículos, he contestado anuncios, he acudido a oficinas donde las palabras experiencia y disponibilidad parecían perder su significado en cuanto alguien reparaba en mis canas. En las entrevistas, mi espalda castigada por los años de oficio y mis rodillas doloridas parecían hablar antes que yo. Nadie decía que era demasiado viejo, pero tampoco hacía falta.
El mercado laboral tiene formas discretas de cerrar las puertas. Basta con dejar de llamar.
Al principio me repetía que aquello sería temporal. Después empecé a levantarme más tarde, a prolongar el café de la mañana y a mirar por la ventana sin saber qué esperaba encontrar al otro lado. Los días se fueron pareciendo unos a otros, hasta que perdieron sus bordes. Sin el horario de la obra, sin el ruido de las máquinas y sin las voces de los compañeros, descubrí una verdad que me costaba admitir: había aprendido a medir mi valor por la utilidad de mis manos. Y ahora que nadie me las pedía, no sabía muy bien quién era.
Fue entonces cuando comencé a caminar hacia el bosque. No buscaba una respuesta concreta. Necesitaba salir de casa, apartarme de las paredes que parecían estrecharse a mi alrededor y encontrar un lugar donde el silencio no tuviera el aspecto de una condena. Caminaba entre los árboles hasta que el ruido de la ciudad se desvanecía y solo quedaban el roce de las hojas, el canto de algún pájaro y el crujido de las ramas bajo mis botas.
Una mañana, al internarme por un sendero que apenas recordaba, lo encontré. Era un roble centenario, ancho de tronco, con la corteza agrietada y una maraña de raíces que afloraban entre la tierra como dedos aferrados al mundo. El musgo cubría algunas zonas de su superficie y las cicatrices de la madera dibujaban líneas irregulares, huellas de inviernos soportados y veranos resistidos. No era un árbol hermoso en el sentido pulcro de la palabra. Su belleza nacía de haber sobrevivido.
Me quedé un buen rato contemplándolo. Había algo en aquella corteza que me resultaba familiar. Las grietas, las asperezas, los nudos endurecidos por el tiempo… Pensé en mis manos, en las arrugas de mis nudillos, en las marcas que el cemento y las herramientas habían dejado sobre mi piel. También yo llevaba encima las señales de una vida que no siempre había sido amable.
Entonces sentí una urgencia difícil de explicar. No quería sentarme a descansar ni continuar caminando. Quería hacer algo con aquellas manos que tanto tiempo habían servido para construir y que ahora parecían condenadas a permanecer quietas.
Al día siguiente regresé con un viejo formón que conservaba en la caja de herramientas, junto con otros utensilios que ya no utilizaba. Me puse los pantalones de trabajo, ajusté el cinturón de cuero, me calcé las botas con puntera de acero y guardé la herramienta en el bolsillo lateral. No llevaba ropa de artista ni pretendía convertirme en uno. Llevaba lo que había sido durante toda mi vida: un albañil acostumbrado a trabajar con materiales resistentes, a calcular fuerzas y a descubrir, detrás de una superficie irregular, la forma que necesitaba. Me situé frente al roble y apoyé una mano sobre la corteza.
—Vamos a ver qué queda de nosotros —murmuré.
No sé si hablaba al árbol o a mí mismo.
Empecé despacio, buscando una zona de madera muerta y desprendida donde pudiera trabajar sin dañar el tronco. El primer golpe sonó seco.
Tac. Después llegó el segundo. Tac. Y el tercero. Tac, tac, tac.
El ritmo fue despertando algo que creía perdido. Mis manos recordaban movimientos que mi cabeza había olvidado: la presión justa, la inclinación de la herramienta, la paciencia necesaria para no arrancar más material del debido. Durante años había aprendido que un golpe mal dado podía echar a perder una jornada entera. La madera exigía la misma prudencia. No admitía la fuerza ciega ni las prisas.
Las primeras virutas cayeron a mis pies. Con ellas pareció desprenderse una parte de aquella frustración que llevaba meses acumulando. Cada golpe abría una pequeña grieta en el muro que yo mismo había levantado entre mi persona y el mundo. No desaparecieron las facturas pendientes ni la incertidumbre del mañana, pero, por primera vez en mucho tiempo, dejé de pensar en ellas durante unos minutos. Estaba ocupado en algo que dependía de mí.
La tarde avanzaba y el sol se filtraba entre las copas, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. El olor de la madera recién trabajada me recordó otros olores: la cal húmeda, el yeso, el serrín acumulado en los talleres donde había reparado puertas y ajustado marcos. Mi pasado no había desaparecido. Seguía dentro de mí, alojado en los músculos, en la memoria de los dedos y en esa forma de observar las cosas que solo se adquiere después de muchos años de oficio.
Empecé a perfilar un rostro. Primero marqué la frente y los pómulos. No eran lisos ni simétricos; tenían que conservar las irregularidades que la vida había dibujado en ellos. Después trabajé el puente de la nariz, la línea de la boca y las gafas de pasta gruesa que llevaba desde hacía décadas. Me detuve varias veces para observar el resultado desde distintos ángulos. No quería fabricar una cara agradable ni embellecerla con falsas perfecciones. Quería reconocerme.
La tarea avanzaba con lentitud. A veces retiraba una pequeña porción de madera y descubría que había ido demasiado lejos. Otras, el formón se deslizaba sobre una veta rebelde y me obligaba a cambiar la dirección del corte. No todo obedecía a mi voluntad. Había que escuchar la materia, comprender sus límites y aceptar que el resultado nunca sería exactamente el que había imaginado. Quizá por eso aquella tarea empezaba a parecerse tanto a mi propia vida.
Durante años había intentado mantenerlo todo en pie. Había aceptado turnos interminables, trabajos lejos de casa y jornadas en las que el cansancio me impedía escuchar con atención a quienes me querían. Me decía que lo hacía por mi familia, y era verdad, pero también había algo de orgullo en aquella obstinación. Ser el hombre que resolvía los problemas se había convertido en mi manera de estar en el mundo. No sabía pedir ayuda. Tampoco sabía descansar sin sentir que estaba fallando.
Ahora, mientras la madera cedía bajo el formón, comprendía que algunas de las paredes más resistentes no se levantan con ladrillos, sino con costumbres, silencios y miedos que uno termina confundiendo con su propia identidad.
Me dolían las lumbares. Los dedos empezaban a entumecerse y el sudor me corría por las sienes. Tuve que sentarme sobre una raíz y estirar las piernas. El cuerpo me recordaba que ya no tenía treinta años, que no podía exigirle lo mismo que antes. Sin embargo, aquel cansancio era distinto al de los últimos meses. No nacía de la impotencia ni de la espera. Era el cansancio de haber hecho algo, de haber empleado la energía en una tarea que me importaba.
Miré la figura a medio terminar. Todavía le faltaban detalles, pero ya empezaba a reconocerla. La barba aparecía recortada en mechones irregulares, con pequeñas vetas claras que parecían hilos de plata. Las gafas enmarcaban una mirada firme, algo severa, aunque en la expresión había una ternura que no esperaba encontrar. No era la cara de un héroe ni la de un hombre derrotado. Era la de alguien que había trabajado, amado, cometido errores, soportado pérdidas y seguido adelante incluso cuando no sabía muy bien hacia dónde.
Era mi rostro. Y, sin embargo, había algo nuevo en él. No parecía pedirme explicaciones por los años perdidos ni reprocharme las oportunidades que no había sabido aprovechar. Me miraba sin exigirme que demostrara nada.
Sentí un nudo en la garganta. Dejé el formón a un lado y pasé lentamente la mano por los contornos de la escultura. La superficie conservaba rugosidades, pequeñas hendiduras y marcas que no había conseguido suavizar. Por primera vez, no las vi como defectos que debía corregir. Eran parte de la figura, igual que las cicatrices de la corteza pertenecían al árbol.
Me pregunté cuándo había empezado a tratarme con tanta dureza. En qué momento había aceptado que mi valor dependía de tener un contrato, de cobrar un sueldo o de escuchar a alguien decir que mi trabajo era necesario. ¿Cuándo había permitido que la opinión de quienes ya no querían contratarme se convirtiera en el veredicto definitivo sobre mi vida?
El bosque no respondió, naturalmente. Los árboles no ofrecen soluciones ni prometen que mañana será mejor. Permanecen, atraviesan las estaciones y continúan creciendo cuando las condiciones lo permiten. A veces pierden ramas; otras, las tormentas les arrancan parte de la copa. Pero una herida no cuenta toda la historia de un árbol. Quizá tampoco la mía terminaba en el desempleo.
Recogí las herramientas y observé de nuevo la escultura. No era una obra perfecta. Un escultor profesional habría encontrado errores en las proporciones, defectos en los acabados y decisiones discutibles en la forma de resolver algunos detalles. Yo solo veía el resultado de una jornada en la que había recuperado algo que creía perdido: la capacidad de intervenir en mi propia historia.
El trabajo no había resuelto mis problemas económicos. Las canas seguían en mis sienes y las articulaciones continuaban protestando cada vez que me levantaba. Al día siguiente tendría que volver a buscar empleo, revisar las cuentas y enfrentarme a las mismas preguntas incómodas. Pero ya no regresaría a casa exactamente igual.
Mientras guardaba el formón, comprendí que había pasado demasiado tiempo esperando que alguien volviera a darme un lugar. Había confundido la puerta cerrada de una empresa con una puerta cerrada sobre mi existencia. Y no eran lo mismo.
Todavía podía aprender. Todavía podía crear. Podía compartir lo que sabía, ayudar a otros, reparar cosas, trabajar con las manos o descubrir una habilidad que nunca me había permitido explorar. No sabía qué forma tendría esa nueva etapa, pero por primera vez no necesitaba conocerla entera para dar el primer paso.
Antes de marcharme, volví a acercarme al roble. Apoyé la palma sobre la corteza áspera y sentí, bajo la rugosidad, la firmeza de la madera.
—Todavía estamos aquí —dije en voz baja.
El aire movió las hojas de las ramas superiores. Una ráfaga recorrió el sendero y arrastró algunas virutas entre la hojarasca. Me pareció escuchar el eco de los golpes que había dado horas antes, aunque quizá solo fuera el recuerdo de un ritmo que había vuelto a pertenecerme.
Emprendí el camino de regreso con las herramientas al hombro. El bosque comenzaba a oscurecerse y mis pasos eran lentos, pero ya no arrastraba los pies como en las mañanas anteriores. Llevaba conmigo una certeza modesta, sin promesas grandiosas: aún quedaba trabajo por hacer, aunque no todo tuviera que traducirse en un salario.
Durante cuarenta años había levantado paredes para proteger a otros del frío, de la lluvia y del ruido del mundo. Ahora me tocaba construir algo diferente: una forma de vivir en la que mi identidad no dependiera exclusivamente de lo que pudiera ofrecer a cambio de un sueldo.
No sabía si volvería a encontrar trabajo en una obra. No podía asegurar que la incertidumbre fuera a desaparecer ni que el futuro me reservara una segunda oportunidad en los términos que yo deseaba. Pero había dejado de considerar el final de mi vida laboral como el final de mi utilidad.
Los cimientos de una persona no se encuentran en un contrato firmado ni en la aprobación de un capataz. Se forman con los aprendizajes acumulados, los afectos que permanecen, los errores que enseñan y la voluntad de seguir buscando una forma propia de estar en el mundo.
El roble seguiría allí cuando yo regresara. La figura que había comenzado a tallar también conservaría sus imperfecciones, expuesta al paso del tiempo y a los cambios de la luz. No sabía cuánto resistiría la madera ni cómo evolucionaría aquella escultura. No necesitaba saberlo.
Me bastaba con haber empezado. Porque cumplir sesenta y tres años no significa que la historia esté escrita hasta la última línea. Porque quedarse sin trabajo no borra lo aprendido ni convierte en inútiles las manos que durante décadas construyeron hogares. Y porque, incluso cuando el mundo parece habernos apartado a un lado, todavía podemos encontrar una materia sobre la que trabajar, una idea que perseguir o una parte de nosotros que merece ser rescatada.
Aquella tarde no había recuperado mi antiguo empleo ni había encontrado una solución para todas mis preocupaciones. Había encontrado algo más pequeño y, al mismo tiempo, más profundo: la posibilidad de mirarme sin reducirme a mis circunstancias.
A veces, para volver a levantarse, no hace falta construir una casa entera. Basta con retirar, golpe a golpe, aquello que nos impide reconocernos.
Y comprender que la vida, mientras conserve un pulso, todavía admite nuevas formas.
©Franizquiero
