Contracorriente
Escrito el 19 de noviembre de 2015, revisado el 11 de mayo de 2026
Aprovechando que, además de estar en la Era de la Información, Digital o Informática, me gusta escribir sobre aquellas cosas que —independientemente de que me satisfagan o preocupen— siento necesidad de compartir, deciros que:
Hace unos días decidí darme un paseo por la ribera del Ebro. Al situarme en la senda que discurre bajo los árboles que acompañan al río hasta que este abandona la ciudad, observé que el paisaje dejaba claras evidencias de que estamos en otoño. Esa estación que, según dicen, altera o provoca en los seres humanos la necesidad de resolver sentimientos encontrados a través de la meditación y la reflexión. A los más débiles, les puede hacer sentir que han caído en el fondo de un pozo del que les resulta imposible salir, por el hecho de no estar capacitados para soportar la tristeza de lo que puedan oír o presenciar en este tiempo.
En noviembre, desde la primera hasta la última semana, los días se despiertan grises. Resulta tan pausado como relajante detenerse a contemplar la caída de una hoja. Las horas transcurren sin prisa, pero sin pausa; los afligidos minutos se niegan a perecer tras percibir que ellos serán los próximos en extinguirse, por el hecho de haber sido mudos testigos del agónico y efímero suspiro que cada uno de los segundos ha ido emitiendo según le iba llegando su turno: el minuto, la hora, el día, la semana, el mes, la estación, el año, la Era...
Pero, al cabo de un rato, un poco antes de llegar al anfiteatro —no sé si por casualidad o porque pueda ser cierto lo que argumentaron en su día para justificar la creación de este mamotreto—, percibí un lamentable y lastimero susurro a mi espalda: —«¡Eh! ¡Oiga! ¡Por favor!».
Me volví y miré hacia donde intuí que podría haber partido el toque de atención. Observé que no había nadie y, encogiéndome de hombros, cuando me disponía a continuar con el rumbo prefijado, entreoí el arrullo de una paloma. Una de esas que están en lista de espera para ser exterminadas en cuanto se apruebe el presupuesto de control de plagas del Consistorio. Entre arrullos y revoloteos, gritaba como una desquiciada tratando de llamar mi atención: —«¡Eh, tú! ¡No te hagas el tonto!».
—¡¿Me dices a mí?! —consulté haciendo un gesto con la cabeza, con ademán de sorpresa. —¡¿A quién va a ser, si no?!
Durante unos segundos me quedé perplejo. —¡¿Qué pasa?! ¡¿Que además de ciego y sordo, también eres mudo?!
Negué con reiteración moviendo la cabeza de un lado para otro, a la par que me encogía de hombros. —Espero que no te excuses con que no has oído las exclamaciones de estos pobres árboles.
Les miré y contemplé el deplorable aspecto que presentaban. El que peor aspecto lucía me suplicaba con una entereza incomprensible, sin que le temblase ni una de sus perennes hojas: —«Por favor, no permita que otros árboles corran nuestra misma suerte; para nosotros ya es demasiado tarde».
Al escuchar aquello, sentí vergüenza ajena por pertenecer a esta irracional especie. Me ruboricé y bajé la mirada hacia el suelo. —¡Déjate de hostias y de exhibir tu afligimiento, que no se trata de eso y bien lo sabes! —dijo la paloma del mismo modo que había comenzado, entre arrullos y gritos, al tiempo que blandía sus azuladas alas para emprender el vuelo, que no la guerra.
Un par de segundos después comprendí lo que encerraba el interlineado de sus últimas palabras: «no es hora de afligimientos ni de lamentaciones, sino de ponerse manos a la obra». Y, sin saber el porqué, en vez de tomar el camino más corto para retornar a casa, mis pasos me condujeron contracorriente; es decir, río arriba, hasta llegar a la altura de la rotonda que está junto al Instituto de Educación Secundaria Fray Pedro de Urbina.
©Franizquiero

Relato contemporáneo de carácter reflexivo, alegórico y ecocrítico, escrito en primera persona y desarrollado a través de una prosa lírica y meditativa que fusiona observación urbana, simbolismo natural y conciencia ética. La obra transforma la ribera del Ebro y el paisaje otoñal de Miranda de Ebro en un espacio de contemplación existencial donde el deterioro ambiental adquiere voz propia mediante recursos de personificación y diálogo simbólico. A través de una atmósfera pausada, melancólica y profundamente sensorial, el relato explora la fragilidad del tiempo, la decadencia de la naturaleza urbana y la desconexión progresiva entre el ser humano y su entorno. Asimismo, el texto aborda temas como la responsabilidad colectiva, la indiferencia social frente al deterioro ecológico, la necesidad de actuar más allá de la mera lamentación y la búsqueda de sentido en un mundo marcado por la aceleración histórica y emocional de la Era Digital. La presencia de los árboles heridos y de la paloma como conciencia interpeladora convierte el paisaje cotidiano en una metáfora moral y existencial donde la naturaleza deja de ser decorado para convertirse en sujeto de denuncia, memoria y resistencia.
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