EL TAMAÑO DEL VACÍO…
Crónica del Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas: la distorsión del espacio, la niebla del hachís y el eco del olvido
La luz del mediodía extremeño se estrellaba contra las lamas rotas de la persiana, proyectando líneas afiladas de polvo en suspensión sobre el suelo del pequeño piso de la calle Margallo, en pleno centro histórico de Cáceres. En el centro de la habitación, el aire era denso, caliente y saturado por el aroma a tabaco rubio desmenuzado y la resina quemada del hachís. Esa neblina flotaba como un techo perpetuo, deformando la silueta de los pocos muebles que quedaban en pie.
En el suelo, tumbado bocarriba sobre un colchón desprovisto de sábanas, permanecía Pedro, a sus cuarenta y dos años. No se movía. Su cuerpo adoptaba la rigidez de una estatua de cera, rota únicamente por las lentas y profundas bocanadas de humo que exhalaba hacia el techo. Tenía la mirada fija, desorbitada y paranoica en su propia mano derecha, que descansaba inerte sobre su rodilla.
De repente, el cortocircuito neurológico comenzó con una violencia explícita. Ante sus ojos, su mano derecha comenzó a hincharse. La piel de los nudillos pareció estirarse, los dedos se alargaron y engrosaron de forma desmesurada hasta que su extremidad alcanzó el tamaño aparente de una mesa de comedor industrial. Al mismo tiempo, su torso, sus piernas y el resto de su anatomía sufrieron el efecto inverso: parecieron encogerse de golpe, alejándose hacia el fondo del cuarto a una distancia kilométrica, como si estuviera contemplando su propio cuerpo a través de unos prismáticos invertidos y deformados.
Pedro cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta sentir dolor, mientras dejaba que el resto del porro se apagara entre sus dedos tiznados. Esperó en silencio, oyendo los latidos de su corazón retumbar en sus oídos, a que la física de la habitación volviera a estabilizarse. Sufría de forma crónica el Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas (AIWS), un rarísimo trastorno neurológico que altera de raíz la percepción visual, el sentido del espacio y la imagen corporal. Aquella crisis combinaba episodios brutales de macropsia (ver los objetos o partes del cuerpo gigantes), micropsia (verlos diminutos) y dismetropsia (la distorsión absoluta de las distancias y los volúmenes).
La raíz de su mal no era espiritual ni psicológica; era puramente neurobiológica. El lóbulo parietal posterior de su cerebro, concretamente la encrucijada temporoparietooccipital —el área encargada de integrar los estímulos ópticos con el mapa somatosensorial tridimensional del propio cuerpo—, padecía una actividad bioeléctrica aberrante. Su cerebro había olvidado cómo medir el mundo.
Para Pedro, la realidad se había transformado en una pesadilla geométrica. El hachís, que consumía diariamente desde los catorce años como un escudo químico contra una timidez patológica y el peso de las expectativas familiares, había terminado por cronificar y agravar el trastorno. Lo que durante su juventud en los parques de Cáceres eran «viajes» extraños o distorsiones espaciales que él y sus amigos atribuían entre risas a la calidad de las bellotas, con el paso de las décadas se convirtió en una disfunción neurológica permanente. Veintiocho años de consumo ininterrumpido de cannabis de alta concentración habían desgastado sus receptores cannabinoides CB1 en el tálamo, alterando los filtros sensoriales que conectan los ojos con la conciencia y sumergiéndolo en una depresión de caballo.
Aquel laberinto óptico había terminado por dinamitar de forma explícita cada pilar de su existencia. Hacía exactamente seis meses que el centro comercial de las afueras de Cáceres donde trabajaba como reponedor nocturno lo había puesto de patitas en la calle. Era imposible cumplir con las tareas mínimas de un almacén cuando las cajas de leche a veces le parecían del tamaño de contenedores marítimos y, al segundo siguiente, los pasillos del supermercado se estiraban y estrechaban hasta el infinito, provocándole una pérdida total del equilibrio que lo hacía caer de bruces sobre los lineales o el suelo, destrozando la mercancía ante la mirada atónita de los encargados.
Divorciado desde hacía tres años de una mujer que terminó asfixiada por su desgana, sin hijos que justificaran el esfuerzo de levantarse y con el subsidio de desempleo en sus últimos días, la depresión mayor lo había sepultado en aquel colchón del suelo. La realidad exterior le resultaba tan hostil, tan mutante y tan peligrosa que prefería la inmovilidad absoluta de la penumbra, donde el mundo, al menos, permanecía quieto si mantenía los ojos cerrados.
El único lazo que aún unía a Pedro con la superficie de la vida real era la rutina inquebrantable de los sábados por la tarde. Conducir su viejo utilitario por las calles de Cáceres se había convertido en una odisea terrorífica. Debía hacerlo a una velocidad ridícula, aferrando el volante con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos, aterrorizado por la posibilidad de que el parabrisas del coche se redujera de golpe al tamaño de una caja de cerillas o que los pasos de peatones parecieran abismos de tres metros de profundidad.
Su destino era siempre el mismo: el centro residencial para la tercera edad gestionado por la Junta de Extremadura. Allí, en el pabellón de asistidos de alta dependencia, habitaban sus padres, dos octogenarios que representaban de forma descarnada las dos caras del desgaste del cuerpo y de la mente.
Al cruzar el control de enfermería de la residencia, el Síndrome de Alicia lo golpeó en el pasillo con la fuerza de un impacto físico. Las paredes del corredor, pintadas de un color verde hospitalario, parecieron contraerse hacia el centro. En la mente de Pedro, la anchura del pasillo se redujo a la de una madriguera angosta y asfixiante, obligándolo a encorvar los hombros y a caminar rozando los costados, preso de un ataque de pánico real, convencido de que si daba un paso en falso quedaría atrapado entre los tabiques que su cerebro percibía a milímetros de sus ojos.
En la sala de visitas comunes lo esperaba su padre, Aniano, de ochenta y cuatro años. El anciano era un roble retorcido por los años pero con las raíces firmes; a pesar de los achaques lógicos de la edad y de una sordera incipiente, mantenía una lucidez mental impecable y se valía por sí mismo para las tareas del día a día. Vestía su jersey de lana azul marino perfectamente pulcro y leía el periódico local con la ayuda de una lupa de mano.
—Llegas tarde, Pedro. Ya han pasado los enfermeros a repartir las meriendas —dijo, levantando la vista y clavando sus ojos severos en su hijo. Bastó una mirada para que el anciano frunciera el ceño, detectando el olor a humo dulce y denso que la ropa de su hijo desprendía de forma evidente—. Tienes los ojos inyectados en sangre y mala cara. ¿Has vuelto a fumar esa porquería?
—He tenido migraña toda la noche, papa. El dolor de cabeza de siempre —mintió, dejándose caer en una silla metálica de la sala. Al hacerlo, la dismetropsia alteró el contacto: la silla pareció estirarse hacia arriba, dándole la sensación física de estar suspendido a diez metros del suelo, con las piernas colgando sobre un vacío inexistente.
Aniano dejó escapar un suspiro hondo, doblando el periódico con parsimonia. No era tonto. Sabía perfectamente que su hijo estaba en el paro, devorado por una desgana absoluta y una tristeza negra que la resina de hachís ya no lograba tapar, sino agigantar. Pero el verdadero peso de la visita aguardaba unos metros más allá, cruzando las puertas batientes del pabellón de alta dependencia, en la habitación 112.
Caminaron juntos por el pasillo interior hasta el cuarto donde descansaba su madre, Petra. A sus ochenta y un años, la mujer se hallaba inmersa en las fases terminales de un Alzheimer muy avanzado. Sentada en una silla geriátrica con sujeciones de seguridad, con la cabeza ladeada hacia el hombro derecho y la mirada fija y perdida en el ventanal que daba a los llanos secos de Cáceres, Petra ya no habitaba el mundo de los vivos conscientes. No hablaba, no respondía a los estímulos físicos y sus estructuras cerebrales, destruidas por los ovillos neurofibrilares de la demencia, habían borrado cualquier rastro de memoria. No reconocía a nadie.
Pedro se arrodilló a su lado y le tomó la mano izquierda. Era una mano pequeña, fría, con la piel tan delgada que parecía papel de fumar. En mitad de ese contacto, el síndrome de Alicia se manifestó con una crueldad explícita y macabra: los dedos de su madre empezaron a estirarse ante sus ojos, volviéndose largos, delgados y nudosos como ramas de árbol en invierno, mientras que el rostro de Petra parecía retroceder a toda velocidad por un túnel interminable, transformándose en una miniatura insignificante, un punto diminuto y lejano en mitad de la inmensidad de la habitación.
—Mama... soy Pedro. Estoy aquí —murmuró él con la voz rasposa, rota por los veintidós años de tabaco y hachís.
Petra ni siquiera parpadeó. Un hilo de saliva limpia resbalaba lentamente por la comisura de sus labios marchitos. Para ella, el hombre que le sujetaba la mano con desesperación no era su hijo, ni un extraño, ni una presencia; era la nada absoluta en mitad de un vacío negro. El olvido de su madre era total, una pared de granito infranqueable que la depresión de Pedro interpretaba como el veredicto final a su propio fracaso vital.
—No te desgastes, hijo —dijo Aniano desde el pie de la cama, con una tristeza antigua y asentada en la voz—. Ya no queda nada de tu madre ahí dentro. Su cuerpo sigue aquí, pero ella se marchó hace mucho tiempo. A veces me siento a hablarle de los olivos que teníamos en el pueblo, de las cosechas antiguas, pero es como hablarle a las piedras de la pared. No hay nadie al otro lado.
Pedro soltó la mano de su madre de golpe, asustado por la enésima distorsión que convirtió los dedos de Petra en garras de gigante. La contradicción biológica de la habitación era insoportable para su equilibrio mental: él, un hombre con una mente lúcida pero atrapada en un sistema nervioso cuyos sentidos deformaban el espacio y el volumen a cada instante; su madre, una mujer con un cuerpo estático y real, pero con una mente completamente borrada y vacía por la demencia. Dos formas diferentes de habitar la irrealidad en mitad de la nada de Cáceres.
El empeoramiento drástico de las distorsiones visuales y la gravedad de la parálisis depresiva de Pedro obligaron a Aniano a tomar las riendas de la situación antes de que ocurriera una tragedia irreversible. Tras una noche de pánico absoluto en la que Pedro llamó a su padre a las cuatro de la madrugada, gritando desde el suelo del piso porque estaba convencido de que el techo de la vivienda se había rebajado a la altura de su pecho y lo estaba aplastando de forma real, el anciano acudió a los servicios sociales de la Junta de Extremadura y al médico de cabecera para tramitar un ingreso de estudio preferente en la unidad de neurología del Hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres.
El protocolo de detección y diagnóstico para el Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas en pacientes adultos es un proceso explícito, lento y complejo. Al no ser una enfermedad común fuera de la infancia, los síntomas suelen confundirse de inmediato con brotes psicóticos agudos, esquizofrenia paranoide o alucinaciones visuales inducidas directamente por el consumo de sustancias estupefacientes. El equipo médico del hospital cacereño ejecutó de forma estricta el protocolo integrado de descarte orgánico y psiquiátrico:
Pedro pasó veinticuatro horas conectado a un casco de electrodos en una habitación monitorizada. El estudio arrojó luz sobre el misterio: el EEG registró descargas paroxísticas de ondas lentas y agudas localizadas de forma específica en las regiones parieto-occipitales del hemisferio derecho. Estas anomalías bioeléctricas coincidían exactamente con los minutos en que Pedro pulsaba el botón de aviso afirmando que las paredes de la consulta se encogían o que la camilla se estiraba. No era una invención, ni un delirio psiquiátrico de contenido místico; era una disritmia focal cortical, un fallo de transmisión eléctrica en los circuitos de la visión asociativa.
Las analíticas de orina y sangre confirmaron una saturación masiva de tetrahidrocannabinol (THC) acumulado en sus tejidos grasos tras veintiocho años de consumo diario. Los neurólogos explicaron a Aniano que el uso crónico e intensivo de la resina de hachís había actuado como un potente neurotóxico sobre la microcirculación cerebral, dañando los mecanismos de compensación del tálamo y sirviendo como el disparador y mantenedor perpetuo de las crisis de macropsia. El protocolo médico exigió el cese inmediato y absoluto del consumo, iniciando una pauta de desintoxicación controlada en la planta hospitalaria para evitar el síndrome de abstinencia agudo en un paciente con una depresión tan profunda.
Para combatir la depresión que mantenía a Pedro en un estado de apatía abismal, los psiquiatras introdujeron un tratamiento combinado. Se pautaron antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) junto con dosis terapéuticas de fármacos antiepilépticos neuromoduladores, como el topiramato. Este último medicamento cumplía un doble objetivo dentro del protocolo clínico: estabilizar las descargas eléctricas anómalas de la corteza parietal para fulminar las crisis de Alicia y, simultáneamente, tratar las migrañas ópticas subclínicas que sufría desde hacía años y que alimentaban las distorsiones de tamaño.
Un año después.
La luz de la última tarde de septiembre caía limpia, estática y templada sobre los bancos de granito del Paseo de Cánovas, en el corazón neurálgico de Cáceres. Sentado en una de las terrazas más concurridas, Pedro saboreaba un café con leche mientras leía un libro de historia de la comarca. Llevaba el pelo pulcramente recortado, vestía ropa limpia y sus ojos reflejaban una mirada viva, asentada y firmemente enfocada en el presente. A sus cuarenta y tres años, el camino de la abstinencia absoluta del hachís había sido un proceso explícito, duro, marcado por semanas de insomnio y una ansiedad que le hacía morderse los puños, pero los resultados en la reconstrucción de su sistema nervioso eran indiscutibles.
A su lado, Aniano disfrutaba de un vaso de agua mineral con gas, observando el trasiego de la gente con su habitual serenidad. El anciano caminaba un poco más despacio y el bastón de madera se había vuelto obligatorio, pero su lucidez mental seguía siendo el ancla y la salvación de la familia.
Pedro dejó la taza de café sobre el plato de porcelana de la mesa. Miró el objeto con detenimiento. La taza medía exactamente diez centímetros de alto y se encontraba a la distancia justa de su mano. Llevaba más de ocho meses sin experimentar un solo episodio de macropsia o micropsia; su cerebro, completamente limpio de la niebla química de la resina de cannabis y estabilizado por la medicación neuromoduladora, había vuelto a aprender a medir el mundo con los volúmenes correctos. La depresión mayor seguía requiriendo psicoterapia semanal y medicación de mantenimiento, pero el pozo del paro había terminado: a través de un programa de inserción laboral de la Junta de Extremadura, Pedro se había integrado en el equipo de digitalización del archivo histórico de la ciudad, un trabajo meticuloso, ordenado y predecible que su corteza parietal procesaba con una gratitud inmensa.
—Mañana cambian el cuadrante de enfermería en la residencia, Pedro. Deberíamos subir a ver a tu madre a primera hora de la mañana, antes de que apriete el calor —dijo Aniano, ajustándose las gafas de lectura sobre el puente de la nariz.
—Por supuesto que sí, papa. Pasaré a buscarte con el coche a las nueve en punto —respondió, con una voz firme, clara y desprovista de la antigua fatiga.
Tres meses después falleció su madre de forma pacífica, durmiendo, sin haber recuperado jamás un solo milisegundo de memoria ni haber pronunciado el nombre de su hijo. Al cabo de un tiempo, el dolor de su muerte seguía pesando en el pecho de Pedro, pero ya no era un dolor deforme, ni un vacío gigante que amenazaba con devorarlo, ni una sombra monstruosa nacida de las distorsiones ópticas. Pedro había aprendido a aceptar en terapia que el olvido y la partida de su madre eran parte de la ley natural de la vida, no un castigo biológico dirigido contra él.
Pedro se puso en pie, equilibró el peso de su cuerpo con total naturalidad sobre sus dos piernas y caminó junto a su padre a lo largo del paseo bajo los árboles de Cánovas. El mundo ya no se estiraba ni se encogía ante sus ojos como un acordeón maldito; los edificios de Cáceres tenían la altura que les correspondía, las distancias eran reales y el suelo que pisaba bajo sus botas era firme, predecible y seguro. Pedro caminaba, por fin, con las dimensiones exactas de un hombre que había regresado del país de las maravillas para habitar, con toda su crudeza y toda su paz, la verdadera realidad de su propia vida.


