Los Hijos de La Data, Capítulo 3, episodio 5
El martes, amaneció despejado y resplandeciente. Padre e hijo se encontraban bajo los soportales disfrutando de la conversación con un conocido y de la templanza proporcionada por los rayos del sol de aquella mañana del mes de febrero. Antonio condujo sus pasos hacia el escaparate de la tienda de souvenirs, algo le había llamado la atención sobremanera. «¡Vaya, esto me viene que ni al pelo!», pensó mientras accedía al local:
—Buenos días —dijo estando dentro.
—Hola, buenos días —respondió con voz suave la joven que estaba tras el mostrador—. ¿Puedo ayudarle en algo?
Antonio asintió y sonrió simultáneamente.
—Sí. He visto algo ahí afuera que m'ha gustáo y quisiera llevármelo, si es posible.
La chica le acompaño hasta la calle y él señaló con el dedo índice lo que le interesaba.
—Sí, puedes llevártelo. Es muy original y tiene buena aceptación entre el público. La semana pasada se vendieron muchos —explicó la rubia y simpática dependienta.
—Me lo envuelva pa un regalo, por favó.
Tras abonar el importe, salió portando una vistosa bolsa de papel.
El rostro de José demudó de alegre a sorprendido en lo que tarda un parpadeo.
—¡Ea!..., ¿es que es el cumpreaños de anguno de la familia y me s'ha pasao, hijo?
—No, papa. Esto es pa otra cosa —respondió sin más.
La mañana continuó avanzando.
Padre e hijo dieron un par de vueltas más por el mercado, se tomaron unas cañas y, a eso de las dos, emprendieron el camino hacia la Data, para comer con Azucena.
Por la tarde, como venía siendo habitual, fueron a jugar a las cartas y, después de cenar, tras despedirse de su padre y hermana, se encarriló directamente hacía el club.
Tras apartar los oscuros y pesados cortinajes, se adentró en el local:
—¡Vaya, sí que pareces formal! —manifestó Teresa, al tiempo que le dedicaba una explícita mirada.
—Perdón, ¿cómo dices?
La sonrisa que este exhibió le hizo pensar a Teresa que, además de atractivo, parecía interesante.
—Qué eres un hombre de palabra.
—¿Y eso a qué viene?
—Viene, a que ayer, al marcharte, dijiste «hasta mañana», y ¡aquí estás!
—M'apetecía tomá una copa y, ¿a ónde mejó que aquí?
—¡Ah!, eso está muy bien y, además, es señal de que te ha gustado el ambiente que aquí se respira.
—Bueno, eso y, por qué no decirlo, pa verte a ti.
Teresa sonrió.
—Pues gracias por lo que me corresponde, ¿te apetece un JB?
—Sí, claro, pero, tamién, me gustaría cáceptases esto —dijo al tiempo que la ofrecía el obsequio.
Los ojos de Teresa adquirieron un brillo especial.
—Cómo no ¡Faltaría más! —profirió visiblemente emocionada.
Después de agradecerle con reiteración y darle un par de besos en las mejillas por aquel inesperado regalo, Teresa guió sus pasos hasta la caja registradora y depositó en un receptáculo luminiscente una coqueta rosa de tela roja, en la que colgaba una diminuta etiqueta:
«Con todo mi cariño para ti», escrito a mano por Antonio.
—Manoli, encárgate de la barra —dispuso Teresa, antes de servirse un Gin tonic y pedirle a Antonio que la acompañase hasta una de las mesitas que estaban predispuestas para que los clientes obtuviesen un poco más de tranquilidad e intimidad.
—Bueno, ¿y qué te cuentas? —expresó Teresa, tratando de romper el silencio, al tiempo que se ponía cómoda recostándose sobre el acogedor sofá.
—Pos, la verdá es cáhora mismo m'he quedáo sin palabras. ¿Qué quieres que te cuente?
—No sé…, digamos que me apetece saber de ti. Así es que tú mismo… Te diré que no tengo prisa y que puedes comenzar por dónde te apetezca.
Antonio retrocedió en el tiempo hasta su más tierna infancia, Teresa le escuchaba embelesada y entre aventuras y risas llegó la hora de cerrar sin que estos fueran conscientes del transcurso del tiempo. Pepe llevaba más de media hora en el local, e incluso había hecho caja y pagado a las chicas. Al encender este las luces de cierre y apertura, Teresa y Antonio regresaron a la realidad, sintiéndose como unos chiquillos que han sido descubiertos haciendo algo que les estuviese prohibido.
—¡Vamos! qué ya va siendo hora de salir del país de las maravillas —exclamó con tono despectivo Pepe.
Teresa se volvió hacia él enarcando la ceja izquierda.
—¿Algún problema? —consultó torciendo el aterciopelado rostro.
—No, de momento ninguno.
—Pues, tengamos la fiesta en paz —respondió, bajando un tono la voz, tratando de controlar la situación
—Disculpe usté, don Pepe: la culpa es mía.
—Tranquilo chaval. Puedes dirigirte a mí solo por mi nombre. De todas formas mi enojo no tiene nada que ver contigo. Solo trato de evitar tener problemas con las autoridades y, para ello, he de cumplir con el horario de cierre.
Antonio aprovechó el momento para evadirse.
—Bueno, pos siendo asín no les entretengo más. ¡Qué tengan buenas noches!
—Adiós Antonio —articuló Teresa desde el interior del cuarto que utilizaba para cambiarse de ropa.
—Hasta mañana Susana —gritó, a la par que apartaba los cortinajes para salir.
El miércoles, dando por hecho que este se presentaría en el club, ya que recordaba que al despedirse dijo «hasta mañana», Teresa esperaba la visita del apuesto joven; pero, este no dio señales de vida.
«¿Habrá cogido miedo a ̔don Pepe̕ ?», pensó, con reiteración durante el resto de la semana, sintiéndose decepcionada.

En primer lugar, este fragmento profundiza en el acercamiento emocional entre Antonio y Teresa, convirtiéndose en un momento clave dentro de la evolución de ambos personajes. Lo que inicialmente parecía una simple atracción física comienza a transformarse en una conexión más profunda basada en la conversación, la escucha y el interés mutuo. El obsequio que Antonio compra de forma espontánea y la dedicatoria que lo acompaña simbolizan el deseo de establecer un vínculo afectivo sincero, alejándose de la superficialidad asociada al ambiente del club.
ResponderEliminarUno de los aspectos más relevantes del texto es la importancia de la comunicación como elemento de construcción sentimental. La larga conversación que mantienen Teresa y Antonio constituye el verdadero núcleo del fragmento. Por primera vez, ambos abandonan los juegos de seducción y las miradas furtivas para compartir experiencias personales y recuerdos de la infancia. Teresa no se siente atraída únicamente por el físico del joven, sino también por su capacidad para transmitir autenticidad, sencillez y cercanía. Del mismo modo, Antonio parece encontrar en ella algo más que una mujer hermosa, descubriendo una persona dispuesta a escucharle y comprenderle.
También adquiere especial relevancia el simbolismo del regalo. La rosa roja de tela con la inscripción manuscrita representa mucho más que un simple detalle material. Funciona como una manifestación visible del afecto naciente y como una prueba de que Antonio ha pensado en ella fuera del entorno nocturno. El hecho de que Teresa coloque la rosa en un lugar visible y la reciba con emoción revela el impacto que este gesto tiene sobre ella, evidenciando una necesidad afectiva que hasta ese momento permanecía oculta bajo su imagen de mujer segura y experimentada.
Otro elemento significativo es la aparición de Pepe como figura de contraste. Mientras Antonio y Teresa se encuentran inmersos en una conversación íntima y sincera, la intervención de Pepe rompe bruscamente aquella atmósfera de complicidad. Aunque sus palabras se justifican por cuestiones laborales, el tono empleado deja entrever una cierta incomodidad ante la creciente cercanía entre ambos. De este modo, el personaje comienza a asumir una función narrativa que introduce tensión y anticipa posibles conflictos relacionados con los sentimientos de Teresa.
Desde el punto de vista psicológico, el fragmento permite observar una faceta más vulnerable de la protagonista. Acostumbrada a desenvolverse en un ambiente donde predominan las apariencias y las relaciones interesadas, Teresa parece experimentar una ilusión poco habitual en ella. Su decepción al comprobar que Antonio no regresa al día siguiente pone de manifiesto que el interés despertado por el joven ha trascendido la simple simpatía. La incertidumbre que siente refleja el nacimiento de unas expectativas emocionales que no puede controlar.
Narrativamente, el episodio se construye a través de escenas pausadas y diálogos abundantes que favorecen el desarrollo de los personajes. El ritmo se ralentiza deliberadamente para centrar la atención en los sentimientos y en la creación de una atmósfera íntima. Frente a la agitación habitual del mundo nocturno, el relato ofrece un espacio de tranquilidad donde los protagonistas pueden mostrarse tal y como son realmente.
En conjunto, este fragmento representa el inicio de una relación que comienza a cimentarse sobre bases emocionales más sólidas que la simple atracción física. La rosa, la conversación y la posterior ausencia de Antonio actúan como elementos simbólicos de un vínculo que empieza a adquirir profundidad. Al mismo tiempo, la reacción de Teresa y la presencia de Pepe introducen una tensión emocional que anuncia futuras complicaciones, convirtiendo este episodio en un punto de inflexión dentro de la historia de ambos personajes.