lunes, 12 de octubre de 2026

HABITAR LA FRONTERA...


 

HABITAR LA FRONTERA…


Una travesía por el pánico al abandono, la escisión y la búsqueda del equilibrio

La luz del amanecer no lograba templar el frío serrano que bajaba de los Montes de Traslasierra. A sus 56 años, Piedad sentía que el tiempo no le había otorgado sabiduría, sino una alarmante falta de filtros para contener el dolor. Vivir en El Torno, ese pueblo colgado como una atalaya sobre el Valle del Jerte, solía ser su refugio, pero aquella mañana la inmensidad del paisaje solo intensificaba su agónica sensación de aislamiento. Abrió los ojos con la urgencia kamikaze que define sus días. Su mano, temblorosa por los restos del insomnio, buscó el teléfono sobre la mesilla. Una sola pregunta devoraba su mente: «¿Seguiría Higinio ahí?».

El mensaje enviado la noche anterior a las 23:15 mantenía inmutables sus dos marcas grises. No lo había leído. O peor aún, lo había ignorado deliberadamente. En menos de tres segundos, los engranajes del Trastorno de la Personalidad Límite (TPL) se activaron a máxima potencia. Su pulso se disparó, el pecho se le oprimió y una certeza incuestionable la invadió: «Me va a dejar. Ya se cansó de mí. Mis años son una carga, una vieja rota que nadie quiere aguantar».

Hacía apenas dos días, durante un paseo por los cerezales del pueblo, Higinio era el eje de su existencia. Piedad le había jurado que él era el único que lograba sostenerla en mitad de sus tormentas, un ser de luz inmaculado. Lo había colocado en un pedestal tan alto que rozaba lo divino.

Pero ante el silencio de la pantalla, la realidad se quebró. El mecanismo de la escisión —la incapacidad para integrar que alguien puede amarte y a la vez estar ocupado— tiñó todo de negro absoluto. Higinio ya no era el salvador; era un torturador despiadado. «Es un egoísta, juega con mi salud mental», se repetía mientras caminaba descalza por el salón de su casa de piedra.

Movida por un pánico ciego al abandono, sus dedos volaron sobre el teclado en una ráfaga violenta:

«Sé lo que estás haciendo. Me estás castigando con tu silencio.»
«Eres un cobarde, igual que todos los demás.»
«No vuelvas a buscarme. Para mí estás muerto.»

Cinco minutos exactos pasaron antes de que la ira se disolviera, dejando en su lugar un vacío helado y aterrador. La perspectiva de quedarse a solas con sus propios pensamientos la paralizó. Si Higinio se iba, ella desaparecía. Su autoimagen dependía por completo de él; a su edad, la idea de reconstruirse sola se sentía como escalar una montaña sin cuerdas. Desesperada, devorando su propio orgullo, volvió a escribir:

«Por favor, llámame. Perdóname, estoy perdiendo la cabeza.»
«Si me dejas sola hoy, no sé qué voy a hacerme. Te lo suplico.»
A mediodía, el silencio telefónico persistía. El dolor psicológico se volvió tan intolerable que Piedad experimentó una fuerte desrealización: sentía que el mundo flotaba tras un cristal y que sus manos no le pertenecían. Necesitaba un impacto exterior, algo físico que la anclara al suelo o que apagara el incendio de su cabeza.

Agarró las llaves del coche y condujo de forma temeraria por la sinuosa carretera CC-51 que desciende hacia la nacional. Las curvas cerradas del valle pasaban a toda velocidad ante sus ojos llorosos. Detuvo el vehículo bruscamente en el arcén, justo en el Mirador de la Memoria. Se bajó del coche y caminó hacia el imponente conjunto escultórico de Francisco Cedenilla Carrasco. Allí, sobre las moles de granito, se erguían las cuatro figuras humanas desnudas, mirando al infinito con una melancolía que a ella siempre le desgarraba el alma. Se acercó a la estatua de la mujer y apoyó su mano temblorosa sobre la piedra fría.

Miró de cerca los impactos de bala que marcaban los cuerpos de metal, aquellos disparos que unos vándalos propinaron al monumento a los pocos días de su inauguración en 2009 y que el autor decidió dejar intactos para demostrar que el odio permanece. Piedad se identificó de golpe con esas estatuas tiroteadas. Ella también se sentía un cuerpo expuesto a la intemperie del Valle del Jerte, acribillada por traumas invisibles, tiroteada por el abandono. El dolor histórico de los olvidados y el dolor crónico de su propia mente se fundieron en un solo llanto ahogado frente a la inmensidad del embalse de Plasencia.

Sentada en una de las rocas del mirador, rodeada por los fantasmas de piedra y la majestuosidad de la Sierra de Tormantos, Piedad sintió el peso del vacío crónico, ese agujero negro en el esternón que la acompañaba desde la juventud y que ninguna terapia había logrado cerrar del todo. A sus 56 años, la fatiga de combatir a diario contra sus propios cables neuronales la tenía exhausta. Deslizó sus dedos por los bordes ásperos de los orificios de bala en las esculturas, deseando que su propio dolor se volviera así: de metal, inmóvil, ajeno. Sabiendo que el impulso autodestructivo crecía, sacó de nuevo el teléfono. No había cobertura en ese punto de la sierra. El aislamiento físico se convirtió en el espejo perfecto de su aislamiento mental.

El viento del norte seguía soplando con fuerza cuando el crujido de unos pasos sobre la grava la sobresaltó. Al darse la vuelta, vio a su primo Dionisio, un agricultor de 62 años que bajaba a pie desde uno de los cerezales aterrazados que custodiaban la carretera. Llevaba una chaqueta de pana gastada y las manos curtidas por la tierra del valle. Al ver los ojos hinchados y el rostro desencajado de Piedad, detuvo el paso, la miró con una mezcla de respeto y honda preocupación, y guardó las manos en los bolsillos.

—Piedad... —dijo con voz pausada—. Vaya día desapacible ha salido para estar aquí expuesta. ¿Te pasa algo, prima?

Ella sintió una punzada de vergüenza. La paranoia del trastorno la hizo pensar de inmediato que Dionisio la estaba juzgando. Se limpió rápidamente una lágrima rebelde con el dorso de la mano.

—No es nada, primo. Es que... este sitio siempre me pone un poco melancólica. Ya sabes cómo soy.

Dionisio se acercó un par de pasos y clavó la mirada en los hombres y mujeres de piedra. Conocía a su prima desde que eran niños; la había visto pasar por épocas de una euforia desmedida y por pozos de una tristeza indescifrable.

—Este sitio impresiona a cualquiera —asintió él, intentando quitarle hierro al asunto—. Las estatuas asustan de lo desnudas que están. Y con los tiros que les pegaron, parece que a uno le dolieran sus propias cicatrices.

—A veces las cicatrices duelen más cuando no se ven —murmuró ella, con la voz rota—. Siento que estoy como estas estatuas. A la intemperie. Que cualquier ráfaga de viento me va a tirar al suelo. A mis años, ya debería tener el cuero más duro, pero no puedo. Hoy... hoy siento que todo el mundo se va a terminar yendo de mi lado.

Dionisio guardó silencio durante unos largos segundos, respetando el peso de sus palabras.

—Mira, Piedad —dijo señalando el embalse de Plasencia al fondo del valle—, el Jerte cambia de color cada pocos meses. A veces se queda pelado en invierno y parece que los cerezos se han muerto para siempre. Pero la raíz sigue ahí, agarrada a la roca de la sierra. Tú tienes una raíz muy fuerte, aunque ahora sientas que las ramas se te quiebran.

Piedad esbozó una sonrisa frágil, conmovida por la tosca pero sincera ternura de su primo.

—Higinio no me coge el teléfono. Siento que lo he echado a perder todo otra vez. Le he dicho cosas horribles.

Dionisio suspiró suavemente y le puso una mano firme pero cálida en el hombro.

—Higinio te quiere, prima. Pero él tiene que labrar las fincas y a veces en la sierra nos quedamos sin cobertura o nos liamos con las manos en la masa. No te adelantes a los acontecimientos. Anda, vente para el pueblo. Te invito a un café caliente en el bar de Aurelio y dejamos que pase el vendaval de la cabeza. No estás sola aquí arriba, ¿estamos?

Ese contacto físico y la sencillez de sus palabras actuaron como un ancla biológica para ella. La desrealización empezó a ceder y el entorno recuperó algo de nitidez. Asintió con la cabeza, aceptando regresar.

El bar de Aurelio estaba casi vacío. El calor de la taza entre las manos de Piedad ayudaba a apaciguar el temblor que le había dejado la crisis. A su lado, Dionisio saboreaba su cortado en silencio, sin presionar. Fue en ese momento cuando el sonido del motor de un todoterreno rompió la calma de la carretera. Era el Terrano II de Higinio. Lo vio aparcar frente a la cooperativa, bajarse a toda prisa y buscar con la mirada por la terraza del bar hasta que sus ojos se cruzaron con los de ella. El rostro de Higinio no reflejaba enfado, sino una honda y genuina preocupación.

Dionisio, al ver la escena, apuró el último trago de su café, se levantó con parsimonia y le dio una palmadita afectuosa en el hombro a su prima.

—Ves cómo no había por qué adelantarse a los dolores, Piedad —le dijo con una sonrisa cómplice—. Me voy a la cooperativa. Cuídate mucho, ¿eh?


Higinio llegó a la mesa justo cuando Dionisio se despedía. Piedad sintió una mezcla contradictoria de alivio infinito y una vergüenza paralizante. Los mensajes incendiarios que le había enviado por la mañana flotaban en el aire como una barrera invisible.

—Piedad, por Dios, qué susto me has dado —dijo, sentándose a su lado y tomándole las manos sin dudarlo—. Menuda ráfaga de mensajes. En cuanto recuperé la cobertura en Las Vaquerizas y los leí, dejé las cajas de cerezas y bajé lo más rápido que pude. Pensé que te había pasado algo grave.

Piedad bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos. La culpa, esa resaca inevitable que sigue a las tormentas del TPL, la golpeó con fuerza.

—Lo siento, Higinio... Lo siento muchísimo —susurró, con la voz quebrada—. Me desperté y vi que no respondías. Mi cabeza empezó a dar vueltas y... me convencí de que me habías dejado. Que te habías cansado de mí y de mis neuras. Me volví loca, te dije cosas horribles y luego me fui al Mirador de la Memoria sintiendo que no valía nada. Soy una carga.

Higinio suspiró, pero sus manos no soltaron las de ella. Sabía perfectamente que el trastorno de Piedad magnificaba cualquier ausencia, transformándola en un abandono inminente.

—Mírame, cariño —le pidió con suavidad. Ella alzó los ojos, empañados en lágrimas—. No me he cansado de ti. Estaba trabajando en el campo, sabes perfectamente cómo es la campaña aquí. No te voy a dejar por un malentendido. Pero me duele que sufras así cuando no estoy, y me asusta lo que te pueda pasar cuando te encierras en esa tormenta.

Las palabras de Higinio no eran un reproche, sino un bálsamo de realidad. El mecanismo de escisión que por la mañana lo había pintado como un monstruo egoísta se disolvió por completo, devolviéndole su forma real: el hombre paciente y comprensivo que la acompañaba en sus días grises. Piedad respiró hondo, sintiendo por fin que el aire entraba limpio en sus pulmones. La tregua había llegado. Sabía que la frontera de su mente seguiría siendo frágil, pero esa tarde, sentada en la plaza, la vida volvía a tener un rumbo firme.

Tres meses después de aquel día de tormenta, el Valle del Jerte había mudado sus ropajes. Las cerezas ya se habían recogido, las terrazas de El Torno lucían los tonos ocres del otoño y una niebla mansa flotaba sobre el embalse de Plasencia.

Piedad bajaba a pie la cuesta hacia el Mirador de la Memoria. Esta vez no lo hacía empujada por el pánico ciego ni por la desrealización, sino como parte de su nuevo compromiso terapéutico: transitar los escenarios de sus crisis en momentos de calma para reentrenar a su cerebro. A sus años, aceptar que su mente funcionaba de manera diferente no había sido una derrota, sino el inicio de una tregua consigo misma.

Al llegar frente al monumento, el viento serrano la recibió con el mismo frío de siempre, pero su interior estaba templado. Se acercó a la figura de piedra de la mujer, aquella con la que tanto se había identificado, y rozó con las yemas de los dedos los impactos de bala del metal.

Ya no los veía como una metáfora de su propia destrucción. Ahora entendía el mensaje del escultor con otra claridad: los impactos seguían ahí, las marcas del trauma y de la vulnerabilidad eran reales, pero la estructura permanecía en pie, firme, resistiendo al paso del tiempo y a la intemperie. Ella también estaba en pie.

Sacó el teléfono del bolsillo. Había un mensaje de Higinio de hacía una hora: «Termino en la cooperativa y subo a comer. ¿Compro pan del bueno?».

Piedad sonrió suavemente. Ya no sintió la necesidad de responder al milisegundo, ni el vacío en el estómago por el tiempo transcurrido. Su mente ya no escindía el mundo en ángeles y demonios; empezaba a habitar la gama de los grises. Guardó el dispositivo, respiró el aire limpio de la sierra y contempló la inmensidad del valle. El Trastorno Límite de la Personalidad no había desaparecido —las emociones seguían llamando a su puerta con una intensidad abrumadora—, pero ahora tenía una red. Tenía a Dionisio con sus cafés oportunos, a Higinio con su paciencia incombustible y, sobre todo, se tenía a sí misma, aprendiendo a sostenerse justo en la frontera donde el miedo se transforma en aceptación.


©Franizquiero

1 comentario:

  1. Piedad vive cualquier silencio de Higinio como una amenaza de abandono definitivo. Las dos marcas grises del teléfono desencadenan una transformación radical de la realidad: en apenas unos segundos, el afecto se convierte en rechazo y la seguridad en catástrofe. El relato consigue mostrar así cómo un hecho cotidiano puede adquirir una dimensión desproporcionada cuando el miedo ocupa todo el espacio emocional.

    La transformación de Higinio constituye uno de los elementos centrales del relato. Dos días antes era para Piedad «un ser de luz inmaculado»; unas horas después se convierte en «un torturador despiadado». No existe término medio. Esta oscilación emocional da forma literaria al mecanismo de escisión y explica el título: Piedad todavía no sabe habitar la frontera entre los extremos.

    El monumento de Francisco Cedenilla Carrasco se convierte en el gran símbolo del relato. Las figuras desnudas y los impactos de bala representan para Piedad sus propias heridas invisibles. Al principio contempla las estatuas como cuerpos destruidos y expuestos; más adelante descubre que, pese a las marcas, continúan en pie. El monumento termina funcionando como un espejo de su propia evolución.

    Dionisio introduce una forma de afecto diferente a la de Higinio. No intenta resolver la crisis mediante grandes discursos, sino mediante presencia, contacto físico y palabras sencillas. Su metáfora de los cerezos resulta especialmente significativa: aunque las ramas parezcan muertas en invierno, la raíz permanece. Piedad empieza a comprender que su existencia no depende exclusivamente de que otra persona permanezca a su lado.

    Cuando finalmente aparece Higinio, se produce la restitución de la realidad. El hombre que Piedad había convertido mentalmente en enemigo aparece preocupado, abandona el trabajo y baja a buscarla. Su presencia desmonta la interpretación catastrófica de la mañana. Pero el relato evita presentarlo como una solución absoluta: él puede acompañarla, pero no puede impedir que las tormentas regresen.

    La naturaleza del Valle del Jerte acompaña constantemente el estado emocional de Piedad. El frío, el viento, la inmensidad del embalse, la niebla y el aislamiento de la sierra reproducen su sensación de vacío. Frente a ese paisaje exterior aparece otro interior, mucho más amenazador. El territorio no es únicamente escenario: se convierte en una prolongación de su experiencia emocional.

    El salto temporal permite mostrar una evolución sin caer en una curación milagrosa. Piedad continúa teniendo una vulnerabilidad emocional intensa, pero ahora regresa al mismo lugar desde una posición diferente. Los impactos de bala siguen presentes, igual que sus heridas, pero ya no significan destrucción. La imagen de las esculturas que permanecen firmes bajo la intemperie se convierte en la metáfora de su propia resistencia.

    El final resume la transformación fundamental del personaje. Piedad ya no necesita dividir el mundo entre personas que la aman y personas que la abandonan: empieza a «habitar la gama de los grises». El mensaje de Higinio, tan cotidiano como comprar pan, funciona como prueba definitiva de esa nueva mirada. No necesita responder inmediatamente ni interpretar el silencio como amenaza. La frontera deja de ser un lugar de peligro y empieza a convertirse en un espacio donde puede sostenerse.

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