La Mirada Hacia el Suelo
Escrito el 22 de abril de 2026
El río Jerte, a su paso por Plasencia, tiene un murmullo que Chorro ya se conoce de memoria. No es un sonido uniforme; cambia según la estación, según la lluvia que haya caído en la sierra, según la hora del día. Es un murmullo que, para él, funciona como un metrónomo para la mente.
A sus cincuenta y ocho años, Chorro es un jubilado a la fuerza, un hombre que carga con una historia pesada, visible e invisible. La visible es ese brazo izquierdo, que cuelga inerte, una reliquia de un pasado que se congeló tres décadas atrás. La invisible es el dolor, un compañero fiel y silencioso que nunca le da tregua, pero que él ha aprendido a ignorar, o al menos a no mencionar.
Treinta años. Toda una vida desde que una carretilla cargada de escombros, como una sentencia caída del cielo desde un tercer piso, decidió su destino. Casi le cuesta la vida. Le dejó secuelas para siempre, sí, pero también le regaló una segunda oportunidad, aunque fuera en un formato diferente al que él había imaginado.
Su paseo diario por la orilla del Jerte es sagrado. No es un simple ejercicio físico; es su ritual, su momento de "cavilar", como él dice. Un tiempo para que sus pensamientos se deslicen por la corriente, se enreden en los juncos o se posen en las piedras del fondo.
—¿Y por qué siempre vas solo, Chorro? —le preguntan a menudo los vecinos, con esa mezcla de curiosidad y condescendencia que a veces tienen las personas que no entienden la solitud. —Es peligroso, con tu brazo... Y si te pasa algo...
Él sonríe, a veces con paciencia, a veces con un leve toque de ironía. No les quita la razón, en el fondo. El mundo está lleno de peligros, y él lo sabe mejor que nadie. Pero hay otros peligros, otros riesgos que le asustan mucho más.
El riesgo de ir acompañado y tener que soportar a alguien que no mira al suelo. Chorro sí lo hace. Siempre. Es un hábito que adquirió, quizás, después del accidente. Un instinto de supervivencia que se transformó en una forma de respeto. Al mirar hacia el suelo, no solo evita tropezar con las raíces o las piedras sueltas; también evita acabar con la vida de cualquier ser vivo que se cruce en su camino. Un escarabajo despistado, una procesión de hormigas, un pequeño brote verde que intenta abrirse paso. Para Chorro, cada vida cuenta, por pequeña que sea. Y le duele ver cómo otros, en su prisa, en su indiferencia, las pisotean sin siquiera darse cuenta.
O el riesgo de encontrarse con esos pescadores incivilizados, que dejan rastros de sedal y botes de cerveza en las orillas, que tratan a los animales y a las plantas sin ningún respeto, como si el río fuera su patio de recreo y no un ecosistema vivo y frágil. Chorro siente una punzada de dolor cada vez que ve un rastro de basura, cada vez que escucha un grito innecesario que rompe el silencio del lugar.
O, peor aún, el riesgo de ir con alguien que no para de hablar, que llena el aire con palabras vacías y no te deja gozar ni sentir lo que la naturaleza te regala de manera desinteresada. El canto de un pájaro, el susurro del viento entre las hojas de los álamos, el olor a tierra mojada después de una lluvia ligera, el reflejo del sol en el agua... Todo eso son regalos que Chorro atesora, y que solo puede recibir en el silencio, en la solitud elegida.
"Si a la vida venimos solos y nos vamos de la misma forma, ¿qué sentido tendría estar acompañados a todas horas?", piensa Chorro, mientras su brazo derecho, el que aún funciona, acaricia la corteza de un árbol centenario.
Él lo sabe bien. La soledad no es vacío, es plenitud. Es el espacio donde puede ser él mismo, sin máscaras, sin explicaciones. Donde puede reflexionar sobre las cosas que le atraen o le preocupan, sobre el pasado, el presente y el futuro. Donde siente la necesidad de escribir, de plasmar sus pensamientos en papel, de compartirlos con el mundo, aunque no sepa muy bien por qué. Es una pulsión, un impulso que nace de lo más profundo de su ser, y que le produce una satisfacción enorme. Es su forma de dejar huella, de decir "aquí estuve", de compartir su mirada, su sensibilidad, su amor por la vida, a pesar de todo.
El Jerte sigue su curso, inmutable, ajeno a las cavilaciones de Chorro. Pero él sabe que, de alguna manera, el río también lo escucha, también lo entiende. Y en ese diálogo silencioso, entre el hombre y la naturaleza, Chorro encuentra su paz, su equilibrio, su razón de ser. Sigue caminando, paso a paso, con la mirada puesta en el suelo, respetando la vida que pisa, y en su interior, una sinfonía de pensamientos y emociones que se eleva hacia el cielo, como una oración sin palabras.

Aprender a estar solo es un proceso de aprendizaje que puede transformar el aislamiento en crecimiento personal.
ResponderEliminar• Autoconocimiento e Introspección: utilizar los momentos de silencio para conectar con los propios pensamientos y emociones sin juzgarlos.
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• Fortalecimiento del Autoestima: desarrollar el "amor propio" para dejar de buscar la validación externa como único remedio al vacío interior.
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• Gestión de Expectativas: evitar compararse con los estándares sociales de éxito social (como el número de amigos o seguidores) para reducir la presión de "tener que estar acompañado".
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• Tolerancia a la Incertidumbre: entender que la soledad es una señal que nos indica la necesidad de conexión, pero que no define nuestro valor como personas.