La verdad tranquila del río
Escrito el 27 de julio de 2013, revisado el 13 de mayo de 2026
Deambulaba por mi cabeza desde hacía varios días la idea, pero no sería hasta ayer por la mañana cuando decidí que hoy —después de desayunar y haber realizado mis obligaciones diarias— me desplazaría hasta el río con la intención de pasar un buen rato.
Apenas a doscientos metros de casa y a unos cincuenta de la ciudad, se halla el lugar elegido para pasar la mañana pescando. Se trata de un pequeño lago artificial que recibe las aguas del río a su paso por la ciudad de Miranda de Ebro. El lago está bordeado por unos caminos frecuentados por los ciudadanos para pasear a cualquier hora del día.
Frente a mí, al otro lado del lago, hay una zona donde abundan las espadañas y los carrizales. A mi izquierda, a unos veinticinco metros, se halla un pequeño puente que sirve para comunicar los caminos y el acceso hasta donde me encuentro. A mi espalda tengo unos frondosos y verdes chopos que me resguardan del sol y que discurren paralelos al río. A la derecha, a unos cincuenta metros, se encuentra otro puente que permite el encuentro entre los caminos que conducen hasta el paraje donde se acopla el Bayas al Ebro.
Al llegar, he invitado a los peces a comer; es decir, les he lanzado al agua unas bolitas de masa de pan (lo mismo que utilizaría después como cebo). Al comenzar a pescar, era tal la calma del aire y el agua que el lago parecía más una imagen que una realidad.
A través del pabellón auditivo percibí cómo llegaba el alborozado canturrear de los discordantes pajarillos desde todas direcciones. Parecían estar compitiendo por ver cuál cantaba más alto y mejor pero, al aguzar los sentidos, era tal la concordancia y precisión que podían ser escuchados todos y cada uno, independientemente de la frecuencia de emisión o la proximidad a mi ubicación.
A menos de un metro de donde estaba sentado, he podido ser testigo de cómo dos percasoles defendían la zona que utilizan para desovar, cual si fueran dos caballeros de la Edad Media defendiendo el castillo de su señor. Cualquier pez o animal extraño que se acercase era atacado ferozmente. Su actitud me ha hecho pensar que no dudarían en atacarme incluso a mí si hubiese sido preciso defender a su descendencia. He observado que en algunas invasiones se han unido para expulsar a quien osara acercarse; en otras, en cambio, no se han reconocido entre ellos y se han atacado con igual o mayor saña, algo que me ha dejado sorprendido y me ha hecho sonreír.
Me ha llamado la atención la destreza y precisión de las golondrinas que se han acercado al lago para recoger agua. No sé si era para beber o para construir el nido, aunque creo que el verano está muy avanzado y posiblemente ya hayan nacido los polluelos.
Me gusta pescar de orilla, es decir, con veleta y a escasos metros de la tierra. Para mí es bastante más interesante que pescar a fondo y esperar a que el pez lo haga todo; conlleva estar más atento y, ante cualquier movimiento, pegar un leve tirón para clavar el anzuelo en la comisura de los labios del pez.
A eso de media mañana me ha picado la primera carpa, pero no he logrado sacarla del agua ya que me ha roto el sedal y la veleta. No creas que es una hipérbole: sencillamente se ha roto el bajo de línea a la altura del anzuelo. Se trataba de una carpa común; la he tenido muy cerca y, por lo que he podido ver por su tamaño, pesaría cerca de un kilo y medio. Un rato después ha vuelto a picar otro pez y tampoco lo he podido sacar; esta vez se ha enganchado en una rama y se ha soltado, pero este era pequeñito.
Sobre la una, más o menos, se ha levantado viento y me ha traído un rico olor a galletas recién hechas. Este aroma procede del cercano polígono industrial donde se encuentra la fábrica de Galletas Coral. Tras recibir este apetecible olorcito, mi estómago ha comenzado a dar señales —una sensación de calor y vacío— y esto es lo que ha determinado el final de la jornada.
La verdad es que no me importa no haber sido capaz de pescar nada. Eso me ha permitido descubrir cuántas cosas maravillosas hay a nuestro alrededor. No somos conscientes de que la vida es algo increíble y que solo requiere que nos fijemos un poco más en esos pequeños detalles que tenemos tan cerca.
Para mí, hoy es un gran día y siento la necesidad de compartirlo contigo.
©Franizquiero

Relato contemporáneo de carácter autobiográfico y contemplativo, construido desde una prosa sensorial y observacional que transforma una sencilla jornada de pesca en una experiencia de conexión íntima con el paisaje fluvial y con el ritmo silencioso de la naturaleza. A través de una narración pausada, cercana y profundamente atmosférica, el texto convierte el entorno del Ebro y sus márgenes urbanos en un espacio de reflexión donde lo cotidiano adquiere una dimensión casi meditativa.
ResponderEliminarLa obra explora temas como la atención a los pequeños detalles, la armonía entre el ser humano y el entorno natural, la contemplación como forma de conocimiento y la capacidad de la experiencia sencilla para generar plenitud emocional. Asimismo, el relato contrapone el ritmo acelerado de la vida moderna con una percepción del tiempo más lenta y orgánica, donde el canto de los pájaros, el movimiento del agua, la conducta animal y los olores industriales del paisaje mirandés se integran en una misma cartografía sensorial.
El texto también propone una mirada humanista y reconciliadora sobre la existencia, sugiriendo que el verdadero valor de ciertas experiencias no reside en el éxito material —pescar o no pescar— sino en la posibilidad de detenerse, observar y reconocerse dentro de un ecosistema vivo que continúa latiendo más allá de las preocupaciones humanas.