jueves, 6 de octubre de 2016

Capítulo II, episodio 10 , En el Fondo del Mar...

A principios de octubre: «¿Recuerdan ustedes el trato personal y la calidad de los productos que se ofertaban en la desaparecida Ferretería Doménech?... Quién no se va a acordar, ¿verdad?, si no había otra igual en toda la ciudad... Pues ahora, de la mano de tan prestigioso apellido..., Si os gusta ir a la moda y necesitáis cualquier complemento e independientemente de que seas joven, adulto, hombre o mujer lo podrás encontrar en galerías Doménech» —anunciaba con celeridad y plena convicción el locutor del dial 90.1. En el renovado local, a partir de aquel día, además de contar con la presencia de los gemelos y de que Alberto se encargaría de las finanzas y de realizar los desplazamientos tanto a nivel nacional como internacional que estimasen los tres oportunos para adquirir la mercancía que considerasen imprescindible y en pos de lo demandasen los futuros clientes. Cinco bellas, instruidas y estilizadas señoritas se encargarían de atender y aconsejar a la clientela.
  Coincidiendo con el evento de la inauguración, Meritxell recibió un mail de Magda en el que la indicaba que: «acudiese cuanto antes a la Agencia», y aquella misma tarde, tras apearse del ascensor, pulsó un par de veces con suavidad sobre el timbre:
   —Hola —dijo con tono seco y sin más la recién llegada.
   —Pasa, te estaba esperando...
   —Y bien..., ¿de qué se retrata? —preguntó sin mostrar mayor entusiasmo.
   Haciendo un ademán visual sobre un nutrido montón de manuscritos que descansaban sobre el escritorio so pretexto... «A pesar de que todos estaban sin corregir y delante de ti, hoy mismo he terminado tu obra y es por ello que te envié el mail» —dijo sin titubear, luciendo una amplia sonrisa con la intención de convencer a la novel autora.
   —¿Y?
   —En principio he de decirle que he observado muchas incongruencias y...
   —¿A qué se refiere en concreto?
   —Por ponerle un ejemplo, si un personaje aparece como «la negra», luego como «la mestiza» y más tarde como «la mulata», ¿con qué raza se queda el lector? Con esto, quiero decirle que utilice siempre el mismo nombre cada vez que se refiera a Laura.
   —¡Ah!, ¿eso es todo?
   — No, no. Tranquila, iré por partes.
   —Está bien siga usted.
   —He observado que abusa mucho de indicar el tiempo... y no es necesario estar todo el rato diciendo que hora, día, mes, o año es, excepto si se trata de generar suspense y...
   —Pero es que ni historia es una mezcla de romance, intriga y misterio.
   —... tiene que evitar, además de las redundancias, el abuso de los pronombres y poner mucha atención a los tiempos verbales y la concordancia gramatical y la trasposición de las letras: algo que salta al ojo de cualquier lector sin necesidad de ser erudito en la materia.
   —¿Y, alguna cosa más? —articuló con ademán de desaire.
   —Usted quiere ser escritora, ¿verdad?
   —Sí, por supuesto que sí..., ya que de no ser así: mi presencia aquí no tendría lógica alguna —explicó con tono malhumorado.
   —Pues, siendo así, he de advertirle que aún le queda mucho camino por recorrer; pero al mismo tiempo, reconozco que cuenta con algo tan fundamental como es el despertar interés al lector con tu forma de escribir y...
   —¿Entonces? —dijo sin poder evitar el esbozo de una sonrisa.
Ese instante era el que estaba esperando la agente para aprovechar la ocasión.
   —Le recomiendo, en primer lugar, que lea mucho, y, en segundo, que después de escribir, lea, relea y corrija y así sucesivamente hasta pulir el texto: eso es lo único que le falta a su escritura.
   —¿Y, a qué espera para indicarme los pasos a seguir?
   —Es lo que estoy tratando de hacer desde el principio, pero...
   Sin poder ocultar el brillo de los ojos ni la emotiva expresividad en su faz.
   —¡Adelante!, soy toda oídos.
   Magda se levantó y dirigió sus pasos hacia el cuarto anexo y, reapareció un par de minutos después, portando entre sus brazos material relacionado con la escritura.
   —Me he permitido crear estas encuadernaciones para facilitarle el trabajo —dijo excusando su actitud—, aunque en ningún caso pretendo que usted se sienta obligada... de hecho, en esta lista hay varios ISBN de libros que podrá encontrar en cualquier librería.
   —¿Eso quiere decir que lo demás tengo que pagarlo?
   —Sí, claro. La encuadernación aún nadie la ofrece de manera altruista, pero no se preocupe, comparado con lo que usted puede aprender y ganar en el futuro, el precio no es más que una nimiedad comparado con los beneficios que conllevará el hacerse con ellos, además no es necesario que se lleve todas las encuadernaciones, con estas cuatro: será más que suficiente...
   —¿Y cómo se llaman las encuadernaciones?
   —Son tres partes importantes que hay que tener en cuenta a la hora de crear una novela. Planificación, Estructura y Personajes1, de Jean Larser... Espero y deseo que no lo difunda por ninguna Red Social ni ningún otro medio, ya que, además de que mi único interés está en facilitar el trabajo a los escritores noveles y no en la venta, según contempla el artículo 270 del Código Penal: estaría incurriendo en un delito contra la propiedad intelectual y...
Una imprevisible y sonora carcajada cortó la lacónica conversación.
   —Me estaba refiriendo al precio —articuló aún entre risas—, en cuanto a lo demás, puede estar tranquila —aseveró poniendo serio el semblante.
   —El importe asciende a 100 euros de nada...
   —¡¿Tanto?! —exclamó haciendo un claro ademán de desconcierto.
   —¡Qué le conste que es lo mismo que ha abonado en la copistería! —dijo, sin tan siquiera pestañear, con la certeza de que su respingona nariz no le crecería ni delataría como le ocurre a cierto personaje... en el cuento escrito por Carlo Lorenzo Fillipo Giovanni Lorenzini, bajo el seudónimo de Carlo Collodi.
Tras realizar la transacción electrónica, ambas se despidieron con un simple «¡adiós!». Meritxell se dirigió hasta el ascensor y mientras este llegaba se entretuvo a echar un vistazo a la lista de libros recomendados, y, poco después, al salir del edificio condujo sus pasos hasta donde había dejado estacionado el Scooter y, una vez ajustado el protector craneal, pulsó el interruptor de arranque y, tras comprobar que ningún vehiculo se hallaba cerca de su radio de acción, se incorporó al trafico con las ideas y el rumbo a seguir bien definidos:
   —¡Hola!
   —Hola, buenas tardes, ¿En qué le puedo ayudar? —respondió con voz clara, mostrando una leve sonrisa dibujada en la comisura de sus voluptuosos y purpúreos labios, una joven que se hallaba sentada sobre un sillón giratorio bajo el letrero de información.
   Poniendo sobre el mostrador la lista de recomendados por Magda.
   —¿Podría informarme de si tienen alguno de los libros que aparecen aquí? —consultó a media voz, con tono afable.
   La funcionaria de biblioteca fue introduciendo uno a uno los códigos ISBN en el programa instalado en el ordenador y, tras pulsar sobre la tecla ENTER, aparecieron en la pantalla una veintena de portadas en miniaturas y junto a estas aparecía la disponibilidad de los elementos solicitados.
   —Sí. Contamos en nuestro haber con todos, pero como indican estas claves que aparecen junto a cada uno de ellos —dijo al tiempo que giraba la pantalla y señalaba sobre esta—, en este momento hay disponibles quince, los otros cinco han sido prestados esta mañana por una misma persona y...
Tan nerviosa como contenta sin poder contenerse.
   —¿Y me los puedo llevar todos a la vez? ¿Tengo que pagar algo por el alquiler?
   —Sí y no... Aquí, como en cualquiera de las bibliotecas públicas existentes en España, se prestan de manera gratuita y, se los puede llevar todos a la vez, aunque eso sí, en el plazo de treinta días tiene que devolverlos, ya que de lo contrario podría ser sancionada con acuerdo a los estatutos autonómicos legislados y...
   —No se preocupe, soy una persona formal y serán devueltos dentro del plazo... ¿me los puedo llevar ahora?
   —Sí claro, de me usted el carnet.
   Meritxell, tan nerviosa o más que un niño que está esperando a que termine el tiempo del viaje anterior para subirse a una atracción de feria, fue sacando y depositando sobre el mostrador el contenido de su negro y curtido bolso:  un teléfono móvil, llaves, pañuelos de papel, una barra de pintalabios, la funda de las gafas de lectura y, tras dar con la cartera, suspiró ruidosamente y extrayendo de esta el DNI, se le mostró.
Sin poder contener una breve y mordaz sonrisa.
   —No, no, no me estoy refiriendo a ese, sino al de biblioteca.
   —¡Ah!, perdone... no sabía... ¿Y cuánto hay que pagar por sacársele?
   —Nada, es gratuito —dijo al tiempo que se inclinaba hacia uno de los compartimentos del mostrador para recoger el impreso de solicitud—, bastará con rellenar este formulario y presentarlo aquí mismo con una foto actualizada, tipo carnet.
   Esas palabras la pusieron más nerviosa aún y rebuscó desesperadamente por cada uno de los compartimentos de la abultada billetera.
   —¿Podría valer esta?
   —No es que sea reciente que digamos, pero... —murmuró para sí misma—. Sí, si que vale   —respondió mostrando una amplia sonrisa a la par que dejaba ver una blanca, alineada y cuidada dentadura.
   Rellenó el formulario, invirtiendo para ello menor cantidad de tiempo que dinero tendría que abonar para obtenerlo, quiero decir, y, unos segundos después de entregárselo.
   —¿Desea alguna cosa más?
   —Los libros —respondió, sin más, la futura escritora...
   —¡Oh!, perdón. Se me ha olvidado informarle que hasta que no esté tramitado, el carnet no será válido, pero no se preocupe usted: puede pasar a recogerlo mañana mismo.
   —¿A cualquier hora?
   —Sí, por supuesto. Cuando a usted le venga bien.
   —¿A qué hora abren?
   —De 10 a 14 en horario de mañana y de 16 a 21 en el de tarde.
   —Ok ¡hasta luego, entonces!... y gracias por todo.
   —Gracias a usted ¡hasta mañana!

No hay comentarios:

Publicar un comentario