viernes, 12 de junio de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo 3, episodio 14

 


Quince días después de que Teresa hubiese abandonado Plasencia, a eso de las tres de la tarde apareció por las inmediaciones de la Estación de Servicios Feycar un Antonio con aspecto deplorable. Durante un par de horas estuvo acercándose a todos los que paraban a repostar.

—Hola, buenas tardes. Por casualidá, ¿no irá usté pa Salamanca, verdá?

—No, no —respondían, sin prestarle apenas atención, la mayoría de los conductores.

Silverio, el empleado de la gasolinera, conocía a Antonio y, tras invitarlo a tomar un café y conversar con él, se dirigió hacia un camionero que estaba repostando.

—Oye, Macario, ¿no irás para arriba, por casualidad?

—Sí, tengo que subir hasta Burgos. ¿Por?

—¿Te puedo pedir un favor?

—Sí, claro. Si está en mi mano...

—¿Podrías acercar a un conocido hasta Salamanca?

El rostro del camionero adquirió una expresión de desconfianza.

—¿A quién? ¿A ese con el que has salido de la cafetería?

El empleado de la estación de servicio asintió.

—No te preocupes. Es alguien que está pasando una mala racha, pero te aseguro que es buena persona. Lo conozco desde que era un niño —dijo mirándole a los ojos.

—Siendo así..., bastase que me lo pidas tú y que parezcas tan convencido. Por mi parte no hay ningún inconveniente.

—¡Antonio! —gritó Silverio para llamar su atención y, cuando este llegó a su lado, añadió bajando la voz—: Has tenido suerte. Este hombre puede acercarte hasta tu destino.

El silencio se adueñó de la espaciosa cabina durante los primeros treinta kilómetros.

Antonio se giró en el asiento hacia el conductor.

—¿No tendrá usté un cigarrino, verdá?

Sin apartar la mirada de la carretera, el camionero asintió esbozando una sonrisa.

—Sí, claro. Pero tendrás que conformarte con un Celtas sin boquilla.

Antonio se encogió de hombros.

—No se precupe usté. A falta de pan, buenas son tortas. Yo tengo buena boca y no l'hago ascos a na.

A partir de aquel instante, el desdichado y derrotado «capitán» comenzó a narrarle cómo había transcurrido su vida desde su primer empleo hasta llegar a la situación actual.

Durante dos horas y media, el conductor, sin interrumpir la conversación en ningún momento, se limitó a asentir o negar con la cabeza según lo requiriese el relato de aquella voz ronca y gastada, impropia de alguien de su edad.

Sin ser consciente del paso del tiempo ni de los kilómetros recorridos, Antonio puso punto final a su desventurada historia apenas un par de minutos antes de llegar a su destino.

Después de pedirle al conductor que detuviese el camión frente al club de alterne, agradeció una y otra vez el enorme favor que le había hecho. Tras despedirse, tomó aire hasta llenar los pulmones y encaminó sus pasos hacia el prostíbulo que regentaba la madre de Teresa.

Abrió la puerta y se adentró en el local sin titubear ni un solo segundo, aparentemente seguro de sí mismo.

—Hola, buenas noches. ¿Está su hija?

—No, no está. ¿Para qué la buscas?

—¿Usté qué cree?

—A decir verdad, no creo que estés en condiciones de exigir nada.

—Ya... ¿y eso quién lo dice?

—Lo dice alguien que no está dispuesta a perder a su hija dejándola en manos de un sinvergüenza.

—No se precupe usté por eso... En to caso, creo q'ha de sé ella quien decida qué hacé con su vida, ¿no le parece?

—Tómatelo como quieras, pero no la verás hasta que se te pase lo que traes encima.

—Está bien. Lo haré, pero sepa usté que lo hago solo por su hija.

—Cuando llegue a casa hablaré con ella y, si decide que quiere verte, vendremos aquí mañana a mediodía.

Antonio la miró con ojos de cordero degollado.

—¿Me puede poné una copa?

Luisa asintió.

—Sí, claro. Aquí estoy para servir copas y ganar dinero; pero no creo que eso te ayude con tus propósitos —dijo bajando ligeramente el tono de voz.

—No se precupe. La tomaré y me iré a dormí.

Ella lo observó consternada durante unos segundos.

—¿Y dónde dormirás, si es que puede saberse?

Él bajó la mirada hacia el suelo y se encogió de hombros.

—La verdá es que no tengo a ónde ir... Pero si usté me deja, puedo hacerlo en uno de los reservados.

Luisa, afligida por la escena, chascó la lengua.

—Está bien, pero no creas que por ello te saldrás con la tuya.

Antonio esbozó una sonrisa.

—Sepa usté que a su hija la quiero más que a mi propia vida.

—¡Ja! Pues quién lo diría después de verla llegar hace un par de semanas.

El aludido notó que un calor inesperado se extendía por sus mejillas.

—En eso tiene usté toa la razón, pero le juro que no vorverá a ocurrí.

—De eso puedes estar seguro. De lo demás, no sé yo.

—¿Me puede decí en qué cuarto me puedo echá a dormí? —preguntó con voz relajada después de apurar la copa de un solo trago.

A la mañana siguiente, hacia las once menos cuarto, Luisa informó a Teresa de lo acontecido durante la tarde y la noche anteriores. Después de desayunar juntas y llamar a un taxi, se dirigieron al local.

—Y bien, ¿qué es lo que quieres? —preguntó Teresa con frialdad al tenerle frente a ella.

Antonio la miró fijamente a los ojos.

—A ti, mi niña.

Teresa evitó sostener la mirada de aquellos ojos tristes y apagados.

—¿Estás seguro? Porque no creo que el amor se demuestre de la manera en que tú lo haces.

Él se arrodilló ante ella en actitud suplicante.

—Perdóname, mi niña. Te juro que no vorverá a pasá.

Ella retrocedió un par de metros.

—Te puedo asegurar que así será, porque no pienso volver contigo.

—Dame una oportunidá, mi niña —imploró entre sollozos.

Sin mirarle directamente a la cara, elevó la voz y dejó escapar las palabras cargadas de rabia y tristeza.

—Para irme contigo tendrías que cambiar tus hábitos, tus celos... En fin, todas esas cosas que sabes perfectamente que no me gustan.

Él gritó con todas las fuerzas que le permitían sus maltrechas cuerdas vocales.

—¡Mi niña! Te prometo que haré to lo que tú me pidas. Pa mí lo eres to en esta vida.

Teresa se acercó a él con intención de ayudarlo a ponerse en pie.

—Está bien. Siendo así, lo primero que tendrás que hacer será dejar la droga.

Antonio le tomó las manos y comenzó a besárselas.

—Lo que tú digas, mi niña —respondió mirándola con los ojos humedecidos.

—Hoy mismo iremos a informarnos de qué tenemos que hacer para que ingreses en un centro de desintoxicación.

—Muchas gracias, mi niña —dijo acercándose para besarla.

Ella rechazó el intento colocando una mano sobre su pecho.

—No, no. ¡De eso ni hablar! Hasta que no cumplas tu palabra no habrá besos ni nada conmigo. ¿Está claro?

Él asintió varias veces con la cabeza y siguió en silencio los pasos de Luisa y Teresa hasta llegar a la vivienda.

—Más vale que te afeites y te des una ducha, porque pareces un...

—Dilo, no te apures. En realidad es lo que soy: un drogadicto.

Teresa corrió hacia él.

—No seas tonto, cariño. Sabes perfectamente que no quería decir eso —dijo sujetándole el rostro entre las manos.

Luisa, conmovida por la escena, intervino:

—También tendrás que comprarte algo de ropa.

Antonio la miró, bajó la vista y se encogió de hombros.

—No tengo dinero.

Ella asintió y esbozó una sonrisa de ánimo.

—No te preocupes. Ya contaba con ello.

Después de comer, hacia las cinco y media de la tarde, los tres salieron rumbo al centro de la ciudad. Antonio comenzaba a sentir los primeros síntomas de abstinencia.



Al día siguiente, después de informarse de que en Madrid existía una organización no gubernamental especializada en ayudar a toxicómanos a superar sus problemas de adicción, la pareja se desplazó en tren hasta la capital.

Tras concertar una cita telefónica, fueron recibidos en Proyecto Hombre.

Durante la entrevista, Antonio terminó derrumbándose al explicar que unos meses antes había intentado superar por sí mismo su dependencia.

—No te preocupes ni te castigues por ese intento fallido, Antonio —indicó el terapeuta—. Lo importante es que eres consciente de que tienes un problema y que quieres solucionarlo.

—La verdá es que no sé si seré escapá.

—Es cierto que nadie puede garantizarte el éxito al cien por cien, porque no depende únicamente de nosotros. Pero estoy convencido de que tienes muchas posibilidades.

El terapeuta hizo una breve pausa antes de continuar.

—Aquí, además de ayudarte durante el proceso de desintoxicación, trabajaremos contigo para recuperar habilidades, actitudes y valores que te permitan volver a asumir responsabilidades, reconstruir tus vínculos familiares y reintegrarte plenamente en la sociedad, sin necesidad de recurrir a las drogas.

Antonio permaneció con la mirada fija en el suelo.

—Suena tan fací cuando se dice así...

—Lo sé. También sabes que te esperan días muy duros. Pero una vez superado el síndrome de abstinencia comenzaremos el trabajo psicológico. Poco a poco irás recuperando la confianza en ti mismo y aprendiendo nuevas herramientas para afrontar los problemas sin recurrir al consumo.

Antonio levantó ligeramente la cabeza.

—Ojalá tenga usté razón.

—La tengo más veces de las que imaginas. Además, no estarás solo. Contarás con la ayuda de profesionales y también con el apoyo de otros internos que pasaron por situaciones muy parecidas a la tuya. Muchos llegaron aquí con menos esperanza de la que tienes tú ahora y están a punto de recuperar completamente sus vidas.

Teresa intervino entonces.

—Perdone usted, ¿podré visitarle?

—Por supuesto. Pero tendremos que esperar al primer mes. Durante ese tiempo Antonio necesitará tranquilidad y estabilidad para adaptarse al tratamiento.

—Siendo así, me quedo mucho más tranquila.

—En cualquier caso, siempre que tenga alguna duda podrá ponerse en contacto con nosotros por teléfono.

El terapeuta dio por concluida la entrevista. Se levantó y los dejó solos durante unos minutos para que pudieran despedirse con cierta intimidad.

Después de aquello, Teresa regresó a Salamanca junto a su madre.

Transcurrido el primer mes desde el ingreso, comenzó a viajar a Madrid un par de veces al mes. Permanecía allí dos días en cada visita y, poco a poco, fue comprobando cómo la recuperación avanzaba de manera positiva.

Catorce meses después, Antonio recibió el alta.

Abandonó el centro con varios kilos de más respecto a su peso habitual, pero aquello carecía de importancia para él. Estaba convencido de que, a partir de entonces, su vida daría un giro radical.

Llevaría una vida sana.

Haría deporte.

Volvería a caminar por los bellos parajes de Valcorchero para llenar de aire limpio sus pulmones y despejar la cabeza.

Además, sabía que contaría con el apoyo de Teresa y de José siempre que lo necesitara.

La recuperación era tan evidente que, apenas cinco meses después de regresar a Plasencia y reincorporarse a la vida normal, Manuel le ofreció la posibilidad de volver a trabajar bajo sus órdenes.



1 comentario:

  1. Este fragmento supone un punto de inflexión en la historia, ya que muestra el inicio de la recuperación personal de Antonio y la posibilidad de reconstruir una vida marcada hasta entonces por la violencia, la adicción y la autodestrucción.

    1. El arrepentimiento y la búsqueda del perdón

    Tras la ruptura con Teresa, Antonio aparece hundido física y emocionalmente. Su viaje a Salamanca refleja una actitud de arrepentimiento sincero y la necesidad de recuperar a la persona que considera más importante en su vida. La escena en la que se arrodilla y suplica una nueva oportunidad pone de manifiesto su desesperación y su conciencia del daño causado.

    2. La drogadicción como principal obstáculo

    La adicción continúa siendo el problema central del protagonista. Antonio reconoce abiertamente que es drogodependiente y acepta que no puede superar el problema por sí solo. Este reconocimiento constituye el primer paso hacia la recuperación, ya que abandona la negación y asume su responsabilidad.

    3. La importancia del apoyo familiar y afectivo

    El fragmento destaca el papel fundamental que desempeñan Teresa, Luisa y posteriormente los profesionales del centro de rehabilitación. Aunque Teresa mantiene sus condiciones y no perdona inmediatamente, sigue apoyándolo para que inicie el tratamiento. Del mismo modo, Luisa deja de lado parte de su resentimiento y le ofrece ayuda material y emocional.

    4. La esperanza de la rehabilitación

    La entrada en el programa de desintoxicación representa una oportunidad de cambio. A través de las palabras del terapeuta se transmite una visión esperanzadora: la recuperación no consiste únicamente en abandonar las drogas, sino también en reconstruir la personalidad, recuperar valores y reintegrarse en la sociedad.

    5. La superación personal

    Antonio pasa de ser un hombre derrotado, sin hogar y dominado por la adicción, a convertirse en una persona capaz de afrontar sus problemas. Los catorce meses de tratamiento simbolizan un largo proceso de transformación interior basado en el esfuerzo, la disciplina y la constancia.

    6. El amor como motor del cambio

    A diferencia de capítulos anteriores, donde el amor aparecía asociado a los celos y la dependencia, aquí se presenta como un estímulo para mejorar. Teresa condiciona la reconciliación a que Antonio abandone las drogas y cambie su comportamiento, convirtiéndose así en una motivación para su recuperación.

    7. La reinserción social y laboral

    El final del fragmento muestra que la recuperación tiene efectos reales en la vida cotidiana. Antonio no solo recupera la salud y la autoestima, sino también la posibilidad de volver a trabajar gracias a la confianza que Manuel deposita en él. El empleo simboliza su regreso a una vida digna y normalizada.

    Conclusión

    El capítulo desarrolla un mensaje de esperanza y redención. A través de la lucha de Antonio contra la drogadicción, el autor muestra que el cambio es posible cuando existe voluntad personal y apoyo externo. La rehabilitación, el perdón, el esfuerzo y la recuperación de la dignidad constituyen los ejes fundamentales de un fragmento que marca el inicio de una nueva etapa en la vida del protagonista.

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