EL MIEDO QUE PERMANECE…
Una vida de vértigo, redención y segundas oportunidades
A veces, el castigo no termina cuando se abren las puertas de la prisión. A veces, el verdadero castigo te acompaña toda la vida, agazapado en tu propia cabeza. Me llamo José y, en este 2026, mientras miro mis manos desgastadas por el cemento, me doy cuenta de que llevo más de tres décadas huyendo de un abismo que yo mismo cavé.
Mi vida siempre estuvo ligada al andamio. En la Plasencia de los años ochenta yo era un chaval feliz. Ser albañil no era para mí un simple oficio de subsistencia; era mi vocación, mi sueño desde la infancia. Me fascinaba ver cómo, de la nada, ladrillo a ladrillo, levantábamos edificios que desafiaban al cielo. El olor a yeso, el sol de Extremadura quemándome la espalda a quince metros de altura, el balanceo rítmico de las tablas bajo mis botas de seguridad… En aquella época, el vacío era mi amigo. Subía por las estructuras con la agilidad de un gato, sin miedo, sintiéndome el rey del mundo cada vez que coronábamos un tejado en el barrio de La Data o en la avenida del Ejército.
La altura era mi libertad.
Pero la libertad me la bebí.
El alcohol entró en mi vida como una vía de escape a los problemas diarios y terminó adueñándose de todo. El declive llegó en una noche de niebla y taberna que torció mi destino para siempre. Una discusión absurda, los puños volando bajo los efectos del delirio etílico y un hombre en el suelo con el cráneo fracturado. Me juzgaron por aquella agresión, que pudo haber terminado en una tragedia mucho mayor. Afortunadamente, el caso se resolvió como lesiones derivadas de una pelea. Aun así, entré en prisión con el alma rota y la culpa asfixiándome.
En 1993 salí de la cárcel. Tuve suerte dentro de la desgracia: la pena que me quedaba fue conmutada mediante un indulto parcial, previo pago de una indemnización de doscientas mil pesetas que costó sangre, sudor y lágrimas reunir. También tuve que comprometerme a continuar el tratamiento para abandonar el alcohol.
Con los antecedentes a la espalda y las miradas de reproche de quienes conocían mi historia, Plasencia se convirtió en un lugar hostil. Necesitaba desaparecer, empezar de nuevo en algún sitio donde nadie me recordara por lo que había hecho. Recogí mis pocas pertenencias y me trasladé al norte, a Portugalete, en Vizcaya.
El País Vasco estaba en plena transformación. Me instalé en una modesta habitación cerca de la ría y busqué lo único que sabía hacer: trabajar en la construcción. Pensé que el esfuerzo me salvaría, que bastaría con mantener las manos ocupadas para poner orden en mi vida. No contaba con que la prisión, la abstinencia y la culpa habían dejado heridas que todavía no sabía reconocer.
El primer día de una obra en Bilbao lo cambió todo. Nos tocó reparar la fachada de un bloque de viviendas situado en una ladera empinada. Me puse el arnés, agarré la paleta y subí al andamio. Llegamos al quinto piso. Cuando me asomé para enganchar el cubo de mezcla, el mundo se dio la vuelta.
La acrofobia me golpeó con la violencia de un hachazo. No fue un simple vértigo; fue una experiencia terrorífica. El horizonte de Portugalete y las aguas grises de la ría parecieron curvarse hacia arriba, como si el suelo se convirtiera en un embudo gigante dispuesto a tragarse mi cuerpo. El aire desapareció de mis pulmones. Sentí una descarga helada que me recorrió la columna y me paralizó las piernas. Mis manos, aquellas que antes manejaban el paletín con precisión, se aferraron al tubo de hierro del andamio hasta dejarme los nudillos blancos.
El sudor frío comenzó a resbalarme por las sienes. El corazón me golpeaba el pecho con un ritmo tan frenético que llegué a pensar que estaba sufriendo un infarto. El ruido de la radial de un compañero se convirtió en un eco lejano. Lo único que escuchaba era el rugido de mi propia sangre y una voz interna, violenta, que me gritaba:
—Te vas a caer. Vas a pagar por lo que hiciste. Vas a reventar contra el suelo.
—¡José! ¡Pásame la llana! —gritó el capataz.
No pude responder. El estómago se me revolvió y una arcada me obligó a doblar el cuerpo sin soltar el hierro. El vacío me llamaba y me repelía al mismo tiempo. Sentía una fuerza invisible que tiraba de mis hombros hacia el precipicio. Tuve que ponerme de rodillas sobre las chapas de acero, temblando como un niño asustado, con la frente pegada al metal frío mientras el mundo seguía dando vueltas a mi alrededor.
Mis compañeros tuvieron que desengancharme el arnés y bajarme con cuidado, bajo las miradas de desconcierto de toda la cuadrilla.
Aquel día murió el albañil que yo había sido.
Desde entonces, mi carrera se convirtió en un calvario de obras menores, reformas en plantas bajas, zanjas y colocación de azulejos a ras de suelo. Escondí mi acrofobia como pude, inventando dolores de espalda o problemas de rodilla para evitar que alguien volviera a pedirme que subiera a un andamio. Durante tres décadas sobreviví laboralmente en Portugalete, manteniéndome sobrio gracias a una fuerza de voluntad que ni yo mismo sabía que tenía.
Sin embargo, el cuerpo y la vida también tienen sus límites.
A mis sesenta y un años, llevaba uno en el paro. La crisis y la edad me habían dejado fuera del mercado laboral. En mi informe de vida laboral aparecían los huecos de una existencia irregular: los meses de prisión, los periodos sin trabajo y aquellos empleos de los años noventa que nunca llegaron a figurar oficialmente. Me faltaban algunos meses para alcanzar los treinta y tres años cotizados, una cifra que yo había convertido en la última puerta hacia mi tranquilidad.
Pero la realidad era más complicada de lo que había imaginado. Alcanzar ese periodo de cotización no significaba que pudiera jubilarme de inmediato. La jubilación anticipada exigía cumplir también determinadas condiciones de edad y otros requisitos. Una trabajadora social me lo explicó sin rodeos cuando acudí a pedir orientación.
—José, comprendo que esté agotado y que necesite una salida, pero no podemos asegurarle que vaya a jubilarse en cuanto complete esos meses. Lo que sí podemos hacer es estudiar las ayudas disponibles y buscar una forma de que siga cotizando.
Salí de aquella conversación con una mezcla de rabia y resignación. Había pasado media vida intentando corregir mis errores y ahora me encontraba atrapado en una tierra de nadie burocrática, demasiado viejo para que muchas empresas se interesaran por mí y todavía demasiado joven para retirarme.
Por las mañanas caminaba para mantener la mente despejada y alejarme de la tentación de la botella, un fantasma que nunca duerme del todo. Mis rutas no eran como las de los demás. Evitaba las calles que descendían con demasiada inclinación hacia el muelle, como la calle Casilda Iturrizar. Cuando me asomaba a lo alto de una cuesta, el efecto óptico me resultaba demoledor: el asfalto parecía desaparecer bajo mis pies y sentía que iba a salir rodando hacia las aguas grises del Nervión.
Mi gran enemigo diario era el Puente Colgante. Para Portugalete es una joya de hierro, un orgullo que conecta las dos orillas de la ría. Para mí era un recordatorio gigantesco de mi propia debilidad. Cuando caminaba por el muelle de Churruca y pasaba cerca de sus enormes torres, evitaba levantar la cabeza. Mirar aquella estructura recortada contra el cielo plomizo me provocaba un vacío instantáneo en el estómago. Solo pensar en subir a la pasarela peatonal superior hacía que las palmas de mis manos empezaran a sudar dentro de los bolsillos.
Para cruzar a Las Arenas, esperaba pacientemente el transbordador que se desplaza a ras de agua. Mientras la barquilla avanzaba sobre la corriente, miraba a los turistas que subían en el ascensor hacia la pasarela y sentía una mezcla de envidia y alivio. Ellos dominaban la altura; yo apenas conseguía dominar el suelo que pisaba.
La realidad económica me golpeaba cada principio de mes, cuando revisaba la cuenta corriente. Había trabajado durante décadas, pero los años sin cotizar pesaban más que los recuerdos de todas aquellas jornadas en las que había levantado paredes bajo el sol. La ley no entendía de vértigos ni de pasados oscuros. Mi vida, en cambio, estaba llena de ambos.
La semana anterior había decidido quemar uno de mis últimos cartuchos. Acudí a una pequeña empresa de reformas de Santurtzi que buscaba personal de albañilería. El encargado, un hombre tosco de mi edad, me miró las manos y supo enseguida que no mentía en mi currículum.
—El trabajo es tuyo, José —me dijo, tirando una colilla al suelo—. Pero la mitad del contrato es para rehabilitar la fachada de un bloque de pisos. Hay que picar el frente de los balcones. Andamio de cremallera. ¿Tienes problemas con eso?
Las palabras se me congelaron en la boca. Sentí el mismo nudo en el estómago que aquella mañana de Bilbao. Vi los ojos del encargado fijos en mí, esperando una respuesta. Podía mentir, aceptar el trabajo y arriesgarme a sufrir un ataque de pánico a veinte metros del suelo, poniendo en peligro mi vida y la de mis compañeros. O podía decir la verdad y volver a la cola del paro.
—Tengo una lesión antigua en las rodillas, jefe. En el andamio no rindo bien. Si es para interiores, tabiquería o colocación de baldosas en el suelo, soy el mejor que vas a encontrar —respondí, escondiendo mi fobia detrás del cansancio físico.
El hombre negó con la cabeza, decepcionado.
—No me sirve, José. Necesito gente para todo. Si no subes, no hay contrato.
Salí de la oficina con el alma en los pies, pero con la dignidad intacta. No iba a recaer en el alcohol por la frustración. Eso lo tenía claro. Al llegar a casa, me senté frente al ordenador para consultar de nuevo mi informe de vida laboral. Me faltaban unos meses para completar el periodo de cotización que me había propuesto alcanzar. Aquello no resolvía mi jubilación, pero podía ayudarme a mejorar mi situación mientras buscaba una salida.
La construcción me había dado un sueño en Plasencia y me lo había quitado en el norte. Sin embargo, aquellos últimos metros de mi carrera estaba dispuesto a caminarlos con los pies bien pegados a la tierra.
El jueves por la tarde, mientras paseaba cerca de la estación de tren de Portugalete, vi a un hombre apoyado en la barandilla, contemplando la ría. Al notar mis pasos, se volvió. Tenía el rostro surcado por las cicatrices del tiempo y una mirada cansada que me resultó familiar al instante.
Se me paró el corazón.
Era Tomás. Habíamos compartido módulo en la prisión a principios de los noventa. Él cumplía condena por robos menores; yo, por aquella fatídica pelea en Plasencia.
—¿José? ¿Eres tú, el extremeño? —preguntó con voz ronca, entrecerrando los ojos.
—El mismo, Tomás. Madre mía, treinta años…
Le tendí la mano y él me estrechó en un abrazo fuerte, de esos que solo se dan quienes han compartido el rancho, el encierro y la incertidumbre de no saber qué les espera al otro lado de los muros.
Nos sentamos en un banco de piedra, con el rumor del agua de fondo. Hablamos de cómo el norte nos había acogido después de saldar nuestras deudas con la justicia. Tomás me contó que había conseguido encauzar su vida trabajando en los astilleros, hasta que las rodillas le dijeron basta. Cuando le hablé de mi situación, del año en el paro y de los problemas para completar la cotización, asintió con comprensión.
—Es el precio de la mochila que cargamos, José —dijo, mirando al horizonte—. La sociedad puede olvidar el delito, pero los años en blanco siguen ahí. Lo importante es que tú y yo seguimos limpios. No volviste a tocar la botella, ¿verdad?
—Ni una gota desde el noventa y tres, Tomás. Eso fue lo que me salvó la vida, aunque el andamio se cobró su factura con el vértigo.
—Entonces ya has ganado la pelea más importante.
Me dio una palmada en el hombro.
—No te rindas ahora. Los tipos como nosotros estamos hechos a prueba de golpes.
Nos despedimos con la promesa de tomar un café de vez en cuando. Verlo removió los fantasmas de Plasencia y de la celda, pero también me recordó lo lejos que había llegado. Ya no era aquel joven violento y alcoholizado; era un hombre que había aprendido a resistir, aunque fuera a ras de suelo.
La recompensa a tanta perseverancia llegó apenas dos semanas después, un martes por la mañana. Sonó el teléfono móvil. Era un número con el prefijo de Vizcaya. Al responder, la voz de una funcionaria de Lanbide me devolvió de golpe una esperanza que empezaba a perder.
—¿Don José? Le llamamos porque cumple los requisitos para participar en los nuevos planes de empleo municipales de Portugalete. Hay una plaza para el mantenimiento y la reparación de viales urbanos. El contrato es de seis meses a jornada completa. ¿Le interesa?
—¿Seis meses? —Mi voz tembló por primera vez en años—. Sí, por supuesto. Me interesa muchísimo. Pero ¿en qué consiste exactamente el trabajo? ¿Hay que subirse a estructuras o fachadas?
—No, don José, esté tranquilo. Es un plan de obras públicas para pavimentar aceras, colocar baldosas a nivel de calle y reparar baches en el casco urbano. Todo a pie de calle.
Al colgar, me apoyé contra la pared del pasillo y cerré los ojos. Sentí una oleada de alivio tan profunda que se me saltaron las lágrimas. Seis meses de trabajo. Seis meses para volver a sentirme útil, sumar cotización y demostrarme que todavía podía aportar algo.
No era una jubilación inmediata, ni una solución definitiva a todos mis problemas. Pero era una oportunidad. Y, a mi edad, las oportunidades no se desprecian.
El lunes siguiente me presenté en el almacén municipal. Me entregaron el mono azul de trabajo, las botas de seguridad y el chaleco reflectante. Cuando me agaché en la calle General Castaños para colocar la primera baldosa de granito, golpeándola suavemente con el mazo de goma para asentarla sobre el cemento, sonreí para mis adentros.
El olor a mezcla fresca me transportó por un instante a la Plasencia de mi juventud, al chaval que soñaba con levantar edificios. Ya no iba a coronar tejados ni a contemplar el mundo desde las nubes, pero mientras extendía el mortero sobre el suelo firme de Portugalete comprendí que aquel trabajo también tenía valor.
Estaba construyendo algo que no se veía a simple vista: una rutina, una responsabilidad y un camino para seguir adelante.
Terminé los seis meses con los planes municipales, hincando la rodilla en el asfalto y ganándome cada jornada a pulso. La cotización aumentó, pero la jubilación todavía quedaba lejos. Con ayuda de los servicios sociales revisé mis posibilidades y comprendí que tendría que seguir trabajando cuando surgiera una oportunidad, aunque fueran contratos cortos, hasta alcanzar la edad que me correspondía.
No siempre fue fácil. Hubo semanas sin llamadas, entrevistas que acababan en un rechazo y mañanas en las que la sensación de ser prescindible me pesaba más que las herramientas. A veces me preguntaba si tantos años de esfuerzo habían servido de algo. Entonces recordaba la botella que llevaba más de treinta años sin tocar, la puerta de la prisión que había quedado atrás y aquel primer día en el andamio, cuando el miedo me había dejado sin fuerzas.
Había sobrevivido a todo aquello. También sobreviviría a la espera.
Tomás y yo mantuvimos nuestra promesa de tomar café de vez en cuando. Hablábamos de las rodillas, de los trabajos que ya no podíamos hacer y de los amigos que habían desaparecido de nuestras vidas. No necesitábamos fingir que el pasado no existía. Lo conocíamos demasiado bien. Pero ya no tenía la última palabra.
Los años fueron pasando. Trabajé cuando pude, acepté encargos modestos y aprendí a administrar lo poco que entraba. Continué evitando los andamios, las pasarelas elevadas y los miradores. La acrofobia seguía acompañándome, pero dejó de ser una vergüenza que debía esconder a toda costa. Era una limitación real, una parte de mi vida con la que tenía que aprender a convivir.
También comprendí que pedir ayuda no era una derrota. Durante mucho tiempo había confundido la dignidad con el silencio, como si reconocer una dificultad me hiciera menos hombre. Ahora sabía que había más valentía en decir la verdad que en fingir una seguridad capaz de poner en peligro a los demás.
Y llegó, por fin, el día que tanto había esperado.
Han pasado los años. Hoy tengo sesenta y siete y estoy jubilado. Los papeles están archivados en una carpeta que descansa en el cajón del salón. Por primera vez en mucho tiempo, no tengo que preguntarme qué empresa me contratará el mes siguiente ni si el trabajo exigirá que vuelva a enfrentarme a una altura que no puedo soportar.
El sol de la tarde cae suavemente sobre la ría de Bilbao y tiñe de dorado las estructuras de hierro del Puente Colgante. Camino por el muelle y me detengo a contemplarlo desde abajo. No levanto demasiado la cabeza. No necesito hacerlo. Sé lo que hay ahí arriba y sé lo que me ocurre cuando intento desafiar mis límites.
Sigo cruzando a Las Arenas en el transbordador, a ras de agua, disfrutando del balanceo de la barquilla y del aire fresco que llega desde el Nervión. La acrofobia no ha desaparecido, pero ya no gobierna todos mis pensamientos. He aprendido que aceptar mis límites no me hace menos hombre ni borra al albañil que fui. Mi vocación nació en la tierra, en Plasencia, y es en la tierra, en Portugalete, donde ha encontrado su descanso.
A quienes lean estas líneas y sientan que el vacío les encoge el estómago al mirar una escalera, un balcón o una colina, quisiera decirles algo: el miedo no define quién eres. No es una falta de valor ni una vergüenza que tengas que ocultar. A veces necesitamos reconocerlo, comprenderlo y dejar de luchar contra él como si nuestra vida dependiera de demostrar que somos invulnerables.
La verdadera altura de una persona no se mide por los metros que es capaz de escalar hacia el cielo, sino por su capacidad para mantenerse firme después de haber tocado el fondo más oscuro.
Haber dejado atrás la prisión, haber mantenido la botella vacía durante más de treinta años y haber llegado a la vejez en paz conmigo mismo es mi verdadero rascacielos. No necesité andamios para levantarlo. Solo constancia, paciencia y la voluntad de empezar de nuevo cada mañana.
A veces, la vida no nos permite volver a ser quienes éramos. Nos ofrece algo más difícil: aprender a vivir con lo que hemos perdido y construir, con lo que todavía tenemos, un lugar al que podamos llamar hogar.
Yo lo construí a ras de suelo, con paciencia, constancia y los pies bien firmes sobre la tierra.
Y esta vez, por fin, puedo decir que estoy en casa.
@Franizquiero

José descubre que salir de prisión no significa recuperar automáticamente la libertad. La culpa, el recuerdo de la violencia y las consecuencias de sus decisiones continúan acompañándolo durante décadas. La verdadera condena es aprender a vivir con aquello que ya no puede cambiar.
ResponderEliminarLa albañilería no es solo su profesión, sino parte esencial de su identidad. La acrofobia le arrebata la posibilidad de trabajar en altura y lo obliga a reinventarse. El drama no reside únicamente en perder un empleo, sino en sentirse separado de aquello que daba sentido a su vida.
Los andamios, las calles empinadas y las torres del Puente Colgante representan mucho más que un peligro físico. Son la imagen de un pasado que José no consigue dominar. El vacío exterior se convierte en el reflejo de su fragilidad interior.
Tras años de dependencia del alcohol, José consigue mantenerse sobrio durante más de tres décadas. Este logro, que podría pasar inadvertido para los demás, constituye una de las mayores conquistas del protagonista. Su fortaleza no consiste en no caer nunca, sino en no regresar al abismo del que consiguió salir.
La edad, el desempleo y los años sin cotizar lo sitúan en una situación de desamparo. José ha cambiado, ha trabajado y ha cumplido con la sociedad, pero continúa pagando las consecuencias de su pasado. El relato cuestiona un sistema que puede resultar indiferente a las dificultades concretas de una persona.
El reencuentro con su antiguo compañero de prisión funciona como un espejo. Ambos comparten heridas y dificultades, pero también la posibilidad de haber construido una vida distinta. Tomás ayuda a José a reconocer que su mayor victoria no está en lo material, sino en haber mantenido su dignidad y su sobriedad.
El trabajo municipal ofrece a José una oportunidad que se ajusta a sus límites sin anular sus capacidades. Colocar baldosas y reparar aceras adquiere un valor simbólico: ya no necesita levantar edificios para sentirse albañil. Puede seguir construyendo, esta vez desde la seguridad y la aceptación de sí mismo.
La jubilación representa el cierre de una etapa de incertidumbre. José no vence la acrofobia ni borra su pasado; aprende a convivir con ambos sin permitir que determinen todo su futuro. La altura deja de medirse en metros y pasa a medirse en resistencia, responsabilidad y capacidad de reconstrucción.