lunes, 1 de junio de 2026

Los Hijos de La Data, Capítulo 2, episodio 5


Al amanecer, la claridad y los rayos del sol se introdujeron en el salón a través del visillo. Unos minutos después, Antonio se despertó y, tras levantarse, entre estiramientos y bostezos, se dirigió hasta el cuarto de baño con la intención de liberar su vejiga. Se lavó las manos, la cara y se peinó y, al regresar a la sala de estar, pudo comprobar el fastuoso día que había amanecido asomándose a la ventana: «Ya sé lo que voy a hacé hoy» —pensó al tiempo que sobre su rostro se dibujó una amplia sonrisa, al contagiarse de la fuerza y luminosidad que desprendía el sol.

Acto seguido, se adentró en la reducida cocina y, de la estrecha alacena que esta albergaba, sacó una caja de galletas y un bote de cacao soluble. Se dirigió al salón y, después de dejarlo sobre la mesa camilla, se giró hacia la derecha, abrió el frigorífico para coger un puchero que contenía leche y, con todo ello, se preparó un contundente desayuno.

Recogió un poco los ropajes sobre la cama-sofá, se vistió y, tras cerrar con sumo cuidado la puerta de entrada, comenzó a bajar las escaleras y, al salir del portal, se encaminó hasta la pared de enfrente, dónde se guarecían de las inclemencias del tiempo los perros que su cuñado tenía para cazar. Al llegar junto a ellos, la media docena de canes le recibieron entre eufóricos ladridos y frenéticos saltos:

—¡Shhh! ¡Shhh!, callarse, ¡coño!, que entoavía hay gente dormía —dijo con voz suave, tratando de contener a los inquietos y ruidosos podencos, mientras soltaba a uno de estos.

Lobo, ese era el nombre que él mismo le había impuesto al negro y agitado cachorro, de apenas trece meses de edad, cuyas puntiagudas orejas, así como el color y el carácter, lo había heredado de Moro, su difunto padre, el mismo que había fallecido a la edad de 14 años una fría noche de noviembre de 1974. Una vez liberado de las cadenas, se marcharon juntos hasta la acacia donde dejaba aparcado su medio de transporte habitual y, tras abrir el candado, como tenía por costumbre, comenzó a pedalear relajadamente a través del camino que discurría por la vía pecuaria.

Tenía en mente llegar hasta la finca de San Polo, pero sin prisas, para evitar la fatiga de quien le seguía al trote y con el fin de pasar la mañana en compañía de su fiel compañero, su inherente Orbea y el agradable y diversificado cántico de los pájaros, disfrutando del paisaje, la paz y el relajo que ofrecen las dehesas extremeñas en cualquier estación del año.

Durante el trayecto, se detuvieron un par de veces para que el cachorro bebiese y se refrescara y, al llegar a la angarilla, tras descorrer el cerrojo para adentrarse en la finca, observó que la puerta de la ermita de San Hipólito —patrón de los quebrados— estaba entreabierta y, no pudiendo contener la curiosidad suscitada, dirigió sus pasos hacia esta.

Estando frente a la puerta, después de cerciorarse de que no había ni un solo alma alrededor de todo lo que su vista alcanzaba, hincando una rodilla en tierra:

—Lobo, quédate aquí, mi niño… y si viene alguien m'avisas, ¿vale? —le susurró al oído.

Una vez incorporado, aunque no sin miedo, se adentró en la edificación y recorrió la planta, abstraído por la belleza de las imágenes que albergaba la prehistórica ermita: la Virgen con el Niño del siglo XVI, otra del Santo titular, un antiquísimo friso de azulejos y una pila bautismal.

—Jodé… ¡Huy, perdón! —dijo y suplicó, mientras se santiguaba al darse cuenta de dónde se encontraba.

De súbito, notó que la respiración se le hacía pesada, que su corazón latía arrítmicamente y, a continuación, sobre su frente brotó un gélido sudor, al mismo tiempo que su espalda era recorrida por una escalofriante y extraña sensación. Se estremeció y, poniendo los pies en polvorosa, tras recoger la bicicleta del suelo, se alejó del lugar todo lo rápido que le permitieron sus nervios y piernas, al tiempo que, con desesperación, llamaba una y otra vez al cachorro.

—Esta ermita permanece bajo las aguas de la presa del Jerte, en su margen derecha y, por tanto, solo es posible ver sus ruinas cuando el nivel del pantano desciende lo suficiente.

Una hora después, bajo la sombra de una frondosa encina, estando más calmado, se levantó:

—¡Hala!, mi niño, vámonos pa casa… que ya va siendo hora —indicó, acompañando sus palabras de un gesto en señal de apremio.

El cachorro se puso en pie de un brinco y lanzó una serie de largos y entrecortados aullidos, a la par que se estiraba y se sacudía enérgicamente, al igual que lo hacen las jaurías al bajarse de los vehículos en día de caza.

Antes de llegar al punto de partida, hicieron un alto en el Arroyo Grande para reponer fuerzas y aventurarse a sufrir el esfuerzo que requería librar la empinada cuesta hasta alcanzar el Cerro de la Data.

Una vez allí, puso un pie en tierra bajo la sombra que sobre el camino reflejaban los dos centenarios eucaliptos que estaban asentados en la entrada principal de la finca. Buscó al cachorro con la mirada a la par que inhalaba y exhalaba el aire rápida y sonoramente. El fatigado animal llegó hasta él y, sin pensárselo, se tiró al suelo jadeante, mostrando su larga y goteante lengua, mientras resollaba.

Transcurridos unos minutos, emprendieron de nuevo la marcha con rumbo al hogar. Los demás canes, al ver que estos se acercaban, comenzaron a ladrar eufóricos, dándoles así su bienvenida. Lobo saludó y mostró sumisión a todos y cada uno de sus congéneres, comenzando por el macho alfa. Antonio les acarició y mostró su cariño dedicándoles expresivas palabras. Acto seguido, asiendo al cachorro por el collar, lo ató en su lugar correspondiente.

Al llegar a casa, tras cumplir con el rito familiar y lavarse las manos:

—¿A ónde t'has ío tan de mañana, Pirata?

—Al campo…, a San Polo, papa.

—¡¿Y qué te s'ha perdio a ti p'allí?!

—Na, era solo pa pasá la mañana… ¿A qué no se imagina usté lo que he visto?

—No sé, hijo. Además de las vacas, los pájaros, los canchales, las ancinas, los güaperos y tós los bichos que haigan en el campo… no me s'ocurre na más.

—¿Sabe usté que al lao de la cancilla hay una iglesia?

—Sí, hijo. Ya estaba allí ende antes de nacé mi agüelo…

—Pos, m'he metío endentro d'ella y…

Irrumpió José sin dejarle terminar la frase:

—No habrás jecho na malo allí endrento, ¿verdá?

—Qué cosas tiene usté, papa… Aunque usté no me crea, yo siempre hago to lo que usté m'ha enseñao desde chiquinino —dijo con tono y semblante afligidos.

—¡Y que me entere yo que no es asína!..., qu'entonces te vas a enterá de lo que vale un peine.

—Papa, la puerta estaba abierta y solo ha sío un ratino.

—¿Y qué es lo que había endrento? —indagó, con ánimos de saber qué más había ocurrido, mientras ambos aguardaban sentados a la mesa para comer.

—Una Virgen con el Niño, tan bonita o más que la del Puerto; un Santo, una pila de bautizá y en la paré unos azulejos mu bonitos.

—Jace mucho saños que sé lo que hay allí… Siendo yo un muchacho, estando ayuando a jacé picón a tu agüelo, enllegó un jombre montao en un caballo…, de esos de montá. ¡Paeceme como si lo estoy viendo ahora mesmo! Un tiarrón, de unos cuarenta años, grande y fuerte, que, embajo de su arrugao y viejo sombrero, asomaba su larga, negra y ondulá mata de pelo… To entero estaba tapao con una capa toa arrañá y sus pies, calzáos con unos embarraos, grasientos y agrietáos borcéguines que llevaba metíos en los estribos… Bajándose de un brinco del caballo mos dijo: «Si queréis véla por drento, sos la pueo enseñá». Mi padre dijo: «Sí, con mucho gusto, güen jombre».

»Al acercanos a él, se fue hasta un pozo que hay al lao de la ermita y sacó una lata d'agua y bebió… endespués se la dio a mi padre, y mi padre, antes de bebé, me la dio a mí… ¡entoavía m'acuerdo lo rica y fresca que estaba!… Cuando salimos de la igresia, enmientras se liaban y fumaban un cigarro, el jombre aquel mos contó que: «La ermita perteneció a un grupo de cofrades y que jace mucho, mucho saños, según cuentan los samos, aquí se celebraban dos romerías al año. La primera, el último domingo de abril y la segunda, el último domingo de agosto». Y mos dijo, tamién, que: «En la segunda, se daba a cá cofrade ocho libras de carne de vaca y once cuartillos de vino y, como tamién jabía mujeres, aquello acabó convirtiéndose en un puterío y dejaron de celebrase las romerías».

Manuela apareció en el salón detrás de una humeante, olorosa y apetecible cazuela de arroz con pollo:

—Vamos, dejarsos ya de tanta cháchara, que ya va siendo hora de comé.

Antonio se puso en pie y comenzó a olisquear en todas direcciones, al igual que lo hacen los perdigueros cuando salen al campo:

—¡Hmm!, qué bien güele, mama.

—¡Anda!, y no me seas pamplinero. ¡Alevántate y vete poniendo la mesa!

Después de comer y disfrutar de la siesta, los tres decidieron bajar a la calle para conversar con los residentes y amigos, como era habitual en el vecindario, sentados unos en las sillas, otros en las hamacas y el resto en la acera, hasta que, a eso de las diez y media, Antonio se subió a cenar. Un par de horas más tarde lo harían sus padres, finalizando así la reunión vecinal.



 

1 comentario:



  1. Este fragmento se sitúa en las dehesas extremeñas y en los alrededores de la finca de San Polo, un entorno descrito con notable detalle y conocimiento del medio rural. El paisaje no funciona únicamente como escenario, sino como un personaje más de la narración. Los caminos pecuarios, los arroyos, las encinas, las cancelas, la ermita y los animales configuran un universo profundamente ligado a la identidad de los protagonistas. La naturaleza aparece como un espacio de libertad, descubrimiento y conexión emocional, especialmente para Antonio, cuya excursión refleja una necesidad de evasión y contacto con el mundo que le rodea.

    Uno de los aspectos más destacados del texto es su marcada dimensión costumbrista y etnográfica. Las conversaciones familiares, las formas dialectales, las referencias a la caza, las reuniones vecinales, la comida compartida o las historias transmitidas entre generaciones retratan con autenticidad una forma de vida característica de numerosos pueblos extremeños durante la segunda mitad del siglo XX. La obra conserva expresiones, hábitos y valores que forman parte del patrimonio cultural popular, convirtiéndose en un testimonio literario de una época y de una comunidad concreta.

    Asimismo, el relato posee una importante dimensión de aprendizaje e iniciación personal. Antonio aparece como un joven curioso que explora el mundo más allá de los límites cotidianos de su barrio. La visita a la ermita constituye una experiencia de descubrimiento que despierta en él emociones contradictorias: fascinación, respeto, miedo y asombro. La curiosidad infantil y juvenil se convierte aquí en motor narrativo y en símbolo del tránsito hacia una comprensión más profunda de la realidad que le rodea.

    La ermita de San Hipólito introduce además una atmósfera de misterio y espiritualidad popular. Aunque no se produce ningún acontecimiento sobrenatural explícito, la sensación de inquietud que experimenta Antonio al encontrarse solo en el interior del templo dota al episodio de un carácter casi legendario. La posterior explicación histórica ofrecida por su padre mezcla recuerdos personales, tradición oral y relatos transmitidos de generación en generación, reforzando la idea de que ciertos lugares conservan una memoria invisible que trasciende a quienes los habitan.

    Otro elemento fundamental es la presencia de la memoria colectiva. A través del relato de José sobre la ermita y las antiguas romerías, el texto recupera fragmentos del pasado local y muestra cómo las historias sobreviven gracias a la transmisión oral. La narración refleja así la importancia de los mayores como depositarios de conocimientos históricos, anécdotas y leyendas que ayudan a construir la identidad de las nuevas generaciones.

    Desde el punto de vista temático, la obra explora valores como la familia, el respeto por la naturaleza, la tradición, la curiosidad y el sentido de pertenencia a una comunidad. La relación entre Antonio y sus padres está marcada por la confianza, la enseñanza y el afecto cotidiano, mostrando un modelo familiar sencillo pero sólido. Del mismo modo, la relación con el cachorro Lobo aporta una dimensión afectiva que subraya la estrecha vinculación entre las personas y los animales en el mundo rural.

    Estilísticamente, el texto combina una narración realista y descriptiva con abundantes diálogos escritos en habla dialectal extremeña. Este recurso no solo aporta autenticidad y personalidad a los personajes, sino que también refuerza el carácter costumbrista de la obra. Las descripciones del paisaje, de los animales y de las actividades cotidianas crean una atmósfera serena y evocadora que contrasta con los momentos de inquietud vividos en la ermita.

    En conjunto, este fragmento puede definirse como un relato realista rural y costumbrista, con elementos de iniciación personal, memoria histórica y simbolismo espiritual, que utiliza una sencilla jornada en el campo para reflexionar sobre la curiosidad, las raíces familiares, la tradición oral y la profunda conexión entre el ser humano y el territorio que habita.

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