viernes, 2 de octubre de 2026

EL TAMAÑO DEL VACÍO...


 

EL TAMAÑO DEL VACÍO…


Crónica del Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas: la distorsión del espacio, la niebla del hachís y el eco del olvido



La luz del mediodía extremeño se estrellaba contra las lamas rotas de la persiana, proyectando líneas afiladas de polvo en suspensión sobre el suelo del pequeño piso de la calle Margallo, en pleno centro histórico de Cáceres. En el centro de la habitación, el aire era denso, caliente y saturado por el aroma a tabaco rubio desmenuzado y la resina quemada del hachís. Esa neblina flotaba como un techo perpetuo, deformando la silueta de los pocos muebles que quedaban en pie.

En el suelo, tumbado bocarriba sobre un colchón desprovisto de sábanas, permanecía Pedro, a sus cuarenta y dos años. No se movía. Su cuerpo adoptaba la rigidez de una estatua de cera, rota únicamente por las lentas y profundas bocanadas de humo que exhalaba hacia el techo. Tenía la mirada fija, desorbitada y paranoica en su propia mano derecha, que descansaba inerte sobre su rodilla.

De repente, el cortocircuito neurológico comenzó con una violencia explícita. Ante sus ojos, su mano derecha comenzó a hincharse. La piel de los nudillos pareció estirarse, los dedos se alargaron y engrosaron de forma desmesurada hasta que su extremidad alcanzó el tamaño aparente de una mesa de comedor industrial. Al mismo tiempo, su torso, sus piernas y el resto de su anatomía sufrieron el efecto inverso: parecieron encogerse de golpe, alejándose hacia el fondo del cuarto a una distancia kilométrica, como si estuviera contemplando su propio cuerpo a través de unos prismáticos invertidos y deformados.

Pedro cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta sentir dolor, mientras dejaba que el resto del porro se apagara entre sus dedos tiznados. Esperó en silencio, oyendo los latidos de su corazón retumbar en sus oídos, a que la física de la habitación volviera a estabilizarse. Sufría de forma crónica el Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas (AIWS), un rarísimo trastorno neurológico que altera de raíz la percepción visual, el sentido del espacio y la imagen corporal. Aquella crisis combinaba episodios brutales de macropsia (ver los objetos o partes del cuerpo gigantes), micropsia (verlos diminutos) y dismetropsia (la distorsión absoluta de las distancias y los volúmenes).

La raíz de su mal no era espiritual ni psicológica; era puramente neurobiológica. El lóbulo parietal posterior de su cerebro, concretamente la encrucijada temporoparietooccipital —el área encargada de integrar los estímulos ópticos con el mapa somatosensorial tridimensional del propio cuerpo—, padecía una actividad bioeléctrica aberrante. Su cerebro había olvidado cómo medir el mundo.

Para Pedro, la realidad se había transformado en una pesadilla geométrica. El hachís, que consumía diariamente desde los catorce años como un escudo químico contra una timidez patológica y el peso de las expectativas familiares, había terminado por cronificar y agravar el trastorno. Lo que durante su juventud en los parques de Cáceres eran «viajes» extraños o distorsiones espaciales que él y sus amigos atribuían entre risas a la calidad de las bellotas, con el paso de las décadas se convirtió en una disfunción neurológica permanente. Veintiocho años de consumo ininterrumpido de cannabis de alta concentración habían desgastado sus receptores cannabinoides CB1 en el tálamo, alterando los filtros sensoriales que conectan los ojos con la conciencia y sumergiéndolo en una depresión de caballo.

Aquel laberinto óptico había terminado por dinamitar de forma explícita cada pilar de su existencia. Hacía exactamente seis meses que el centro comercial de las afueras de Cáceres donde trabajaba como reponedor nocturno lo había puesto de patitas en la calle. Era imposible cumplir con las tareas mínimas de un almacén cuando las cajas de leche a veces le parecían del tamaño de contenedores marítimos y, al segundo siguiente, los pasillos del supermercado se estiraban y estrechaban hasta el infinito, provocándole una pérdida total del equilibrio que lo hacía caer de bruces sobre los lineales o el suelo, destrozando la mercancía ante la mirada atónita de los encargados.

Divorciado desde hacía tres años de una mujer que terminó asfixiada por su desgana, sin hijos que justificaran el esfuerzo de levantarse y con el subsidio de desempleo en sus últimos días, la depresión mayor lo había sepultado en aquel colchón del suelo. La realidad exterior le resultaba tan hostil, tan mutante y tan peligrosa que prefería la inmovilidad absoluta de la penumbra, donde el mundo, al menos, permanecía quieto si mantenía los ojos cerrados.

El único lazo que aún unía a Pedro con la superficie de la vida real era la rutina inquebrantable de los sábados por la tarde. Conducir su viejo utilitario por las calles de Cáceres se había convertido en una odisea terrorífica. Debía hacerlo a una velocidad ridícula, aferrando el volante con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos, aterrorizado por la posibilidad de que el parabrisas del coche se redujera de golpe al tamaño de una caja de cerillas o que los pasos de peatones parecieran abismos de tres metros de profundidad.

Su destino era siempre el mismo: el centro residencial para la tercera edad gestionado por la Junta de Extremadura. Allí, en el pabellón de asistidos de alta dependencia, habitaban sus padres, dos octogenarios que representaban de forma descarnada las dos caras del desgaste del cuerpo y de la mente.

Al cruzar el control de enfermería de la residencia, el Síndrome de Alicia lo golpeó en el pasillo con la fuerza de un impacto físico. Las paredes del corredor, pintadas de un color verde hospitalario, parecieron contraerse hacia el centro. En la mente de Pedro, la anchura del pasillo se redujo a la de una madriguera angosta y asfixiante, obligándolo a encorvar los hombros y a caminar rozando los costados, preso de un ataque de pánico real, convencido de que si daba un paso en falso quedaría atrapado entre los tabiques que su cerebro percibía a milímetros de sus ojos.

En la sala de visitas comunes lo esperaba su padre, Aniano, de ochenta y cuatro años. El anciano era un roble retorcido por los años pero con las raíces firmes; a pesar de los achaques lógicos de la edad y de una sordera incipiente, mantenía una lucidez mental impecable y se valía por sí mismo para las tareas del día a día. Vestía su jersey de lana azul marino perfectamente pulcro y leía el periódico local con la ayuda de una lupa de mano.

—Llegas tarde, Pedro. Ya han pasado los enfermeros a repartir las meriendas —dijo, levantando la vista y clavando sus ojos severos en su hijo. Bastó una mirada para que el anciano frunciera el ceño, detectando el olor a humo dulce y denso que la ropa de su hijo desprendía de forma evidente—. Tienes los ojos inyectados en sangre y mala cara. ¿Has vuelto a fumar esa porquería?

—He tenido migraña toda la noche, papa. El dolor de cabeza de siempre —mintió, dejándose caer en una silla metálica de la sala. Al hacerlo, la dismetropsia alteró el contacto: la silla pareció estirarse hacia arriba, dándole la sensación física de estar suspendido a diez metros del suelo, con las piernas colgando sobre un vacío inexistente.

Aniano dejó escapar un suspiro hondo, doblando el periódico con parsimonia. No era tonto. Sabía perfectamente que su hijo estaba en el paro, devorado por una desgana absoluta y una tristeza negra que la resina de hachís ya no lograba tapar, sino agigantar. Pero el verdadero peso de la visita aguardaba unos metros más allá, cruzando las puertas batientes del pabellón de alta dependencia, en la habitación 112.

Caminaron juntos por el pasillo interior hasta el cuarto donde descansaba su madre, Petra. A sus ochenta y un años, la mujer se hallaba inmersa en las fases terminales de un Alzheimer muy avanzado. Sentada en una silla geriátrica con sujeciones de seguridad, con la cabeza ladeada hacia el hombro derecho y la mirada fija y perdida en el ventanal que daba a los llanos secos de Cáceres, Petra ya no habitaba el mundo de los vivos conscientes. No hablaba, no respondía a los estímulos físicos y sus estructuras cerebrales, destruidas por los ovillos neurofibrilares de la demencia, habían borrado cualquier rastro de memoria. No reconocía a nadie.

Pedro se arrodilló a su lado y le tomó la mano izquierda. Era una mano pequeña, fría, con la piel tan delgada que parecía papel de fumar. En mitad de ese contacto, el síndrome de Alicia se manifestó con una crueldad explícita y macabra: los dedos de su madre empezaron a estirarse ante sus ojos, volviéndose largos, delgados y nudosos como ramas de árbol en invierno, mientras que el rostro de Petra parecía retroceder a toda velocidad por un túnel interminable, transformándose en una miniatura insignificante, un punto diminuto y lejano en mitad de la inmensidad de la habitación.

—Mama... soy Pedro. Estoy aquí —murmuró él con la voz rasposa, rota por los veintidós años de tabaco y hachís.

Petra ni siquiera parpadeó. Un hilo de saliva limpia resbalaba lentamente por la comisura de sus labios marchitos. Para ella, el hombre que le sujetaba la mano con desesperación no era su hijo, ni un extraño, ni una presencia; era la nada absoluta en mitad de un vacío negro. El olvido de su madre era total, una pared de granito infranqueable que la depresión de Pedro interpretaba como el veredicto final a su propio fracaso vital.

—No te desgastes, hijo —dijo Aniano desde el pie de la cama, con una tristeza antigua y asentada en la voz—. Ya no queda nada de tu madre ahí dentro. Su cuerpo sigue aquí, pero ella se marchó hace mucho tiempo. A veces me siento a hablarle de los olivos que teníamos en el pueblo, de las cosechas antiguas, pero es como hablarle a las piedras de la pared. No hay nadie al otro lado.

Pedro soltó la mano de su madre de golpe, asustado por la enésima distorsión que convirtió los dedos de Petra en garras de gigante. La contradicción biológica de la habitación era insoportable para su equilibrio mental: él, un hombre con una mente lúcida pero atrapada en un sistema nervioso cuyos sentidos deformaban el espacio y el volumen a cada instante; su madre, una mujer con un cuerpo estático y real, pero con una mente completamente borrada y vacía por la demencia. Dos formas diferentes de habitar la irrealidad en mitad de la nada de Cáceres.

El empeoramiento drástico de las distorsiones visuales y la gravedad de la parálisis depresiva de Pedro obligaron a Aniano a tomar las riendas de la situación antes de que ocurriera una tragedia irreversible. Tras una noche de pánico absoluto en la que Pedro llamó a su padre a las cuatro de la madrugada, gritando desde el suelo del piso porque estaba convencido de que el techo de la vivienda se había rebajado a la altura de su pecho y lo estaba aplastando de forma real, el anciano acudió a los servicios sociales de la Junta de Extremadura y al médico de cabecera para tramitar un ingreso de estudio preferente en la unidad de neurología del Hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres.

El protocolo de detección y diagnóstico para el Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas en pacientes adultos es un proceso explícito, lento y complejo. Al no ser una enfermedad común fuera de la infancia, los síntomas suelen confundirse de inmediato con brotes psicóticos agudos, esquizofrenia paranoide o alucinaciones visuales inducidas directamente por el consumo de sustancias estupefacientes. El equipo médico del hospital cacereño ejecutó de forma estricta el protocolo integrado de descarte orgánico y psiquiátrico:

Pedro pasó veinticuatro horas conectado a un casco de electrodos en una habitación monitorizada. El estudio arrojó luz sobre el misterio: el EEG registró descargas paroxísticas de ondas lentas y agudas localizadas de forma específica en las regiones parieto-occipitales del hemisferio derecho. Estas anomalías bioeléctricas coincidían exactamente con los minutos en que Pedro pulsaba el botón de aviso afirmando que las paredes de la consulta se encogían o que la camilla se estiraba. No era una invención, ni un delirio psiquiátrico de contenido místico; era una disritmia focal cortical, un fallo de transmisión eléctrica en los circuitos de la visión asociativa.

Las analíticas de orina y sangre confirmaron una saturación masiva de tetrahidrocannabinol (THC) acumulado en sus tejidos grasos tras veintiocho años de consumo diario. Los neurólogos explicaron a Aniano que el uso crónico e intensivo de la resina de hachís había actuado como un potente neurotóxico sobre la microcirculación cerebral, dañando los mecanismos de compensación del tálamo y sirviendo como el disparador y mantenedor perpetuo de las crisis de macropsia. El protocolo médico exigió el cese inmediato y absoluto del consumo, iniciando una pauta de desintoxicación controlada en la planta hospitalaria para evitar el síndrome de abstinencia agudo en un paciente con una depresión tan profunda.

Para combatir la depresión que mantenía a Pedro en un estado de apatía abismal, los psiquiatras introdujeron un tratamiento combinado. Se pautaron antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) junto con dosis terapéuticas de fármacos antiepilépticos neuromoduladores, como el topiramato. Este último medicamento cumplía un doble objetivo dentro del protocolo clínico: estabilizar las descargas eléctricas anómalas de la corteza parietal para fulminar las crisis de Alicia y, simultáneamente, tratar las migrañas ópticas subclínicas que sufría desde hacía años y que alimentaban las distorsiones de tamaño.





Un año después.

La luz de la última tarde de septiembre caía limpia, estática y templada sobre los bancos de granito del Paseo de Cánovas, en el corazón neurálgico de Cáceres. Sentado en una de las terrazas más concurridas, Pedro saboreaba un café con leche mientras leía un libro de historia de la comarca. Llevaba el pelo pulcramente recortado, vestía ropa limpia y sus ojos reflejaban una mirada viva, asentada y firmemente enfocada en el presente. A sus cuarenta y tres años, el camino de la abstinencia absoluta del hachís había sido un proceso explícito, duro, marcado por semanas de insomnio y una ansiedad que le hacía morderse los puños, pero los resultados en la reconstrucción de su sistema nervioso eran indiscutibles.

A su lado, Aniano disfrutaba de un vaso de agua mineral con gas, observando el trasiego de la gente con su habitual serenidad. El anciano caminaba un poco más despacio y el bastón de madera se había vuelto obligatorio, pero su lucidez mental seguía siendo el ancla y la salvación de la familia.

Pedro dejó la taza de café sobre el plato de porcelana de la mesa. Miró el objeto con detenimiento. La taza medía exactamente diez centímetros de alto y se encontraba a la distancia justa de su mano. Llevaba más de ocho meses sin experimentar un solo episodio de macropsia o micropsia; su cerebro, completamente limpio de la niebla química de la resina de cannabis y estabilizado por la medicación neuromoduladora, había vuelto a aprender a medir el mundo con los volúmenes correctos. La depresión mayor seguía requiriendo psicoterapia semanal y medicación de mantenimiento, pero el pozo del paro había terminado: a través de un programa de inserción laboral de la Junta de Extremadura, Pedro se había integrado en el equipo de digitalización del archivo histórico de la ciudad, un trabajo meticuloso, ordenado y predecible que su corteza parietal procesaba con una gratitud inmensa.

—Mañana cambian el cuadrante de enfermería en la residencia, Pedro. Deberíamos subir a ver a tu madre a primera hora de la mañana, antes de que apriete el calor —dijo Aniano, ajustándose las gafas de lectura sobre el puente de la nariz.

—Por supuesto que sí, papa. Pasaré a buscarte con el coche a las nueve en punto —respondió, con una voz firme, clara y desprovista de la antigua fatiga.

Tres meses después falleció su madre de forma pacífica, durmiendo, sin haber recuperado jamás un solo milisegundo de memoria ni haber pronunciado el nombre de su hijo. Al cabo de un tiempo, el dolor de su muerte seguía pesando en el pecho de Pedro, pero ya no era un dolor deforme, ni un vacío gigante que amenazaba con devorarlo, ni una sombra monstruosa nacida de las distorsiones ópticas. Pedro había aprendido a aceptar en terapia que el olvido y la partida de su madre eran parte de la ley natural de la vida, no un castigo biológico dirigido contra él.

Pedro se puso en pie, equilibró el peso de su cuerpo con total naturalidad sobre sus dos piernas y caminó junto a su padre a lo largo del paseo bajo los árboles de Cánovas. El mundo ya no se estiraba ni se encogía ante sus ojos como un acordeón maldito; los edificios de Cáceres tenían la altura que les correspondía, las distancias eran reales y el suelo que pisaba bajo sus botas era firme, predecible y seguro. Pedro caminaba, por fin, con las dimensiones exactas de un hombre que había regresado del país de las maravillas para habitar, con toda su crudeza y toda su paz, la verdadera realidad de su propia vida.





jueves, 1 de octubre de 2026

LOS RITMOS DEL PUENTE COLGANTE...

 

LOS RITMOS DEL PUENTE COLGANTE...


Crónica del Síndrome de Tourette: la tormenta de los tics, la neurobiología del impulso y el alivio de la resina


El estruendo metálico de un clac seco e involuntario resonó en el Paseo del Espolón del Capitán Mendizábal, en Portugalete. No venía de los barcos que remontaban la ría del Nervión, sino de la garganta de Zoraida. A sus veintidós años, la joven jalonaba sus pasos con una secuencia rítmica que sus vecinas de la Margen Izquierda ya conocían de memoria: un parpadeo violento y asimétrico, un tirón seco del cuello hacia el hombro derecho y, finalmente, un chasquido gutural que sonaba como el graznido de una gaviota herida.

Zoraida caminaba en el centro. A su izquierda, su hermana Irune, de dieciocho años, sujetaba un paraguas abierto para protegerlas del siri-miri bilbaíno; a su derecha, Itxaso, la pequeña de dieciséis, vigilaba de reojo el banco donde patrullaba la policía local. Era un jueves por la tarde y, como solía ocurrir cuando la presión de la semana apretaba, las tres compartían un cigarrillo aliñado con resina de marihuana. El humo denso se mezclaba con la brisa marina del Espolón, dejando en el rostro de Zoraida una expresión de relajación que sus músculos raramente experimentaban.

Zoraida sufría una manifestación severa del Síndrome de Tourette, un trastorno del neurodesarrollo caracterizado por la presencia de múltiples tics motores y al menos un tic vocal, mantenidos de forma fluctuante desde la infancia. Su cerebro padecía una desregulación en los ganglios basales y en los circuitos frontoestriatales, las áreas encargadas de filtrar, refinar y frenar los movimientos involuntarios. Para Zoraida, el Tourette no era una manía; era un motor fuera de borda conectado a sus nervios que aceleraba sin previo aviso.

Bajo los efectos del cannabis, la tormenta neurológica de Zoraida adquiría un matiz absurdo y cómico que sus hermanas habían aprendido a transformar en su mejor mecanismo de defensa. El tetrahidrocannabinol (THC) relajaba la urgencia premonitoria —esa sensación física insoportable de presión o «picor» en los músculos que precede al tic—, pero al mismo tiempo, la desinhibición del cannabis hacía que los tics vocales se mezclaran con sus pensamientos más disparatados.


—¡Es que el marisco está carísimo! —soltó Zoraida de golpe, con una voz estridente que interrumpió la conversación de Irune, seguido de un guiño de ojo salvaje y tres golpes rápidos con el talón contra el suelo del paseo.

Irune e Itxaso se echaron a reír a carcajadas.

—¿Qué marisco, Zoraida? Si estamos hablando de la matrícula de la universidad —dijo Irune, dándole una calada al porro antes de pasárselo a la menor.


—¡El bogavante! ¡Que se joda el bogavante! —repitió Zoraida, incapaz de frenar la ecolalia (la repetición de palabras) provocada por el Tourette y potenciada por la risa floja del cannabis. Su cuerpo dio un pequeño salto, una pirueta involuntaria en mitad del Espolón que la hizo chocar contra el carrito de la compra de una señora que pasaba por allí.


—¡Perdone, señora! —gritó Itxaso entre risas, tirando del brazo de su hermana mayor—. ¡Es que le ha sentado mal el café!


La vecina las miró con una mezcla de reproche y resignación. En Portugalete ya todos sabían que las tres hermanas eran uña y carne, y que los paseos de Zoraida eran una tómbola de ruidos, saltos y salidas de tono que el cannabis suavizaba hasta convertirlos en una comedia costumbrista.

Llegar a esa aceptación e hilaridad en el Espolón del Capitán Mendizábal había costado años de lágrimas, incomprensión escolar y un peregrinaje médico explícito y doloroso. El Tourette de Zoraida no había aparecido de la noche a la mañana; había entrado en su vida a los siete años, camuflado tras la etiqueta de una niña «inquieta» o «nerviosa".

El recorrido de su detección fue el clásico calvario de las enfermedades neurológicas del comportamiento:

Todo comenzó en el colegio de Portugalete. Zoraida empezó a carraspear constantemente durante las clases de lengua. Su profesora pensó que era una llamada de atención o una secuela de un catarro mal curado. Meses después, el carraspeo desapareció, pero fue sustituido por un parpadeo obsesivo que le irritaba los párpados y un movimiento de torsión de la muñeca izquierda al escribir. Los médicos de cabecera insistían en que eran «tics de la infancia» que desaparecerían con la pubertad.

Al cumplir los once años, los tics motores se volvieron complejos. Zoraida ya no solo parpadeaba; necesitaba tocar el marco de todas las puertas tres veces antes de cruzar, o caminar imitando un patrón geométrico en las baldosas. Apareció la comorbilidad más frecuente del Tourette: el Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) y el TDAH.

En el instituto, sus notas cayeron en picado debido a la tremenda energía cognitiva que gastaba en intentar «frenar» los tics en clase para evitar las burlas de sus compañeros. Al llegar a casa, el efecto rebote era brutal: pasaba horas en su habitación gritando, golpeando los cojines y retorciéndose debido a la acumulación de la tensión motora.

El diagnóstico definitivo llegó tras un episodio de coprolalia (la emisión involuntaria de palabras obscenas o socialmente inapropiadas), el síntoma más estigmatizado del síndrome, aunque solo lo padece un pequeño porcentaje de pacientes. Durante una cena familiar en Navidades, Zoraida insultó repetidamente a su abuelo sin poder controlarlo, intercalando los tacos con un espasmo violento del diafragma que la dejó sin respiración.

Su madre solicitó una cita de urgencia en el servicio de neurología del Hospital Universitario de Cruces, en Barakaldo. El especialista aplicó el protocolo de criterios del DSM-5: presencia de tics motores múltiples y vocales durante más de un año, con inicio antes de los 18 años y sin causa orgánica subyacente (como encefalitis o toxicidad por fármacos). Tras realizar un electroencefalograma y una resonancia magnética cerebral para descartar lesiones estructurales o epilepsia mioclónica, el neurólogo firmó el informe: Síndrome de Tourette severo con comorbilidad obsesiva.


De vuelta al presente, las tres hermanas decidieron cambiar de aires. El porro de marihuana había hecho su efecto cumbre; los tics motores de Zoraida se habían espaciado, transformándose en un balanceo rítmico y lento, y su mente flotaba en una laxitud que la mantenía inusualmente tranquila.

—Vamos a Las Arenas, a ver si compramos algo en el rastro —propuso Itxaso, tirando de la manga de Zoraida.


Caminaron hacia la imponente estructura de hierro del Puente Colgante de Vizcaya, el monumento que une la Margen Izquierda (Portugalete) con la Margen Derecha (Getxo). Sacaron los billetes y se situaron en la barquilla del transbordador que cruzaba la ría suspendida de los cables de acero. Junto a ellas, un grupo de turistas extranjeros fotografiaba la estructura industrial y una pareja de ejecutivos de mediana edad repasaba unos documentos en una tableta.

El silencio del viaje sobre el agua del Nervión fue el escenario perfecto para el cortocircuito del Tourette. El cannabis relajaba sus músculos, pero la proximidad del agua y el zumbido de los motores de la barquilla activaron una asociación de ideas en el cerebro desinhibido de Zoraida.

—¡Al agua los patos! ¡Que viene el tiburón de Cruces! —bramó Zoraida a pleno pulmón, rompiendo la solemnidad del transbordo. Acompañó el grito con un severo tic motor: estiró los dos brazos hacia el frente, como si fuera a empujar a alguien, y dio un fuerte taconazo que hizo vibrar las tablas de madera de la barquilla.

Los turistas dieron un paso atrás, asustados. Los ejecutivos levantaron la vista de la tableta con una expresión de absoluto desprecio. Irune, con la calma que da la costumbre, se colocó delante de su hermana mayor, tapando visualmente sus movimientos, mientras Itxaso empezaba a reírse por lo bajo, contagiada por el absurdo de la situación.


—Tranquilos, no empuja de verdad, es el Tourette —explicó Irune a los turistas con un inglés macarrónico pero efectivo—. Tourette syndrome. Tics. No problem.

Zoraida, con los ojos entornados por los efectos del hachís y una sonrisa bobalicona en los labios, miró a los ejecutivos.

—Perdón, caballeros... ¡Capitalistas de mierda! —remató con un susurro que terminó en un silbido agudo, un tic vocal perfectamente camuflado bajo el tono de su risa.

Itxaso se tapó la boca con las dos manos para no soltar una carcajada que se escuchara en todo Getxo. Al llegar a la Margen Derecha, las tres desembarcaron a paso ligero, dejando atrás el transbordador mientras Zoraida intercalaba un leve parpadeo con una peineta involuntaria dirigida a las nubes.

El tratamiento oficial de Zoraida en el hospital combinaba el uso de fármacos bloqueadores de la dopamina (como el aripiprazol) con la Intervención Conductual del Hábito (CBIT). Sin embargo, la química tradicional a menudo la dejaba en un estado de somnolencia severa, como si caminara envuelta en una lona de hormigón que anulaba su personalidad. Fue por eso que, tras hablarlo en la intimidad con sus hermanas, decidieron compaginar la terapia médica con el uso controlado y lúdico del hachís durante sus paseos de ocio.

El protocolo integrado que utilizaban en su día a día se basaba en la autogestión y el apoyo mutuo:

Irune e Itxaso funcionaban como un amortiguador social. Si Zoraida sufría una crisis de tics en un comercio o en la calle, sus hermanas se colocaban a los lados, bromeaban, explicaban la situación a los transeúntes o reconducían el tic motor mediante un abrazo o una presión suave en los hombros, impidiendo que Zoraida se sintiera juzgada, ya que el estrés multiplica por diez la intensidad del Tourette.

Aunque los médicos no lo recetaban de forma oficial en su centro de salud, los estudios clínicos avalan que los cannabinoides interactúan con los receptores CB1 del sistema endocannabinoide, altamente concentrados en los ganglios basales. Para Zoraida, las caladas compartidas en el Espolón no eran una adicción, sino un interruptor que reducía el doloroso cansancio muscular de sus tics crónicos y transformaba la angustia de los espasmos en anécdotas divertidas que reír con sus hermanas.



Cinco años después.

La noche había caído sobre la ría del Nervión, y las luces del Puente Colgante se reflejaban en el agua oscura como líneas de oro líquido. Sentadas en uno de los bancos de la plaza de Portugalete, las tres hermanas compartían una bolsa de pipas y el final de una tarde de confidencias. Zoraida, que ya había cumplido los veintisiete, vestía una sudadera cómoda y lucía un corte de pelo moderno que enmarcaba un rostro sereno.

A su lado, Irune repasaba los apuntes de sus exámenes de la universidad e Itxaso, con veintiún años, chateaba con su teléfono móvil. Zoraida sufrió un pequeño tic: un leve parpadeo doble, seguido de un giro sutil de la muñeca. Ya no había gritos sobre marisco ni empujones ficticios en el transbordador. Los tics seguían ahí —el Tourette nunca se marcha del todo—, pero habían encontrado su cauce, volviéndose más sutiles a medida que maduraba su sistema nervioso central y se estabilizaba su tratamiento combinado.


—¿Os acordáis de la que liamos en la barquilla del puente con los ejecutivos? —preguntó Itxaso, levantando la vista del móvil con una sonrisa pícara.

—¡Cómo para olvidarlo! —rió Irune, dándole un empujón con el hombro a Zoraida—. Pensé que nos detenía la Ertzaintza en Las Arenas por tu culpa, Zora.


Zoraida soltó una carcajada limpia, un sonido que esta vez no llevaba ningún espasmo diafragmático adherido. Se miró las manos, entrelazó los dedos y miró la majestuosa silueta de hierro del puente que unía las dos márgenes de su vida. El Tourette seguía marcando sus ritmos, pero con el apoyo incondicional de sus hermanas y la madurez de los años, su cuerpo había aprendido a bailar al son de sus propios tics, transformando la tormenta de sus ganglios basales en la banda sonora, a ratos gamberra y a ratos dulce, de su juventud en Portugalete.



miércoles, 30 de septiembre de 2026

EL IMPOSTOR DE LAS VIÑAS...


 

EL IMPOSTOR DE LAS VIÑAS...


Crónica del Síndrome de Capgras: el abismo de la desconexión afectiva y el rostro sin alma


La luz del amanecer sobre Fuenmayor siempre había tenido un matiz dorado y pacífico, recortando las lomas de los viñedos que descienden hacia el Ebro. Sin embargo, aquella mañana de octubre, la cocina de la casa parecía habitada por una corriente de aire helado. Esther, a sus cincuenta y ocho años, permanecía inmóvil junto a la encimera de granito, sosteniendo una taza de café que ya había perdido todo el calor. Sus ojos, adiestrados durante más de tres décadas como médico de familia en un concurrido centro de salud de Logroño, analizaban la figura que se encontraba de espaldas a ella, junto al ventanal del patio.

El hombre vestía el chaleco de lana verde oliva de siempre, las botas de campo desgastadas por el barro de la última vendimia y sostenía las llaves del tractor en la mano derecha. Tenía la misma estatura, el mismo cabello canoso y ralo en la coronilla, y la misma cicatriz leve en el lóbulo de la oreja izquierda que Andrés, su marido durante treinta y cuatro años. No había hijos en esa casa; solo ellos dos, las tierras y una vida compartida centímetro a centímetro.

El hombre se giró. Le sonrió con esa familiaridad tranquila que correspondía al viticultor de sesenta y tres años con el que Esther se había acostado la noche anterior.

—Voy a subir a la parcela de la loma, Esther. Hay que revisar las cepas de tempranillo antes de que empiece a chispear —dijo él, con una voz cuya frecuencia, tono y cadencia eran idénticos a los de Andrés.

Esther forzó una sonrisa, un movimiento mecánico que apenas movió los músculos de su rostro. Sintió una punzada lacerante en la base del cráneo, un sudor frío que le empapó la blusa que llevaba bajo el jersey.

—Que te cunda, ten cuidado con el barro —consiguió articular.

En cuanto la puerta del todoterreno se cerró y el rugido del motor se alejó por el camino de servicio, Esther se derrumbó sobre la silla de la cocina. Le temblaban las manos de forma descontrolada. Su mente, entrenada en el diagnóstico diferencial, la semiología médica y la frialdad de la ciencia, intentaba desesperadamente buscar una explicación lógica al terror que la atenazaba. Aquel hombre tenía el cuerpo de Andrés. Tenía su ropa. Tenía su voz. Poseía sus gestos exactos al coger las llaves. Pero no era Andrés. Era una copia perfecta. Un doble exacto. Un impostor.

Esther estaba sufriendo los estragos explícitos del Síndrome de Capgras, también conocido clínicamente como la ilusión de los dobles. Una alteración neuropsiquiátrica severa provocada por una microlesión isquémica focal o una desconexión funcional entre dos áreas críticas de su cerebro: el giro fusiforme (encargado del reconocimiento puramente visual de las caras) y la amígdala (la estructura del sistema límbico que inyecta la respuesta emocional y el sentimiento de familiaridad al ver a un ser querido). Esther miraba el rostro de su marido y su cerebro reconocía perfectamente cada facción, pero la amígdala permanecía muda. Al no experimentar ninguna emoción al verlo, su lógica interna, atrapada en un cortocircuito atroz, dedujo la única explicación posible: si se parece a mi marido pero no siento nada por él, es porque es un impostor.

El trayecto en coche desde Fuenmayor hasta el centro de salud de Logroño fue una prolongación de la pesadilla. Esther conducía con las manos aferradas al volante, repasando mentalmente los manuales de neurología y psiquiatría. Sabía que no tenía demencia; recordaba perfectamente las dosis de los tratamientos de sus pacientes, los nombres de los vecinos del pueblo y las calles de Logroño. Su memoria a corto y largo plazo funcionaba como un reloj suizo. Su lucidez, al igual que en los casos de otros síndromes perceptivos, era su peor castigo.

Al llegar a su consulta, se colocó la bata blanca. El desfile de pacientes comenzó: hipertensiones, lumbalgias, revisiones de analíticas. Esther respondía, auscultaba y recetaba con una profesionalidad impecable. Sin embargo, cada vez que un paciente entraba con su cónyuge, una envidia amarga y un miedo atroz le atenazaban las entrañas. Veía a los ancianos mirarse con complicidad, y ella se preguntaba en qué momento de la semana pasada su vida se había transformado en una película de ciencia ficción de serie B.

A las dos de la tarde, aprovechando el final de la jornada de citaciones, Esther cerró la puerta por dentro y llamó a su colega de promoción, el doctor Daniel Sánchez, jefe del servicio de neurología del Hospital Universitario San Pedro.

—Daniel, necesito que me hagas un hueco hoy mismo. Fuera de agenda. Es urgente —dijo Esther, con una firmeza que ocultaba el abismo que sentía bajo los pies.

Dos horas después, en el despacho de neurología del hospital de la capital riojana, Esther se sometía a un examen neurológico explícito. Daniel le realizó las pruebas del protocolo estándar: reflejos, campimetría, pares craneales y una batería de evaluación cognitiva abreviada. Todo era normal.

—Esther, físicamente estás perfecta. Las funciones superiores están intactas. ¿Qué es lo que te pasa exactamente? —preguntó, cruzando los brazos sobre la mesa.

Esther tragó saliva. La vergüenza de una médico evaluándose a sí misma frente a otro compañero era un trago amargo.

—Es Andrés, Daniel. Alguien lo ha sustituido —soltó de golpe, con una voz plana que hizo que el neurólogo se tensara—. Sé cómo suena. Sé perfectamente lo que es el delirio de Capgras. Conozco la neuroanatomía de la desconexión visual-límbica. Pero te juro por mi profesión que el hombre que está en mi casa no es mi marido. Es un actor. Una réplica exacta que ha estudiado sus movimientos. Se mueve como él, pero cuando lo miro, la sensación de vacío en mi pecho es absoluta. No hay afecto. No hay historia. Solo hay un extraño metido en mi cocina.

Daniel no la juzgó. Como especialista, sabía que el Capgras en personas de mediana edad, sin demencia previa, puede ser el aviso de un pequeño infarto silente en el hemisferio derecho o el inicio de una encefalitis autoinmune que afecta a los circuitos de la afectividad visual.

—Voy a ingresarte en urgencias para hacer una Resonancia Magnética Funcional (RMF) y una punción lumbar. Hay que aplicar el protocolo de descarte orgánico de inmediato —dictaminó el neurólogo.

Esther se negó al ingreso inmediato. El miedo a perder el control de su vida y el pánico a dejar al «impostor» a solas en su casa la empujaron a firmar el alta voluntaria bajo la promesa de regresar al día siguiente para las pruebas ambulatorias de alta resolución.

El regreso a Fuenmayor fue una bajada a los infiernos de la convivencia delirante. Al cruzar el umbral de la casa, el olor a guiso de carne inundaba el pasillo. El hombre estaba allí, en la cocina, con un delantal puesto, removiendo la cazuela.

—Has tardado un poco más hoy, cariño. Pensé que te habías quedado atrapada en el tráfico de la circunvalación de Logroño —dijo el «impostor», mirándola con unos ojos cargados de una ternura que a Esther le pareció obscena, una burla cruel.

—Hubo una reunión en el hospital —mintió ella, dejando el bolso en la entrada con movimientos rígidos.

La cena fue un despliegue de horror explícito. Esther observaba cada detalle del hombre sentado frente a ella. El «impostor» masticaba el pan exactamente igual que Andrés, dejando las migas a la derecha del plato. Hablaba del precio de la uva en la cooperativa, de los problemas con el tractor y de los planes para el fin de semana en Haro. Su memoria de los hechos compartidos era perfecta. Si Esther le preguntaba por las vacaciones de hace diez años en Asturias, el hombre respondía con datos exactos.

«Es perfecto», pensaba Esther, sintiendo que el pánico le oprimía los pulmones. «Ha memorizado toda nuestra vida. ¿Dónde está el verdadero Andrés? ¿Qué le han hecho? ¿Está encerrado en alguna parte o este monstruo lo ha eliminado para quedarse con las tierras?».

El momento más explícito y espantoso llegó al irse a la cama. Él se metió bajo las sábanas, desnudo de medio cuerpo para arriba, e intentó abrazarla, buscando el calor de su esposa como cada noche. Al sentir el contacto de la piel del brazo del hombre contra su espalda, Esther saltó de la cama como si la hubiera picado una víbora.

—¡No me toques! —gritó, arrinconándose contra la pared del dormitorio, con los ojos abiertos de par en par y la respiración rota.

Él la miró con una mezcla de desconcierto absoluto y un dolor profundo y real en los ojos.

—¿Qué te pasa, Esther? ¿Qué he hecho mal? Soy yo, Andrés...

—¡Tú no eres Andrés! —chilló ella, perdiendo por completo la compostura médica—. No sé quién eres, ni quién te ha pagado para estar aquí, pero no eres mi marido. ¡Vete de esta habitación o llamo a la Guardia Civil ahora mismo!

Él guardó silencio. Se sentó en el borde de la cama, se cubrió la cara con las manos curtidas por la viña y emitió un sollozo ahogado, un llanto ronco y roto que a Esther le pareció la cúspide de la actuación del «impostor». Incapaz de compartir el espacio con el cadáver de su matrimonio, Esther cogió una manta y pasó el resto de la noche encerrada en el salón, con la luz encendida y un cuchillo de cocina oculto bajo el cojín del sofá.

El colapso definitivo y la aplicación del protocolo integrado de salud mental ocurrieron a la mañana siguiente. El «impostor», desesperado por el estado de su esposa y temiendo que estuviera sufriendo un brote psicótico o un tumor cerebral, llamó a una hermana de Esther, que acudió de inmediato. Al entrar con él, Esther sufrió una crisis de agitación psicomotriz severa. Ver a su hermana hablar con el «impostor» con total normalidad la convenció de que toda su familia estaba compinchada en una conspiración atroz.

Tras una llamada de emergencia, una ambulancia medicalizada trasladó a Esther a la unidad de agudos de psiquiatría y neurología del Hospital Universitario San Pedro. El protocolo integrado para el Síndrome de Capgras en profesionales de la salud exige un cuidado extremo en la comunicación y un diagnóstico orgánico exhaustivo:

La resonancia magnética funcional reveló una sombra diminuta, un microinfarto isquémico lacunar en las vías temporoparietales derechas, justo en el haz de fibras nerviosas que conecta el área de reconocimiento de rostros con el sistema límbico. La biología explicaba el delirio: el cable emocional se había roto.

Se inició de inmediato el protocolo con antipsicóticos atípicos de última generación (como la risperidona en dosis bajas) combinados con antiagregantes plaquetarios para evitar nuevos infartos cerebrales. El objetivo del neuroléptico no era convencerla con lógica, sino reducir la carga de angustia y paranoia y ayudar al cerebro a buscar vías alternativas de procesamiento.

Los neuropsicólogos aplicaron un protocolo fascinante basado en la conservación de otras vías sensoriales. El Síndrome de Capgras es puramente visual. El circuito auditivo que conecta la voz con la amígdala suele estar intacto. Se entrenó al marido para que, antes de entrar en el campo visual de Esther, le hablara desde otra habitación o con los ojos de ella cerrados. Al escuchar su voz sin verlo, el cerebro de Esther sí reconocía emocionalmente a Andrés. La voz hacía un bypass sobre la lesión visual.



Dos años después.

La tarde otoñal caía pacífica sobre Fuenmayor, tiñendo las hojas secas de las cepas de un rojo encendido y un ocre profundo. En el porche de la casa, Esther terminaba de revisar unos informes médicos del centro de salud de Logroño, donde se había reincorporado a media jornada tras recibir el alta médica definitiva.

Llevaba una chaqueta de punto cómoda y el pelo recogido. Sus ojos reflejaban una calma recuperada, aunque en el fondo de su mirada permanecía la madurez de quien ha mirado de frente al abismo de su propia mente.

Desde el interior de la casa, llegó el sonido de unos pasos y, antes de que la puerta del porche se abriera, una voz conocida y serena flotó en el aire:

—Esther, cariño, he traído un par de racimos de la última fila de la loma. Están dulces como la miel. ¿Quieres que los lave para la merienda?

Esther cerró los ojos un breve milisegundo. Escuchó la voz. Su sistema límbico, entrenado durante veinticuatro meses de neuroplasticidad y terapia de adaptación, respondió al instante con una descarga cálida de familiaridad, amor y seguridad. El cable auditivo funcionaba a la perfección.

Abrió los ojos y miró al hombre que salía al porche con una cesta de mimbre llena de uvas oscuras. Tenía sesenta y cinco años, las manos manchadas de tierra y la misma sonrisa de siempre. Sus ojos conectaron visualmente con las facciones del viticultor. La pequeña cicatriz en el lóbulo de la oreja izquierda seguía allí. A veces, de manera muy sutil en días de mucho cansancio, el fantasma del Capgras intentaba asomar su sombra fría, pero Esther ya sabía cómo ganarle la partida a la lesión de su lóbulo parietal.

—Sí, Andrés, lávalas. Me apetece mucho —respondió, levantándose de la silla con paso firme y natural.

Se acercó a él, estiró la mano y le acarició la mejilla curtida por el sol de La Rioja. Sintió la calidez de su piel, la textura real de su barba de dos días y, sobre todo, el peso indudable de su historia compartida. El «impostor» se había marchado para siempre. El hombre de las viñas, su marido real, el de verdad, había regresado definitivamente a casa.