viernes, 5 de junio de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo 3, episodio 1


 

A partir de la década de los setenta, Plasencia comenzó a expandirse, sobre todo hacia los barrios de la periferia. Las nuevas edificaciones demandaban mano de obra cualificada para el sector de la construcción y ese fue el motivo de que Carpintería Martínez, en 1978, se incorporase al gremio de carpinteros y encofradores, formando un equipo compuesto por media docena de operarios capitaneados por Manuel: dos oficiales de primera, dos peones ordinarios y su hermano pequeño como ayudante. Al frente del aserradero quedaron otros tantos trabajadores para atender tanto las necesidades internas como las de terceros.

Con poco más de veintidós años, Antonio se había convertido en un joven bien parecido, de cuerpo atlético y carácter enérgico. Poseía una imaginación desbordante y una constante necesidad de emprender nuevos proyectos. Aunque normalmente se mostraba afable, ocurrente y divertido, también se irritaba con facilidad y, cuando alguien no compartía sus criterios, podía llegar a mostrarse autoritario. Sin embargo, sus enfados duraban poco. Vestía de manera sencilla: camisas de cuadros, pantalones vaqueros y deportivas en invierno; sandalias en verano.

En la primavera de 1980, con el beneplácito del patrón, comenzó a transportar en su vehículo restos de tableros y maderas procedentes de los desencofrados de las obras hasta el islote donde años atrás había sido tan feliz.

Después de descargar el material, sacó una motosierra del maletero y cortó un aliso que crecía junto al que, en otros tiempos, le había servido para acceder al interior del islote. Una vez derribado y desprovisto de ramas, logró aproximarlo al otro tronco y comenzó a construir una pasarela con la madera recuperada.

¡Jodé!, cómo s'ha vuelto a poné esto...

Contempló la maleza que había ido ganando terreno.

«Bueno, será cuestión de ponerse manos a la obra. Si pude de niño, ahora me costará menos».

Resopló mientras se acomodaba el cabello con la mano.

Su paso por la mili y por las obras le resultó muy útil para organizar el lugar.

Dos semanas después, tras cruzar la rudimentaria pasarela, a la izquierda había levantado una construcción techada que serviría de cocina. En el centro despejó una explanada destinada a la tienda de campaña y, al fondo, a la derecha, construyó una caseta destinada a letrina.

Además de una taza de váter, disponía de saneamiento. Para ello había instalado tubos de PVC y excavado un pozo ciego que absorbía las aguas residuales.

Mientras fumaba un cigarrillo contempló satisfecho el resultado.

«Bueno, ahora solo me falta encontrá con quién compartirlo».

Con veintitrés años recién cumplidos, Antonio pisó por primera vez una discoteca.

No era un muchacho que pasara desapercibido. A su atractivo físico se unían el desparpajo y una mirada capaz de conquistar a muchas mujeres. Él era plenamente consciente de ello y no dudaba en aprovecharlo. Entre los hombres, por otra parte, solía caer bien gracias a su carácter sociable y hablador.

A partir de entonces se hizo habitual verlo allí todos los fines de semana. Aunque solía acudir solo, rara vez tardaba en entablar conversación con cualquiera.

Una noche, nada más entrar, se fijó en una joven.

Hola, guapa. ¿Tienes fuego?

No, yo no fumo, Antonio.

¡Atiza! ¿Y tú cómo sabes mi nombre?

Lo sé desde hace muchos años. Tú y yo íbamos al mismo colegio, aunque yo estaba dos cursos por debajo.

Pos la verdá es que no caigo.

Por aquel entonces andabas de novio con Rocío.

¡Buff! Pos desde entonces ha llovío bastante. ¿Y tú cómo te llamas?

¿En serio no te acuerdas de mí?

Ya t'he dicho que no.

Está bien. ¿Te acuerdas de Juanito, el Lengua?

Claro que sí. Era uno de mis mejores amigos.

Pues yo soy Puerto, su prima.

¡¿Qué tú eres quién?!

María del Puerto Hernández Agudelo.

¡Ah! Ahora sí m'acuerdo... pero es que has cambiao mucho.

¡Hombre! Lo normal. Entonces tenía doce años y vosotros os burlabais de mí llamándome la Tabla.

Mientras hablaba, dirigió una mirada divertida hacia su pecho.

¡Jodé! Hay que vé cómo cambia la gente con los años —dijo Antonio, incapaz de ocultar cierta lascivia en la mirada—. ¿Y de novios cómo andas?

La verdad es que no se acercan mucho. Quizá les dé miedo.

Pos a mí las mujeres no me dan ningún miedo. Y mucho menos las que conozco desde chico.

Ella sonrió.

Qué tonto eres. Si hace un rato ni siquiera te acordabas de mí.

Bueno, ¿qué? ¿Te apetece tomá algo? ¿Bailá? ¿Cualquier cosa?

Sí. De momento vayamos a bailar. Después... ya veremos.

María del Puerto era hija de Juan y María. Vivían en un piso de protección oficial del barrio del Pilar, junto a la plaza de toros, donde criaban a sus nueve hijos.

Juan trabajaba como albañil y completaba ingresos sirviendo como camarero en celebraciones y banquetes cuando surgía la oportunidad. María, además de atender su propia casa, limpiaba varias viviendas por cuenta ajena.

Puerto ocupaba el sexto lugar entre cinco hermanos varones y cuatro mujeres. Era una joven atractiva y bastante madura para su edad.

Como ocurría en muchas familias de la época, el dinero escaseaba. Los ingresos dependían únicamente de los padres y había demasiadas bocas que alimentar. Lo único que abundaba era el trabajo.

Aun así, María del Puerto disponía de un armario más que aceptable. La ropa era sencilla y muchas prendas habían pasado antes por otros hermanos, pero sabía llevarlas con elegancia.

El tiempo siguió avanzando.

Antonio y Puerto comenzaron a coincidir cada fin de semana. Lo que empezó como una amistad fue transformándose poco a poco en algo más.

Al cabo de un mes decidieron comunicarlo a sus familias y, dos semanas después, ambos clanes se reunieron para celebrarlo en una de las terrazas del Parque de la Coronación.

José y Juan se conocían de coincidir en algunas obras, aunque hacía años que apenas se veían.

Tras las presentaciones y un par de consumiciones en ambiente familiar, llegó el momento de despedirse.

Todos tomaron caminos distintos excepto la joven pareja, que se dirigió hacia el centro de la ciudad en busca de música, conversación y algo de intimidad.

Aquel verano, como era costumbre en la familia de los pescadores, decidieron pasar la temporada junto al río. Solo en un par de ocasiones habían dejado de hacerlo desde la muerte de Manuela.

Antonio le comentó la idea a Puerto y la invitó a compartir aquellos meses con ellos.

No sé yo si mi padre me dejará —respondió ella con tristeza.

Bueno, tú se lo dices. Y si no te deja, ya hablaré yo con él.

No te creas que será tan fácil. Mi padre es muy bueno, pero también muy testarudo. Como diga una vez que no, ya está todo hablado.

Yo tamién soy mu cabezón... a vé quién puede más.

Entre risas y varios besos apasionados apoyados en el portal, se despidieron hasta el siguiente fin de semana.

El sábado, sobre las seis y cuarto de la tarde, Antonio se presentó en casa de su novia.

Fue ella quien abrió la puerta.

Hola, mi niña.

Le bastó una mirada para entender la respuesta.

Nada. No hay nada que hacer —susurró—. Ya te lo dije. Él es quien manda en esta casa.

Entraron juntos en el salón.

Hola, buenas tardes.

Hola, Antonio —respondieron los padres de la muchacha.

¿Te apetece comé algo, hijo? —preguntó María.

No, gracias. Ya he merendáo en casa.

¡Anda, niña!, sácanos un par de cervezas —pidió Juan a la pequeña Rosita—. ¿O tampoco te apetece?

La verdá, señó Juan, es que no estoy acostumbrado a bebé. Solo tomo algún cubata cuando vamos al baile. Pero ya que usté me la ofrece, la aceptaré con mucho gusto.

Media hora después, Puerto apareció lista.

Se había arreglado con sencillez: un poco de colorete, una sombra verdosa en los párpados y apenas un toque de carmín. Era bonita por naturaleza y coqueta sin caer en excesos.

Bueno, Puerto, ¿podemos irnos ya? —preguntó Antonio.

Luego se volvió hacia Juan.

Señó Juan, ¿puedo pedirle una cosa?

El hombre endureció el gesto.

Depende de lo que sea. Si es lo que estoy pensando, no pierdas el tiempo.

No sé en qué puede pensá usté.

Si es lo de irse al río contigo, no tienes nada más que decir.

Vale, vale. Si usté lo dice, no s'hable más.

Venga, chavales, a pasarlo bien —intervino María desde la cocina.

Cuando la pareja salió de la vivienda, María miró a su marido.

Hay que ver lo raro que eres. Con lo buen muchacho que...

Juan la interrumpió.

No toda la gente piensa lo mismo de él.

Son una buena familia. Tú mismo lo has dicho muchas veces. No entiendo por qué le pones tantas trabas.

A lo mejor porque sé cosas que tú no sabes.

Pues como no me las digas...

Juan suspiró.

Hace unos años, cuando estaba en la mili, dejó embarazada a la hija de un capitán. Aquello fue muy sonado.

¡Ah! ¿Así que era eso? Pues también se decía que la muchacha andaba con medio mundo.

Fuera como fuese, no vamos a discutir ahora por eso.

Una semana más tarde, José y Juan coincidieron bajo los soportales de la plaza.

Hola, buenos días, consuegro —saludó José con tono divertido.

Bueno, bueno... eso está aún por ver.

Llevan poco tiempo juntos. Dejemos que sea el tiempo quien diga lo que tenga que decir.

Sí, así es. Pero ya sabes lo que pasó cuando estaba en el cuartel.

José sonrió.

¡Ah! Ahora lo entiendo to. Juan, esto es distinto. La Puerto es mu formá y él bebe los vientos por ella.

Bueno, al menos en lo de mi hija tienes razón. ¿Te apetece tomar algo?

Claro. Pago yo.

Entraron en un bar cercano.

Tras los saludos de rigor y los primeros tragos de cerveza, José fue directo al asunto.

Bueno, Juan, ¿entonces qué?

¿Qué de qué?

Pos de que va sé. ¿Dejas a la muchacha venirse al río o no?

Juan guardó silencio mientras el camarero les servía otra ronda.

Está bien. Si va a estar con toda tu familia, no hay problema.

José sonrió satisfecho.

Ambos apuraron los botellines y pidieron otra consumición.

Cuando llegó el momento de pagar, el camarero negó con la cabeza.

Está todo cubierto.

¿Quién l'ha pagáo? —preguntaron al unísono.

Esta ronda corre por cuenta de la casa.

Pos muchas gracias.

Gracias a ustedes. Que tengan buen día.

Al despedirse, cada uno regresó a su barrio.

José en su ciclomotor.

Juan, en el coche de San Fernando.

Aquella misma tarde, padre e hijo cargaron todo lo necesario para construir un nuevo cobertizo en el islote.

Cuando terminaron, el sol estaba a punto de ocultarse.

Bueno, hijo. Ya va siendo hora d'irse pa casa. Mañana, con un poco de suerte y la ayuda de tus hermanos, dejaremos esto listo pa disfrutalo.

Mientras hablaba, los ojos se le humedecieron al recordar por un instante a la ausente Manuela.

Antonio fingió no darse cuenta.

Al regresar a la ciudad, se despidió de su padre y, sobre las diez y media, se presentó en casa de Puerto.

Toda la familia lo esperaba para cenar.

¿Cómo vienes tan tarde? —preguntó Juan.

Perdóneme usté. Mi padre y yo hemos estao preparando las cosas del río.

Podías haber avisado.

Ni siquiera yo lo sabía. Cuando llegué de trabajar ya lo tenía to organizao.

Bueno, ya está bien —intervino María—. Vamos a cenar.

Terminada la cena, Antonio reunió valor.

Señó Juan, ¿puedo venir mañana por la mañana a buscá a la Puerto?

¿Para qué?

Porque no voy a poder venir en to'l día y me gustaría que estuviese con mi familia.

Juan permaneció unos segundos en silencio.

Está bien. Espero no tener que lamentarlo.

Muchísimas gracias, señó Juan.

Acto seguido se levantó.

Mi niña, vendré a recogerte sobre las nueve. Hasta mañana.

Al bajar las escaleras sonrió para sí.

«Bien, de p... madre».

A la mañana siguiente, mucho antes de las nueve, Puerto ya esperaba junto al portal con un enorme capacho de esparto lleno de ropa y enseres.

Estaba nerviosa. Ilusionada. Impaciente.

Cuando apareció el Renault 6, el corazón comenzó a latirle con fuerza.

Antonio detuvo el coche.

Ella miró alrededor para asegurarse de que nadie observaba.

Él bajó del vehículo.

Y se besaron. Largo. Intensamente.

Después cargó el equipaje en el asiento trasero y emprendieron el camino hacia el río.

¡Dios, qué ganas tenía de que llegases!

Y yo de camaneciese.

Aunque también me da un poco de vergüenza.

¿Vergüenza de qué, mi niña?

No es lo mismo ir de visita que irme a vivir con ellos.

No te preocupes. De mi familia, el peó soy yo.

Ella sonrió.

Sí, pero ¿y cuando tú no estés?

Antonio iba a responder cuando frenó bajo la sombra de unos alisos.

Bueno, hemos llegao.

José los recibió desde lejos.

¡Hola, hija mía! Hoy va jacé mucha caló. Pero embajo de los árboles se está de maravilla.

Apenas unos minutos después apareció Manuel con su mujer y los niños.

Los pequeños salieron disparados hacia el abuelo.

¡Agüelo, agüelo!

¡Quietos ahí, piratas! Que estáis suaos.

Mientras los niños reclamaban un baño inmediato, los mayores organizaban la jornada.

Carmen se acercó a Puerto.

Tendrás que ayudarnos a prepará la comida.

Sí, claro.

Y bastaron unas pocas horas para que desaparecieran todos los temores que había acumulado durante semanas.

La acogieron como si siempre hubiera formado parte de la familia.

Después de comer, recoger los utensilios y dejarlo todo en orden, Antonio se acercó a Puerto.

Acompáñame, mi niña —susurró mientras le daba un tímido beso en la mejilla y la tomaba del brazo.

Caminaron hasta la tienda de campaña.

Cierra los ojos.

Ella obedeció.

Ya puedes abrirlos.

Puerto observó a su alrededor.

La espaciosa tienda, la explanada despejada, el río al fondo, la sombra de los alisos...

Pero guardó silencio.

Antonio la miró desconcertado.

¿No dices na?

¿Qué quieres que te diga? Ya sé desde esta mañana que estabas preparando la tienda.

Pero eso no es lo que quiero que veas.

Ella volvió a mirar en todas direcciones.

Pues tendrás que decirme dónde.

Antonio señaló con la cabeza.

Ahí.

Puerto siguió sin comprender.

La expresión del muchacho se endureció.

¡Al árbol, hoctia!

Ella se sobresaltó.

Cariño, tampoco te pongas así porque no sepa lo que tengo que mirar.

Fue entonces cuando Antonio comprendió el problema.

La inscripción permanecía oculta tras un jersey que colgaba de una de las ramas.

¡Jodé! ¡Qué tonto he sío! ¿Cómo vas a verlo si está tapao?

Retiró la prenda apresuradamente.

Puerto levantó la vista.

Sobre la corteza aparecían grabados un corazón y sus iniciales.

La savia todavía rezumaba por los surcos recién abiertos.

Una sonrisa iluminó su rostro.

Ahora sí lo entiendo, mi amor.

Acercó la mano y recorrió lentamente las letras con la yema de los dedos.

Nadie había hecho algo así por mí.

Antonio sonrió satisfecho.

Pos ya ves. Ahora este árbol sabe quién eres.

Ella se volvió hacia él.

Y yo sé cuánto me quieres.

Permanecieron abrazados durante varios minutos.

El rumor del agua y el canto de los pájaros parecían haberse adueñado del mundo.

Después de besarse una y otra vez, regresaron junto al resto de la familia.

Unas horas más tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras los árboles, José llamó a su hijo aparte.

¡Oye, Pirata! Ven un poquino.

Se alejaron unos metros del grupo.

Dígame, papa.

José adoptó un gesto serio.

Espero que si dormís juntos tengas mucho cuidao. No quiero que ocurra lo mismo que pasó antaño con la hija del capitán.

Antonio bajó la mirada.

Sí, papa.

La Puerto es una buena muchacha y la tienes que respetá.

No se preocupe usté. Le doy mi palabra.

José asintió.

Por mi parte no hay más que hablá.

Regresó junto a los demás.

Una hora después, la noche había terminado de caer sobre el río.

Bueno, habrá que ir pensando en ir a dormí. Mañana es día de escuela.

Tras despedirse del resto de la familia, Antonio y Puerto cruzaron la pasarela y desaparecieron entre las sombras del islote.


Habían acaecido más de quince días cuando los padres y hermanos de Mª del Puerto decidieron pasar un día de río, con el fin de visitar a su hija y disfrutar de una jornada de campo junto al clan de los pescadores. Tras aquella visita quedaron maravillados con el trato recibido, así como satisfechos al observar la perfecta adaptación de su hija a la familia de Antonio y al entorno. Quedaron tan agradecidos que, a lo largo del verano, repitieron la experiencia media docena de veces, con el fin de convivir y compartir aquellos momentos junto a sus futuros parientes.

El verano y el otoño pasaron tan rápido como la pólvora y, casi sin darse cuenta, llegó diciembre. La noche del veinticuatro —Nochebuena— la pasó en compañía de los suyos como siempre, aunque en esta ocasión más por obligación que por gusto, ya que su mayor anhelo era estar junto a Mª del Puerto el mayor tiempo posible.

Después de cenar y tomar una copa de champán, hacia la una, salvo los más pequeños, comenzaron a marcharse a sus respectivas casas.

La noche del treinta y uno —Nochevieja— acudió a cenar al barrio del Pilar, algo que deseaban tanto los padres como la propia Mª del Puerto. Tras dar buena cuenta del menú, tomar las uvas y brindar con un par de copas la llegada del Año Nuevo, la joven pareja abandonó el hogar con la intención de seguir celebrando la entrada de 1981 por todo lo alto en una discoteca.

Bien entrada la mañana, después de haberse tomado un delicioso chocolate con churros, hacia las once, llegaron a casa de Mª del Puerto.

—Ya está bien, ¿no? —reprendió Juan a los recién llegados.

—Ya lo siento, tiene usté toa la razón, señó Juan —dijo Antonio bajando la mirada y el tono—. La culpa ha sío mía por habé venío tan tarde… la verdá es que cuando nos hemos querío dar cuenta ya estaba el sol fuera, y luego nos hemos encontrao con unos amigos que nos han invitado a tomá un chocolate con churros.

María asomó la cabeza por la puerta del cuarto de baño.

—¡No seas así, coño! —exclamó—. Para una vez que salen de fiesta los muchachos… Además, estamos en Año Nuevo, y ya tienen edad suficiente.

Juan asintió, torciendo el gesto.

—Ya, ¿pero qué dirán los vecinos?

María le lanzó una mirada firme.

—Que digan lo que quieran. ¿Acaso es delito estar enamorados y volver serenos después de celebrar el fin de año?

Juan, algo apesadumbrado, bajó la vista.

—Tienes razón, cariño —admitió con gesto afligido.

Antonio aprovechó el silencio.

—Bueno, yo me voy a dormí un poquino, que mi padre tamién estará precupao por la tardanza.

—¿Vendrás a comer, Antonio? —preguntó María.

El joven dudó un instante.

—Esto… sí, me gustaría, pero ya sabe que en mi casa somos muy de familia —respondió tragando saliva.

María asintió con gesto entristecido.

—Está bien, hijo, no te preocupes.

Tras despedirse de todos, comenzó a bajar las escaleras, esta vez peldaño a peldaño, sin la energía de costumbre.

Las fiestas pasaron rápidamente y, tras quince días de vacaciones, Antonio se incorporó al trabajo. Una semana después, los operarios fueron convocados en la oficina para informarles de que, a principios de febrero, tendrían que desplazarse a la ciudad de Mérida. La envergadura de la obra y el plazo de entrega obligaban a trabajar a destajo y permanecer de patrona, desplazándose a Plasencia solo una vez al mes. Como consecuencia, Mª del Puerto cada día llevaba peor el hecho de pasar tanto tiempo sin ver a la persona que más quería.

Entre idas y venidas de una ciudad a otra, transcurrieron dieciocho meses desde el inicio hasta la finalización de la obra. El verano estaba a punto de comenzar, y Antonio había solicitado vacaciones a partir del 15 de junio. Mª del Puerto estaba entusiasmada: por delante tenían un mes entero para compartir cada hora del día y dos meses más para disfrutar de la naturaleza, la sombra de los alisos y el chapoteo en las cristalinas aguas del Jerte.

En Plasencia, como en cualquier otra ciudad de España, aquel verano no se hablaba de otra cosa que no fueran las Elecciones Generales de octubre, “poniendo así el broche final a la transición que nos vendieron como el cambio hacia el futuro, donde, según la Constitución Española, viviríamos en un Estado de derecho con derecho a vivienda digna y al trabajo…”.

Allá por septiembre, Antonio, José y Manuel desmantelaban el campamento veraniego.

—Papa, ¿y por qué hay que votá a la izquierda? —preguntó Antonio de pronto.

—Mu fáci, hijo… porque la izquierda semos la gente probe.

—Entonces, ¿Alianza Populá son los de derechas?

—Pos claro. Esos son los mismos perros del régimen franquista, pero con distinto collá. Asína que hay que votá al PSOE… no hay cosa peó que un obrero votando a la derecha.

—¡Ah! Ahora lo entiendo to.

Por fin llegó el día tan esperado por millones de españoles: el 28 de octubre de 1982. A primeras horas de aquel jueves, Mª del Puerto y Antonio coincidieron en el mismo colegio donde años atrás habían estudiado, para ejercer su derecho al voto. Para ambos era la segunda vez que participaban.

Al día siguiente, los medios anunciaron que Felipe González Márquez se había convertido en presidente del Gobierno por mayoría absoluta. España entera comenzaba a cambiar su rumbo tras la muerte del general Franco el 20 de noviembre de 1975, dando paso a la Transición española: la aprobación de la Constitución en 1978, el intento de golpe del 23-F y las elecciones de 1982. Más tarde, con la adhesión a la CEE en 1986, llegaron ayudas importantes, especialmente al sector agrícola y ganadero. Sin embargo, no todo fue positivo: la democracia también trajo problemas como la expansión de la droga. En ciudades como Plasencia apareció la heroína, con graves consecuencias sociales: prostitución, delincuencia y una creciente inseguridad que afectó al casco histórico, reduciendo la presencia de turistas.

El entorno rural también se vio afectado por las normativas de la CEE, que provocaron la desaparición de pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas. Se prohibieron prácticas tradicionales como la venta de productos artesanos o las matanzas domésticas, incluso para autoconsumo. Desaparecieron las lecheras que recorrían los barrios, y también la señora de Navalonguillas que traía quesos de cabra. El paisaje fue cambiando: en los alrededores del Molino de la pared bien hecha dejaron de verse las vacas que cada tarde acudían a la Playina de los Ángeles. “No es oro todo lo que reluce”, pensaba más de uno.

Seis meses después, tras la Semana Santa y la romería de la Virgen del Puerto, celebraban el cumpleaños del patriarca en el barrio del Pilar.

—Bueno, ¿y qué, vosotros no os pensáis casar? —preguntó Juan.

—Sí, claro que sí —respondieron al unísono.

—¿Y para cuándo?

—Entoavía semos jóvenes —dijo Antonio.

—Sí, pero podríais ir ahorrando algo…

Antonio se encogió de hombros.

—Pos con lo que gano de encofradó… creo que llegaré a viejo y…

—Tampoco hace falta comprarla. Las hay de alquiler y de protección oficial. Y tu hija puede trabajar también.

—Tiene usté razón. Mañana pediré permiso y abriremos una cuenta en la Caja de Ahorros y Montes de Piedad.

Un mes después, Mª del Puerto comenzó a trabajar en una casa donde ya lo hacía su madre. El sueldo era bajo, pero no había mucho donde elegir.

Con el tiempo, reunieron algunos ahorros y, al ver que apenas juntaban cien mil pesetas, Antonio aceptó un trabajo en la discoteca donde solían acudir los fines de semana, como portero para evitar altercados.

Al principio todo fue bien, pero Mª del Puerto empezó a notar su ausencia y la presencia constante de otras mujeres alrededor de él.

—Antonio, ¿tú crees que merece la pena lo que tengo que aguantar? —preguntó un día al salir de la discoteca.

—¿Qué te pasa ahora?

—No te hagas el tonto…

—Pero mi niña, eso es parte del trabajo…

—No sabía que ligar con las tías estuviera en el contrato.

—Pero si sabes que solo te quiero a ti…

—No puedo verte riéndote con ellas…

—Pero es pa ganá dinero…

—Estoy sufriendo mucho…

—En siendo así, to tiene solución…

—¿Dejarás el trabajo?

—No. El dinero hace falta.

—¿Entonces?

—Te llevaré pa casa después de la primera sesión.

—¿Y eso lo arregla todo?

—Ojos que no ven…

Ella, aunque dolida, asintió sin estar convencida.

Con el tiempo, la relación se enfrió hasta que, un día, Mª del Puerto decidió poner fin a la relación sin dar más explicaciones.

Las familias, aunque no del todo de acuerdo, aceptaron la decisión. Juan, en el fondo, nunca había aprobado aquella relación. Incluso, aunque en silencio, se sintió aliviado de que el tiempo hubiera abierto los ojos de su hija.

—Más vale tarde que nunca —dijo finalmente.


1 comentario:

  1. En primer lugar, el texto presenta la evolución vital de Antonio como eje central, mostrando su paso de la juventud a una etapa de mayor madurez marcada por el trabajo, las relaciones afectivas y la búsqueda de estabilidad. La narración se inicia con su integración en el entorno laboral y social de la época, donde la carpintería y las obras se convierten en el principal medio de sustento y aprendizaje. A través de estas experiencias, el protagonista va consolidando su identidad dentro de una sociedad en transformación, en la que el esfuerzo personal y la adaptación al medio resultan esenciales para progresar.

    En segundo lugar, adquiere gran relevancia el papel de la familia como estructura de apoyo y referencia moral. La figura del padre, José, se erige como guía fundamental, transmitiendo valores de trabajo, responsabilidad y prudencia, aunque progresivamente permite que Antonio asuma decisiones propias. Esta relación refleja un proceso de transición generacional en el que la autoridad paterna convive con la creciente autonomía del hijo, simbolizando el paso hacia la independencia adulta.

    Otro aspecto destacable es el valor simbólico de los espacios y objetos que aparecen a lo largo del fragmento. El islote, la tienda de campaña y la llamada “Isla del Pirata” funcionan como representaciones de libertad, refugio emocional y construcción de un mundo propio. Estos elementos no solo tienen una función narrativa, sino que también reflejan el deseo del protagonista de encontrar un lugar donde proyectar sus aspiraciones y recuerdos, fusionando la infancia con la vida adulta.

    Desde el punto de vista de la caracterización psicológica, Antonio aparece como un personaje en proceso de transformación. Aunque conserva rasgos propios de su juventud, como la impulsividad o el carácter apasionado, se aprecia una evolución hacia una mayor responsabilidad, capacidad de trabajo y control de sus emociones. Esta maduración se ve reforzada por las experiencias laborales, la convivencia familiar y el desarrollo de su relación sentimental con Mª del Puerto, que actúa como motor afectivo de gran parte de la narración.

    Asimismo, el texto destaca por el uso de un lenguaje coloquial y realista, especialmente a través de los diálogos, que aportan verosimilitud y acercan al lector al contexto sociocultural de la época. El habla popular extremeña, junto con las descripciones detalladas de ambientes rurales y urbanos, contribuye a construir una atmósfera costumbrista que enmarca la historia en un entorno reconocible y cotidiano.

    En conjunto, el fragmento refleja un proceso de construcción vital en el que el protagonista avanza hacia la madurez mediante el trabajo, las relaciones familiares y afectivas, y la creación de espacios simbólicos de identidad. La narración subraya así una visión realista de la vida, basada en el esfuerzo, el paso del tiempo y la consolidación progresiva de un proyecto personal dentro de un contexto social concreto.

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